MARTÍN OLMOS MEDINA

Las verdades insostenibles

In Los chicos de la prensa on 27 de julio de 2012 at 19:55

El reportero Stephen Glass nunca dejó que la verdad le arruinase una buena historia

“Yo decido de antemano si mi reportaje será un drama o una comedia”
ORIANA FALLACI

Dios tolera la mentira siempre y cuando se desarrolle en el ámbito del matrimonio y en el de la política municipal. Tampoco está mal visto engañar al fisco, a la pasma y al patrón, y es absolutamente necesario engañarse a uno mismo si se quiere dormir de un tirón. El resto de las trolas ponen en marcha el taxímetro y San Pedro las va anotando en la factura, así que ustedes verán. El hombre es un bicho que se adapta a las circunstancias, como las ratas, y ha terminado por dar por sentado que hay unas instituciones que le pueden mentir y otras que no. Actualmente está dispuesto a manejarse dentro de un margen de incredulidad cuando escucha a un concejal, a un abogado o a un agente inmobiliario y sin embargo pone el grito en el cielo cuando le descubre una patraña a un periodista, cuando debería ser, por el contrario, más tolerante con sus flaquezas, ya que por todos es sabido que en el alma de un reportero, pobre diablo, vive un novelista. En sus inicios, el periodismo fue oficio de canallas (según Voltaire) y de duelistas que con el tiempo se fue solemnizando para darle un disgusto a Oscar Wilde, que manifestó: “Los periódicos han degenerado: ahora se puede tener absoluta confianza en ellos”.

Un periódico cuesta lo mismo que un café con leche sin crema en una tasca sin lujos y menos que una caña de cerveza, que todo el mundo sabe que se adquiere en régimen de alquiler porque es un líquido fútil que enseguida se mea. Un periódico sirve para tentar a los toros de San Fermín, para alfombrar la jaula del periquito y para ponérselo debajo de la camisa en los inviernos de los malos tiempos. Y además tiene dentro cosas para leer. Por un poquito más de un euro el periódico hace compañía todo el día y te dice si te ha tocado la lotería, el tiempo que va a hacer y lo que echan en la tele. Un periódico ofrece las noticias y las interpretaciones, las direcciones de las farmacias de guardia, los resultados del fútbol y un chiste, un crucigrama, una historia de otros tiempos, para que no se la lleve el viento, y las cotizaciones de la bolsa. Por el periódico sabemos quién se fue del barrio y que el yunque del platero se llama tas, dónde está Somalia y las horas de bajamar. Por un poquito más de un euro, oiga, y encima pretende que todo sea verdad.

Las fábulas de Glass
Machado decía que la verdad también se puede inventar y esa es la base sobre la que Stephen Glass, que probablemente no había leído a Machado, edificó su carrera, que fue de corto recorrido. A Glass lo que le pasó fue que le condicionaba su apellido, que en inglés quiere decir cristal, que depende del color que sea interpreta la vida de una manera o de otra. Glass, más que interpretar la vida, se la sacaba de la chistera y esperaba el aplauso, y durante un tiempo la impostura funcionó. En 1994 era un pimpollo de veintidós años recién salido de la Universidad de Pensilvania con una vocación irrefrenable de caerle bien a todo el mundo. Al año siguiente era el redactor más joven de la revista “The New Republic” y publicaba con asiduidad en “Harper´s”, en “Rolling Stone” y en “George”, el mensual fundado por John F. Kennedy Junior. Glass siempre tenía una historia en el carrete, olfato de podenco para sacarle la entretela y una mirífica habilidad para colarse en la trastienda. Contaba en primera persona, era brillante, mondaba la capa y untaba en la yema. En realidad estaba practicando un tipo de reporterismo de investigación que se podía hacer desde la mesa de la cocina, en pantuflas de estar en casa, tan riguroso como un cuento del Barón de Münchaussen. Según sus propias palabras, su técnica consistía en iniciar el reportaje con una verdad, continuarlo con medias verdades, seguirlo con una mentira y acabarlo con una farsa. Las dos primeras partes convencían al lector de que las dos últimas, por aproximación, eran también verdaderas. Las verdades embrionarias eran generalmente las del barquero y el desarrollo era un puro embuste que, además, se adaptaba convenientemente al mecanismo de la narración y culminaba un reportaje redondo que pasaba por veraz. Glass no hacía periodismo sino parábola, como un predicador de la montaña, y le ponía detalles. Tomaba un hecho abstracto pero plausible y le cosía un traje a la medida citando fuentes confidenciales.

¡Enséñame la pasta!
Stephen Glass tuvo el inconveniente de no ser cojo, sino mentiroso, y no duró mucho en la cancha. Un trolero se acaba descuidando, como el tío que maneja un troquel y se cisca la mano, y Glass se fue al diablo en 1998, cuando escribió el reportaje “El paraíso del hacker”. En él contaba como un chaval de quince años que se apellidaba Restill había accedido al sistema informático de la empresa de software Jukt Micronics y ésta, en vez de demandarle, le había hecho una oferta para contratarle como consultor de seguridad. Los ejecutivos de la Jukt y Restill se reunieron durante una convención de piratas informáticos que se celebró en el Hotel Hyatt, en Bethesda, Maryland, y el crío se presentó con un agente y exigió un sueldo escandaloso y un viaje a Disneylandia. Restill salió de la negociación con un contrato en firme y un pasaje en primera para el país del Pato Donald y en el vestíbulo fue recibido por un centenar de chavales granudos con gorras puestas del revés que le jalearon como a una estrella del rock and roll y le gritaron: ¡Enséñame la pasta!, como en la película de Tom Cruise. Glass firmó un reportaje perfecto en “The New Republic” y cuando el editor de la revista “Forbes” Kambiz Foroohar lo leyó endilgó una bronca a su especialista en informática Adam Penenberg por no haberse enterado de lo que estaba sucediendo delante de sus narices. Penenberg inició una investigación y no encontró en el registro mercantil ninguna empresa que se llamase Jukt Micronics, Restill no existía y el día en el que Glass dijo haber estado en la convención de hackers el Hotel Hyatt de Bethesda estaba cerrado a cal y canto. Cuando se abrió el melón quedó en el ambiente olor a gato mojado y Glass se defendió como una tortuga puesta del revés, diseñó una chapuza de página web de la inexistente Jukt Micronics, largó evasivas y mandó imprimir unas tarjetas de visita de ejecutivos invisibles que no engañaron a nadie porque le costaron cuatro gordas. A Glass le creció la nariz y su editor, Chuck Lane, ordenó una revisión de sus 41 artículos. 27 de ellos no aguantaron el examen y se manifestaron tan fiables como las excusas de un moroso. “The New Republic” tuvo que publicar una nota dando explicaciones y Glass salió de la revista por la puerta de atrás, con su carpeta de historias reales que nunca habían ocurrido y su periodismo de feria. Su jeta de granito conoció el rubor pero se le pasó enseguida y se puso a estudiar derecho, escribió un libro autobiográfico de notable éxito, contó chistes en un cabaret de Los Ángeles y hoy, naturalmente, ejerce de abogado.

MARTÍN OLMOS

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