MARTÍN OLMOS MEDINA

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El talante del pedernal

In Bandidos on 11 de enero de 2013 at 13:45

El Pernales fue un asesino implacable al que el pueblo le cantó romances de hambre que no se mereció

ILUSTRACION BY MARTIN OLMOS

“Pero sin duda el más famoso de los bandidos terminales fue el estepeño Francisco Ríos González, alias Pernales”.
LORENZO SILVA

En el sur cuentan las cosas más rápido por el sistema de merendarse las sílabas para no perder el tiempo pronunciándolas y les ponen reseñas a los paisanos para no demorarse en aprenderse sus apellidos. O para asemejarlos a los reyes. Según tengan el día les calzan a la fuerza la ejecutoria y unas veces les sale el mote descriptivo y otras del revés, con lo que al feo del pueblo le toca que le digan o el Susto o el Piropo. A Francisco Ríos González le adjudicaron nombre gráfico y le dijeron el Pedernales, por ser crudo de carácter, que después le abreviaron en Pernales y le acertaron, porque gastaba humor tan bronco que cuando sus hijas le interrumpían  la siesta porque lloraban de hambre les quemaba la piel con la brasa de un cigarro para que se quejasen por motivo. El cigarro estaba torcido en Gibraltar y era del contrabando, porque el macho tenía para fumar aunque faltase el pan a la camada. En el sur también se hace canción de todo, porque abundan las guitarras, y cuando los tricornios mataron al Pernales en la Sierra de Alcaraz el pueblo le celebró con un romance mentiroso que acababa diciendo: “Pernales en toda su vida/ no ha matado a ningún hombre/ que el dinero que robaba/ lo repartía entre los pobres.” El Pernales tenía apuntadas muertes por explicar en las cuentas del San Pedro y si no robó al pobre es porque entendió que era echar la jornada de vacío y más que repartir lo que hacía era dar propina para galanear y pagar alcahuetes. Los versos hermosearon sus gestos, como les suele pasar a los bandidos de la sierra, pero Francisco Ríos González, que le decían Pernales por ser moleño y malacara, practicó el asesinato navajero y el ultraje a la mujer, el secuestro de niños, el robo de cortijo y de camino y la vida de monte del que tiene que huirle al guardia y dormir guardando bajo el serón el cuchillo de afeitar.

Casta bandolera
El Pernales nació el 23 de julio de 1879 en Estepa de Sevilla sin un pan debajo del brazo y le bautizaron como Francisco de Paula José Ríos González en la parroquia de  Santa María la Mayor de la Asunción. En Estepa, Micaela Ruiz, que le decían la Colchonera, se inventó los polvorones cuando se le ocurrió secar las tortas de manteca del Convento de Santa Clara para que su hombre, que era carretero, las vendiera en el camino. Entre hornos de mantecados y a la sombra del olivo en Estepa se da bien la crianza de bandidos y de allí era la partida del Vizcaya, la banda del Perdigón, el Niño de la Gloria y el Marcao, que llevaba escrita la quijada.  De Estepa era el Lero Juan Caballero, que cabalgó la sierra con el Tempranillo y se murió de un flemón, y Joaquín Camargo el Vivillo, que después de cuatrero fue picador de toros. En casa del Pernales había cazuela magra y frío en invierno y su padre andaba en los tajos temporeros y en el furtivo, cazando a cepo porque no tenía para escopeta. Por parte de madre, sus tíos el Chorizo y el Soniche eran cuatreros de reses y le daban ejemplo al niño. A su padre le mató un guardia civil de un culatazo de mosquetón una tarde que le cogieron robando una huerta y a sus tíos los envenenó un gitano de nombre Macareno que les puso ponzoña en una paella con conejo. El Pernales se fue pronto de casa y se puso de pastor de los rebaños de otros, pero dejó pronto el pasto para caminar el monte y formó banda de forajidos con Antonio López Martín, que le decían el Niño de la Gloria, y con caballistas de la antigua banda del  Vivillo, que había huido a Argentina. Le siguieron Juan Muñoz el Canuto, Antonio Sánchez el Reverte y Pedro Ceballos el Pepino. Dieron su primer golpe en Cazalla, en donde robaron a un cortijero, le zurraron una tunda que le dejó en la raya del eterno y delante de sus narices rotas le violaron a la mujer. Después se echaron al camino, a robar en las cruces, y se hicieron cartel de violencia y de no gastar misericordia y con razón, porque se dieron al ultraje de las hembras y a deslomar a palos a los renuentes.

Los falsos romances
Pernales llevaba la jeta pintada de pecas, era rubio de pelo y tapón de talla, de apenas el metro y medio. Sin embargo era ancho de pecho y fuerte de remos y buen caballista de yeguas. Se buscó una mujer dócil y la casó, la hizo dos niñas y las tres le importaron el carajo y le acabaron abandonando cansadas de coger cinto cuando el Pernales llegaba húmedo de anís. Descubrió que a otros sí les importaba la familia y se dedicó al secuestro y para que no le tomaran a la ligera rebanó el pescuezo al niño de un cortijero que fue tardón en aflojar. En las veredas soltaban la bolsa los viajeros sin rechistar por haberle escuchado la fama y una vez le robó mil pesetas al gobernador de Córdoba. Al pobre que se encontraba le daba un duro para que le olvidase el rastro y, como solo robaba al que tenía, el pueblo le cantó romances que no se mereció. Al jornalero que tuerce la espina en la campa del amo le suele tocar perder y cuando le ve palmar al amo, y temblar delante de la navaja, le sale la simpatía por el bandido, aunque sea un canalla, y le hace un cantar. Detrás de las canciones el Pernales era sanguinario y en La Roda de Albacete, en el cortijo de los Hoyos, se encontró con el gitano Macareno, el que envenenó a sus tíos Soniche y el Chorizo con una paella con liebre, y le pidió la deuda. Lo sacó de la finca y le amarró a un olivo, le rompió la cara a puñetazos y le mató a cuchilladas que le fue hincando con paciencia, asestándoselas en las zonas que no eran mortales para alargarle el trámite.

En 1907, en Villanueva de Córdoba, la Guardia Civil cercó a la cuadrilla del Pernales y en el tiroteo murió el Niño de la Gloria. Poco después capturaron al Pepino y al Reverte y Pernales escapó con plomo en el cuero y de milagro. En la huida robó un cortijo en El Arahal, en Sevilla, y un bracero de la finca que le decían el Pardo le vio más porvenir a la vida bandolera que al servicio en el PERNALES Y EL NIÑO DEL ARAHAL MUERTOScampo y le siguió. Se llamaba Antonio Jiménez y era flaco como un junco y le dijeron a partir de entonces el Niño del Arahal. El Pernales le había cogido prudencia al tricornio y se había echado hembra, que se llamaba Conchita Fernández Pino, era de El Rubio y estaba preñada, y planeó llegar al puerto de Valencia para embarcarse para Argentina y empezar vida nueva. Cruzó Jaén con el Niño, robando por el camino, y en la Sierra de Alcaraz, en el suroeste de Albacete, le preguntaron al guarda forestal Gregorio Romero por una senda por la que atajar y le dieron un duro por el recado. Romero había sido tricornio y le había quedado el olfato, sospechó de los dos hombres armados, montados en un macho castaño uno y en una yegua clara el otro, y dio el aviso al cuartel. El 31 de agosto de 1907, en el cerro de Las Morricas, el teniente Haro y una dotación de cuatro guardias les entablaron tiroteo y los finaron a tiros. Exhibieron sus cuerpos en el pueblo de Villaverde, desmadejados como quedan los muertos, y en el inventario del Pernales le apuntaron escopeta de cazar y revólver de seis tiros, mojosa de muelles bien afilada, trescientas pesetas y un reloj Roskopf con una cadena de un kilo. El romance cantó más tarde que “el pueblo entero lloraba/ con mucha pena y dolor/ de ver a los dos bandidos/ cruzados en un serón”. Los aldeanos de Villaverde miraron con curiosidad a los dos difuntos forasteros que les dijeron que fueron malos cuando respiraban y se fueron a lo suyo, al tajo a sudar, a doblar la raspa y a palmar, como siempre.

MARTÍN OLMOS

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