MARTÍN OLMOS MEDINA

Un fallo lo tiene cualquiera

In Con buena letra on 11 de julio de 2012 at 22:05

William Burroughs, el autor de “El almuerzo desnudo” y gurú de la Generación Beat, le voló la cabeza a su mujer para animar una fiesta

“Quizá lo que más me atrae de Burroughs es su falta de compasión, hacia sí mismo y hacia los demás”.
JOSÉ OVEJERO. Escritor.

El oficio de escribir está sobrevalorado y lo acaban abrazando las gentes del desarraigo después de ensayar sin éxito una vida de cierta utilidad. Se amanceban con las letras porque no dan la talla para la milicia ni tienen temple para robar y con algo tienen que llenar el plato. Josep Pla tenía dicho que un tipo que a partir de los cuarenta sigue leyendo novelas no anda muy bien de la cabeza, con que imagínense a un hombre hecho y derecho que se dedica a escribirlas. El escritor profesional se apresura a dejarse crecer la barba cuando nota que se le encanece, se pone bufanda en invierno y en verano (a la que llama foulard) y está genéticamente incapacitado para ahorrarse una opinión, pero en rigor no es más que un menda que se pasa las tardes inventándose cuentos. Generalmente prefiere la pipa al pitillo soez del obrero, que lo fuma cualquiera, y le agradan los largos paseos en soledad. El escritor, en general, no ha tenido una idea original desde Homero. Propende a la miopía. Y al adverbio. Si tiene suerte y termina por dominar cierta carpintería se pone insoportable porque se cree dueño de un estilo cuando estilo, lo que se dice estilo, el que lo tenía era Cary Grant. Tener habilidad para ligar un par de frases legibles no garantiza el equilibrio mental (a veces al contrario) y cada uno es hijo de su madre. Arthur Conan Doyle acabó creyendo en Campanilla y Salinger bebía pis, a Joyce le encantaba olerle los pedos a su parienta y Thoreau no se bañaba nunca. Norman Mailer le pegó una cuchillada a su segunda mujer con una navaja de siete centímetros que le perforó el pericardio y la dejó viva de milagro y William Burroughs se cargó a la suya haciendo el numerito de Guillermo Tell.

Marcianos y alucinaciones
Burroughs formó parte de la cuadrilla germinal de la Generación Beat, junto con Ginsberg, Neal Cassady y Jack Kerouac. La primera vez que se colocó fue con hidrato de cloral cuando estaba en el instituto y desde entonces no se apeó del lomo del dragón. Fue adicto a la cocaína, al cactus del peyote, a la heroína, al opio y a las anfetas, a la mandanga mejicana, a la priva, a la grifa de Tánger, al hash y a la planta de la ayahuasca, que la dicen los indios andinos la Soga del Muerto porque a través de ella hablan con sus difuntos. Tenía alucinaciones, creía en los marcianos y en la fuerza vital de la energía orgónica (que fue un camelo que se inventó el psicoanalista austrohúngaro Wilhelm Reich, esquizofrénico y charlatán que acabó sus días entre rejas) y durante un tiempo frecuentó la iglesia de la cienciología de Ron Hubbard. Se pasó un año entero sin cambiarse de calzoncillos, que se le pusieron fósiles y berrenchines y atenuaron su vida social, y solía disparar a las gallinas desde la ventanilla de su coche en marcha con un rifle del veintidós. A veces les daba. Y a veces no. A Burroughs le gustaba pasar por drogota de infantería y por yonqueras de callejón pero se ponía trajes de picapleitos y era rentista, con lo que jamás se tuvo que someter a la ordalía del madrugón y vivió de la mensualidad que le pasaba su familia ricachona con la que iba tirando para viajar por el mundo, pagar el alquiler y pasar por la droguería. En la alcoba le gustaban más los marineros que las enfermeras y exhibía sus querencias sin eufemismos y con alegre romanticismo: una vez se cortó la falange del dedo gordo del pie izquierdo para impresionar a un soldado, cuando lo normal es regalar gladiolos, y le metieron en un asilo para lunáticos del que salió en menos de una semana porque mostró un comportamiento ejemplar. Y sin embargo se casó con dos mujeres. A la primera la salvó de acabar sobre la pila del lavabo, sobre un platito, al lado del grifo, y a la segunda le voló la cabeza.

Que no decaiga la fiesta
El joven Burroughs aprovechó los posibles de su familia para vestirse de ancho mundo y adquirir una educación. Después de graduarse en literatura inglesa en Harvard se matriculó en la facultad de medicina de Viena, en donde se aplicó en el estudio de campo de las anatomías austriacas en las saunas homosexuales y en analizar empíricamente la morfina local. Allí conoció a Ilse Klapper, una chica judía que no cabía en la camisa cada vez que escuchaba música de Wagner. Burroughs se casó con ella sin amor pero desinteresadamente, con la intención de proporcionarle un visado de entrada en los Estados Unidos que la salvó de que los nazis la convirtieran en una pastilla de jabón de tocador. Más tarde conoció a Joan Vollmer, la musa loca de la Generación Beat, que entraba y salía de los psiquiátricos por su adicción a la bencedrina inhalada y a la dramaturgia doméstica. Burroughs y Vollmer se casaron en 1946, tuvieron un hijo al que dejaron suelto en el jardín y les detuvieron en una ocasión, una tarde soleada, por echar un polvo de intemperie en una cuneta de Texas con gran éxito de público, que pidió un bis. Se fueron a vivir a México, trapichearon droguería, él jugaba con pistolas y ella desayunaba tequila con galletas. Joan perdió el pelo y el temple, se puso tiritona y decía que no podía vivir sin Burroughs, que se entretenía persiguiendo a los mejicanitos. Le gustaban aquellos machotes bigotudos con sus ojazos negros.

En septiembre de 1951 dieron una fiesta para el vecindario que duró dos días y cuando se acabaron los ganchitos
Burroughs anunció que iba a ejecutar para el respetable el número de Guillermo Tell, que consistía en acertar de un tiro de revólver a un vaso de whisky colocado sobre la cabeza de su mujer. Joan temblaba de la curda que llevaba y Burroughs se apostó a una distancia de dos metros. Estaba hasta arriba de heroína. Llevaba pegando tiros desde los ocho años y dormía con una pistola debajo de la almohada, creía que era el Salvaje Bill Hickok. A ninguno de los bacantes le pareció que la función podía torcerse. Joan cerró los ojos y dijo que no quería ver la sangre, y se partió de risa, observaba la misma estabilidad que una hoja de álamo al lado de un ventilador. Burroughs manejó su tembleque. Era un mono con una motosierra. Apuntó cuidadosamente y disparó y el tiro se le desvió un palmo hacia el sur y le voló la cabeza a su mujer, que murió en el acto. En todas las fiestas se rompen cosas. Los invitados no se quedaron a vaciar los ceniceros. Nunca se quedan, por eso es mejor celebrar los cumpleaños en la casa del vecino. En depende qué circunstancias, un palmo arriba o uno abajo es determinante, pasa también en el tenis, donde hay que andar con mil ojos. La policía mejicana le detuvo y le encerró en el Palacio Negro de Lecumberri, en donde estaba preso Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, pero su familia repartió ungüento a los funcionarios y salió en libertad condicional en una docena de días, cruzó la frontera y le cogió prevención al sur del Río Grande. Ocho años después escribió “El almuerzo desnudo” y dejó las editoriales residuales. Se inventó el punk y se hizo fotos con pistolas, convirtió su cuerpo en un herbolario y salió en la portada del disco del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pepper de los Beatles, al lado de Marilyn. Adoptó una serpiente, escribió otras quince novelas, le trasplantaron un hígado nuevo para maltratar y salió en un anuncio de zapatillas Nike, pero teniendo en cuenta que murió con 83 años de almuerzos en farmacias, mejor hubiese hecho propaganda de las ventajas de la automedicación. Píldoras de la risa, el desayuno de los campeones, se lo dice Bill Burroughs, que sigue de una pieza. Estaba en la onda. Había dicho: “Un paranoico es alguien que sabe de qué va el rollo”.

MARTÍN OLMOS

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