MARTÍN OLMOS MEDINA

El periódico de las porteras

In Los chicos de la prensa on 14 de julio de 2012 at 10:38

El legendario semanario El Caso contaba con desinhibición la España oscura, pero no lo leían las personas decentes

“A todo el mundo le interesa un asesinato, excepto a la víctima”
ALFRED HITCHCOCK. Director de cine.

El plumiferío de El Caso no echaba la tarde en el velador buscando una metáfora con el café con leche y el bollo suizo pero dejaba mejores propinas. Los cronistas de El Caso aflojaban viático a los porteros de finca, a los serenos y a las lumis de portal y hacían el periodismo en la calle, donde había tertulia de navaja de reñir y luz de poco farol, tascas de chato de frasca, a la fuerza peleón, y miradas de reojo. Así llegaban al muerto los primeros, antes que el rigor mortis y las ambulancias, y a veces les confundían, por similitud fonética, con los de El Ocaso, que aparecían bastante más tarde para enterrar al difunto. A El Caso le decían los finolis “el periódico de las porteras”, porque se conoce que ellos solo leían a Descartes en francés, y las viejitas que lo compraban le pedían al quiosquero “el feo” y se lo llevaban escondido entre las páginas del “Ya”, que era formal, democristiano y amplio como una sábana, útil para ocultar el último descuartizamiento de hacha y celos con el que acompañar la merienda de mojicones y menta poleo. El primer número salió el 11 de mayo de 1952, que era domingo y día de San Evelio, mártir romano que fue degollado por Nerón, y dio cuento del crimen del Plantío. Tiró trece mil ejemplares de dieciséis páginas a dos pesetas y solo tenía un anunciante, que era una casa de relojes suizos que puso los duros de un año por adelantado. Su fundador Eugenio Suárez, que también era uno de los dos redactores, intuyó que al español le gustaba una sangría para acompañar la paella del domingo y seis años después tiró el medio millón de copias con el crimen del Jarabo -que fue suceso con golfo guapo, prestamistas de usura y querida inglesa- con las que rompió el techo de la prensa española, que estaba en los 300.000 ejemplares vendidos por el Marca el día después del gol de Zarra. Para celebrarlo, Suárez le hizo llegar a Jarabo, que era señorito, una caja de Habanos María Guerrero torcidos a mano, así que le convirtió en el primer asesino con comisión de ventas.

Los valores de la patria
Eugenio Suárez gastaba camisa azul porque “José Antonio era marqués, joven y una vez le pegó un bofetón a un general muy alto”, se alistó en la División Azul pero no llegó a combatir en Rusia y la prensa del Movimiento le envió de corresponsal a Budapest el último año de la ocupación nazi. Después de la guerra empezó a trabajar en el diario “Madrid” y conoció trifulca con la censura, que le inhabilitó durante un año por molestar con un artículo al secretario general del Movimiento José Luis Arrese. En 1951 cubrió para su periódico el crimen del Monchito, en el que un aprendiz de mecánico con menos luces que una vela apuñaló a una mujer por cuatro perras con las que se compró un acordeón. El canallerío del género le gustó y empezó una serie que tituló “El caso de…”, nombre que tomó prestado de los episodios de Perry Mason, y al año siguiente fundó El Caso en una redacción diminuta en la calle Jordán, al lado de Chamberí. En la solicitud para conseguir el trámite administrativo manifestó que el semanario iba a tratar de difundir la cultura, el idioma castellano y los valores de la patria.

El Caso lo formaron al principio dos redactores, José María de Vega y el propio Suárez, dos fotógrafos y el dibujante Josechu Pinedo, costaba dos pesetas en rigor y hasta un duro en la reventa, que la hubo cuando el crimen era fetén, y se editaba en los antiguos talleres del diario “Informaciones”. Con el tiempo se incorporaron Enrique Rubio, “licenciado en Timología y doctor honoris causa por la Universidad de la Picaresca Callejera”, José Quílez, que venía del destierro cubano, y Margarita Landi, “la rubia del deportivo”, que fumaba en pipa y se metía a los pasmas en el bolsillo. Súarez no presumía la inocencia de nadie, ponía orden en la redacción pegando tiros al techo con su pistola de la Falange y decía que no había que fiarse de un policía abstemio. “Dejad buenas propinas, que se note que sois de El Caso”, les decía a sus corresponsales porque sabía que la lechuga es buena para la memoria. A los periodistas jóvenes que querían ser Hemingway les daba el consejo de casarse con la hija de un rico y tuvo de mascota de la redacción a un cocodrilo africano que se llamaba Leopoldo. Compró al bicho cuando abultaba como una lagartija y lo rifó en un condumio de beneficencia para los niños con síndrome de Down, pero la dama que lo ganó (manifestando cierto criterio) no se lo quiso llevar a casa y Suárez lo adoptó para acompañar la oficina. Cuando Leopoldo se puso galán hubo que donarlo al zoológico de Madrid porque rompía los muebles con la cola y asustaba a las mecanógrafas.

Goles y cuchilladas
En El Caso se practicó el periodismo de investigación en la época en la que generalmente se transcribían mondas las notas de prensa de la poli, con honestidad en la medida de las posibilidades y con la alegría irresponsable del que sabe que ya partió con mala fama. Cuando la censura de Juan Aparicio, Delegado Nacional de Prensa, le ciñó a un crimen sangriento por número, empezó a sacar diferentes ediciones regionales para que ninguna provincia se quedase sin su carnicería, con lo que se puede decir que descentralizó la puñalada, y su red de distribución llevaba el semanario a las aldeas a las que no llegaba ningún otro papel impreso. En El Caso se hacía oficio del bueno, con documentación, pesquisa y folletín y si había que hacer serial se hacía porque el límite del párrafo lo mandaba el interés. A El Caso estaban suscritos Camilo José Cela, Juan Goytisolo y Robert Graves y se comentaba en el bajinis que Franco lo hojeaba y luego tomaba la comunión, aunque a bordo del yate Azor solo se encontraron novelas de El Coyote. El negocio fue rentable hasta que llegó la tele, que sacó a la parentela del muerto llorando en directo, lo que condujo a una bajada de ventas que decidió su cierre en 1987 dejando para el popular la frase “vamos a salir en El Caso”, que se pronuncia todavía hoy, medio para conciliar, medio para provocar, cuando amenaza una bronca.

El Caso blasonó a los reincidentes, a los guardacapas y a los asesinos y desgranó el rosario de estrangulamientos, asaduras y discordias de mal arreglo en el tiempo en el que en España, según Eugenio Suárez, se mataba poco y mal. El paisano ibérico le cogió costumbre a la letra impresa con el gol de Zarra y con las fugas de El Lute, con las novelas de tiros y con los romances de Carlos de Santander, con lo que creyó que la lectura era una costumbre vergonzante, como el fumeque, sin darse cuenta de que el crimen lo escribió Shakespeare con desahogo, Fernando de Rojas, los evangelistas, Homero y Truman Capote. Por eso escondía al Feo entre las páginas serias del “Ya” y lo leía en el retrete, con sinfonía de vientre y rubor. Y sin embargo, aquel español que fuimos no se diferencia mucho del que cursa (salvo que ahora no le dejan echarse el pito en el calor de la tasca y tiene que tomarse el carajillo a la carrera y salir a la calle a que se le congelen los pies) y hoy lee con desenvoltura los goles de Iniesta (a los que les hacen interpretación económica para darles fuste) y las puñaladas costaleras de los parias de la tele (a las que les hacen la sociológica y se quedan tan campantes).

MARTÍN OLMOS

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