MARTÍN OLMOS MEDINA

El detective tísico

In Con buena letra on 26 de junio de 2012 at 22:08

“Dashiell Hammett devolvió el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver a la trama”. 

RAYMOND CHANDLER. Escritor.

El escritor Dashiell Hammett fue detective de la agencia Pinkerton en los años veinte. Recibió una pedrada, disparó un tiro y se negó a matar a un hombre.

Los detectives de las novelas de Dashiell Hammett suelen cruzarse por el ojo izquierdo de la pasma y sus clientes nunca les cuentan la verdad. Tienen la mandíbula de granito, la réplica del puñal y no han visto a un hombre honrado ni representado en la vidriera de una catedral, con lo que han deducido la despoblación del Paraíso. A parte de esa, se manejan con muy pocas certidumbres y van tirando como pueden. Sus carteras han conocido tiempos mejores (y las de quién no) y se mezclan con gente a la que no le dejan entrar en el Club de Campo y con chavalas que dibujan anillos con el humo de sus pitillos y quieren un visón. Los detectives de Hammett saben que esas chicas no tienen percha para el visón porque debajo del tinte de platino hay pueblerinas sin suerte que se juntan con el que no deben; lo saben porque ellos mismos son gañanes de cuarta que están muy lejos del maizal donde crecieron, ganapanes con trajes de cuatro perras haciéndose los listos en una cuidad que es más lista que ellos. Hammett conocía bien el paño porque había sido uno de ellos y le había tocado bailar la música que tocaba otro en los pueblos mineros de Montana, en Baltimore y en la Costa Bárbara de San Francisco. Solo que a Hammett aquella vida le gustó y cuando se hizo rico escribiéndola no le puso música de circunstancias. Le agradó la compañía de los tipos duros y de las chicas de dos caras y el ambiente de los tugurios en los que se escanciaban pistrajes de garrafón y se murmuraban soplos del hipódromo dignos de tanto crédito como una promesa de Pinocho.

Rufianes y esquiroles
Dashiell Hammett nació en 1894 en una granja de Maryland que se llamaba “Esperanza y Buenos Propósitos” pero su familia dejó el campo buscando las oportunidades de la ciudad y se instaló en Baltimore. Hammett dejó los estudios con catorce años y se puso a trabajar de recadista para el ferrocarril, en donde sentó prestigio de no llegar jamás a su hora. La observación de la puntualidad era la clase de obligación que le costaba cumplir debido a su costumbre de acostarse borracho la noche anterior y cuando su jefe le dijo que no le despediría si prometía no volver a llegar al tajo casi a la hora del cierre, el joven Hammett le contestó que, para ser honesto, no podía comprometerse a satisfacer aquel extremo con razonable solvencia. El jefe vio que tenía delante a un zángano con principios, de los que no hacían una promesa a la ligera, y no le puso de patitas en la calle. Hammett frecuentó los hangares de la estación donde industriaban las pendangas y a los veinte pescó gonorrea y deudas de dados, dejó el empleo y entró en la Agencia de Detectives Pinkerton, cuya imagen corporativa era un ojo bien abierto y su lema “Nunca descansamos”. Alan Pinkerton fue un tonelero escocés que un buen día descubrió una conjura para matar a Lincoln y que murió por morderse la lengua, sin que esta circunstancia sea metáfora de su discreción. En realidad tenía la boca hecha un asco y a su mujer le besaba en la frente, un día se cayó, se mordió la lengua y la herida se le infectó, derivó en gangrena y le llevó a la tumba. En los tiempos de Hammett, la agencia estaba formada por la peor caterva de matones que eran capaces de sostener una estaca para reventar una huelga y su especialidad era comandar a los esquiroles para que la gran América siguiese funcionando. En América llaman Ratas a los esquiroles, en Francia Zorros y en Argentina Carneros, en todos los sitios les ponen nombres de bichos a los que quieren trabajar. Esquirol en catalán es ardilla, y el término empezó a aplicarse en 1852 cuando los vecinos de Santa María de Corcó, que se reunían en la Posada de la Ardilla, decidieron sustituir a los trabajadores de las fábricas textiles de Manlleu, que estaban en la huelga. Poco antes de llegar Hammett a la agencia, el multimillonario Henry C. Frick, que coleccionaba cuadros de Vermeer, quiso despedir a todos los obreros de sus fábricas de coque para después recontratarlos por un salario menor. La gestión de bajas voluntarias la llevó a cabo una compañía de Pinkertons a tiros de escopeta y dejaron docenas de trabajadores muertos. Prejubilaciones por imperativo de plomo.

Los buenos tiempos
Hammett fue detective hasta 1922, hasta que la tisis le dejó en 60 kilos repartidos en un metro ochenta y cinco de alzada y le empezaron a pesar los zapatos. Durante sus años de ejercicio cobraba 21 dólares a la semana y viajaba en vagones de tercera. Reincidió en la gonorrea y no veía a tres en un burro si se quitaba las gafas. En una ocasión le atizaron un ladrillazo durante una huelga y en otra se le cayó el porche de un motel encima y le abrió la cabeza. Solía llevar una porra de mano que se la alquilaba por diez dólares a su amigo Whitey Kaiser, un atracador de callejón al que había conocido en un sanatorio para tuberculosos. En Spokane, en una fábrica de pólvora, disparó contra un chorizo y le dejó cojitranco, pero se le escapó, y en Montana le ofrecieron 5.000 machacantes por apiolar a Frank Little, un agitador sindical de una mina de Butte. Hammett, que no había sido capaz de prometer puntualidad con los dedos cruzados a su antiguo patrón del ferrocarril, dijo que no, pero sus compañeros de la agencia, que gastaban menos remilgo, colgaron a Little en un baldío, le castraron y le prendieron con alfileres en los calzoncillos una advertencia a los huelguistas, a los que les entraron unas ganas locas de volver al tajo. Descubrió que los desfalcadores no fumaban ni bebían y le perdió la pista a un tipo porque un poli paleto del sur le proporcionó una descripción en la que le detallaba hasta un lunar en la nuca pero olvidó mencionar que era manco del brazo derecho. Por tres veces le confundieron con un abstemio, y por tres veces demostró sin problemas que se equivocaban, leía a Aristóteles y estaba convencido que los griegos eran los maleantes más difíciles de condenar. Una vez conoció a un tipo que robó una noria.

Hammett siempre consideró aquellos tiempos sus buenos tiempos, incluso por encima de los que vinieron después en los que cambió las ponzoñas de alambique por whisky escocés del bueno en las juergas de Hollywood, cuando se hizo rico escribiendo historias de detectives para las revistas. Cuando sacó al crimen del jardín del vicario y lo devolvió al callejón, su selva natural, en donde se movía como un cerdo en un fangal. Melville fue ballenero, Jack London argonauta y a él le tocó ser sabueso, y no le avergonzó reconocerlo ni le puso excusas de proletario, le tocó pegarle un tiro a un mangante y despedir a una empleada del hogar. Intentó mantenerse dentro de sus parámetros de decencia y terminó arruinado por el fisco, por los falsos padres de la patria, por la tuberculosis y por sus principios que le impidieron prometer puntualidad a su jefe del ferrocarril sabiendo que no tenía la menor intención de levantarse temprano. Hace cincuenta años que murió.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN HOY.ES (18 DE SEPTIEMBRE DE 2011)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: