MARTÍN OLMOS MEDINA

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El caníbal ruso

In Caníbales on 31 de julio de 2012 at 19:07

En la clasificación mundial de miserables, Andrei Chikatilo, el Carnicero de Rostov, ocupa la tercera posición en número de víctimas, después de Harold Shipman y Javed Iqbal

“Chikatilo era un cero a la izquierda”
MIGUEL ÁNGEL LINARES. Escritor.

Al hermano de Andrei Chikatilo, que se llamaba Stepan, se lo zamparon los vecinos durante la gran hambruna de Ucrania. Aquello fue hambre y lo demás son ganas de comer. Los ucranianos concluyeron que cuando falta el pan para eso están los parientes y se merendaron unos a otros en la época en la que Stalin especuló con el grano y les mandó a la cama sin cenar. Chikatilo comprendió que la infancia, sobre todo por la parte de las nalgas, es tierna. La suya en cambio se le atragantó porque se meaba en la cama y no veía a tres en un burro y, sin embargo, no se puso gafas hasta los treinta años porque calculó que le salía más barato que le partiesen la cara –una vez al día, en el patio de la escuela- que las antiparras. Chikatilo acabó la secundaria anotando sopapos como una estera y señalado de meón y quiso celebrar la mancebía inaugurándose de macho, alquiló veinte minutos del tiempo de una fulana pero con uno escaso le sobró y recién la abrazó se le disparó la salva con los pantalones aún puestos y la golfa se rió de él por instantáneo. Fue pregonado de buey en el vecindario, la reputación se le puso a reptar y hasta la familia, además de comestible, le salió sin linaje y un día que echó la cuenta descubrió que mientras su padre combatía en el frente al alemán su madre se quedó preñada, con lo que o papá cultivaba por carta o con su hermana tuvo algo que ver la infantería de la Wehrmacht.

El pobre Andrei Romanovich Chikatilo, que se le reía la ramería en su cara de estera por mansurrón, que era medio ciego y meón, entendió que no podía enmendar el cartel en su pueblo de Yablochnoye, en Ucrania, y en 1955 se fue a levantar cabeza a Rostov del Don, donde no le conocía nadie.

El Ganso
Lo mismo que era flojo de apero salió concienzudo de codos y obtuvo tres licenciaturas universitarias -en lengua, ingeniería y literatura rusa- y, a pesar de tener poca gracia para el cortejo, en 1963 se casó con la hija de un minero que se llamaba Fayina y estaba dispuesta a conformarse con un marido que no llegase trompa a casa aunque no le diese noches cosacas. La suerte natural no le salía, porque arrugaba, pero era en cambio capaz de eyacular y por medio de un sistema de masturbación e inseminación la dio dos hijos. Con el tiempo se compró unas gafas, se afilió al Partido Comunista y sentó plaza de profesor en un instituto en el que los chavales le empezaron a llamar el Ganso, por cuellilargo, y terminaron por echarle una manta sobre la cabeza, darle una zurra y sacarle de la clase a patadas. Chikatilo les cogió tanto miedo a sus alumnos que empezó a llevar un cuchillo al trabajo. Al mismo tiempo se colaba en los vestuarios de las niñas y les hablaba con familiaridad mientras se metía las manos en los bolsillos. Las chiquillas le parecían tiernas como la carne de las nalgas de su difunto hermano Stepan, menú del día, y no se reían de su aparato estropeado ni de sus gafas de búho. Le acabaron poniendo de patitas en la calle por menorero.

…el carnicero
A Chikatilo se le despertó la bestia a los 42 años, cuando el resto de los hombres, generalmente, empiezan a perder interés por sus aficiones. En 1978 adecentó una cabaña vieja en un yermo forestal al lado del río Grushevka y consiguió un chicle, casi una excentricidad en la infancia de los niños soviéticos. Con él engatusó a una niña de nueve años que se llamaba Yelena Zakotnova y en su cueva la intentó abusar pero, como siempre, la infantería no se le puso firme y la acuchilló hasta matarla. El cadáver apareció unos días después cerca de un asilo para lunáticos y la policía llamó al suceso el Crimen de los Tontos y se puso a buscar a uno. Le tocó pasar por caja a Alexander Kravchenko, un medio lerdo de veinticinco años con antecedentes por agresiones sexuales, que confesó después de que le dieran lo suyo y acabó en el paredón.

Chikatilo encontró un trabajo de supervisor de suministros, que era un oficio de segunda para un intelectual con tres licenciaturas que leía a Dostoievski a través de sus gafas de búho, pero que le permitía visitar las empresas sin ceñirse a ningún control horario. Durante doce años madrugó, besó a Fayina en la frente y salió a depredar las estaciones de autobuses de los alrededores de Rostov para encontrar borrachuzas a las que engatusar con vodka, niños que querían chicles y putas de cinco rublos. Cuando conseguía la compañía la llevaba al bosque silencioso, la tumbaba a golpes y emprendía la carnicería. Descubrió que solo con la sensación de dominio su alfil alcanzaba renombre y no se iba al banquillo recién comenzaba el partido. Consumaba las violaciones, unas veces por sí mismo y otras con una estaca, y se daba al canibalismo, arrancaba los pezones de las mujeres a mordiscos y les despojaba del útero a cuchilladas para después comérselo porque lo encontraba, según dijo, tierno y rosa. Después volvía a casa y al lecho desbravado de Fayina, a hacer de buen marido y a dormir con los pies fríos. Chikatilo mató a 53 personas entre mujeres y niños pequeños y a una buena parte de ellas las sacó los ojos porque pensaba que sus retinas guardaban la última imagen que habían visto.

…y el circo
En 1990 le detuvieron por lascivia pública cuando le trincaron metiéndole mano a una del oficio en una estación de autobuses. Guardaba en su maletín un lazo de cuerda, un bote de vaselina y un cuchillo y llevaba el dedo vendado con las marcas de un mordisco que coincidieron con la dentadura de Svetlana Korostik, la última mujer a la que mató y a la que había arrancado a dentelladas los pezones y la lengua. Tenía cincuenta y cinco años que parecían diez más y se quejó de que tratasen así a un hombre de su edad. El juicio a Chikatilo no se celebró en el oscuro soviético del millón de funcionarios sino que lo echaron por la tele y se hizo circo. Compareció en la sala metido en una jaula de acero para que los familiares de las víctimas no le mataran a palos, le raparon la cabeza al cero para despiojarle y le pusieron una camisa horrorosa de las olimpiadas de Moscú en la que aparecía estampado el osito Misha. La Rusia roja iba cambiando de color y ya tenía su asesino en serie, que es cosa capitalista abundante en California; después llegaría el glásnost y los McDonald´s. Chikatilo se pasó las sesiones poniendo cara de loco y leyendo revistas pornográficas y echó la culpa a las circunstancias, a Stalin, a su grupo sanguíneo, al hambre y a las películas indecentes. En un lance del espectáculo se bajó los pantalones y agitó su cacharrito, que pendía como un jirón, casi como una lágrima, y le dijo a la concurrencia: “Mirad mi cosa inútil, ¿qué creéis que podía hacer con esto?”. El juez tardó dos días en leer la lista de acusaciones y le condenó a muerte. Chikatilo escuchó la sentencia y habló durante dos horas en las que dijo que era un error de la naturaleza, una bestia enfadada y un hombre al que le habían robado sus genitales. En febrero de 1994 le ejecutaron sin gastar mucho protocolo, le metieron en una celda privada y le pegaron un tiro en la nuca.

MARTÍN OLMOS

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La revancha de los excluidos

In Matanzas on 31 de julio de 2012 at 18:46

Dos estudiantes inadaptados zanjaron sus frustraciones a tiros en el Instituto de Columbine, en Colorado


“Aún cuando Klebold y Harris  fuesen mis fans, eso no les da ninguna excusa ni significa que la música es culpable”
MARILYN MANSON. Cantante.

Hay lóbregas duchas en cárceles de Filipinas que son más seguras que los patios de los institutos de secundaria. Sobre la canasta de baloncesto de alguno de ellos debería reproducirse la frase de bienvenida al infierno de Dante: abandonad toda esperanza los que entréis aquí. La fauna de los patios de los institutos se ordena por un riguroso sistema de castas en cuya cúspide están los deportistas, las chavalas fetén y los que tienen un hermano mayor que les deja el coche. En la base, en un lugar similar al que ocupan las gacelas en los abrevaderos de la sabana, están los tíos gafosos, los que leen tebeos a la hora del recreo y los bajitos, porque resulta que en un lugar donde se evalúan las ideas, el tamaño impone, como le dijo la monja al marinero. El patio es gregario y los solitarios son caza y lo que abundan son las hienas, que ríen las hazañas de los leones y se alimentan de la sobra de su festín. Cinco minutos después de salir del instituto a uno se le olvida el teorema de Euclides y, sin embargo, ha adquirido una idea bastante aproximada de cómo manejarse en la vida, que es torear en el tercio conocido, adaptarse a las circunstancias y mirar para otro lado, y que el último que llega se queda sin silla. El instituto es darwinista y para sobrevivirlo hay que ser rápido y hay que ser implacable y, como en la vida, la piedad es lujo.

Los Parias
No había piedad para los excluidos en el Instituto de Secundaria de Columbine, en Colorado, donde mandaban los machos de la defensa del equipo de fútbol y las Salomés. Por los pasillos caminaban cuesta arriba Eric Harris y Dylan Klebold, a los que llamaban Los Parias porque estaban fuera de las castas. Klebold y Harris tenían poca vida social y apenas media docena de amigos ajenos al instituto con los que formaban la Mafia de las Gabardinas, un grupo de tarados que se vestían con guardapolvos oscuros hasta los pies adornados con símbolos nazis. Generalmente les daba poco el sol y preferían quedarse en casa jugando al “Doom”, un videojuego en el que un marine solitario masacra a tiros a un ejército de zombis. En el pasillo del instituto pagaban un peaje de intimidaciones públicas porque los futbolistas les zurraban delante de las chicas, practicando el juego que tanto gusta a los gorilas de demostrar que la tienen más larga. Nadie asume la humillación como algo inevitable y que Dios te libre de la furia de los ofendidos. Klebold y Harris estaban a punto de ebullición. Dylan Klebold era un gigante prognato de casi dos metros que se hacía llamar Vodka porque le parecía un nombre molón, vivía en una casa de cuatrocientos mil dólares, tenía diecisiete años y escuchaba música de Marilyn Manson. Eric Harris tenía dieciocho y le gustaba que le llamasen el Rebelde, odiaba prácticamente a todo el mundo conocido y tenía dificultades para manejar su ira, escribía un diario delirante en un cuaderno de deberes al que llamaba el Libro de Dios y estaba lleno de fluvoxamina para mantener a raya su depresión. Eran colegas de martirio en la selva de los leones, no se comían una rosca, les detuvieron por mangar un ordenador de una camioneta y ambos pensaban que sus vidas eran una mierda sin remedio. No les interesaba el fútbol y a las chavalas no les interesaban ellos y a veces escribían en las paredes del retrete que Columbine iba a estallar.

El día de la ira
Durante los meses anteriores a que Columbine estallara, Klebold y Harris fabricaron cien bombas artesanales de propano y compraron por internet dos escopetas del calibre doce –una Stevens 311 y una Springfield Savage-, una pistola semiautomática TEC 09 de nueve milímetros y un rifle Hi-Point 995. El 20 de abril de 1999 era el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler y un buen día para jugar al “Doom” en los pasillos del instituto. Era la jornada de la revancha. Madrugaron y cargaron el arsenal en el coche, llevaban puestas las gabardinas de los excluidos, pasamontañas y camisetas personalizadas. En la de Dylan Klebold ponía “Ira” y en la de Eric Harris “Selección Natural”. El patio es darwinista y no tiene sitio para la piedad. Harris y Klebold tuvieron piedad con un viejo compadre de la Mafia de las Gabardinas. Se llamaba Brooks Brown y había salido a tiempo del grupo de los parias. Harris y Klebold se lo encontraron a la salida del instituto, Brown iba a conseguir un pitillo y pensaba volver y Harris le dijo, chico, me caes bien, lárgate de aquí antes de que todo reviente. A Brown le salvaron los viejos tiempos. A las once y cuarto empezaron la fiesta del desquite y se cobraron las facturas. Iniciaron el fuego en el aparcamiento y avanzaron disparando por el vestíbulo montando una escandalera, la manada entró en pánico. Los parias tiraron bombas desde las ventanas pero unas explotaron y otras no. Gritaban “Venganza” y buscaban a chicos con gorras de equipos de fútbol. Jamás el deporte fue tan insano. Dispararon a una chica en la cara por rezar y a un moreno por su color. “Es increíble, tío, mira la sesera de este negrata”, dijo Harris. Durante cuatro horas tiraron contra lo que se moviese celebrando cada blanco con carcajadas, quemaron las aulas y mataron a doce estudiantes y a un profesor, acabaron la masacre en la biblioteca, se estrecharon las manos y se dispararon en la cabeza. Harris se pegó un tiro en la boca con la carabina Hi-Point y Klebold se voló la cara con la semiautomática TEC 09. A los Hombres de Harrelson les llevó cinco horas inutilizar las bombas con las que los Parias preñaron el instituto y después llegó la hora de llevarse las manos a la cabeza y recoger los cadáveres. Los paisajes de la matanza estaban destrozados por los explosivos y el fiscal del condado de Jefferson, Dave Thomas, pidió a los padres informes bucodentales de sus hijos. Los pasmas norteamericanos utilizan el código 20-4 para describir una redada antidroga y los chavales de los institutos suelen escoger el 20 de abril para hacer novillos y fumar marihuana. Los padres rezaron para que sus hijos estuviesen fumando porros.  La semana siguiente una docena de psicólogos con pipa graznaron sus tres o cuatro ideas sobre el asunto en la tele. Echaron la culpa de la matanza a la Asociación del Rifle, a Marilyn Manson, a la fluvoxamina y a las ofertas del super, que incitaban a los padres a comprar en lugar de quedarse en casa a escuchar a sus hijos decir que nadie les comprende. Clinton rezó en la Casa Blanca y el Papa de Roma envió sus condolencias. El gobernador de Colorado Bill Owens acudió al escenario del tiroteo a reconfortar a las familias y dijo: “Quizás hoy hayamos perdido la inocencia”. Se puso una mano en el corazón, que alguien le diría dónde estaba. Venga ya, colega, la inocencia la perdió Adán en el Paraíso hace un millón de años y desde entonces estamos de vuelta.

MARTÍN OLMOS

Don Eleuterio (que no quiere ser El Lute)

In El cañí on 31 de julio de 2012 at 18:16

A Eleuterio Sánchez le sobra su nombre de quinqui y su leyenda

“Furtivo como el Lute cuando era el Lute”
JOAQUÍN SABINA. Músico.

En los cuentos de Calleja los amores son eternos y las casas de chocolate pero en el rutinario, en cambio, los matrimonios son eventualidades que acaban en demanda civil por el piso de veraneo y resulta que las casas se construyeron con burbujas, al contrario que el Trinaranjus. En los cuentos los sapos se convierten en príncipes y en la vida pedestre los novios de las princesas salen rana y entonces les quitan el espantapájaros del Museo de Cera del Paseo de Recoletos y lo guardan en el almacén para que lo eche a perder el polvo y el olvido. En el almacén las figuras no están en su ambiente y se van consumiendo como las velas de un cumpleaños hasta que un día se les caen los ojos de obsidiana y el peluquín. Que le escondan a uno su muñecazo de cera en el sótano tiene algo como de despido procedente sin derecho a indemnización o como que te desherede la abuelita, a la que en los cuentos le llevaba la cestita Caperucita cruzando el proceloso bosque y en el real las nietas no la quieren ni ver porque no se entera y les cuenta cosas de la posguerra. Sacar del bodegón a un monigote de cera es como reescribir la historia pero eso ya lo hacía Stalin cuando borraba de las fotos a Trotsky o a Nikolái Yezhov, al que antes ya le había borrado del paisaje acribillándole en el paredón. Una figura de cera no sale por menos de seis mil euros y a veces el modelo no se queda contento, como le pasó a Arantxa Sánchez Vicario, que dijo que le pusieron las piernas gordas. Uno entra en el museo del Paseo de Recoletos por hacer un mérito y lo sacan a la fuerza, como de las fiestas con barra libre, y sin embargo Eleuterio Sánchez, cuando no quiso ser Lute quinqui porque le gustaba más ser doctor, tuvo que meterse en abogados para que le quitaran su figura trincá de caenas, presa de la Guardia Civil. El juez le dio la razón y estimó que si estaba reinsertado en la sociedad había que indultar a su efigie de la cadena perpetua de recibir al público con cara de robaperas. Eleuterio Sánchez fue a recoger su maniquí en una furgoneta de melones, se lo llevó a un yermo y lo pegó fuego.

El mal nombre
Don Eleuterio lleva tiempo queriendo quitarse de Lute  y le pasa lo que a las golfas a las que les retira un señor, que se ponen a ir a misa de ocho y les dicen frescas a las que enseñan el canalillo. Se le debe olvidar que vivió de ser el Lute cuando lo era pero también cuando dejó de serlo y hacía la pasantía en el despacho de Tierno Galván, firmaba libros en Galerías Preciados y daba el pregón en las verbenas. Cuenta Umbral en “Crónica de esa guapa gente” que se lo encontró un verano en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander y llevaba gafas de médico del Seguro y bigote de mejicanito con modales. Los dos largaron unas conferencias invitados por Manuel Martín Ferrand y cuando acabaron le dijo Umbral: “Oye, Lute, ¿nos tomamos una copa?”, y el Lute le contestó: “A mí tú no me llamas Lute. Ni tú ni nadie. Ni Dios. Yo soy Eleuterio Sánchez, doctor en Derecho y autor de varios libros, y al que me vuelva a llamar el Lute le parto la madre”. Umbral le explicó que el que lucha contra su propio nombre está suicidándose trabajosamente pero le quedó la duda de si le entendió, y por si acaso no le volvió a decir Lute para que no le rompiera la madre. Que no hay más que una. El Lute fue vaivén de las circunstancias, como lo somos todos. El franquismo le pintó de Barrabás para asustar a los niños y después, las literaturas progres de la Transición, hambrientas de metáforas, le escribieron de Tempranillo merchero y de producto social de la chabola y del hambre de pan y sardina y se les olvidó que, culminando un atraco a una joyería de Madrid,  su banda se llevó por delante a un señor. Fue a la hora del solecito de mayo, en 1965, que el Lute, el Medrano y Juan José Agudo, quinquis de la garfiña, echaron abajo de una pedrada la cristalería de una relojería de la calle Bravo Murillo para llevarse veinte mil duros en colorao y en la escapada, al galope de una Montesa Impala, le pegaron un tiro al vigilante Tomás Ortiz Segres, que les salió a dar el alto.

Por dos gallinas
El Lute no fue ni el Hombre del Saco ni Robín Hood sino un medio calé de la merchería, quincallero valiente de ojos negros clavados en su carita de hambre, del clan de los Patapocha, que principió en el choro magro con sus hermanos el Lolo y el Toto para quitarse de la jai, para ponerle una tapa de amianto a la chabola o porque, quizás, no le gustaba varear la aceituna. Con veinte abriles le trincaron por afanar dos gallinas para echar en la cazuela y el juez, que se llamaba Ricardo Álvarez y tenía una mala tarde, le aparcó dos años en el trullo cuando podía haberle atenuado el castigo refugiándose en la figura de “delito famélico” que recogía el código penal. Unos años más tarde le condenaron al garrote por el atraco con homicidio de la calle Bravo Murillo pero un indulto le salvó la piel a cambio de treinta años. Su mito empezó cuando se fugó tirándose de un tren que le conducía desde El Dueso a Carabanchel. Cuando le cogieron salió su foto en El Caso, doblegado por dos beneméritos, carniseco de jeta, el pómulo saludado y el brazo derecho roto. Se volvió a fugar del penal del Puerto de Santa María la nochevieja de 1971 haciendo un butrón en la pared. Se escondió en las alcantarillas de Sevilla, despistó a los perros dejando rastros de pimienta y le volvieron a coger al de tres años, cuando ya era un burlador célebre con cartel de bandolero. Le juntaron casi cien causas y le condenaron a más de mil años. Le hicieron coplas en los caminos los quinquis de la calderería y en el trullo le fue a visitar Camilo José Cela. Aprendió a leer a la sombra y estudió a distancia dos cursos de Derecho, pero no se licenció ni fue doctor, como le dijo a Umbral antes de amenazarle la madre. En 1981 le concedieron un indulto general y Tierno Galván le dejó una silla en su despacho, escribió cinco libros, fue esposo de muchas mujeres, alguna de ellas ingrata, y Boney M, que era un conjunto yeyé que hacía música de bailar en la Costa Brava, le compuso una canción. A su hermano Toto lo mataron durante un atraco a una tienda y a un primo suyo le liquidó la ETA en Bermeo, por traficante y soplón. Con el tiempo le fue pesando su nombre célebre. Con la quincallería acabó el plástico y con la leyenda del  Lute sus pocas ganas de llevarla al hombro y tirar con ella como si cargase con un matrimonio, para lo bueno y para lo malo. Don Eleuterio pudo quedar de metáfora de la reinserción, que nunca sobra un ejemplo, pero se ha quedado en señor desabrido al que le sobra –y a quién no- una parte de su biografía, que si se la recuerdas te parte la madre. Que no hay más que una.

MARTÍN OLMOS

La hoz, el martillo y el sheriff de Río Bravo

In Esto es Hollywood, La política on 29 de julio de 2012 at 21:39

Una noche de vodka y euforia, José Stalin ordenó el asesinato de John Wayne

“Solo un demente como Stalin intentaría matar a John Wayne”
ORSON WELLES

No se sabe en otros planetas, pero en este se mata. Se mata por amor, por celos, por dinero, por negligencia, porque se tiene mal pronto, o poca paciencia, porque se entendió mal un chiste, porque brilla la luna llena o porque la vida de los otros, en algunos pagos, se tiene por barata. Porque mire usted, señor juez, estaba borracho. Se mata por prisa y porque van como locos. Se mata el tiempo en una esquina y se mata la tarde viendo pasar a las gachisas en un velador, con un café con leche y un vasito de agua, por favor, hasta que el camarero se acerca y dice si ponemos otra. Lo dice con guasa. Se mata al camarero por impertinente y por andar con guasas y de paso uno se ahorra la propina, se mata al marido cuando es más guapo el butanero, a papá por lo de Edipo, al perro para acabar con la rabia y al vecino del pueblo de arriba porque mea en el río. Se puede matar a un cerdo a besos y matar de aburrimiento y si se matase el hambre no se mataría tanto. Se vive con el sueño de matar al patrón lenta y dolorosamente, como se vive con el sueño de la lotería y el del tío de América, pero mientras uno se decide regresa a casa con la lumbalgia de la reverencia y le hace la vida imposible a la familia, qué culpa tendrá ella. Se mata al símbolo rompiendo una estatua, que es iconoclasia, y se mata al símbolo de una manera literal volándole la cabeza al alférez que carga la bandera. Se supone entonces que la infantería no sabrá hacia dónde avanzar si no tiene la referencia del estandarte. En uno de los episodios más delirantes de la Guerra Fría, José Stalin quiso matar al símbolo de América, que había concluido que no era el águila de cabeza blanca sino John Wayne, y envió a dos sicarios de la NKVD del siniestro Lavrenti Beria para que se infiltrasen en Hollywood, vestidos con camisas de Hawai, y le metiesen al actor una libra de plomo cosaco. Pobres sicarios bolcheviques, que no sabían que con John Wayne no pudo ni Liberty Valance, que ostentaba revólveres al pelo y un látigo con puño de plata.

El hombre de acero
José Vissariónovich Dzhugashvili nació en 1879 en Georgia y siempre tuvo dudas sobre quien era su padre, tenía un brazo tonto, la dentadura hecha un asco y el segundo y tercer dedo del pie izquierdo unidos por una membrana, como los patos. De niño comió las mondas de las patatas y llevó calcetines con agujeros en un país en el que por las tardes refresca y de joven conoció el rigor de Siberia, que escribió su carácter de hierro, y cuando fue nombrado secretario general del Partido Comunista en 1922 ya le llamaban Stalin, que en ruso quiere decir el Hombre de Acero. Stalin sucedió a Lenin en 1924 pero espiritualmente fue heredero del Zar Iván IV el Terrible, que mató a su hijo de un bastonazo y presumía de haber violado a mil vírgenes. Stalin parecía una morsa bigotuda y veía un conspirador detrás de cada cortina, mató a su mujer de un disgusto, a los asesinatos en masa los llamaba purgas, que suena a remedio para ir de vientre (desagradable al gusto pero con final prometedor), y le gustaban las películas de Tarzán. Nunca trabajó la empatía con la famélica legión y especuló con el grano mientras millones de ucranianos se morían de hambre, propagó su imagen por cada kilómetro de los muchos que tiene la extensa Rusia y obligó el culto a su persona, fue el hombre que quiso ser dios y, sin embargo, rezaba a la virgencita de Kazán porque había estado en el seminario.

Matar al Duque
A finales de los años cuarenta, de regreso de una conferencia de paz en Nueva York, el director de cine Sergei Gerasimov, discípulo de Eisenstein, le contó a Stalin que había un vaquero bocazas que enarbolaba la bandera del anticomunismo en Hollywood. John Wayne decía que interpretar era hablar bajo, despacio y no decir demasiado y, sin embargo, a Stalin le pareció que lo que decía era suficiente. Wayne personificaba el espíritu del pionero, la Frontera, el rifle y la Biblia y el pavo en familia el Día de Acción de Gracias, le llamaban el Duque, cobraba un millón de machacantes por película y estaba al frente de la Asociación para la Preservación de los Ideales Americanos, una logia de republicanos a los que les resultaba incómodo tener que vivir con un brazo izquierdo. Stalin ya estaba completamente desquiciado, y probablemente trompa, cuando ordenó la eliminación del actor pero Lavrenti Beria, el director de la orquesta de las purgas, se apresuró a sacar dos pasajes para Disneylandia a un par de ejecutores de la NKVD. Los dos tovarich consiguieron entrar en los estudios de la Warner Bros haciéndose pasar por agentes del FBI pero antes de que tuviesen a tiro a John Wayne fueron detenidos por agentes federales de verdad. Al Duque le gustaba contar que les llevaron a una playa de Los Angeles en donde él y Ward Bond, su compañero de praderas y lingotazos, les atizaron una zurra, lo que parece más bien una de esas historietas que se cuentan cuando el cóctel se va animando. Devolvieron al par de rusos al remitente y Beria les organizó una gira sin billete de vuelta por los yermos de Siberia, donde los días son cortos y las noches desoladas.

Stalin murió en marzo de 1953, oficialmente de una apoplejía derivada de su hipertensión, pero se rumoreó que el politburó le echó matarratas en el vodka porque se había vuelto definitivamente loco. El siniestro Lavrenti Beria le veló la agonía en la cabecera de su cama, llamándole perro cada vez que el moribundo perdía la conciencia y pidiéndole que viviese por el bien de Rusia cuando se despertaba. Beria dijo más tarde que él había salvado a la patria del monstruo, como si hubiera ahogado a Stalin con una almohada. Suele ocurrir que cuando la diña el tirano los mismos que le lloran con sentimiento presumen de haberle matado con sus propias manos cuando se enfría el fiambre, se acaba el luto y cambia el clima, aunque el tirano haya muerto en la cama o en un quirófano, operado por un yerno vestido de Caballero de la Orden de Malta. El nuevo Zar Rojo fue Nikita Jrushchov, que se hizo un nombre en el mundo del espectáculo pidiendo la palabra a zapatazos en una reunión plenaria en las Naciones Unidas. Si Beria tuvo alguna esperanza en la carrera de la sucesión, Jrushchov le quitó la idea de la cabeza mandándole fusilar. Dicen que se arrodilló suplicando por su vida. John Wayne siguió cabalgando en las praderas de nuestra infancia. Stalin tenía razón, al final, y el Duque era simbólico como un coloso de mármol: en 1979 sus compatriotas le eligieron el segundo americano más famoso de la historia después de Lincoln, por delante de Washington, de Benjamin Franklin y de los astronautas del Apolo 11. Jrushchov confirmó en sus memorias que la orden de matar a Wayne había existido, pero que él mismo la revocó a la muerte de Stalin. En 1966, cuando John Wayne hizo una visita a las tropas americanas destacadas en Vietnam, un francotirador de Ho Chi Minh intentó volarle la cabeza pero falló el tiro. Nadie podía con el Duque, ni el Vietkong, ni Stalin ni los comanches y al final mordió el polvo por el fuego amigo. En 1958 rodó los exteriores de “El Conquistador de Mongolia” en el desierto de Saint George, en Utah, donde el ejército americano había ensayado pruebas nucleares. El Pentágono aseguró a los productores que no existía riesgo de contaminación radiactiva pero con el tiempo cien miembros del equipo de rodaje engancharon el cangrejo de la muerte. El de John Wayne le atenazó el pulmón izquierdo y se lo llevó a la tumba en 1979.

MARTÍN OLMOS

Tiro al prócer

In La política on 29 de julio de 2012 at 21:11

Hubo un época en España en la que estuvo de moda el cuplé de Raquel Meller, el toreo de El Gallo y la caza de presidentes

“Los atentados son gajes del oficio”
ALFONSO XIII

José Canalejas Méndez tiene la culpa de que los políticos españoles se hayan quitado de leer. José Canalejas Méndez era dueño de copiosa ilustración, lo que es bagaje más bien incompatible con el ejercicio de la administración pública, para el que se recomienda más el dominio de la permuta y del tópico, de la cazuela y del arte de la tauromaquia. Canalejas era ferrolano de 1854 y con diez años ya era capaz de traducir el francés. Se licenció en derecho y en filosofía por la Universidad Central de Madrid y dictó clases de literatura española como profesor auxiliar sin plaza, se hizo prestigio de orador notable en el Ateneo Científico y en la Academia de Jurisprudencia y se merendó los once volúmenes de las obras completas de Platón traducidas por Patricio de Azcárate, compendió en dos tomos la Historia de la Literatura Latina y le ganó un litigio a la Compañía de Ferrocarriles del Norte a cuenta de la concesión de la línea directa de Madrid a Ciudad Real. En 1878 compitió con Marcelino Menéndez Pelayo, Saturnino Milego y Antonio Sánchez Moguel por la cátedra de Literatura de la Universidad Central de Madrid que había quedado vacante por la muerte de José Amador de los Ríos. El novelista Juan Valera, que era el presidente del tribunal opositor, encontró a Canalejas “presumidísimo, cosa que en mi sentir desgracia mucho cualquiera prenda que pueda tener” y contribuyó a que le fuese concedida a Menéndez Pelayo. Los jóvenes combaten los desengaños alistándose en la Legión Extranjera pero Canalejas se echó al derrotero de la política para olvidar la decepción. Ambas decisiones requerían temple aventurero porque si en la legión se tiene en frente a la morisma fiera y en el cuartel al sargento del chusco con su brutalidad, en la política española había prendido la costumbre popular del tiro al prócer.

La moda tuvo su preámbulo en 1870 con el asesinato a trabucazos del general Prim en la calle del Turco y durante la Restauración el anarquerío le cogió más gusto que al cuplé. Al presidente Cánovas le mató el anarquista italiano Michele Angiolillo en el balneario de Santa Águeda de Mondragón en 1897, le pegó tres tiros a quemarropa y como era hombre de cumplir le pidió disculpas a su mujer. A Angiolillo le ajusticiaron en la prisión de Vergara diez días después, le dio garrote el verdugo Gregorio Mayoral, que tenía la costumbre de llamar con arrobo “la guitarra” a su artilugio de matar. Le quedó ejecución vistosa que mereció comentarios del antropólogo Salillas y testimonio fotográfico de Eustaquio Aguirreolea. Sagasta, el rival de Cánovas, dijo que después de él todos los políticos podían llamarse de tú. A los muertos, como acaban cayendo bien porque no enredan, les crecen los elogios. Por hacer el honor, los políticos se apearon el tratamiento con alegre desenvoltura y se pusieron a tutear a la familia próxima de la oposición en las disputas parlamentarias.

Canalejas hizo su recorrido en los gabinetes liberales de Sagasta y fue ministro de Fomento, de Gracia y Justicia, de Hacienda y de Agricultura. En 1897, con 43 años, se alistó voluntario en las milicias que peleaban al mambís en las colonias de Cuba. Volvió prendiendo la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo y con informes dramáticos de la situación de las posiciones de ultramar que le condujeron a reñir con Sagasta. Al frente de los liberales llegó a presidente del gobierno en febrero de 1910 pero heredó país violento y con hambre de pan en el que se zanjaban las frustraciones a puñal. Andaban los catalanes padeciendo la resaca de la Semana Trágica, en la que la caballería tricornia cargó contra la huelga y dejó trescientos difuntos y las campañas africanas contra El Mizián, que preludiaron el Desastre de Annual, requerían el gasto de la sangre obrera. Canalejas estableció el servicio militar obligatorio por el que los jóvenes con posibles tenían que cumplir y no enviar a un pobre al cuartel, sin embargo, a las peleas del Rif siguieron yendo los de siempre, limitó unilateralmente la actividad de las órdenes religiosas enfrentándose al Papa de Roma y suprimió el impuesto del consumo, pero las reformas le iban quedando a medias. Una cosa es ver postal del mar y otra cosa es navegarle las mareas. A Canalejas le tocaron paisanos broncos a los que gobernar que no se ponían de acuerdo ni para mirar el fútbol y en 1910 la Copa del Rey se disputó dividida, por un lado la organizó el Club Ciclista de San Sebastián (ganó el Athletic de Belauste) y por otro la Federación Española de Clubes (ganó el Barcelona de Comamala). Durante su mandato breve se le sublevó la dotación de la fragata Numancia, que amenazó con bombardear Málaga, tuvo que poner a los militares a conducir el tren chuchú por la huelga ferroviaria y sofocar motines populares como el que organizó en Cullera el anarquista Juan Jover, que le decían el Chato de Cuqueta, en el que mataron a un juez de un hachazo en la cabeza, a su secretario a cuchilladas con una aguja de alpargatero y al alguacil ahogándole en el Júcar. Se reivindicaba con sangre y plomo en aquellos años de copla y lo de sentarse a charlar se dejaba para las comadres del lavadero.

Angiolillo dijo que asesinó a Cánovas para vengar a los hermanos anarquistas fusilados en Montjuich, pero a Canalejas le mató Manuel Pardiñas porque le vino más a mano que el rey, que era al que de verdad le quería pasar la factura. Pardiñas tenía reseña en la bofia, era de Huesca, hijo de un carabinero, y en Argentina, donde huyó para hurtarse de la milicia, frecuentó al pistolero anarquista Simón Radowitzky. La mañana del 12 de noviembre de 1912 se echó al percal un pistolón Browning y se fue a pedirle cuentas a Alfonso XIII, que nació florido de posaderas, pero por el camino se encontró con Canalejas y le dio igual perdiz que codorniz. Fue en la Puerta del Sol, eran las once y media, Canalejas, que iba a pie, llevaba escolta de tres inspectores, Borrego, Martínez y Benavides, dos le guardaban la zaga, a distancia, el tercero iba guiando. En la esquina de la calle Carretas detuvo el paseo para mirar el escaparate de la librería San Martín, se interesó por un mapa de la guerra de los Balcanes. Pardiñas se le acercó a la distancia de la quemarropa y le pegó dos tiros en la cabeza. Uno de ellos le entró por el oído derecho y le salió por el contrario, llevándose por el camino el bulbo raquídeo. Si después de lo de Cánovas los políticos se echaron al tuteo, después de Canalejas dejaron de frecuentar, por precaución, las librerías, y así han ido perdiendo léxico hasta arreglarse con un vocabulario escaso que, sometido a milagrosas permutaciones, hace la ilusión de comprensible. Canalejas murió sobre una manta que ofició de camilla y de sudario. A Pardiñas le persiguió el inspector Borrego con un bastón de paseo y, a cuerpo, un conserje de la Sociedad Filarmónica. Como no vio zafa se pegó un tiro en la cabeza y murió horas después. A Canalejas le enterraron en el Pabellón de los Hombres Ilustres, al lado del Retiro, y le hizo estatua Mariano Benlliure. Le sucedió en el gobierno el conservador Eduardo Dato Iradier, que para confirmar lo riesgoso del oficio, cayó a balazos en la Puerta de Alcalá en 1921. Le emboscó desde una moto con sidecar una terna de anarquistas que le frió a tiros, como en Chicago. Un Chicago de zarzuela de Chapí, listas de muertos en el moro y el rey en las regatas.

MARTÍN OLMOS

Las verdades insostenibles

In Los chicos de la prensa on 27 de julio de 2012 at 19:55

El reportero Stephen Glass nunca dejó que la verdad le arruinase una buena historia

“Yo decido de antemano si mi reportaje será un drama o una comedia”
ORIANA FALLACI

Dios tolera la mentira siempre y cuando se desarrolle en el ámbito del matrimonio y en el de la política municipal. Tampoco está mal visto engañar al fisco, a la pasma y al patrón, y es absolutamente necesario engañarse a uno mismo si se quiere dormir de un tirón. El resto de las trolas ponen en marcha el taxímetro y San Pedro las va anotando en la factura, así que ustedes verán. El hombre es un bicho que se adapta a las circunstancias, como las ratas, y ha terminado por dar por sentado que hay unas instituciones que le pueden mentir y otras que no. Actualmente está dispuesto a manejarse dentro de un margen de incredulidad cuando escucha a un concejal, a un abogado o a un agente inmobiliario y sin embargo pone el grito en el cielo cuando le descubre una patraña a un periodista, cuando debería ser, por el contrario, más tolerante con sus flaquezas, ya que por todos es sabido que en el alma de un reportero, pobre diablo, vive un novelista. En sus inicios, el periodismo fue oficio de canallas (según Voltaire) y de duelistas que con el tiempo se fue solemnizando para darle un disgusto a Oscar Wilde, que manifestó: “Los periódicos han degenerado: ahora se puede tener absoluta confianza en ellos”.

Un periódico cuesta lo mismo que un café con leche sin crema en una tasca sin lujos y menos que una caña de cerveza, que todo el mundo sabe que se adquiere en régimen de alquiler porque es un líquido fútil que enseguida se mea. Un periódico sirve para tentar a los toros de San Fermín, para alfombrar la jaula del periquito y para ponérselo debajo de la camisa en los inviernos de los malos tiempos. Y además tiene dentro cosas para leer. Por un poquito más de un euro el periódico hace compañía todo el día y te dice si te ha tocado la lotería, el tiempo que va a hacer y lo que echan en la tele. Un periódico ofrece las noticias y las interpretaciones, las direcciones de las farmacias de guardia, los resultados del fútbol y un chiste, un crucigrama, una historia de otros tiempos, para que no se la lleve el viento, y las cotizaciones de la bolsa. Por el periódico sabemos quién se fue del barrio y que el yunque del platero se llama tas, dónde está Somalia y las horas de bajamar. Por un poquito más de un euro, oiga, y encima pretende que todo sea verdad.

Las fábulas de Glass
Machado decía que la verdad también se puede inventar y esa es la base sobre la que Stephen Glass, que probablemente no había leído a Machado, edificó su carrera, que fue de corto recorrido. A Glass lo que le pasó fue que le condicionaba su apellido, que en inglés quiere decir cristal, que depende del color que sea interpreta la vida de una manera o de otra. Glass, más que interpretar la vida, se la sacaba de la chistera y esperaba el aplauso, y durante un tiempo la impostura funcionó. En 1994 era un pimpollo de veintidós años recién salido de la Universidad de Pensilvania con una vocación irrefrenable de caerle bien a todo el mundo. Al año siguiente era el redactor más joven de la revista “The New Republic” y publicaba con asiduidad en “Harper´s”, en “Rolling Stone” y en “George”, el mensual fundado por John F. Kennedy Junior. Glass siempre tenía una historia en el carrete, olfato de podenco para sacarle la entretela y una mirífica habilidad para colarse en la trastienda. Contaba en primera persona, era brillante, mondaba la capa y untaba en la yema. En realidad estaba practicando un tipo de reporterismo de investigación que se podía hacer desde la mesa de la cocina, en pantuflas de estar en casa, tan riguroso como un cuento del Barón de Münchaussen. Según sus propias palabras, su técnica consistía en iniciar el reportaje con una verdad, continuarlo con medias verdades, seguirlo con una mentira y acabarlo con una farsa. Las dos primeras partes convencían al lector de que las dos últimas, por aproximación, eran también verdaderas. Las verdades embrionarias eran generalmente las del barquero y el desarrollo era un puro embuste que, además, se adaptaba convenientemente al mecanismo de la narración y culminaba un reportaje redondo que pasaba por veraz. Glass no hacía periodismo sino parábola, como un predicador de la montaña, y le ponía detalles. Tomaba un hecho abstracto pero plausible y le cosía un traje a la medida citando fuentes confidenciales.

¡Enséñame la pasta!
Stephen Glass tuvo el inconveniente de no ser cojo, sino mentiroso, y no duró mucho en la cancha. Un trolero se acaba descuidando, como el tío que maneja un troquel y se cisca la mano, y Glass se fue al diablo en 1998, cuando escribió el reportaje “El paraíso del hacker”. En él contaba como un chaval de quince años que se apellidaba Restill había accedido al sistema informático de la empresa de software Jukt Micronics y ésta, en vez de demandarle, le había hecho una oferta para contratarle como consultor de seguridad. Los ejecutivos de la Jukt y Restill se reunieron durante una convención de piratas informáticos que se celebró en el Hotel Hyatt, en Bethesda, Maryland, y el crío se presentó con un agente y exigió un sueldo escandaloso y un viaje a Disneylandia. Restill salió de la negociación con un contrato en firme y un pasaje en primera para el país del Pato Donald y en el vestíbulo fue recibido por un centenar de chavales granudos con gorras puestas del revés que le jalearon como a una estrella del rock and roll y le gritaron: ¡Enséñame la pasta!, como en la película de Tom Cruise. Glass firmó un reportaje perfecto en “The New Republic” y cuando el editor de la revista “Forbes” Kambiz Foroohar lo leyó endilgó una bronca a su especialista en informática Adam Penenberg por no haberse enterado de lo que estaba sucediendo delante de sus narices. Penenberg inició una investigación y no encontró en el registro mercantil ninguna empresa que se llamase Jukt Micronics, Restill no existía y el día en el que Glass dijo haber estado en la convención de hackers el Hotel Hyatt de Bethesda estaba cerrado a cal y canto. Cuando se abrió el melón quedó en el ambiente olor a gato mojado y Glass se defendió como una tortuga puesta del revés, diseñó una chapuza de página web de la inexistente Jukt Micronics, largó evasivas y mandó imprimir unas tarjetas de visita de ejecutivos invisibles que no engañaron a nadie porque le costaron cuatro gordas. A Glass le creció la nariz y su editor, Chuck Lane, ordenó una revisión de sus 41 artículos. 27 de ellos no aguantaron el examen y se manifestaron tan fiables como las excusas de un moroso. “The New Republic” tuvo que publicar una nota dando explicaciones y Glass salió de la revista por la puerta de atrás, con su carpeta de historias reales que nunca habían ocurrido y su periodismo de feria. Su jeta de granito conoció el rubor pero se le pasó enseguida y se puso a estudiar derecho, escribió un libro autobiográfico de notable éxito, contó chistes en un cabaret de Los Ángeles y hoy, naturalmente, ejerce de abogado.

MARTÍN OLMOS

Corrido del Chalequero

In Destripadores y sacamantecas on 27 de julio de 2012 at 19:28

Francisco Guerrero, proxeneta, zapatero y tahúr, se esmeraba en vestir con exuberancia y en degollar prostitutas en el México del porfiriato

“México es un país más surrealista que mis pinturas”
SALVADOR DALÍ.

No se vio macho más dominguero en el barrio de Peralvillo, a la vera del río Consulado, en la Ciudad de Méjico, que el mero Francisco Guerrero, que por pintón le decían el Chalequero. Peinaba bigote carbón, ungüentado de pez y jazmín, y guardaba el cuchillo fiero bajo una faja de brocatel de damasco y oro. Ceñía estrechos los pantalones de casimir negro con galones de pesos de plata en el pernil, camisas de seda blanca, chaquetas charras con vivos de cuero y chalecos cerrados con herretes de agujetas y botones de hueso. Rompía el mano de purito chulo y llevaba en el sombrero de ala ancha guarnición de alhaja y cordel de lazo. Fumaba bueno y tomaba aguamiel de pulque y tequila, quizá sin moderación, era de oficio zapatero remendón y pendejaba putas en la Cantina de los Coyotes, en la Calle del Padre Lecuona, para que le costearan las galas, los ocios y el limpiabotas. El mero Francisco Guerrero, que le decían el Chalequero por bien vestido, era también bailarín fino de huapango, peleador de cuchillo cuando se le torcía la mamancia y celebrado en las alcobas por gastar bien tallada la barrena. Conocía dos hijas que tuvo con Mucia Gallardo, que le decían la Burra Panda, pero tenía más prole que no atendía diseminada por la comarca. Se lo rifaban las doñas por guapo pero él las daba mal pago y cuando no le dejaban pleno las degollaba con su cuchillo de pelar borregos y las tiraba al río Consulado. Después no se escondía y se iba a la pulquería, a convidar tequilitas y a jactar el crimen, y el compadraje callaba por no andarle en pleitos porque le tenían por bravo del barrio de Peralvillo, por hombrón con par, por tahúr y por cuchillero.

El matón de Peralvillo
Entre 1880 y 1888 el Chalequero asesinó a veinte mujeres, todas ellas putas de cantón y por lo tanto nadie demoró en hacerlas justicia. Otra cosa hubiese sido matar a damas de formalidad, de rosario y misa, pero no abundaban las piadosas en el arrabal. El Chalequero rondaba las cantinas de puerta de jarapa y requería a las furcias para serviciarle, se las llevaba al yermo y las tomaba por la brava, las cosía a puñaladas y las degollaba con tanta violencia que a alguna de ellas la decapitó. Después se las echaba al hombro y las tiraba al río Consulado. En el barrio de Peralvillo le sabían las hazañas pero la policía no le tenía localizado porque con frecuencia Francisco Guerrero el Chalequero se hacía llamar Antonio Prida para obviar deudas de naipe. Era gallardo para tomar mujeres sin tarifa y toro para colmarlas, se tenía por bien macho y no cargaba introspecciones de diván, con lo que hay que pensar que mataba por las puras ganas de hacerlo, aunque después le buscaron pretéritos infundados de una mala madre y un padre pegón. El Chalequero, en cambio, no largó de su familia cuando estuvo en el penal, probablemente porque a la madre la conoció poco y al padre nada y ni siquiera sabía el año en el que nació. Le cogieron en julio de 1888 cuando le señaló Lorenza Urrutia, una pendanga joven del barrio de La Villa a la que dobló a palos y no la remató porque se le acabó el pulque y se fue a buscarlo a un changarro. Compareció el Chalequero ante el tribunal con su porte elegantón y lloró con mucho sentimiento pero le condenaron a morir sin miramiento. Fue la vista de mucho entretenimiento para el popular y el impresor de gacetas callejeras Antonio Vanegas Arroyo le escribió corridos que ilustró el grabador José Guadalupe Posada, dibujante de calaveras. Se vendieron a la salida del juzgado con tamalitos de carne de guarro adobada en achiote. Unos meses después llegaron de ultramar noticias de un destripador de golfas que oficiaba en Londres y al que llamaron Jack y los diarios mejicanos escribieron: “En Inglaterra les salió un Chalequero”.

Preso político
El presidente Porfirio Díaz, quizá por desmerecer al victimario, le indultó de muerte a cambio de encierro en el penal de San Juan de Ulúa, que construyó Hernán Cortés en 1535 en el puerto de Veracruz con piedras de coral. San Juan de Ulúa era prisión dura y húmeda, golpeada por el mar, que administraba con mano de hierro el coronel Federico Hinojosa, partidario del látigo, y en ella vivía la tisis. De San Juan de Ulúa cuentan que escapó una bruja que le decían la Mulata de Córdoba a bordo de un barco que dibujó en la pared de su celda con una piedra de cal, pero el Chalequero no sabía pintar. Sin embargo hizo amigos en el penal a los que entretenía con la narración de sus crímenes y escribió al administrador de la prisión requiriéndole un par de pantalones nuevos para vestirlos “como mi educación me lo demanda”. En 1904 el presidente Porfirio Díaz consintió un indulto de presos políticos y un funcionario incapaz escribió su nombre en la lista porque entendió que destripar pendonas era política (acaso demográfica) y el Chalequero volvió al Peralvillo, viejo y tuberculoso. Le recogieron sus hijas, que eran putas, y encontró trabajo de tapicero, pero a veces hablaba con los pájaros y no encontraba el camino de vuelta a casa. En 1908 buscó alivio con una ramera vieja, ochentona y reñidora, la requirió de amores y discutieron la minuta y como ella le arañó la cara, la finó de dos puñaladas y la serró el pescuezo. Apareció la vieja en la vera del Consulado y al Chalequero le encontraron en el quicio de una cantina, vestido de príncipe gitano, borracho de pulque y hablando solo, todavía con el cuchillo en la faja de brocatel de damasco y oro. Le encerraron en la cárcel de Lecumberri, que la llamaban el Palacio Negro, y le sentenciaron a muerte. Fue preso de gran prestigio y casi una celebridad nacional y el fervor popular le tuvo por más notorio que Jack el Destripador, al que le sacaba una ventaja de quince difuntas. Esperando la horca se fue apagando de puro viejito y en noviembre de 1910, después de cenar camarones, se murió de una embolia ahorrándose el trance de subir al cadalso, para lo que ya andaba flojón de piernas y apuradito de ánimo.

MARTÍN OLMOS

El Pisthaco y el impostor

In Destripadores y sacamantecas on 20 de julio de 2012 at 18:56

En la fantasía de un policía se mezcló una riña de narcos con las antiguas leyendas quechuas de los sacamantecas

“Soy pisthaco y qué. Terminaré rebanándoles el sebo y chupándoles la sangre a todos”.

MARIO VARGAS LLOSA. “Lituma en los Andes”

La grasa la acabarán prohibiendo, si no al tiempo, como el fumeque y el fulaneo, y los que echan la sobremesa larga con un postre en condiciones se tendrán que ocultar en el oscuro clandestino para comer panceta y mojar el pan. En otros tiempos, en cambio, el español sacaba la parrilla al ágora para que los vecinos le viesen comiéndose al cochino y demostrar de paso que por sus venas no discurría sangre de la morería. Así se daba una fiesta, exhibía posibles si el guarro era merecido y se mantenía alejado de las fogatas de la Inquisición. De aquellas ordalías nos ha quedado la capa del cerdo y la matanza, que junta a la familia. Hoy el morcón, que decía Cela que es mejor en tripa que en condón, hay que correr a despistarlo sobre una bici que no lleva a ninguna parte. La grasa, sin embargo, conforta porque es más maleable que el esqueleto rígido y se adapta como un buen abrigo al que le toca arrimarla. Otra cosa es que la tasen al precio del azafrán y la cuelguen el cartel de 15.000 dólares el litro. Entonces retrocede la conciencia y se despierta la selva, se desenvaina la flamenca y se echan las cuentas.

La noticia se difundió al final de noviembre de 2009, una banda siniestra de tocineros se había dedicado durante los últimos treinta años a rebanar el pescuezo a los que andaban la selva del Valle de Huánuco, en los Andes peruanos, para extraerles el sebo con el que comerciaban con traficantes europeos dedicados a la fabricación de cosméticos. Pagaban a tocateja quince mil machacantes por litro para que las señoras de París fuesen a la ópera con el cuello firme como una columna de alabastro. Los asesinos sangraban a las víctimas colgándolas cabeza abajo, como a los cochinos de San Martín, les cortaban la cabeza y los brazos con una hoz llamada “wincha” y después les sudaban la grasa al calor de unos cirios, que caía a través de un embudo dentro de unas botellas de cierre hermético iguales que los antiguos cascos de la gaseosa. Como la selva ofrece pista de sobra para preñarla de restos, se habló de entre sesenta y doscientos difuntos de la clase de los de siempre, indios y campesinos que solo tenían lo puesto. Un misionero español que ofició su ministerio en tierras parecidas ya observó que la víbora siempre muerde al que va descalzo.

Por las pistas de aquel pago, por la sierra y por el chaco, caminó la vizcacha y el guanaco, el tigre jaguar y el ratón cuyé (que también le dicen cuis, que es vocablo que trajeron los indianos y hoy lo usan en algunas tierras para llamar al hombre tímido) y caminó también el Sendero Luminoso, que dejó luto numeroso con su revolución a la fuerza. En otros tiempos ya lejanos caminó también la selva el pisthaco, que según la tradición oral andina es un asesino legendario que asaltaba a los viajeros para comerse su carne y vender al mejor postor su grasa. También se le llamaba nakaq. La voz pisthaco desciende del quechua “pisthai”, que quiere decir rebanar y la tradición le dibuja con atributos arios, alto y rubión de barba, y de mirada azul –al contrario que los indios de cobre, con su pelo de carbón y los ojos negros-, por lo que puede que el mito no sea prehispánico. Cristóbal de Molina, párroco de Cuzco en 1574, describió en sus diarios, que se conservan en el Archivo de Indias, el terror que le guardaban los indios al español de la coraza, del que decían que perseguía sus grasas que usaba para hacer cataplasmas con las que aliviar las articulaciones de sus monturas. Y a los frailes de la orden de los Hermanos de Nuestra Señora de Bethlehem (fundada por Pedro de San José Betancur) les pasaron a cuchillo los cuzqueños porque decían que les quitaban los sebos a los indígenas para elaborar los untos curativos que usaban en el hospital del Carmen. El pisthaco sanguinario, el rebanador, que además de robar la sobra también enterraba a los hombres vivos para fecundar la tierra, puede que viniese del mar, con la gente que trajo el caballo y la cruz, y según parece la homeopatía, pero se perdió en los cuentos quechuas. Hasta que la arruga dejó de ser bella.

En agosto de 2009 la policía detuvo a un par de tipos que recogieron una frasca de manteca humana en una agencia de transportes de Lima. El envío venía del Valle de Huánuco, a donde fue la ley para tirar de la manta. A principios de noviembre, en una siniestra factoría en la aldea de Taso Grande, dieron con lo que quedaba, que era poco, del joven Abel Matos Aranda, al que le habían quitado el pringue. Al final del mes la noticia la dieron los periódicos y salió en la tele, con el resto de la exhibición de atrocidades. Al principio de la trama estaban los asesinos Hilario Cudeña y Serapio Marcos Varamendi y al final dos traficantes italianos a los que nadie pudo encontrar que eran los que mercadeaban el gordo con las casas de presumir. La historia tenía sangre, jungla y la conciencia herida de la niña que se pone los potingues en el tocador, que se unta de indio para ir guapa a bailar, pero tenía también grietas en la argumentación. Se anunciaron por lo menos sesenta cadáveres que no acababan de aparecer y las asociaciones de perfumería y cosmética aseguraron que para dar consistencia a sus productos se usaban ingredientes de origen vegetal o mineral altamente purificados y no tejidos de origen humano de inocuidad dudosa. En Europa, además, la grasa ya nadie la paga porque la regalan las presumidas que se quieren quitar costal y la dejan abandonada en las clínicas de liposucción. La banda de pisthacos se desinfló en cuestión de una semana, al final no había italianos y el único muerto andaba en el andurrial de la cocaína, le apiolaron por alguna faena de narcos y los dos matones le adelgazaron por avisar a la competencia de que en su pago no andaban en chicas. Cuando la imaginación coge la vía es difícil de frenar, y un buen cuento es un buen cuento. Todo el sainete se lo inventó el Jefe de la Dirección de Criminalística Eusebio Félix, no se sabe si por los quince minutos de Warhol o porque una mañana amaneció soñador. Le destituyeron fulminantemente y al general Miguel Hidalgo, jefe de la policía de Perú, le tocó el mal trago de pedir las disculpas. El perfil del Bombero Pirómano describe a alguien con ganas de prestigiarse que provoca un fuego y luego corre a apagarlo para salir a hombros pero lo que nadie sabe es de dónde iba a sacar Eusebio Félix los otros cincuenta y nueve flacos, los dos italianos y el bote de las pomadas.

MARTÍN OLMOS

El general recompuesto

In El cañí, Hazañas bélicas on 18 de julio de 2012 at 21:53

Millán Astray, el fundador de la Legión, ganó medallas a la misma velocidad que perdía partes de su cuerpo

“El general Millán Astray quisiera crear una España nueva según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada.”

MIGUEL DE UNAMUNO

El general José Millán Astray vivió practicando con naturalidad dos proezas meritorias que eran buscarse las faldas fuera de casa porque su legítima observaba la castidad para agradar a Dios y pelar los langostinos con una sola mano. Ambas son hazañas de mucho merecimiento que solo los hombres grandes pueden presumir en el casino, en donde el general Millán Astray hacía el alarde de tener rendida a una madre abadesa de un convento de Ursulinas. De coronar a alguien que sea a Cristo, que tiene más mérito, le gustaba decir cuando se arrimaba un coñac. Cuando se casó en 1906 con su novia Elvira, la hija del general Gutiérrez Cámara, ya ostentaba el grado de capitán y alardeaba el pecho gallardo preñado de medallaje (y no por chupatintas sino por haber defendido el cantón de San Rafael, en Filipinas, con treinta hombres cansados contra dos mil rebeldes), así que el suegro no puso pega. Recién dijo el cura amén, en los puros del casorio, Elvira le dijo que había jurado guardarle la flor a Dios y el capitán rindió la noche en tregua. El derecho canónico acepta como causa de nulidad matrimonial el voto de castidad de uno de los contratantes pero Millán Astray, sin embargo, no corrió a un tribunal eclesiástico sino que aceptó con deportividad una convivencia fraternal. A partir de entonces Elvira le cuidó los reposos con veneración, pero sin quitarse el camisón, miró para otro lado cuando regresaba de madrugada oliendo a forastera y hasta llegó a amar como a una sobrina a una hija natural que tuvo el general. Lo de desnudar las gambas solo con la mano diestra es porque la zurda se la dejó en la sebería de un hospital militar, junto con el resto del brazo, porque se le gangrenó una herida que recibió en octubre de 1924 en el Fondak de Ain Yedida, en Marruecos, cuando se expuso al fuego rifeño para empujar con arengas a los soldados del batallón de Burgos. Scott Fitzgerald escribió que la vida es un proceso de demolición pero a Millán Astray más bien fue el moro el que le quiso derribar poco a poco. Antes de mancarle le acertaron en el pecho en el barranco de Amadí, durante la toma de Nador, en 1921, y al año siguiente casi le volaron la pierna cuando se retiraba del blocao Gómez Arteche, después de la batalla de Draa-el Asef. Después de quedarse con una manga de sobra recibió un disparo en la cara cuando examinaba las defensas de Loma Redonda que le desgarró la mejilla izquierda, le puso sonrisa de piano y le vació el ojo derecho. A partir de entonces lució parche de luto y mareos de vértigo si giraba el cuello con violencia. Aunque la pierna la conservó en su sitio, en los cuarteles legionarios decían en el bajinis que al general no le gustaba tener nada repe (el diputado socialista Julián Zugazagoitia le describió “recompuesto de garfios, maderas, cuerdas y vidrios”) y Millán Astray sonreía con su mordida rota a balazos porque le gustaban los chistes y convidar a copas después de las imaginarias.

José Millán Terreros Astray nació en La Coruña en 1879 y cuando tuvo edad para hacerlo desterró el apellido materno a la tercera posición por considerarlo reptante. Ingresó en la Academia de Infantería de Toledo en 1894 y dos años después se presentó voluntario para combatir la rebelión nacionalista en las colonias de Filipinas. Se bautizó de fuego con dieciséis años y con veinte ya era un héroe nacional que había tenido que hacer sitio en la guerrera para llevar prendidas la Cruz de María Cristina, la Roja al Mérito Militar y la de Primera Clase. Con veinticinco era capitán y con treinta pudo ser oficial del Estado Mayor pero prefirió servir en África, en el cuerpo de Regulares Indígenas, y dos años después, ascendido a comandante, empezó a pergeñar su sueño de reclutar una fuerza mercenaria que se alimentase de extranjería. Alistando al de fuera, expuso, “se dispone de un soldado y se ahorra un español”. El general Tovar Marcoleta, ministro de la Guerra, le envió en 1919 a estudiar el cuartel de la Legión Extranjera Francesa en Sidi-Bel-Abbés, en Argelia, en donde observó con entusiasmo el sistema de castigos brutales y recompensas suntuosas y el noviazgo con la muerte de aquel batallón de rufianes sin pasado. Mezclando la gloria vieja de los Tercios de Flandes y la observación del código samurai que aprendió del libro “Bushido: el alma de Japón” de Inazo Nitobé (publicado en 1895 y traducido del inglés por el propio Millán y Luis Álvarez de Espejo) puso en marcha la Legión Extranjera, que fue aprobada por real decreto el 28 de enero de 1920. Cuando los primeros reclutas, que eran una turba abigarrada de psicópatas, bandidos y muertos de hambre, llegaron a los cuarteles de Ceuta Millán Astray, que ya era teniente coronel, les recibió diciéndoles “os habéis levantado de entre los muertos”, les prometió una nueva vida y les aseguró que habían ido allí a morir.

África fue la aventura de Millán y el pilar de la leyenda legionaria. Desde que fueron enviados al sur de Tetuán en 1920 hasta que las tropas españolas ocuparon Bab Tazza en julio de 1927 poniendo fin a la campaña marroquí, las banderas del Tercio de Extranjería (como también era conocida la Legión) participaron en 845 combates en los que sufrieron más de dos mil bajas. Millán estuvo presente en 62 acciones, dejó la mitad de su anatomía en el camino y practicó el coraje exhibicionista y la punición truculenta que encantaba a sus chacales y sacaba de quicio a los generales de velador, que decían que su valor nacía en el chinchón y la morfina. A la duquesa de la Victoria, que organizó un grupo de enfermeras de campaña, le regaló una cesta de rosas rojas clavadas en dos cabezas moras decapitadas y cuando Primo de Rivera visitó Marruecos en 1926 la Legión le atendió la revista en formación impecable y con las cabezas del enemigo pinchadas en las bayonetas. El periodista Arturo Barea pudo contemplar su repertorio macho cuando sirvió en África y le vio liarse a puñetazos con un recluta mulato, “se golpearon uno a otro como los hombres de las selvas debieron hacerlo antes de que se fabricara la primera hacha”, para luego reconocerle el valor y emplazarlo para el combate. El general Millán Astray, dejando de lado las consideraciones políticas, vivía su mito guerrero mirando a Genghis Khan, a los tiempos del mandoble y la caballería, como Patton, Custer o Leónidas, buscando su aritmética en Clausewitz y su ética en lo que pende. Se compró un ojo de cristal en Italia pero jamás lo usó y prefirió el parche épico y cuando le hirieron por cuarta vez su subalterno Ríos Capapié le envió un telegrama que decía: “Felicítole por cuarta gloriosa herida STOP Espero impaciente la quinta”. En el 36 se adhirió a la rebelión contra la República pero ya estaba roto para la guerra y solo entró en combate contra Unamuno, en la universidad de Salamanca, pero ninguno de los dos sangró.

MARTÍN OLMOS

El periódico de las porteras

In Los chicos de la prensa on 14 de julio de 2012 at 10:38

El legendario semanario El Caso contaba con desinhibición la España oscura, pero no lo leían las personas decentes

“A todo el mundo le interesa un asesinato, excepto a la víctima”
ALFRED HITCHCOCK. Director de cine.

El plumiferío de El Caso no echaba la tarde en el velador buscando una metáfora con el café con leche y el bollo suizo pero dejaba mejores propinas. Los cronistas de El Caso aflojaban viático a los porteros de finca, a los serenos y a las lumis de portal y hacían el periodismo en la calle, donde había tertulia de navaja de reñir y luz de poco farol, tascas de chato de frasca, a la fuerza peleón, y miradas de reojo. Así llegaban al muerto los primeros, antes que el rigor mortis y las ambulancias, y a veces les confundían, por similitud fonética, con los de El Ocaso, que aparecían bastante más tarde para enterrar al difunto. A El Caso le decían los finolis “el periódico de las porteras”, porque se conoce que ellos solo leían a Descartes en francés, y las viejitas que lo compraban le pedían al quiosquero “el feo” y se lo llevaban escondido entre las páginas del “Ya”, que era formal, democristiano y amplio como una sábana, útil para ocultar el último descuartizamiento de hacha y celos con el que acompañar la merienda de mojicones y menta poleo. El primer número salió el 11 de mayo de 1952, que era domingo y día de San Evelio, mártir romano que fue degollado por Nerón, y dio cuento del crimen del Plantío. Tiró trece mil ejemplares de dieciséis páginas a dos pesetas y solo tenía un anunciante, que era una casa de relojes suizos que puso los duros de un año por adelantado. Su fundador Eugenio Suárez, que también era uno de los dos redactores, intuyó que al español le gustaba una sangría para acompañar la paella del domingo y seis años después tiró el medio millón de copias con el crimen del Jarabo -que fue suceso con golfo guapo, prestamistas de usura y querida inglesa- con las que rompió el techo de la prensa española, que estaba en los 300.000 ejemplares vendidos por el Marca el día después del gol de Zarra. Para celebrarlo, Suárez le hizo llegar a Jarabo, que era señorito, una caja de Habanos María Guerrero torcidos a mano, así que le convirtió en el primer asesino con comisión de ventas.

Los valores de la patria
Eugenio Suárez gastaba camisa azul porque “José Antonio era marqués, joven y una vez le pegó un bofetón a un general muy alto”, se alistó en la División Azul pero no llegó a combatir en Rusia y la prensa del Movimiento le envió de corresponsal a Budapest el último año de la ocupación nazi. Después de la guerra empezó a trabajar en el diario “Madrid” y conoció trifulca con la censura, que le inhabilitó durante un año por molestar con un artículo al secretario general del Movimiento José Luis Arrese. En 1951 cubrió para su periódico el crimen del Monchito, en el que un aprendiz de mecánico con menos luces que una vela apuñaló a una mujer por cuatro perras con las que se compró un acordeón. El canallerío del género le gustó y empezó una serie que tituló “El caso de…”, nombre que tomó prestado de los episodios de Perry Mason, y al año siguiente fundó El Caso en una redacción diminuta en la calle Jordán, al lado de Chamberí. En la solicitud para conseguir el trámite administrativo manifestó que el semanario iba a tratar de difundir la cultura, el idioma castellano y los valores de la patria.

El Caso lo formaron al principio dos redactores, José María de Vega y el propio Suárez, dos fotógrafos y el dibujante Josechu Pinedo, costaba dos pesetas en rigor y hasta un duro en la reventa, que la hubo cuando el crimen era fetén, y se editaba en los antiguos talleres del diario “Informaciones”. Con el tiempo se incorporaron Enrique Rubio, “licenciado en Timología y doctor honoris causa por la Universidad de la Picaresca Callejera”, José Quílez, que venía del destierro cubano, y Margarita Landi, “la rubia del deportivo”, que fumaba en pipa y se metía a los pasmas en el bolsillo. Súarez no presumía la inocencia de nadie, ponía orden en la redacción pegando tiros al techo con su pistola de la Falange y decía que no había que fiarse de un policía abstemio. “Dejad buenas propinas, que se note que sois de El Caso”, les decía a sus corresponsales porque sabía que la lechuga es buena para la memoria. A los periodistas jóvenes que querían ser Hemingway les daba el consejo de casarse con la hija de un rico y tuvo de mascota de la redacción a un cocodrilo africano que se llamaba Leopoldo. Compró al bicho cuando abultaba como una lagartija y lo rifó en un condumio de beneficencia para los niños con síndrome de Down, pero la dama que lo ganó (manifestando cierto criterio) no se lo quiso llevar a casa y Suárez lo adoptó para acompañar la oficina. Cuando Leopoldo se puso galán hubo que donarlo al zoológico de Madrid porque rompía los muebles con la cola y asustaba a las mecanógrafas.

Goles y cuchilladas
En El Caso se practicó el periodismo de investigación en la época en la que generalmente se transcribían mondas las notas de prensa de la poli, con honestidad en la medida de las posibilidades y con la alegría irresponsable del que sabe que ya partió con mala fama. Cuando la censura de Juan Aparicio, Delegado Nacional de Prensa, le ciñó a un crimen sangriento por número, empezó a sacar diferentes ediciones regionales para que ninguna provincia se quedase sin su carnicería, con lo que se puede decir que descentralizó la puñalada, y su red de distribución llevaba el semanario a las aldeas a las que no llegaba ningún otro papel impreso. En El Caso se hacía oficio del bueno, con documentación, pesquisa y folletín y si había que hacer serial se hacía porque el límite del párrafo lo mandaba el interés. A El Caso estaban suscritos Camilo José Cela, Juan Goytisolo y Robert Graves y se comentaba en el bajinis que Franco lo hojeaba y luego tomaba la comunión, aunque a bordo del yate Azor solo se encontraron novelas de El Coyote. El negocio fue rentable hasta que llegó la tele, que sacó a la parentela del muerto llorando en directo, lo que condujo a una bajada de ventas que decidió su cierre en 1987 dejando para el popular la frase “vamos a salir en El Caso”, que se pronuncia todavía hoy, medio para conciliar, medio para provocar, cuando amenaza una bronca.

El Caso blasonó a los reincidentes, a los guardacapas y a los asesinos y desgranó el rosario de estrangulamientos, asaduras y discordias de mal arreglo en el tiempo en el que en España, según Eugenio Suárez, se mataba poco y mal. El paisano ibérico le cogió costumbre a la letra impresa con el gol de Zarra y con las fugas de El Lute, con las novelas de tiros y con los romances de Carlos de Santander, con lo que creyó que la lectura era una costumbre vergonzante, como el fumeque, sin darse cuenta de que el crimen lo escribió Shakespeare con desahogo, Fernando de Rojas, los evangelistas, Homero y Truman Capote. Por eso escondía al Feo entre las páginas serias del “Ya” y lo leía en el retrete, con sinfonía de vientre y rubor. Y sin embargo, aquel español que fuimos no se diferencia mucho del que cursa (salvo que ahora no le dejan echarse el pito en el calor de la tasca y tiene que tomarse el carajillo a la carrera y salir a la calle a que se le congelen los pies) y hoy lee con desenvoltura los goles de Iniesta (a los que les hacen interpretación económica para darles fuste) y las puñaladas costaleras de los parias de la tele (a las que les hacen la sociológica y se quedan tan campantes).

MARTÍN OLMOS

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