MARTÍN OLMOS MEDINA

Bofetadas con galones (que duelen lo mismo)

In Hazañas bélicas on 1 de julio de 2012 at 23:53

El general Patton echó a patadas de un hospital militar a dos soldados a los que no consideró lo suficientemente heridos

El valor, que se da por supuesto en la Legión, en el resto de los ámbitos es lujo de bravos y la prerrogativa de los héroes. La humanidad, en términos generales, está formada por cagones cuyo talento natural para la huida ha ido preservando la especie, a Dios gracias. Porque es un hecho que no descendemos del tío que se enfrentó al mamut, con su pareja de péndulos y su coraje (y con un palo, tal vez), sino del que echó el cálculo y decidió dar un rodeo. El hombre común le tiene un gran aprecio a su pellejo (en detrimento de su alma) y ha de tener una razón muy poderosa para jugárselo con despreocupación, con lo que generalmente prefiere andar caliente, aunque se ría la gente. Esta actitud conservadora, impropia de la loca juventud, enerva sumamente a los generales, que prefieren el temerario coraje y el generoso derroche de sangre de infantería. Tito Livio decía que para un buen general la muerte no tiene importancia, pero hay que suponer que se refería a la muerte de la tropa de reemplazo, que se mira desde un punto de vista estadístico dentro de una sala de mapas, a millas de donde se friega. No entiende el general que, excepto los trescientos de Leónidas, lo que espera el común soldado de leva de la guerra es que acabe pronto y volver a casa con los miembros en su sitio y una paga de veterano. No entiende el general que los hombres puedan tener miedo a una cosa tan pueril como que les maten. Dice un refrán que un buen soldado solo debe pensar en la patria y en nada. Como piense en otra cosa, lo más probable es que dé media vuelta y avance hacia donde callan los cañones.

Sangre y agallas
Napoleón decía que la guerra es para el hombre su estado natural, pero para el general George Patton era el estado natural de los norteamericanos. En su abigarrada arenga al Tercer Ejército el 5 de junio de 1944 afirmó que todos los americanos “aman la lucha, la tensión y el sabor de la batalla”. En aquel colorista discurso les aconsejó a los reclutas que disparasen a los alemanes en la barriga y les rajasen las tripas y les aseguró que cuando veinte años después les preguntasen sus nietos qué hicieron durante la Segunda Guerra Mundial, no tendrían que toser y reconocer que se la pasaron “paleando mierda en Luisiana”, sino que les podrían mirar a los ojos y decirles: “Hijo, tu abuelito avanzó con el gran Tercer Ejército y con el maldito hijo de puta de Georgie Patton”.

George Patton era disléxico, rico y californiano, tres circunstancias que no menguaron un ápice el gran concepto que tenía de sí mismo. Sus hombres le llamaban “El Viejo Sangre y Agallas” y a él le complacía el apodo, estaba firmemente convencido de que era la reencarnación del general cartaginés Anibal y tenía un bull-terrier que se llamaba Willie, diminutivo de Guillermo el Conquistador. Patton era intrínseco al ejército como las pulgas a los pellejos de las mulas viejas y, antes de que se acuñase el término, tan políticamente incorrecto como un pedo en una misa de réquiem. Sostenía que alimentar a los prisioneros era un retraso, que los negros peleaban mal y recomendó al alto mando rearmar a los alemanes después de la guerra para que sirviesen de muro de contención del comunismo. Prácticamente, él solito se inventó la Guerra Fría y pensaba que los soviéticos eran una manada de “hijos de puta, bárbaros y borrachos”. Casi provocó un conflicto diplomático cuando los rusos le concedieron la medalla de la orden de Kotuzov y él se negó a brindar con vodka y exigió whisky de Kentucky. Por lo demás, era un aristócrata que soltaba tacos burdelarios, católico fervoroso de misa diaria, un excelente jinete y un esgrimista de talento que venció al considerado el mejor espadachín del mundo, el francés Jean de Mas Latrie, en las olimpiadas de Estocolmo de 1912. Durante la campaña de México de 1916, mató a tiros al capitán Julio Cárdenas, comandante de la guardia personal de Pancho Villa, y colgó su cadáver del parachoques de su coche, en la Primera Guerra Mundial recibió una herida de ametralladora y durante la Segunda Guerra Mundial se presentaba delante de sus tropas con un casco de acero, chaqueta de tanquista, pantalones de montar y un colt del cuarenta y cinco con cachas de nácar al cinto.

Pitillos y patadas
Para Patton, una herida de guerra tenía que sangrar tanto como para llenar una jarra de pinta y tener el diámetro suficiente como para que un hombre adulto pudiese meter el puño cerrado con desahogo. De ahí para abajo consideraba que eran pocas ganas de reñir. Sostenía que la “fatiga de combate” era el recurso de los cobardes y ordenó a sus oficiales a que sometieran a consejo de guerra a los hombres que utilizasen dicho pretexto para entrar en la enfermería. El 4 de agosto de 1943, durante la toma de Sicilia, visitó el 93º Hospital de Evacuación, un dispensario de campaña cercano al frente. Admiró el valor de los soldados heridos y les dio chocolatinas y cigarrillos Lucky Strike hasta que se encontró con el recluta Paul Bennett, de 21 años, que lloraba en su catre con los nervios destrozados. Como Patton no vio boquetes en su peladura le abofeteó con sus guantes de cuero y ordenó a los médicos que le devolvieran al frente, a morir o a pelear, porque no estaba dispuesto a permitir que los valientes heridos en combate vieran a “un asqueroso hijo de puta sentado a su lado llorando”. Después le puso su colt de cachas de marfil en la cabeza y le dijo: “Debería matarte aquí mismo, maldito cobarde”. Una enfermera se desmayó. A continuación siguió con la revista y descubrió que el soldado Charles Kuhl solo tenía fiebre, le levantó del jergón, le llamó camastrón y le echó a la pura patada de bota de campaña de la tienda del hospital. Charles Kuhn no tenía un día flojo, sino un cuadro agudo de disentería y paludismo. Los oficiales médicos elevaron una protesta formal por el circo del general Sangre y Agallas que fue convenientemente traspapelada por el comandante Omar Bradley, pero que sin embargo llegó a oídos de Eisenhower, que obligó a Patton a escenificar una comedia de disculpa ante la tropa, privada y sin meter ruido. Unos meses después, el 21 de noviembre, el periodista del “Saturday Evening Post” Drew Pearson difundió el incidente en un programa de radio y los congresistas de Washington pidieron la cabeza del general. Le compararon con Hitler y el senador Bailey de Carolina del Sur recomendó que le formasen un consejo de guerra. Eisenhower le cesó como comandante del 7º Ejército y le apartó de los focos, de los discursos homéricos y de sus pantomimas de fantasmón. Una vez liberada Europa, Patton fue nombrado Comandante Militar de Baviera, en donde se dedicó a buscar pelea con los rusos y a pedir un destino de combate en el Pacífico, que no le concedieron. Murió en un hospital de Heidelberg el 21 de diciembre de 1945, a consecuencia de la fractura de la 3ª y 4ª vértebras cervicales que se le arrugaron cuando su chofer estampó su Cadillac contra un camión “Jimmy” cerca de Manheim.

Lo de quitarles los remilgos a guantazos a los soldados llorones ha sido una costumbre arraigada entre los oficiales corajudos que acostumbran a razonar con lo que les cuelga (las medallas y lo demás). El general Millán Astray, fundador de la Legión y precedente cañí de Patton pero con menos piezas (era manco y tuerto del ojo derecho por caprichos de combate), se dedicaba a repartir billetes de cien pesetas a los soldados heridos durante sus visitas a los hospitales militares, hasta que se encontró con uno que postraba por haberse caído poco heroicamente de un sidecar al que no le dio ni un duro y le pegó una paliza delante de las monjitas. Millán Astray, sin embargo, no tuvo que pedir disculpas.

MARTÍN OLMOS

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  1. Por que no lo mandaron al sitio de Leningrado (3años),o a Stalingrado (35 grados bajo 0)
    a ver si abofeteaba a los alemanes ??? MARICON.

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