MARTÍN OLMOS MEDINA

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Doble con queso sin pepinillos

In Matanzas on 28 de junio de 2012 at 23:55

James Huberty se lió a tiros en un McDonald´s porque su hamburguesa le pareció una birria al lado de la de la foto del panel

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“En 1998, en Estados Unidos, murieron en su puesto de trabajo más empleados de restaurantes de comida rápida que agentes de policía”
ERIC SCHLOSSER. Periodista.

James Huberty, gastrónomo diletante, superó la complicada adolescencia contándole sus penas a un perro, que le escuchaba con la lengua fuera y ojos de perplejidad. Mamá nunca le hizo mucho caso y acabó por abandonarle para irse a predicar el Mensaje de la Fe Bautista. Hasta los veinte años no caminó derecho y escoraba a estribor debido a que a los tres enfermó de poliomielitis, a los veintidós se licenció en Sociología en la Universidad Católica de Ohio y a los veintitrés conoció a una mujer que respiraba con normalidad mientras trabajaba embalsamando fiambres en una empresa de pompas fúnebres. Le hizo el cortejo y se casó con ella pero con el tiempo entendió que le hubiese ido mejor con cualquiera de sus clientas difuntas, porque aunque no dan una conversación decente, no tienen la mano tan larga. Etna, que así se llamaba su parienta, era gafosa y mofletuda, solía empinar el codo y cuando estaba trompa le atizaba unas zurras de campeonato. Le tiraba patadas a las colgaduras con cierta pericia. También le dio dos hijas a las que enseñó desde pequeñas a solventar las discrepancias a guantazos y en una ocasión la detuvieron por exhibir un pistolón del calibre nueve en la reunión de padres de alumnos. Por lo demás, la casa de los Huberty en Massillon, Ohio, era un hogar normal, con sus imancitos en la puerta de la nevera, sus cortinas de rayón y su perro pastor alemán, que cuando empezó a ladrar a la luna le pegaron un tiro en la cabeza (con la pistola de ir al colegio) y le enterraron en el jardín, debajo de un enano de terracota.

La amenaza roja
Aparte de la familia, a James Huberty le arruinó la vida el trabajo, la publicidad engañosa y la comida rápida. En 1971 Etna se fue a dormir la cogorza sin apagar el pitillo y prendió fuego a la casa. Lo que quedó sin freír cabía en un monedero y tuvieron que malvender el terreno, palmar pasta y trasladarse a la ciudad de Cantón, en donde James encontró un empleo de soldador en la Corporación del Sindicato Metalúrgico. Cuando escasea, el trabajo es tenido por bendición pero no deja de ser una molienda diaria que tenemos que sufrir los que no tenemos donde caernos muertos viéndonos en la obligación de madrugar y salir a la intemperie, con lo bien que se está en la cama, para fichar en un entorno hostil lleno de gente a la que detestamos. No se engañen, no es otra cosa, pero no hay alternativa, salvo la lotería o la mendicidad. James Huberty odiaba su trabajo con dedicación y además estaba expuesto a emanaciones de cadmio que le fueron volviendo majareta. Se aficionó a los charlatanes que echaban las cartas del tarot y le rompió la mandíbula a su mujer. Donde las dan, las toman, Etna. Estudió la sección de internacional de los periódicos y sacó sus propias conclusiones. Los rusos estaban a un cuarto de hora de empezar la guerra nuclear, así que se dedicó a almacenar en su garaje latas de atún, linternas y papel higiénico, y se compró una metralleta Uzi, una pistola semiautomática Browning y una escopeta del calibre doce. Sus vecinos decían que era comunista y Etna que era nazi y él hablaba de un contubernio gubernamental que perseguía la ruina financiera de la nación. Las cosas empeoraron cuando se compró una moto, se estampó contra un muro, se descoyuntó el hombro y perdió su empleo de soldador. Se acabó Cantón, en Ohio, para el matrimonio Huberty y sus dos regocijantes hijas pugilistas y es difícil discernir por qué pensó James que su futuro estaba en Tijuana, donde empieza Méjico Lindo.

Un almuerzo en condiciones
James Huberty no sabía una palabra de español y observaba el prejuicio gringo de suponer que los mejicanos eran una banda de vagos grasientos que se pasaban la jornada sentados en el quicio de sus chabolas de adobe blanco envueltos en un poncho de jarapa. Descubrió que era alérgico a los mariachis, a los ojos negros y a las enchiladas de mole, pensaba que los chamacos le sisaban en el cambio de sus dólares ventajosos y añoraba las cristianas digestiones de hamburguesas de carne de res, dobles con queso, y los sermones serenos de los protestantes. Trabajó escasamente dos semanas como vigilante de seguridad pero le despidieron y decidió regresar a su país; odiaba con intensidad el bravo verbo español y el cadmio le había destrozado los riñones y las entendederas. Se instaló en San Diego de California, en un barrio al suroeste de la ciudad que se llamaba San Isidro, enfrente de un tinglado de McDonald´s frecuentado por chicanos, y como nadie le escuchaba empezó a visitar el zoológico para contarles sus penas a los pumas enjaulados. El 18 de julio de 1984 cargó en el maletero de su Mercury la metralleta Uzi, la pistola y la escopeta del doce y le dijo a Etna que se iba a cazar seres humanos. Dadas las circunstancias Etna pensó que era un comentario relativamente trivial. Que levante la mano el que no haya ido a cazar prójimos una tarde después del tajo. Huberty acechó un supermercado y la oficina de correos pero como se le despertó la carpanta entró en el McDonald´s de San Isidro y pidió una hamburguesa doble con queso. Un camarero manito le puso debajo de la nariz un menú de circunstancias y Huberty abrió el zafarrancho porque entendió que le estaban timando. La foto de la publicidad enseñaba un bocadillo robusto, con sus perlitas de sésamo y rocío sobre la lechuga, con su sábana de queso cheddar arropando amorosamente el bistec, y lo que le querían endilgar era un chasco entre dos bollos. El manito, que era cholo y probablemente de Tijuana, pensó que le había tocado un gurmet y le mandó al diablo. Huberty se fue al coche, cogió la artillería y presentó la reclamación. Se colocó en la puerta, condenando la salida con su cuerpo, y disparó casi trescientas balas contra la parroquia del almuerzo dejando una propina de más de veinte muertos. Muchos de ellos eran niños y casi todos chicanos de la frontera que no se acabaron el Happy Meal.

La matanza duró una hora y media porque la poli se equivocó de McDonald´s y compareció en el que no era. Cuando llegó, Huberty, que no tenía experiencia militar, les gritó que había combatido en Vietnam; probablemente se quiso hacer el macho. El francotirador del SWAT Chuck Foster le dejó en el sitio de un tiro en el pecho que le acertó desde el tejado de la oficina de correos contigua al restaurante. El payaso Ronald McDonald se quedó sin chistes. Una semana después la cadena derribó la franquicia y cedió el terreno a la comunidad para que construyese un mausoleo y dos años más tarde Etna Huberty quiso sacar ventaja del río revuelto y demandó a McDonald´s por cinco millones de dólares argumentando que el glutamato de sodio que empleaba como aditivo alimentario en los nuggetts de pollo había exacerbado la agresividad de su marido. Como no les arrancó ni un céntimo hay que suponer que empezó a celebrar los cumples de sus niñas en el Burger King.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN EL CORREO (24 DE JUNIO DE 2012)

El cuerno de chivo

In Los trastos de matar on 26 de junio de 2012 at 22:23

El fusil de asalto Kaláshnikov cuesta poco, dura mucho y ha causado más muertes que el sida.

El primer miércoles de abril, Dimitris Christoulas tocó el fondo de sus bolsillos sin encontrar por el camino ni un céntimo de resistencia. ¿Quién le había robado el mes de abril? Era un farmacéutico jubilado con setenta y siete meses de abril a cuestas, treinta y cinco años cotizados y una pensión menguante como la Luna Vieja, que dicen los rústicos que es la mejor luna para la poda. Dimitris Christoulas, con su pensión podada, con su abril robado y con su edad capicúa de dos guarismos suertudos se quedó sin efectivo para el café. Le esperaba mayo sin flores y un porvenir de menús de sumidero, liándose a guantazos por la sobra del basurero. Dicen que uno es viejo cuando ya no tiene planes y dicen que Dios aprieta pero no ahoga. El Fondo Monetario Internacional, como no es Dios, aprieta y se le va la mano, pero la culpa es nuestra, por tomarnos tres copas y a la última invito yo, que es pronto para irse a casa, cuando no debimos olvidar que somos gente de vino peleón y que el champán es para cuatro. El primer miércoles de abril Dimitris Christoulas se pegó un tiro debajo de un ciprés, en la plaza Sintagma de Atenas, delante del Parlamento Griego, y dejó escrito que no quería dejar deudas a su hija, ni comer las mondas del basurero, y que no había encontrado otro modo de reaccionar que poner un final digno a su vida. Dijo que era viejo para responder activamente, pero que sería el primero en seguir a alguien que empuñase un kaláshnikov. Christoulas no usó una referencia abstracta señalando a “alguien que empuñase un fusil”, sino que mencionó el rifle de asalto soviético diseñado por Mijaíl Kaláshnikov en 1947, el Cuerno de Chivo, el arma de fuego con un historial de un cuarto de millón de muertos al año que se ha convertido en el icono de la revolución y en el argumento tartamudo del que no le queda mucho que perder.

AK-47
El kaláshnikov es la muerte democrática, el fusil de asalto de los cholos y del negrerío bantú, de la morisma de Alá, de los parias de la tierra y de los narcos bigotudos con botas de yacaré. Cuesta una perra gorda, se aprende a usar en diez minutos y ofrece las prestaciones de una chaqueta de entretiempo, que te arregla una tarde que enfría en otoño y no te pesa en primavera. El kaláshnikov no es mimoso y le puedes descuidar como a una novia fea que cuando la vuelves a necesitar te consuela aunque no la invites a cenar en un tugurio con velas. Puede que no sea muy preciso pero sigue ladrando sumergido en un barrizal porque no es guapo ni es finolis y ficha en el tajo llueva, nieve o se caigan las moscas de puro calor. Se sabe de kaláshnikovs que siguen en la brecha después de cuarenta años y se ha comprobado que pueden seguir funcionando después de que les pase un camión por encima. El AK-47 (acrónimo de Avtomat Kalashnikova modelo 1947) fue diseñado por el suboficial de carros Mijaíl Kaláshnikov después de la Segunda Guerra Mundial. A Kaláshnikov casi le dejan manco cuando conducía un tanque T-34 en la batalla de Briansk, en el principio de la ofensiva alemana contra Moscú, y la leyenda quiere que dibujase el primer boceto de su fusil en el hospital, pretendiendo minimizar el riguroso mantenimiento que requerían las viejas carabinas Tokarev. El modelo original estaba basado en el Sturmgewehr 44 alemán, pesaba algo más de cuatro kilos, se alimentaba de un cargador curvo de treinta cartuchos del 7,62 y llevaba acoplada una bayoneta de machete. El Ejército Rojo lo adoptó como arma oficial de la infantería en 1949 y lo empezó a producir a destajo en la factoría de Izhevsk.

El arma del mono
El fusil de Kaláshnikov estrenó los pantalones largos en Vietnam, pegándole un repaso sin concesión al M-16 de los infantes de marina americanos nacidos para matar. El M-16 nació para matar en el patio de su casa, en un ambiente de asepsia y música de sala de espera, pero en el arrozal, en la húmeda selva y en el pantano se remilgaba como un chaval de clase media. El M-16 requería un mantenimiento exhaustivo, los casquillos tendían a deformarse dentro de la recámara y, debido a las tolerancias extremadamente finas de sus partes móviles, tenía que mantenerse inmaculadamente limpio para que no se arrugase en la mitad de la brega. El AK-47 en cambio disparaba hasta debajo del agua, recién peinado o con la cara sucia, conservaba su precisión hasta los cuatrocientos metros y podía ser manejado por un campesino sin formación militar. Se confirmó que era el mejor amigo de la guerra sin frentes y, a parte de comer en cualquier plato, tenía en común con el hijo del cura que nadie se ocupó de registrarlo, con lo que cualquier ingeniero capaz de contar hasta tres pudo clonarlo y ponerlo en circulación. Hoy se fabrica en más de quince países, con licencia o sin ella, y se estima que circulan más de setenta millones de kalásnikovs por el mundo, que han producido a destajo más muertes que las dos bombas atómicas, que el virus del sida y que la peste bubónica. Para Irene Khan, secretaria general de Amnistía Internacional, es el símbolo del descontrol del comercio de armas y, sin embargo, aún guarda cierto cartel de revolución, de cimitarra del descamisado, cuando en realidad lo empuñan los buenos, los malos y los regulares. Lo mismo está en la bandera de Mozambique que en el escudo de Hizbulá, y es el arma preferida de los que eligen el oficio de sicariar para el narco de Sinaola. Por allá lo llaman el Cuerno de Chivo y le hacen corridos norteños. Este lo cantan los Incomparables de Tijuana: “Estando en Aguascalientes/ fui a visitar a un amigo/ tuve en mis manos un arma/ llamada Cuerno de Chivo/ sus ráfagas son terribles/ no hay hombre que quede vivo”. El Chapo Guzmán tenía uno de oro y Gadafi otro (que para lo que le sirvió) y Bin Laden lo conjuntaba con su chilaba blanca, aunque decían que era mal tirador. Los chavales de la Camorra abren las chapas de las birras con el armazón de su gatillo y en Mogadiscio lo disparaban niños de cinco años porque apenas ofrece retroceso, en lo mercados del Yemen cuesta dieciocho dólares menos de lo que le pagaron a Judas por un beso y como consta de solo ocho piezas, el tonto del pueblo puede aprender a manejarlo en un cuarto de hora a nada que le ponga atención. El líder guerrillero congoleño Laurent-Désire Kabila confirmó el último extremo cuando dijo: “Un AK-47 es capaz de transformar en combatiente hasta a un mono”.

No hubo kaláshnikov para Dimitris Christoulas y los que aún celebramos alguna digestión nos vemos obligados a pensar que fue mejor así, porque estamos seguros de que siempre hay una solución dialogada al hambre de los demás. De la misma forma que Kaláshnikov no patentó su fusil, los griegos no registraron el yogur, la democracia ni el sexo de retaguardia y hoy no pueden vivir de las rentas, con lo que hay que esperar que con las pocas que les queden debajo de la teja maten el hambre y no conviertan el ágora en selva, que luego cunde el ejemplo y acaba el alcalde en el río, qué culpa tendrá él. Que fuimos nosotros, que cogimos lo que nos ofrecieron sin preguntar. Como si todos los días fuesen domingo.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN EL CORREO (6 DE MAYO DE 2012)

El detective tísico

In Con buena letra on 26 de junio de 2012 at 22:08

“Dashiell Hammett devolvió el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver a la trama”. 

RAYMOND CHANDLER. Escritor.

El escritor Dashiell Hammett fue detective de la agencia Pinkerton en los años veinte. Recibió una pedrada, disparó un tiro y se negó a matar a un hombre.

Los detectives de las novelas de Dashiell Hammett suelen cruzarse por el ojo izquierdo de la pasma y sus clientes nunca les cuentan la verdad. Tienen la mandíbula de granito, la réplica del puñal y no han visto a un hombre honrado ni representado en la vidriera de una catedral, con lo que han deducido la despoblación del Paraíso. A parte de esa, se manejan con muy pocas certidumbres y van tirando como pueden. Sus carteras han conocido tiempos mejores (y las de quién no) y se mezclan con gente a la que no le dejan entrar en el Club de Campo y con chavalas que dibujan anillos con el humo de sus pitillos y quieren un visón. Los detectives de Hammett saben que esas chicas no tienen percha para el visón porque debajo del tinte de platino hay pueblerinas sin suerte que se juntan con el que no deben; lo saben porque ellos mismos son gañanes de cuarta que están muy lejos del maizal donde crecieron, ganapanes con trajes de cuatro perras haciéndose los listos en una cuidad que es más lista que ellos. Hammett conocía bien el paño porque había sido uno de ellos y le había tocado bailar la música que tocaba otro en los pueblos mineros de Montana, en Baltimore y en la Costa Bárbara de San Francisco. Solo que a Hammett aquella vida le gustó y cuando se hizo rico escribiéndola no le puso música de circunstancias. Le agradó la compañía de los tipos duros y de las chicas de dos caras y el ambiente de los tugurios en los que se escanciaban pistrajes de garrafón y se murmuraban soplos del hipódromo dignos de tanto crédito como una promesa de Pinocho.

Rufianes y esquiroles
Dashiell Hammett nació en 1894 en una granja de Maryland que se llamaba “Esperanza y Buenos Propósitos” pero su familia dejó el campo buscando las oportunidades de la ciudad y se instaló en Baltimore. Hammett dejó los estudios con catorce años y se puso a trabajar de recadista para el ferrocarril, en donde sentó prestigio de no llegar jamás a su hora. La observación de la puntualidad era la clase de obligación que le costaba cumplir debido a su costumbre de acostarse borracho la noche anterior y cuando su jefe le dijo que no le despediría si prometía no volver a llegar al tajo casi a la hora del cierre, el joven Hammett le contestó que, para ser honesto, no podía comprometerse a satisfacer aquel extremo con razonable solvencia. El jefe vio que tenía delante a un zángano con principios, de los que no hacían una promesa a la ligera, y no le puso de patitas en la calle. Hammett frecuentó los hangares de la estación donde industriaban las pendangas y a los veinte pescó gonorrea y deudas de dados, dejó el empleo y entró en la Agencia de Detectives Pinkerton, cuya imagen corporativa era un ojo bien abierto y su lema “Nunca descansamos”. Alan Pinkerton fue un tonelero escocés que un buen día descubrió una conjura para matar a Lincoln y que murió por morderse la lengua, sin que esta circunstancia sea metáfora de su discreción. En realidad tenía la boca hecha un asco y a su mujer le besaba en la frente, un día se cayó, se mordió la lengua y la herida se le infectó, derivó en gangrena y le llevó a la tumba. En los tiempos de Hammett, la agencia estaba formada por la peor caterva de matones que eran capaces de sostener una estaca para reventar una huelga y su especialidad era comandar a los esquiroles para que la gran América siguiese funcionando. En América llaman Ratas a los esquiroles, en Francia Zorros y en Argentina Carneros, en todos los sitios les ponen nombres de bichos a los que quieren trabajar. Esquirol en catalán es ardilla, y el término empezó a aplicarse en 1852 cuando los vecinos de Santa María de Corcó, que se reunían en la Posada de la Ardilla, decidieron sustituir a los trabajadores de las fábricas textiles de Manlleu, que estaban en la huelga. Poco antes de llegar Hammett a la agencia, el multimillonario Henry C. Frick, que coleccionaba cuadros de Vermeer, quiso despedir a todos los obreros de sus fábricas de coque para después recontratarlos por un salario menor. La gestión de bajas voluntarias la llevó a cabo una compañía de Pinkertons a tiros de escopeta y dejaron docenas de trabajadores muertos. Prejubilaciones por imperativo de plomo.

Los buenos tiempos
Hammett fue detective hasta 1922, hasta que la tisis le dejó en 60 kilos repartidos en un metro ochenta y cinco de alzada y le empezaron a pesar los zapatos. Durante sus años de ejercicio cobraba 21 dólares a la semana y viajaba en vagones de tercera. Reincidió en la gonorrea y no veía a tres en un burro si se quitaba las gafas. En una ocasión le atizaron un ladrillazo durante una huelga y en otra se le cayó el porche de un motel encima y le abrió la cabeza. Solía llevar una porra de mano que se la alquilaba por diez dólares a su amigo Whitey Kaiser, un atracador de callejón al que había conocido en un sanatorio para tuberculosos. En Spokane, en una fábrica de pólvora, disparó contra un chorizo y le dejó cojitranco, pero se le escapó, y en Montana le ofrecieron 5.000 machacantes por apiolar a Frank Little, un agitador sindical de una mina de Butte. Hammett, que no había sido capaz de prometer puntualidad con los dedos cruzados a su antiguo patrón del ferrocarril, dijo que no, pero sus compañeros de la agencia, que gastaban menos remilgo, colgaron a Little en un baldío, le castraron y le prendieron con alfileres en los calzoncillos una advertencia a los huelguistas, a los que les entraron unas ganas locas de volver al tajo. Descubrió que los desfalcadores no fumaban ni bebían y le perdió la pista a un tipo porque un poli paleto del sur le proporcionó una descripción en la que le detallaba hasta un lunar en la nuca pero olvidó mencionar que era manco del brazo derecho. Por tres veces le confundieron con un abstemio, y por tres veces demostró sin problemas que se equivocaban, leía a Aristóteles y estaba convencido que los griegos eran los maleantes más difíciles de condenar. Una vez conoció a un tipo que robó una noria.

Hammett siempre consideró aquellos tiempos sus buenos tiempos, incluso por encima de los que vinieron después en los que cambió las ponzoñas de alambique por whisky escocés del bueno en las juergas de Hollywood, cuando se hizo rico escribiendo historias de detectives para las revistas. Cuando sacó al crimen del jardín del vicario y lo devolvió al callejón, su selva natural, en donde se movía como un cerdo en un fangal. Melville fue ballenero, Jack London argonauta y a él le tocó ser sabueso, y no le avergonzó reconocerlo ni le puso excusas de proletario, le tocó pegarle un tiro a un mangante y despedir a una empleada del hogar. Intentó mantenerse dentro de sus parámetros de decencia y terminó arruinado por el fisco, por los falsos padres de la patria, por la tuberculosis y por sus principios que le impidieron prometer puntualidad a su jefe del ferrocarril sabiendo que no tenía la menor intención de levantarse temprano. Hace cincuenta años que murió.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN HOY.ES (18 DE SEPTIEMBRE DE 2011)

Un bar de mala muerte

In El cañí on 26 de junio de 2012 at 21:38

En el Mesón del Lobo Feroz desaparecían las caperucitas y se servía vino con zurrapa y coñac de garrafón

Hay tascas de parroquia fetén y propinera, de tapas de gambas, vino abrigador y fútbol de canal de pago, y hay tascas negras que no levantan la cabeza, de trago de garrafón, alfombra de serrín y aroma de bronca. Hay tascas malditas como hay castillos malditos en Escocia y no tienen remedio, nacen con el porvenir torcido y la barra vacía y borras en el café. Nacen con un cliente dentro que pide sol y sombra y con los churros de grasa incrustados en los relieves de la botella de Anís del Mono, sedimentados como el guano de las gaviotas. Lo que ya no hay son bares con cigarreras, limpiabotas y espías con gabardina. Por las tascas de mala sombra cae a veces un viajante que está de feria y se despistó, pero sale en seguida porque no hay papel en el cagadero y se va a buscar una cafetería con croissants en la que mear no sea una ordalía. Las tascas malditas no tienen enmienda ni aunque cambien de patrón y alarguen la hora feliz y en ellas el vino sabe al vinagre que le ofrecieron a Cristo en la cruz y el periódico es de anteayer. A las tascas de mala muerte no van ni los que no tienen dónde ir, aunque haga frío afuera, y el tasquero se va arruinando, primero progresivamente y después del todo, y se le vuelve el carácter vinagre y te pone el café ardiendo cuando se lo pides templadito. Va alimentando su frustración detrás de la barra deshabitada y cría una agresividad como de cable pelado y se toma por lo personal que un hombrón con bigote le pida una menta poleo porque no quiere que le confundan con el ambulatorio. Un tasquero difícil es como un boxeador zurdo y hay que evitarlo en la medida de lo posible si no se andan buscando pleitos.

El Lobo Feroz
Un bar decente es sagrado como un monasterio y recoge a los solitarios que buscan ese lugar limpio y bien iluminado del que hablaba Ernest Hemingway, que entendía mucho de tabernas y no tanto de sí mismo. El Mesón del Lobo Feroz no era un lugar limpio ni bien iluminado y nació cuesta abajo, como el camino que conduce al infierno. Estaba en el nueve de la calle Lucientes, en el Madrid cañí del Mercado de la Cebada, y en los años sesenta fue un almacén de hortalizas que regentaba doña Nieves Aranda, que cuando cerró el negocio le traspasó el local al comisario Cándido Morales, un pasma que había caminado por calles de muchas esquinas y las putas, cuando le veían asomar de redada, para avisar el agua, gritaban: ¡Que viene el lobo! Como el comisario Morales gastaba retranca puso tasca y la llamó el Mesón del Lobo Feroz, con letras góticas sobre un fondo que imitaba a un pergamino, y le pintó en la puerta al lobo de los tres cerditos de Walt Disney, que quedó entre inquietante y naif. El negocio nunca le marchó por rumbas y después de quince años se lo traspasó a Pilar la Rubia, que había sido madame, que convirtió el mesón en parada de las del oficio. Cuando en 1984 a la Rubia se le murió el moreno le mordió la morriña, se volvió para su pago y la tasca la recogió Irene Pardo, que le quería dar un porvenir a su hijo Santiago, que no acababa de encontrar su lugar en el mundo. Santiago Sanjosé Pardo tenía treinta años y una mano delante y otra detrás, le decían el Legionario porque había estado en el Tercio y había pasado por una docena de oficios que no le duraron. Había sido recadero en una molienda, cobrador de facturas, oficial en una imprenta y portero de finca. No se le conocía novia ni gracia para echársela y seguía viviendo con mamá. Santiago tenía bigote y mal beber, y el alivio le gustaba profesional pero se le arrugaba el estoque en el tercio de varas y se quedaba manso y luego no quería pagar el servicio. El vino le ponía bocón y montaba la brava porque decía que las golfas no le sabían levantar el ánimo y le tenían prohibida la entrada en varios burdeles. De alguno salió con el lomo escrito. Santiago no supo enderezar un negocio que venía de ser medio casa de charlar y no recogió parroquia, empezaba la jornada con coñac y la terminaba con cubalibres de ron y a la hora del cierre estaba curda el patrón en vez de la clientela. No tenía horizonte el Mesón del Lobo Feroz y empezaron a desaparecer las caperucitas.

Cuando cierran los bares
Una noche del final del verano de 1987, Santiago Sanjosé echó la persiana del Lobo Feroz dejando la botella de coñac a medio trago de la extremaunción y la caja sin llenar. Pensó que aún le quedaba jornada y se fue a la calle de la Cruz a alquilarse un amor. Apalabró servicio con Mari Luz Varela, puta de destajo, de veintidós años, adicta al jaco y madre de dos hijos. Quedaron en los mil duros y Santiago se la llevó en taxi al mesón, le convidó a una copa y la mató a puñaladas con un cuchillo de cortar jamón. Le dio dos mojadas en el pecho, con la mano derecha, que le atravesaron el corazón y el omoplato izquierdo y el jamonero se tronchó. Enderezó el filo contra la pared y le pegó otras tres que se atenuaron al cruzarse con la columna vertebral. Dejó el cuerpo a medio vestir en el suelo de la tasca, sobre un lecho de serrín y finales de Farias, y se fue a dormir al piso de su madre en la calle Espronceda. A la mañana siguiente se fue a Elche a la boda de su hermano, gritó que vivan los novios y bebió de gorra, y cuando regresó emparedó el cadáver en un nicho que mordió en la pared del sótano y que cubrió apenas con dos cajones de cerveza. Poco más de un mes después, el día de la Virgen del Pilar, Santiago coronó la noche llevándose al mesón a una mulata de renta que acabó con el corazón partido por el mismo cuchillo del jamón y escondida en la hornacina del sótano que ya empezaba a ser catacumba. Cogió el bar olor a desgracia, a vino de pitarra y a muerto y se fue yendo la parroquia escasa a otros bebederos. A la tercera marró. Fue en navidad. Santiago Sanjosé reclutó a una de la germanía en la calle de la Cruz que se llamaba Araceli Fernández pero le salió peleona. Le metió nueve puñaladas en el mesón, todas en la cara y en las manos, se le chafó el jamonero al dar en hueso y mientras se entretuvo en enderezarlo se le escapó la mujer sangrando y por sus gritos compareció la pasma. Se levantó atestado de muy poco rigor. Dijo Santiago que la golfa le había querido robar y los polis dieron el asunto como lid de pendón y putañero que no habían cerrado acuerdo con la minuta. Y se fueron a tomar café, que la noche es larga. A Santiago Sanjosé se le doblaban los cuchillos, el suyo y el del jamón, y se le murió el negocio y ese mismo año lo cerró de deudas con el proveedor, taburetes vacíos y dos muertas en la bodega. Pasó dos años clausurado el local, como un mausoleo de faraonas con taxímetro, hasta que el comisario Morales se lo volvió a arrendar a otro emprendedor en 1989. El nuevo dueño hizo obra y los albañiles encontraron las calaveras del sótano, las llevaron al forense, que determinó cuando la diñaron, y la bofia echó las cuentas. Pescaron a Santiago Sanjosé cuando venía de pasar una semana en un psiquiátrico porque andaba sospechando, con rigor, que no le andaba bien la pensadera y le metieron quince años preso en la cárcel de Herrera de la Mancha, en donde estudió BUP.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN EL CORREO (27 DE FEBRERO DE 2012)

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