MARTÍN OLMOS MEDINA

El Pisthaco y el impostor

In Destripadores y sacamantecas on 20 de julio de 2012 at 18:56

En la fantasía de un policía se mezcló una riña de narcos con las antiguas leyendas quechuas de los sacamantecas

“Soy pisthaco y qué. Terminaré rebanándoles el sebo y chupándoles la sangre a todos”.

MARIO VARGAS LLOSA. “Lituma en los Andes”

La grasa la acabarán prohibiendo, si no al tiempo, como el fumeque y el fulaneo, y los que echan la sobremesa larga con un postre en condiciones se tendrán que ocultar en el oscuro clandestino para comer panceta y mojar el pan. En otros tiempos, en cambio, el español sacaba la parrilla al ágora para que los vecinos le viesen comiéndose al cochino y demostrar de paso que por sus venas no discurría sangre de la morería. Así se daba una fiesta, exhibía posibles si el guarro era merecido y se mantenía alejado de las fogatas de la Inquisición. De aquellas ordalías nos ha quedado la capa del cerdo y la matanza, que junta a la familia. Hoy el morcón, que decía Cela que es mejor en tripa que en condón, hay que correr a despistarlo sobre una bici que no lleva a ninguna parte. La grasa, sin embargo, conforta porque es más maleable que el esqueleto rígido y se adapta como un buen abrigo al que le toca arrimarla. Otra cosa es que la tasen al precio del azafrán y la cuelguen el cartel de 15.000 dólares el litro. Entonces retrocede la conciencia y se despierta la selva, se desenvaina la flamenca y se echan las cuentas.

La noticia se difundió al final de noviembre de 2009, una banda siniestra de tocineros se había dedicado durante los últimos treinta años a rebanar el pescuezo a los que andaban la selva del Valle de Huánuco, en los Andes peruanos, para extraerles el sebo con el que comerciaban con traficantes europeos dedicados a la fabricación de cosméticos. Pagaban a tocateja quince mil machacantes por litro para que las señoras de París fuesen a la ópera con el cuello firme como una columna de alabastro. Los asesinos sangraban a las víctimas colgándolas cabeza abajo, como a los cochinos de San Martín, les cortaban la cabeza y los brazos con una hoz llamada “wincha” y después les sudaban la grasa al calor de unos cirios, que caía a través de un embudo dentro de unas botellas de cierre hermético iguales que los antiguos cascos de la gaseosa. Como la selva ofrece pista de sobra para preñarla de restos, se habló de entre sesenta y doscientos difuntos de la clase de los de siempre, indios y campesinos que solo tenían lo puesto. Un misionero español que ofició su ministerio en tierras parecidas ya observó que la víbora siempre muerde al que va descalzo.

Por las pistas de aquel pago, por la sierra y por el chaco, caminó la vizcacha y el guanaco, el tigre jaguar y el ratón cuyé (que también le dicen cuis, que es vocablo que trajeron los indianos y hoy lo usan en algunas tierras para llamar al hombre tímido) y caminó también el Sendero Luminoso, que dejó luto numeroso con su revolución a la fuerza. En otros tiempos ya lejanos caminó también la selva el pisthaco, que según la tradición oral andina es un asesino legendario que asaltaba a los viajeros para comerse su carne y vender al mejor postor su grasa. También se le llamaba nakaq. La voz pisthaco desciende del quechua “pisthai”, que quiere decir rebanar y la tradición le dibuja con atributos arios, alto y rubión de barba, y de mirada azul –al contrario que los indios de cobre, con su pelo de carbón y los ojos negros-, por lo que puede que el mito no sea prehispánico. Cristóbal de Molina, párroco de Cuzco en 1574, describió en sus diarios, que se conservan en el Archivo de Indias, el terror que le guardaban los indios al español de la coraza, del que decían que perseguía sus grasas que usaba para hacer cataplasmas con las que aliviar las articulaciones de sus monturas. Y a los frailes de la orden de los Hermanos de Nuestra Señora de Bethlehem (fundada por Pedro de San José Betancur) les pasaron a cuchillo los cuzqueños porque decían que les quitaban los sebos a los indígenas para elaborar los untos curativos que usaban en el hospital del Carmen. El pisthaco sanguinario, el rebanador, que además de robar la sobra también enterraba a los hombres vivos para fecundar la tierra, puede que viniese del mar, con la gente que trajo el caballo y la cruz, y según parece la homeopatía, pero se perdió en los cuentos quechuas. Hasta que la arruga dejó de ser bella.

En agosto de 2009 la policía detuvo a un par de tipos que recogieron una frasca de manteca humana en una agencia de transportes de Lima. El envío venía del Valle de Huánuco, a donde fue la ley para tirar de la manta. A principios de noviembre, en una siniestra factoría en la aldea de Taso Grande, dieron con lo que quedaba, que era poco, del joven Abel Matos Aranda, al que le habían quitado el pringue. Al final del mes la noticia la dieron los periódicos y salió en la tele, con el resto de la exhibición de atrocidades. Al principio de la trama estaban los asesinos Hilario Cudeña y Serapio Marcos Varamendi y al final dos traficantes italianos a los que nadie pudo encontrar que eran los que mercadeaban el gordo con las casas de presumir. La historia tenía sangre, jungla y la conciencia herida de la niña que se pone los potingues en el tocador, que se unta de indio para ir guapa a bailar, pero tenía también grietas en la argumentación. Se anunciaron por lo menos sesenta cadáveres que no acababan de aparecer y las asociaciones de perfumería y cosmética aseguraron que para dar consistencia a sus productos se usaban ingredientes de origen vegetal o mineral altamente purificados y no tejidos de origen humano de inocuidad dudosa. En Europa, además, la grasa ya nadie la paga porque la regalan las presumidas que se quieren quitar costal y la dejan abandonada en las clínicas de liposucción. La banda de pisthacos se desinfló en cuestión de una semana, al final no había italianos y el único muerto andaba en el andurrial de la cocaína, le apiolaron por alguna faena de narcos y los dos matones le adelgazaron por avisar a la competencia de que en su pago no andaban en chicas. Cuando la imaginación coge la vía es difícil de frenar, y un buen cuento es un buen cuento. Todo el sainete se lo inventó el Jefe de la Dirección de Criminalística Eusebio Félix, no se sabe si por los quince minutos de Warhol o porque una mañana amaneció soñador. Le destituyeron fulminantemente y al general Miguel Hidalgo, jefe de la policía de Perú, le tocó el mal trago de pedir las disculpas. El perfil del Bombero Pirómano describe a alguien con ganas de prestigiarse que provoca un fuego y luego corre a apagarlo para salir a hombros pero lo que nadie sabe es de dónde iba a sacar Eusebio Félix los otros cincuenta y nueve flacos, los dos italianos y el bote de las pomadas.

MARTÍN OLMOS

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