MARTÍN OLMOS MEDINA

Corrido del Chalequero

In Destripadores y sacamantecas on 27 de julio de 2012 at 19:28

Francisco Guerrero, proxeneta, zapatero y tahúr, se esmeraba en vestir con exuberancia y en degollar prostitutas en el México del porfiriato

“México es un país más surrealista que mis pinturas”
SALVADOR DALÍ.

No se vio macho más dominguero en el barrio de Peralvillo, a la vera del río Consulado, en la Ciudad de Méjico, que el mero Francisco Guerrero, que por pintón le decían el Chalequero. Peinaba bigote carbón, ungüentado de pez y jazmín, y guardaba el cuchillo fiero bajo una faja de brocatel de damasco y oro. Ceñía estrechos los pantalones de casimir negro con galones de pesos de plata en el pernil, camisas de seda blanca, chaquetas charras con vivos de cuero y chalecos cerrados con herretes de agujetas y botones de hueso. Rompía el mano de purito chulo y llevaba en el sombrero de ala ancha guarnición de alhaja y cordel de lazo. Fumaba bueno y tomaba aguamiel de pulque y tequila, quizá sin moderación, era de oficio zapatero remendón y pendejaba putas en la Cantina de los Coyotes, en la Calle del Padre Lecuona, para que le costearan las galas, los ocios y el limpiabotas. El mero Francisco Guerrero, que le decían el Chalequero por bien vestido, era también bailarín fino de huapango, peleador de cuchillo cuando se le torcía la mamancia y celebrado en las alcobas por gastar bien tallada la barrena. Conocía dos hijas que tuvo con Mucia Gallardo, que le decían la Burra Panda, pero tenía más prole que no atendía diseminada por la comarca. Se lo rifaban las doñas por guapo pero él las daba mal pago y cuando no le dejaban pleno las degollaba con su cuchillo de pelar borregos y las tiraba al río Consulado. Después no se escondía y se iba a la pulquería, a convidar tequilitas y a jactar el crimen, y el compadraje callaba por no andarle en pleitos porque le tenían por bravo del barrio de Peralvillo, por hombrón con par, por tahúr y por cuchillero.

El matón de Peralvillo
Entre 1880 y 1888 el Chalequero asesinó a veinte mujeres, todas ellas putas de cantón y por lo tanto nadie demoró en hacerlas justicia. Otra cosa hubiese sido matar a damas de formalidad, de rosario y misa, pero no abundaban las piadosas en el arrabal. El Chalequero rondaba las cantinas de puerta de jarapa y requería a las furcias para serviciarle, se las llevaba al yermo y las tomaba por la brava, las cosía a puñaladas y las degollaba con tanta violencia que a alguna de ellas la decapitó. Después se las echaba al hombro y las tiraba al río Consulado. En el barrio de Peralvillo le sabían las hazañas pero la policía no le tenía localizado porque con frecuencia Francisco Guerrero el Chalequero se hacía llamar Antonio Prida para obviar deudas de naipe. Era gallardo para tomar mujeres sin tarifa y toro para colmarlas, se tenía por bien macho y no cargaba introspecciones de diván, con lo que hay que pensar que mataba por las puras ganas de hacerlo, aunque después le buscaron pretéritos infundados de una mala madre y un padre pegón. El Chalequero, en cambio, no largó de su familia cuando estuvo en el penal, probablemente porque a la madre la conoció poco y al padre nada y ni siquiera sabía el año en el que nació. Le cogieron en julio de 1888 cuando le señaló Lorenza Urrutia, una pendanga joven del barrio de La Villa a la que dobló a palos y no la remató porque se le acabó el pulque y se fue a buscarlo a un changarro. Compareció el Chalequero ante el tribunal con su porte elegantón y lloró con mucho sentimiento pero le condenaron a morir sin miramiento. Fue la vista de mucho entretenimiento para el popular y el impresor de gacetas callejeras Antonio Vanegas Arroyo le escribió corridos que ilustró el grabador José Guadalupe Posada, dibujante de calaveras. Se vendieron a la salida del juzgado con tamalitos de carne de guarro adobada en achiote. Unos meses después llegaron de ultramar noticias de un destripador de golfas que oficiaba en Londres y al que llamaron Jack y los diarios mejicanos escribieron: “En Inglaterra les salió un Chalequero”.

Preso político
El presidente Porfirio Díaz, quizá por desmerecer al victimario, le indultó de muerte a cambio de encierro en el penal de San Juan de Ulúa, que construyó Hernán Cortés en 1535 en el puerto de Veracruz con piedras de coral. San Juan de Ulúa era prisión dura y húmeda, golpeada por el mar, que administraba con mano de hierro el coronel Federico Hinojosa, partidario del látigo, y en ella vivía la tisis. De San Juan de Ulúa cuentan que escapó una bruja que le decían la Mulata de Córdoba a bordo de un barco que dibujó en la pared de su celda con una piedra de cal, pero el Chalequero no sabía pintar. Sin embargo hizo amigos en el penal a los que entretenía con la narración de sus crímenes y escribió al administrador de la prisión requiriéndole un par de pantalones nuevos para vestirlos “como mi educación me lo demanda”. En 1904 el presidente Porfirio Díaz consintió un indulto de presos políticos y un funcionario incapaz escribió su nombre en la lista porque entendió que destripar pendonas era política (acaso demográfica) y el Chalequero volvió al Peralvillo, viejo y tuberculoso. Le recogieron sus hijas, que eran putas, y encontró trabajo de tapicero, pero a veces hablaba con los pájaros y no encontraba el camino de vuelta a casa. En 1908 buscó alivio con una ramera vieja, ochentona y reñidora, la requirió de amores y discutieron la minuta y como ella le arañó la cara, la finó de dos puñaladas y la serró el pescuezo. Apareció la vieja en la vera del Consulado y al Chalequero le encontraron en el quicio de una cantina, vestido de príncipe gitano, borracho de pulque y hablando solo, todavía con el cuchillo en la faja de brocatel de damasco y oro. Le encerraron en la cárcel de Lecumberri, que la llamaban el Palacio Negro, y le sentenciaron a muerte. Fue preso de gran prestigio y casi una celebridad nacional y el fervor popular le tuvo por más notorio que Jack el Destripador, al que le sacaba una ventaja de quince difuntas. Esperando la horca se fue apagando de puro viejito y en noviembre de 1910, después de cenar camarones, se murió de una embolia ahorrándose el trance de subir al cadalso, para lo que ya andaba flojón de piernas y apuradito de ánimo.

MARTÍN OLMOS

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