MARTÍN OLMOS MEDINA

La cerda de Falaise

In Bichos on 7 de julio de 2012 at 12:01

En un pueblo de Normandía se dio escarmiento público a una cerda de tres años que se comió los brazos de un niño pequeño

No me reía tanto desde que a mi hermanito se lo comieron los cerdos
DASHIELL HAMMETT. Escritor

En el capítulo once del libro del Levítico, Jehová le dijo a Moisés que tuviera al cerdo por animal inmundo y que se abstuviese de comer su carne porque, aunque tiene las pezuñas hendidas, no rumia. Por aquí, entre cristianos viejos y decentes, no nos andamos en miramientos y del cochino aprovechamos hasta el andar y cuando queremos que nos aprueben al hijo zoquete le regalamos a su profe un jamón. Ambrose Bierce escribió que el cerdo es un animal notable por la universalidad de su apetito, que sirve para ilustrar la universalidad del nuestro. Decía también que su nombre científico era Porcus Rockefelleri, porque aunque Rockefeller no descubrió al cerdo se lo consideraba suyo por derecho de semejanza. Al cerdo le dicen guarro, puerco y chon, que es el ahorrativo de lechón, y cuino, tunco, marrano, gorrino y cuchí. Un cerdo vive unos quince años y como no tiene glándulas sudoríparas se refresca dándose baños de mierda, tiene la inteligencia de un perro y se han conocido casos de guarros que contestan cuando se les llama por su nombre. El cerdo tiene un verbo para él solo, que es hozar, que es lo que hace cuando remueve la tierra soplando por el hocico, y en los soutos gallegos, en otoño, está expuesto a que las meigas le hagan el malollo, el mal de ojo, que les vuelve taciturnos, y para sacarles de la melancolía hay que avisar al albeite, al curador de animales, que con un sombrero en la mano les recitará esta letanía: “Cristo te dio, Cristo te formó, Cristo te desolle y si algún malollo te aolló se afuma con incienso y laurel bendito”. Si esto no da resultado, se recomienda clavar una herradura de caballería en su pesebre de comer. Se dice, no se sabe con qué fundamento, que el cerdo enloquece con el olor de la sangre, como los tiburones del mar, y que se zampa cualquier cosa que se le ponga por delante, como las avestruces de África. Esto lo saben bien los bandidos sardos, que se dedican al secuestro, y cuando se les tuerce una industria echan al que sobra a la piara, que no deja de él ni el tuétano de los huesos.

Cerdos en el tribunal

El Papa Juan Pablo II afirmó en 1990 que los animales poseen un soplo vital recibido por Dios, con lo que les concedió algo parecido a un alma, y les protege su propio santo, que es San Antonio Abad, al que se le representa con un cerdo a sus pies. Responsabilidad jurídica, sin embargo, la han tenido desde hace mucho tiempo y a veces se han tenido que sentar ante el juez para responder de sus fechorías. En 1161 un cerdo se cruzó entre las patas del caballo que montaba el príncipe Felipe, hijo del rey de Francia Luis VI Capeto, que le decían el Gordo, y provocó que el muchacho se desnucase. El cerdo sufrió proceso por regicidio y salió culpable, así que fue ejecutado públicamente en un cadalso de París. Un cerdo de Toledo que gastaba buen apetito se comió a un niño un Viernes Santo de 1572 y la Inquisición le acusó de sacrilegio por haber probado carne un día de vigilia y lo mandó quemar en la hoguera. En la región de Borgoña, en 1456, una cerda adulta, que era madre de ocho cochinos que aún se columpiaban de sus ubres, confesó de viva voz, estimulada por la tortura, haberse comido al ciudadano Jean Martin, que estaba en la flor de la vida, y alegó en su defensa que actuó presa de un arrebato de locura que no pudo explicar, pero que no le libró, en cualquier caso, de la pena capital. De la ley y de su largo brazo no se libran ni los tres cerditos, aunque se construyan una casa de ladrillos, ni el lobo feroz.

Ojo por ojo

En Falaise, en Normandía, nació el rey Guillermo I, que tuvo que ganar la Batalla de Hastings para que le llamaran el Conquistador, porque antes le decían el Bastardo. En el mismo pueblo, en 1386, una cerda de tres años se comió a un niño apenas mamón que jugaba en la calle mientras su padre se echaba una siesta. La bestia le devoró la cara y los bracitos y no pudo dar cuenta del resto porque fue descubierta por los aldeanos, que la capturaron viva. El vizconde Pere Lavengin, que gobernaba la comarca, ordenó que se le abriera un proceso y la guarra fue juzgada por asesinato en el tribunal de la villa. Los legisladores fundamentaron su sentencia en el libro del Éxodo, en el capítulo 21, en el que el Señor dictó a Moisés las leyes con las que debían ordenarse los hijos de Israel. En los versículos 24 y 25 se especifica con claridad que será cobrado el ojo por el ojo, el diente por el diente, la mano por la mano, el pie por el pie, la herida por la herida, el golpe por el golpe y la quemadura por la quemadura. Y en el versículo 28 se dice que “si un buey cornease a un hombre o a una mujer, y resultare la muerte de éstos, será el buey muerto a pedradas y no se comerán sus carnes”. La cerda fue condenada a ser ejecutada públicamente sobre un patíbulo que se armó en la plaza donde se celebraban las ferias. Hasta allí la llevaron arrastrada por un caballo y vestida con una chaqueta, calzas en los jamones y guantes blancos en las patas delanteras. El vizconde Lavengin ordenó a todos los guarreros de la comarca a llevar a sus cochinos a presenciar el martirio para que tomasen ejemplo. Colgaron a la asesina por las pezuñas traseras y el verdugo le amputó las patas y el morro, para empatar la cara y los brazos del niño, y el animal se desangró. Después se dio el cuerpo a la concurrencia, que se lo despachó a la parrilla. El vizconde Lavengin se ocupó de que el escribiente Guiot de Montfort anotase los detalles del proceso, la ejecución de la sentencia y los honorarios del verdugo para que quedasen en los anales y mandó pintar un fresco en el que se representaba el acontecimiento en la pared de la iglesia de la Santa Trinidad, pero el mural fue destruido en el siglo XIX y hoy no se puede comulgar viendo a la guarra penar su crimen. Gustave Flaubert, en su Diccionario de los Lugares Comunes, escribió que como el interior del cuerpo del cerdo es parecido al del hombre, se lo debería emplear para enseñar anatomía en los hospitales, pero aquel día en Falaise se empleó para impartir cátedra a la marranería comarcal de los beneficios de la dieta.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN HOY (25 DE SEPTIEMBRE DE 2011)

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