MARTÍN OLMOS MEDINA

La hoz, el martillo y el sheriff de Río Bravo

In Esto es Hollywood, La política on 29 de julio de 2012 at 21:39

Una noche de vodka y euforia, José Stalin ordenó el asesinato de John Wayne

“Solo un demente como Stalin intentaría matar a John Wayne”
ORSON WELLES

No se sabe en otros planetas, pero en este se mata. Se mata por amor, por celos, por dinero, por negligencia, porque se tiene mal pronto, o poca paciencia, porque se entendió mal un chiste, porque brilla la luna llena o porque la vida de los otros, en algunos pagos, se tiene por barata. Porque mire usted, señor juez, estaba borracho. Se mata por prisa y porque van como locos. Se mata el tiempo en una esquina y se mata la tarde viendo pasar a las gachisas en un velador, con un café con leche y un vasito de agua, por favor, hasta que el camarero se acerca y dice si ponemos otra. Lo dice con guasa. Se mata al camarero por impertinente y por andar con guasas y de paso uno se ahorra la propina, se mata al marido cuando es más guapo el butanero, a papá por lo de Edipo, al perro para acabar con la rabia y al vecino del pueblo de arriba porque mea en el río. Se puede matar a un cerdo a besos y matar de aburrimiento y si se matase el hambre no se mataría tanto. Se vive con el sueño de matar al patrón lenta y dolorosamente, como se vive con el sueño de la lotería y el del tío de América, pero mientras uno se decide regresa a casa con la lumbalgia de la reverencia y le hace la vida imposible a la familia, qué culpa tendrá ella. Se mata al símbolo rompiendo una estatua, que es iconoclasia, y se mata al símbolo de una manera literal volándole la cabeza al alférez que carga la bandera. Se supone entonces que la infantería no sabrá hacia dónde avanzar si no tiene la referencia del estandarte. En uno de los episodios más delirantes de la Guerra Fría, José Stalin quiso matar al símbolo de América, que había concluido que no era el águila de cabeza blanca sino John Wayne, y envió a dos sicarios de la NKVD del siniestro Lavrenti Beria para que se infiltrasen en Hollywood, vestidos con camisas de Hawai, y le metiesen al actor una libra de plomo cosaco. Pobres sicarios bolcheviques, que no sabían que con John Wayne no pudo ni Liberty Valance, que ostentaba revólveres al pelo y un látigo con puño de plata.

El hombre de acero
José Vissariónovich Dzhugashvili nació en 1879 en Georgia y siempre tuvo dudas sobre quien era su padre, tenía un brazo tonto, la dentadura hecha un asco y el segundo y tercer dedo del pie izquierdo unidos por una membrana, como los patos. De niño comió las mondas de las patatas y llevó calcetines con agujeros en un país en el que por las tardes refresca y de joven conoció el rigor de Siberia, que escribió su carácter de hierro, y cuando fue nombrado secretario general del Partido Comunista en 1922 ya le llamaban Stalin, que en ruso quiere decir el Hombre de Acero. Stalin sucedió a Lenin en 1924 pero espiritualmente fue heredero del Zar Iván IV el Terrible, que mató a su hijo de un bastonazo y presumía de haber violado a mil vírgenes. Stalin parecía una morsa bigotuda y veía un conspirador detrás de cada cortina, mató a su mujer de un disgusto, a los asesinatos en masa los llamaba purgas, que suena a remedio para ir de vientre (desagradable al gusto pero con final prometedor), y le gustaban las películas de Tarzán. Nunca trabajó la empatía con la famélica legión y especuló con el grano mientras millones de ucranianos se morían de hambre, propagó su imagen por cada kilómetro de los muchos que tiene la extensa Rusia y obligó el culto a su persona, fue el hombre que quiso ser dios y, sin embargo, rezaba a la virgencita de Kazán porque había estado en el seminario.

Matar al Duque
A finales de los años cuarenta, de regreso de una conferencia de paz en Nueva York, el director de cine Sergei Gerasimov, discípulo de Eisenstein, le contó a Stalin que había un vaquero bocazas que enarbolaba la bandera del anticomunismo en Hollywood. John Wayne decía que interpretar era hablar bajo, despacio y no decir demasiado y, sin embargo, a Stalin le pareció que lo que decía era suficiente. Wayne personificaba el espíritu del pionero, la Frontera, el rifle y la Biblia y el pavo en familia el Día de Acción de Gracias, le llamaban el Duque, cobraba un millón de machacantes por película y estaba al frente de la Asociación para la Preservación de los Ideales Americanos, una logia de republicanos a los que les resultaba incómodo tener que vivir con un brazo izquierdo. Stalin ya estaba completamente desquiciado, y probablemente trompa, cuando ordenó la eliminación del actor pero Lavrenti Beria, el director de la orquesta de las purgas, se apresuró a sacar dos pasajes para Disneylandia a un par de ejecutores de la NKVD. Los dos tovarich consiguieron entrar en los estudios de la Warner Bros haciéndose pasar por agentes del FBI pero antes de que tuviesen a tiro a John Wayne fueron detenidos por agentes federales de verdad. Al Duque le gustaba contar que les llevaron a una playa de Los Angeles en donde él y Ward Bond, su compañero de praderas y lingotazos, les atizaron una zurra, lo que parece más bien una de esas historietas que se cuentan cuando el cóctel se va animando. Devolvieron al par de rusos al remitente y Beria les organizó una gira sin billete de vuelta por los yermos de Siberia, donde los días son cortos y las noches desoladas.

Stalin murió en marzo de 1953, oficialmente de una apoplejía derivada de su hipertensión, pero se rumoreó que el politburó le echó matarratas en el vodka porque se había vuelto definitivamente loco. El siniestro Lavrenti Beria le veló la agonía en la cabecera de su cama, llamándole perro cada vez que el moribundo perdía la conciencia y pidiéndole que viviese por el bien de Rusia cuando se despertaba. Beria dijo más tarde que él había salvado a la patria del monstruo, como si hubiera ahogado a Stalin con una almohada. Suele ocurrir que cuando la diña el tirano los mismos que le lloran con sentimiento presumen de haberle matado con sus propias manos cuando se enfría el fiambre, se acaba el luto y cambia el clima, aunque el tirano haya muerto en la cama o en un quirófano, operado por un yerno vestido de Caballero de la Orden de Malta. El nuevo Zar Rojo fue Nikita Jrushchov, que se hizo un nombre en el mundo del espectáculo pidiendo la palabra a zapatazos en una reunión plenaria en las Naciones Unidas. Si Beria tuvo alguna esperanza en la carrera de la sucesión, Jrushchov le quitó la idea de la cabeza mandándole fusilar. Dicen que se arrodilló suplicando por su vida. John Wayne siguió cabalgando en las praderas de nuestra infancia. Stalin tenía razón, al final, y el Duque era simbólico como un coloso de mármol: en 1979 sus compatriotas le eligieron el segundo americano más famoso de la historia después de Lincoln, por delante de Washington, de Benjamin Franklin y de los astronautas del Apolo 11. Jrushchov confirmó en sus memorias que la orden de matar a Wayne había existido, pero que él mismo la revocó a la muerte de Stalin. En 1966, cuando John Wayne hizo una visita a las tropas americanas destacadas en Vietnam, un francotirador de Ho Chi Minh intentó volarle la cabeza pero falló el tiro. Nadie podía con el Duque, ni el Vietkong, ni Stalin ni los comanches y al final mordió el polvo por el fuego amigo. En 1958 rodó los exteriores de “El Conquistador de Mongolia” en el desierto de Saint George, en Utah, donde el ejército americano había ensayado pruebas nucleares. El Pentágono aseguró a los productores que no existía riesgo de contaminación radiactiva pero con el tiempo cien miembros del equipo de rodaje engancharon el cangrejo de la muerte. El de John Wayne le atenazó el pulmón izquierdo y se lo llevó a la tumba en 1979.

MARTÍN OLMOS

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