MARTÍN OLMOS MEDINA

La revancha de los excluidos

In Matanzas on 31 de julio de 2012 at 18:46

Dos estudiantes inadaptados zanjaron sus frustraciones a tiros en el Instituto de Columbine, en Colorado


“Aún cuando Klebold y Harris  fuesen mis fans, eso no les da ninguna excusa ni significa que la música es culpable”
MARILYN MANSON. Cantante.

Hay lóbregas duchas en cárceles de Filipinas que son más seguras que los patios de los institutos de secundaria. Sobre la canasta de baloncesto de alguno de ellos debería reproducirse la frase de bienvenida al infierno de Dante: abandonad toda esperanza los que entréis aquí. La fauna de los patios de los institutos se ordena por un riguroso sistema de castas en cuya cúspide están los deportistas, las chavalas fetén y los que tienen un hermano mayor que les deja el coche. En la base, en un lugar similar al que ocupan las gacelas en los abrevaderos de la sabana, están los tíos gafosos, los que leen tebeos a la hora del recreo y los bajitos, porque resulta que en un lugar donde se evalúan las ideas, el tamaño impone, como le dijo la monja al marinero. El patio es gregario y los solitarios son caza y lo que abundan son las hienas, que ríen las hazañas de los leones y se alimentan de la sobra de su festín. Cinco minutos después de salir del instituto a uno se le olvida el teorema de Euclides y, sin embargo, ha adquirido una idea bastante aproximada de cómo manejarse en la vida, que es torear en el tercio conocido, adaptarse a las circunstancias y mirar para otro lado, y que el último que llega se queda sin silla. El instituto es darwinista y para sobrevivirlo hay que ser rápido y hay que ser implacable y, como en la vida, la piedad es lujo.

Los Parias
No había piedad para los excluidos en el Instituto de Secundaria de Columbine, en Colorado, donde mandaban los machos de la defensa del equipo de fútbol y las Salomés. Por los pasillos caminaban cuesta arriba Eric Harris y Dylan Klebold, a los que llamaban Los Parias porque estaban fuera de las castas. Klebold y Harris tenían poca vida social y apenas media docena de amigos ajenos al instituto con los que formaban la Mafia de las Gabardinas, un grupo de tarados que se vestían con guardapolvos oscuros hasta los pies adornados con símbolos nazis. Generalmente les daba poco el sol y preferían quedarse en casa jugando al “Doom”, un videojuego en el que un marine solitario masacra a tiros a un ejército de zombis. En el pasillo del instituto pagaban un peaje de intimidaciones públicas porque los futbolistas les zurraban delante de las chicas, practicando el juego que tanto gusta a los gorilas de demostrar que la tienen más larga. Nadie asume la humillación como algo inevitable y que Dios te libre de la furia de los ofendidos. Klebold y Harris estaban a punto de ebullición. Dylan Klebold era un gigante prognato de casi dos metros que se hacía llamar Vodka porque le parecía un nombre molón, vivía en una casa de cuatrocientos mil dólares, tenía diecisiete años y escuchaba música de Marilyn Manson. Eric Harris tenía dieciocho y le gustaba que le llamasen el Rebelde, odiaba prácticamente a todo el mundo conocido y tenía dificultades para manejar su ira, escribía un diario delirante en un cuaderno de deberes al que llamaba el Libro de Dios y estaba lleno de fluvoxamina para mantener a raya su depresión. Eran colegas de martirio en la selva de los leones, no se comían una rosca, les detuvieron por mangar un ordenador de una camioneta y ambos pensaban que sus vidas eran una mierda sin remedio. No les interesaba el fútbol y a las chavalas no les interesaban ellos y a veces escribían en las paredes del retrete que Columbine iba a estallar.

El día de la ira
Durante los meses anteriores a que Columbine estallara, Klebold y Harris fabricaron cien bombas artesanales de propano y compraron por internet dos escopetas del calibre doce –una Stevens 311 y una Springfield Savage-, una pistola semiautomática TEC 09 de nueve milímetros y un rifle Hi-Point 995. El 20 de abril de 1999 era el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler y un buen día para jugar al “Doom” en los pasillos del instituto. Era la jornada de la revancha. Madrugaron y cargaron el arsenal en el coche, llevaban puestas las gabardinas de los excluidos, pasamontañas y camisetas personalizadas. En la de Dylan Klebold ponía “Ira” y en la de Eric Harris “Selección Natural”. El patio es darwinista y no tiene sitio para la piedad. Harris y Klebold tuvieron piedad con un viejo compadre de la Mafia de las Gabardinas. Se llamaba Brooks Brown y había salido a tiempo del grupo de los parias. Harris y Klebold se lo encontraron a la salida del instituto, Brown iba a conseguir un pitillo y pensaba volver y Harris le dijo, chico, me caes bien, lárgate de aquí antes de que todo reviente. A Brown le salvaron los viejos tiempos. A las once y cuarto empezaron la fiesta del desquite y se cobraron las facturas. Iniciaron el fuego en el aparcamiento y avanzaron disparando por el vestíbulo montando una escandalera, la manada entró en pánico. Los parias tiraron bombas desde las ventanas pero unas explotaron y otras no. Gritaban “Venganza” y buscaban a chicos con gorras de equipos de fútbol. Jamás el deporte fue tan insano. Dispararon a una chica en la cara por rezar y a un moreno por su color. “Es increíble, tío, mira la sesera de este negrata”, dijo Harris. Durante cuatro horas tiraron contra lo que se moviese celebrando cada blanco con carcajadas, quemaron las aulas y mataron a doce estudiantes y a un profesor, acabaron la masacre en la biblioteca, se estrecharon las manos y se dispararon en la cabeza. Harris se pegó un tiro en la boca con la carabina Hi-Point y Klebold se voló la cara con la semiautomática TEC 09. A los Hombres de Harrelson les llevó cinco horas inutilizar las bombas con las que los Parias preñaron el instituto y después llegó la hora de llevarse las manos a la cabeza y recoger los cadáveres. Los paisajes de la matanza estaban destrozados por los explosivos y el fiscal del condado de Jefferson, Dave Thomas, pidió a los padres informes bucodentales de sus hijos. Los pasmas norteamericanos utilizan el código 20-4 para describir una redada antidroga y los chavales de los institutos suelen escoger el 20 de abril para hacer novillos y fumar marihuana. Los padres rezaron para que sus hijos estuviesen fumando porros.  La semana siguiente una docena de psicólogos con pipa graznaron sus tres o cuatro ideas sobre el asunto en la tele. Echaron la culpa de la matanza a la Asociación del Rifle, a Marilyn Manson, a la fluvoxamina y a las ofertas del super, que incitaban a los padres a comprar en lugar de quedarse en casa a escuchar a sus hijos decir que nadie les comprende. Clinton rezó en la Casa Blanca y el Papa de Roma envió sus condolencias. El gobernador de Colorado Bill Owens acudió al escenario del tiroteo a reconfortar a las familias y dijo: “Quizás hoy hayamos perdido la inocencia”. Se puso una mano en el corazón, que alguien le diría dónde estaba. Venga ya, colega, la inocencia la perdió Adán en el Paraíso hace un millón de años y desde entonces estamos de vuelta.

MARTÍN OLMOS

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