MARTÍN OLMOS MEDINA

Tiro al prócer

In La política on 29 de julio de 2012 at 21:11

Hubo un época en España en la que estuvo de moda el cuplé de Raquel Meller, el toreo de El Gallo y la caza de presidentes

“Los atentados son gajes del oficio”
ALFONSO XIII

José Canalejas Méndez tiene la culpa de que los políticos españoles se hayan quitado de leer. José Canalejas Méndez era dueño de copiosa ilustración, lo que es bagaje más bien incompatible con el ejercicio de la administración pública, para el que se recomienda más el dominio de la permuta y del tópico, de la cazuela y del arte de la tauromaquia. Canalejas era ferrolano de 1854 y con diez años ya era capaz de traducir el francés. Se licenció en derecho y en filosofía por la Universidad Central de Madrid y dictó clases de literatura española como profesor auxiliar sin plaza, se hizo prestigio de orador notable en el Ateneo Científico y en la Academia de Jurisprudencia y se merendó los once volúmenes de las obras completas de Platón traducidas por Patricio de Azcárate, compendió en dos tomos la Historia de la Literatura Latina y le ganó un litigio a la Compañía de Ferrocarriles del Norte a cuenta de la concesión de la línea directa de Madrid a Ciudad Real. En 1878 compitió con Marcelino Menéndez Pelayo, Saturnino Milego y Antonio Sánchez Moguel por la cátedra de Literatura de la Universidad Central de Madrid que había quedado vacante por la muerte de José Amador de los Ríos. El novelista Juan Valera, que era el presidente del tribunal opositor, encontró a Canalejas “presumidísimo, cosa que en mi sentir desgracia mucho cualquiera prenda que pueda tener” y contribuyó a que le fuese concedida a Menéndez Pelayo. Los jóvenes combaten los desengaños alistándose en la Legión Extranjera pero Canalejas se echó al derrotero de la política para olvidar la decepción. Ambas decisiones requerían temple aventurero porque si en la legión se tiene en frente a la morisma fiera y en el cuartel al sargento del chusco con su brutalidad, en la política española había prendido la costumbre popular del tiro al prócer.

La moda tuvo su preámbulo en 1870 con el asesinato a trabucazos del general Prim en la calle del Turco y durante la Restauración el anarquerío le cogió más gusto que al cuplé. Al presidente Cánovas le mató el anarquista italiano Michele Angiolillo en el balneario de Santa Águeda de Mondragón en 1897, le pegó tres tiros a quemarropa y como era hombre de cumplir le pidió disculpas a su mujer. A Angiolillo le ajusticiaron en la prisión de Vergara diez días después, le dio garrote el verdugo Gregorio Mayoral, que tenía la costumbre de llamar con arrobo “la guitarra” a su artilugio de matar. Le quedó ejecución vistosa que mereció comentarios del antropólogo Salillas y testimonio fotográfico de Eustaquio Aguirreolea. Sagasta, el rival de Cánovas, dijo que después de él todos los políticos podían llamarse de tú. A los muertos, como acaban cayendo bien porque no enredan, les crecen los elogios. Por hacer el honor, los políticos se apearon el tratamiento con alegre desenvoltura y se pusieron a tutear a la familia próxima de la oposición en las disputas parlamentarias.

Canalejas hizo su recorrido en los gabinetes liberales de Sagasta y fue ministro de Fomento, de Gracia y Justicia, de Hacienda y de Agricultura. En 1897, con 43 años, se alistó voluntario en las milicias que peleaban al mambís en las colonias de Cuba. Volvió prendiendo la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo y con informes dramáticos de la situación de las posiciones de ultramar que le condujeron a reñir con Sagasta. Al frente de los liberales llegó a presidente del gobierno en febrero de 1910 pero heredó país violento y con hambre de pan en el que se zanjaban las frustraciones a puñal. Andaban los catalanes padeciendo la resaca de la Semana Trágica, en la que la caballería tricornia cargó contra la huelga y dejó trescientos difuntos y las campañas africanas contra El Mizián, que preludiaron el Desastre de Annual, requerían el gasto de la sangre obrera. Canalejas estableció el servicio militar obligatorio por el que los jóvenes con posibles tenían que cumplir y no enviar a un pobre al cuartel, sin embargo, a las peleas del Rif siguieron yendo los de siempre, limitó unilateralmente la actividad de las órdenes religiosas enfrentándose al Papa de Roma y suprimió el impuesto del consumo, pero las reformas le iban quedando a medias. Una cosa es ver postal del mar y otra cosa es navegarle las mareas. A Canalejas le tocaron paisanos broncos a los que gobernar que no se ponían de acuerdo ni para mirar el fútbol y en 1910 la Copa del Rey se disputó dividida, por un lado la organizó el Club Ciclista de San Sebastián (ganó el Athletic de Belauste) y por otro la Federación Española de Clubes (ganó el Barcelona de Comamala). Durante su mandato breve se le sublevó la dotación de la fragata Numancia, que amenazó con bombardear Málaga, tuvo que poner a los militares a conducir el tren chuchú por la huelga ferroviaria y sofocar motines populares como el que organizó en Cullera el anarquista Juan Jover, que le decían el Chato de Cuqueta, en el que mataron a un juez de un hachazo en la cabeza, a su secretario a cuchilladas con una aguja de alpargatero y al alguacil ahogándole en el Júcar. Se reivindicaba con sangre y plomo en aquellos años de copla y lo de sentarse a charlar se dejaba para las comadres del lavadero.

Angiolillo dijo que asesinó a Cánovas para vengar a los hermanos anarquistas fusilados en Montjuich, pero a Canalejas le mató Manuel Pardiñas porque le vino más a mano que el rey, que era al que de verdad le quería pasar la factura. Pardiñas tenía reseña en la bofia, era de Huesca, hijo de un carabinero, y en Argentina, donde huyó para hurtarse de la milicia, frecuentó al pistolero anarquista Simón Radowitzky. La mañana del 12 de noviembre de 1912 se echó al percal un pistolón Browning y se fue a pedirle cuentas a Alfonso XIII, que nació florido de posaderas, pero por el camino se encontró con Canalejas y le dio igual perdiz que codorniz. Fue en la Puerta del Sol, eran las once y media, Canalejas, que iba a pie, llevaba escolta de tres inspectores, Borrego, Martínez y Benavides, dos le guardaban la zaga, a distancia, el tercero iba guiando. En la esquina de la calle Carretas detuvo el paseo para mirar el escaparate de la librería San Martín, se interesó por un mapa de la guerra de los Balcanes. Pardiñas se le acercó a la distancia de la quemarropa y le pegó dos tiros en la cabeza. Uno de ellos le entró por el oído derecho y le salió por el contrario, llevándose por el camino el bulbo raquídeo. Si después de lo de Cánovas los políticos se echaron al tuteo, después de Canalejas dejaron de frecuentar, por precaución, las librerías, y así han ido perdiendo léxico hasta arreglarse con un vocabulario escaso que, sometido a milagrosas permutaciones, hace la ilusión de comprensible. Canalejas murió sobre una manta que ofició de camilla y de sudario. A Pardiñas le persiguió el inspector Borrego con un bastón de paseo y, a cuerpo, un conserje de la Sociedad Filarmónica. Como no vio zafa se pegó un tiro en la cabeza y murió horas después. A Canalejas le enterraron en el Pabellón de los Hombres Ilustres, al lado del Retiro, y le hizo estatua Mariano Benlliure. Le sucedió en el gobierno el conservador Eduardo Dato Iradier, que para confirmar lo riesgoso del oficio, cayó a balazos en la Puerta de Alcalá en 1921. Le emboscó desde una moto con sidecar una terna de anarquistas que le frió a tiros, como en Chicago. Un Chicago de zarzuela de Chapí, listas de muertos en el moro y el rey en las regatas.

MARTÍN OLMOS

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