MARTÍN OLMOS MEDINA

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El código de la cárcel

In El cañí on 22 de noviembre de 2012 at 13:18

El asesino de ancianas de Santander se acogió a los beneficios penitenciarios para menguar su pena, pero no pudo escapar de la estricta ley  presidiaria

“¡He matado a Jesse James!”
BOB FORD. Asesino del forajido Jesse James. Pistolero difunto.  

En el patio del trullo, sobre el que se ve un trozo de cielo azul para que los presos sueñen con prados verdes, los paseantes se rigen por la ley inexorable del talego, que no se deja convencer por las palabras en latín de los picapleitos. Las sentencias implacables de dicha ley se dictan en el oscuro, se susurran apenas, pero cuando se dicen el patio nerviosea y cada menda se pone a lo suyo con aplicación, que es   callar,  no ver y  no oír. Los corros gitanos no hacen rumba y se chapan los trapicheos de posturas de jaco, se pone denso el aire de cante a mullao, de olor a muerto, se achanta el maco y sale el jandrón, que es el cuchillo carcelario, que está hecho de paciencia, de la enmienda de un muelle de somier afilado al hormigón y de cuentas que ajustar. En la cárcel manda el kie y palma el ful y nadie ha visto nada.

En el penal de Topas, en Salamanca, el 24 de octubre
de 2002, le aplicaron la sentencia al Mataviejas José Antonio Rodríguez Vega y le metieron ciento trece puñaladas a la hora del paseo. No le mataron por asesino de madres sino por chusquel, que es como llaman en el barrote al que larga lo que tiene que guardar y se va con el cuento al de la chapa. El Mataviejas era nuevo en la plaza, venía de la cárcel de Almería, en la que le habían puesto precio a la piel, y le destinaron a la tercera galería, la de los duros de la FIES (Ficheros de Internos de Especial Seguimiento), gente de trena chunga y horas de motín. Traía el Mataviejas la marca del chivato y se había corrido la voz de que en el penal de Ocaña avisó de la fuga de un recluso por conseguir prebendas de cerveza, tele y horas de taller. En la tercera galería de Topas salían los presos a ver su trocito de cielo en grupos de cuatro y salió el Mataviejas con Enrique Valle, que le decían el Zanahorio, con Daniel Rodríguez Obelleiro y con Felipe Martín. El Zanahorio era talegario sin redención, con tres intentos de fuga en la ficha y una docena de riñas a puñal y conocía al Mataviejas de la prisión de Dueñas, en donde no le había cultivado el aprecio y se había quedado con las ganas de caducarlo, por chota y por bocón. Se creía el Mataviejas huésped postinero porque a veces recibía la visita de la televisión, compadreaba con los funcionarios y fardaba de criminal célebre, de Landrú de Santander de viejitas de otoño. Hacía de menos a los chorizos, andaba escribiendo sus memorias, decía que se iba a forrar. Tuvo su blasón en las páginas de sucesos y pensó que le iba a durar siempre.

El Mataviejas
José Antonio Rodríguez Vega nació en Santander en 1957 y a los doce años le turbaron los muslos de su madre. Cuando alzó talla le dio una paliza a su padre, que ya tenía baldada la espina de doblarla en una cantera por darle al hijo de comer, le echaron de casa y se puso de aprendiz de carpintero. Era propenso a sudar y mojaba la madera. Se le resbalaba el cepillo de desbastar, le dijo el patrón que se fuera. Se puso de albañil y se casó, llegaba cansado del tajo y no le cumplía a la mujer y, sin embargo, empezó a acechar en los portales. Atacó a dos muchachas de veinte años, a una mujer de cuarenta y cinco y a otra de cincuenta. Huía en moto y le llamaron el Violador de la Vespa. Le trincaron en 1979 y le dieron presidio, veintisiete años de sombra de los que hizo ocho y salió por bueno. Su mujer no le esperó. En sus noches de celda exploró el recuerdo de los muslos de su madre, que le ayudaron a dormir. Consiguió que sus víctimas le perdonasen, les puso ojos inocentes, tenía la nariz recta y buenos modales. Descubrió que le podía vender hielo a un esquimal. Se echó otra mujer, que sorteaba el límite de la normalidad, y sentó cuarto con derecho a cocina en la calle Cobo de la Torre, en donde se hizo fama de buen marido y vecino voluntarioso para cambiar las bombillas del portal. En realidad zurraba a la parienta y acechaba a las viejitas buscando los muslos de mamá. Iba tirando de chapuzas y encontró las puertas francas de señoras cuyos yernos no encontraban un rato para arreglarles un enchufe. Iba limpio y sobrio como un vendedor de Biblias, las mujeres le sacaban un blanco y aceitunas para hacerle más llevadero el tajo, él se ponía afectuoso y cuando le rechazaban las tumbaba en la cama y las ahogaba tapándoles la nariz y la boca, después las disfrutaba y se llevaba de botín una quincalla, que podía ser una medalla de la virgen, una postal de los nietos o una flor de plástico. En un año mató a dieciséis  mujeres de edades comprendidas entre los sesenta y los noventa años. La policía encontró sus trofeos en su habitación de Cobo de la Torre y le metieron en el trullo. Conoció en el juicio el espectáculo y le gustó, se presentó en las vistas vestido de señor y sonreía a la cámara, le llamaron el Mataviejas de Santander, le disputó, orgulloso, el record de muertes al infame Arropiero, fue el rey del infierno, que pensó que era mejor que servir en el Paraíso. Le sentenciaron a 440 años de cárcel , de los que solo se iba a comer veinte gracias a la reforma del código penal.

La ley del Talión
El 24 de octubre de 2002, el Zanahorio y Daniel Rodríguez Obelleiro colaron dos pinchos en el patio de la tercera galería y se fueron a por el Mataviejas por chivato. Uno de los cuchillos iba dentro de un brik de vino peleón. Felipe Martín le derribó de un golpe en la cabeza con un zoquete de hormigón metido en un calcetín. Obelleiro y el Zanahorio se pusieron a los suyo, le acuchillaron la nuca y le sacaron los ojos. Le dieron después más de nueve docenas de mojadas debajo del trocito de cielo, sentados sobre su barriga. El jandrón se tronchó a la mitad del tajo y el Zanahorio se demoró en afilarlo raspándolo contra el suelo para seguir la tarea. Le dijeron al funcionario de guardia que si defendía a un violador correría su misma suerte.

Enrique Valle, el Zanahorio, cuando salió de declarar en el Juzgado de Instrucción número cinco  de Salamanca, vio a los periodistas de la tele y les gritó: “¡He matado al Mataviejas!” La concurrencia aplaudió y el Zanahorio le dio pátina de ética al código inapelable del trullo. Dijo que lo asesinó porque la pena que llevaba aparejada el delito que había cometido no guardaba consonancia. A nadie le gustan los violadores ni los asesinos de viejitas de otoño que le sacan un blanquito y aceitunas al fontanero. Sin embargo al Mataviejas no le finaron por enmendar la justicia imperfecta de los hombres sino que le dieron por chivato, por ganar cervecitas y tele de color a la cuenta de los años de marrón de los demás y por robar el sueño de prados verdes a los presos que miran el trozo de cielo azul durante el paseo del patio. Si está bien muerto que decida cada cual, a los familiares de las víctimas les dio más bien igual si la ejecución llevaba refrendo moral o solo venganza carcelaria. El Zanahorio se llevó la gloria corta de unos aplausos breves y regresó a tomar el sol a rayas y al Mataviejas le dieron tierra en una fosa común a la que solo le fueron a despedir, por obligación, los dos sepultureros.
MARTÍN OLMOS

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