MARTÍN OLMOS MEDINA

La espada del barrio

In Los trastos de matar on 3 de julio de 2012 at 23:43

La navaja que una vez desafió a Napoleón hoy la llevan los peleadores de tasca en el bolsillo de atrás del pantalón


En la mitad del barranco,
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.
FEDERICO GARCÍA LORCA

La navaja tiene cien nombres y un millón de viudas que dejó cuando salió a relucir en broncas de noches machas de vino torcido y coraje. La navaja llena la trena de hombres que entendieron mal el honor y llena también los camposantos y los paños de lágrimas. La navaja no tiene la culpa de ser navaja y ni ve ni oye ni entiende y baila al son que le tocan. Es pobre y hambrienta, como lo suele ser su dueño, y en su hoja quedó la impronta de la grasa del queso del pastor y la sangre de una discordia de verbena. En su punta también asoma la borra negra de la uña del obrero. A la navaja pobre no le velan en los altares de la Vera Cruz y no la llevan a las cruzadas, no se clava en una piedra para que la desclave el rey Arturo sino que va escondida en los pliegues de la faja del bandolero, con la lumbre de mecha y el tabaco de liar. Le dicen de cien formas a la navaja, le dicen jifera si es para la res y falceña cuando encorva la hoja como las gumías de la morería, le dicen quimbo y faca y mojosa y flamenca y chifla, le dicen los gitanos la serdañí y serdasquineró al que tiene el oficio de fabricarla. La navaja es la espada democrática y lleva aparejado el mismo riesgo que el sufragio universal, con lo que igual la baila el cabal que el necio, que por hombrear la arma y deja luto en la plaza. Después dirá, como si fuese una excusa, que, verá usté, me se calentó el vino.

La espada pobre
De vinos calientes y de machos de día festivo están llenos los nichos húmedos de los cementerios. Entre semana la navaja no abunda tanto porque hay que ir al tajo, a sudar el jornal, y las criadillas se dejan en casa. La navaja empezó de herramienta de barbería y acabó de puñal traicionero. La palabra navaja viene de “novácula”, que viene del verbo renovar, y era el instrumento que usaba el tonsor latino para poner guapos a los patricios de Roma rasurándoles el bigote. Y del afeitado al degüello va un paso que, si hay ganas, no cuesta mucho dar. En “El Conde Lucanor” (1335), el infante Don Juan Manuel ya avisa del riesgo: “Quando el marido le vio la navaja en la mano cerca de la su garganta, teniendo que era verdat lo que la falsa beguina le dixiera, sacol la navaja de las manos et degollóla con ella”. Con el tiempo se extendió el término a cualquier cuchillo cuya hoja se pudiera plegar sobre el mango para que el filo quedase guardado. Bernal Díaz del Castillo escribió en “La Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España” (1568) que los hombres de Cortés llevaron a las Américas “espadas de navaja como de a dos manos” pero el uso del cuchillo plegable se generalizó entre el popular a partir de la prohibición promulgada por Carlos V de llevar armas de hoja larga a los plebeyos. La navaja se convirtió en la espada de los que no tenían linaje y dirimió pleitos de aguadores, de rufianas y desacuerdos vecinales. Que el pobre también estimaba su honor, que era de pan duro, y lo defendía sacando la santoria de cacha de cuerna y parando con la manta en pelea sin distancia, porque la hoja corta exige baile agarrado y vecindad. Cuando el noble se batía era duelo y cuando lo hacía el pillo era riña. Hay etiqueta hasta para matar.

La revuelta navajera
A la navaja la adoptó el hampa y se hizo vil, porque se llevaba escondida entre la camisa y no a la vista. Salía en el callejón y en el cruce del camino, a robar, a matar los celos y al degüello. Sin embargo, una vez salió a defender el país y casi se hizo espada. Fue en 1808, cuando el francés andaba Madrid tocando el culo a las residentes con la arrogancia de los que baten tierra rendida. La lucha empezó temprano el dos de mayo, cuando los soldados de Napoleón quisieron sacar al infante Francisco de Paula del Palacio Real. Avisó el cerrajero José Blas de Molina y el pueblo se levantó sacando las carracas y el gobernador Joaquín Murat ordenó a los artilleros de la Guardia Imperial que respondieran con fuego. Salieron los mamelucos de los cuarteles de Carabanchel, a matar desde el caballo, eran turcos bregados en la batalla de Austerlitz. Los vecinos les dieron cara y pelearon en bulto, en la calle, como sabían, y se metieron debajo de las patas de las bestias para acuchillarles los adentros y desmontar a los jinetes, a los que destriparon en el suelo pasándoles a rejón.

La de capar
Aquella jornada aprendieron los soldados profesionales que en el follón incierto una chaira era una espada corta y la cogieron tanto miedo que en la represión que sucedió al levantamiento detuvieron a cualquiera que llevase un filo casual. Le ocurrió a Manuela Malasaña, que era por cierto hija de un panadero francés de apellido Malesange, a la que sorprendieron ocultando unas tijeras en el faldón, entre otras cosas porque era bordadora, y la pasaron por las armas. La enterraron en el hospital para pobres de la Buena Dicha. A la mañana siguiente, Don Bartolomé Muñoz de Torres, del Consejo de Su Majestad, sacó bando ordenando a los alcaldes recoger todas las armas blancas, “en las quales es bien sabido que se comprehenden los puñales”. El ejemplo, sin embargo, cundió en el sur, donde los rebeldes desmontaron en las sierras a los coraceros franceses con garrochas de la res en cuyas puntas habían sujetado navajas. A los jinetes caídos les castraban y les colgaban desnudos de los olivos, quietos de muerte para que Goya pudiera dibujarlos. Le dicen también a la navaja la Capaora.

El pincho hampón
Cuenta Emilio Gutiérrez Gamero, que fue diputado en Cortes por el partido Radical, que la reina Isabel II le dijo al Gobernador del Palacio, don Manuel Pando Fernández de Pinedo, Marqués de Miraflores, que ella era española y nacida en Madrid, “de las que llevan navaja en la liga”. Sin embargo después de su intermedio heroico volvió el pincho a su fuero, a la esquina del proceloso callejón, a la mano del bravo que bebe mal y chulea y a la faja bandolera. Volvió a ser unas veces herramienta y otras tumba y, además barata. Volvió al chungo, que es lo suyo, a sembrar lutos en pendencias de perra gorda, a acompañar al hampón de calderilla y al que quiere hacerse un hueco en la barra de beber. Al que quiere parecerle más guapo a la novia y al que quiere afanar un peluco de colorao. Se ha puesto canalla la navaja, que no tiene la culpa de ser navaja y ni ve ni oye ni entiende y baila al son que le tocan. Que acabe asesina, tirada en la calle para que no la encuentre la ley, o engarzada en el llavero, haciendo de lima de uñas, va a depender del miedo que tenga su dueño cuando empiece el envite.

MARTÍN OLMOS

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