MARTÍN OLMOS MEDINA

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Un fallo lo tiene cualquiera

In Con buena letra on 11 de julio de 2012 at 22:05

William Burroughs, el autor de “El almuerzo desnudo” y gurú de la Generación Beat, le voló la cabeza a su mujer para animar una fiesta

“Quizá lo que más me atrae de Burroughs es su falta de compasión, hacia sí mismo y hacia los demás”.
JOSÉ OVEJERO. Escritor.

El oficio de escribir está sobrevalorado y lo acaban abrazando las gentes del desarraigo después de ensayar sin éxito una vida de cierta utilidad. Se amanceban con las letras porque no dan la talla para la milicia ni tienen temple para robar y con algo tienen que llenar el plato. Josep Pla tenía dicho que un tipo que a partir de los cuarenta sigue leyendo novelas no anda muy bien de la cabeza, con que imagínense a un hombre hecho y derecho que se dedica a escribirlas. El escritor profesional se apresura a dejarse crecer la barba cuando nota que se le encanece, se pone bufanda en invierno y en verano (a la que llama foulard) y está genéticamente incapacitado para ahorrarse una opinión, pero en rigor no es más que un menda que se pasa las tardes inventándose cuentos. Generalmente prefiere la pipa al pitillo soez del obrero, que lo fuma cualquiera, y le agradan los largos paseos en soledad. El escritor, en general, no ha tenido una idea original desde Homero. Propende a la miopía. Y al adverbio. Si tiene suerte y termina por dominar cierta carpintería se pone insoportable porque se cree dueño de un estilo cuando estilo, lo que se dice estilo, el que lo tenía era Cary Grant. Tener habilidad para ligar un par de frases legibles no garantiza el equilibrio mental (a veces al contrario) y cada uno es hijo de su madre. Arthur Conan Doyle acabó creyendo en Campanilla y Salinger bebía pis, a Joyce le encantaba olerle los pedos a su parienta y Thoreau no se bañaba nunca. Norman Mailer le pegó una cuchillada a su segunda mujer con una navaja de siete centímetros que le perforó el pericardio y la dejó viva de milagro y William Burroughs se cargó a la suya haciendo el numerito de Guillermo Tell.

Marcianos y alucinaciones
Burroughs formó parte de la cuadrilla germinal de la Generación Beat, junto con Ginsberg, Neal Cassady y Jack Kerouac. La primera vez que se colocó fue con hidrato de cloral cuando estaba en el instituto y desde entonces no se apeó del lomo del dragón. Fue adicto a la cocaína, al cactus del peyote, a la heroína, al opio y a las anfetas, a la mandanga mejicana, a la priva, a la grifa de Tánger, al hash y a la planta de la ayahuasca, que la dicen los indios andinos la Soga del Muerto porque a través de ella hablan con sus difuntos. Tenía alucinaciones, creía en los marcianos y en la fuerza vital de la energía orgónica (que fue un camelo que se inventó el psicoanalista austrohúngaro Wilhelm Reich, esquizofrénico y charlatán que acabó sus días entre rejas) y durante un tiempo frecuentó la iglesia de la cienciología de Ron Hubbard. Se pasó un año entero sin cambiarse de calzoncillos, que se le pusieron fósiles y berrenchines y atenuaron su vida social, y solía disparar a las gallinas desde la ventanilla de su coche en marcha con un rifle del veintidós. A veces les daba. Y a veces no. A Burroughs le gustaba pasar por drogota de infantería y por yonqueras de callejón pero se ponía trajes de picapleitos y era rentista, con lo que jamás se tuvo que someter a la ordalía del madrugón y vivió de la mensualidad que le pasaba su familia ricachona con la que iba tirando para viajar por el mundo, pagar el alquiler y pasar por la droguería. En la alcoba le gustaban más los marineros que las enfermeras y exhibía sus querencias sin eufemismos y con alegre romanticismo: una vez se cortó la falange del dedo gordo del pie izquierdo para impresionar a un soldado, cuando lo normal es regalar gladiolos, y le metieron en un asilo para lunáticos del que salió en menos de una semana porque mostró un comportamiento ejemplar. Y sin embargo se casó con dos mujeres. A la primera la salvó de acabar sobre la pila del lavabo, sobre un platito, al lado del grifo, y a la segunda le voló la cabeza.

Que no decaiga la fiesta
El joven Burroughs aprovechó los posibles de su familia para vestirse de ancho mundo y adquirir una educación. Después de graduarse en literatura inglesa en Harvard se matriculó en la facultad de medicina de Viena, en donde se aplicó en el estudio de campo de las anatomías austriacas en las saunas homosexuales y en analizar empíricamente la morfina local. Allí conoció a Ilse Klapper, una chica judía que no cabía en la camisa cada vez que escuchaba música de Wagner. Burroughs se casó con ella sin amor pero desinteresadamente, con la intención de proporcionarle un visado de entrada en los Estados Unidos que la salvó de que los nazis la convirtieran en una pastilla de jabón de tocador. Más tarde conoció a Joan Vollmer, la musa loca de la Generación Beat, que entraba y salía de los psiquiátricos por su adicción a la bencedrina inhalada y a la dramaturgia doméstica. Burroughs y Vollmer se casaron en 1946, tuvieron un hijo al que dejaron suelto en el jardín y les detuvieron en una ocasión, una tarde soleada, por echar un polvo de intemperie en una cuneta de Texas con gran éxito de público, que pidió un bis. Se fueron a vivir a México, trapichearon droguería, él jugaba con pistolas y ella desayunaba tequila con galletas. Joan perdió el pelo y el temple, se puso tiritona y decía que no podía vivir sin Burroughs, que se entretenía persiguiendo a los mejicanitos. Le gustaban aquellos machotes bigotudos con sus ojazos negros.

En septiembre de 1951 dieron una fiesta para el vecindario que duró dos días y cuando se acabaron los ganchitos
Burroughs anunció que iba a ejecutar para el respetable el número de Guillermo Tell, que consistía en acertar de un tiro de revólver a un vaso de whisky colocado sobre la cabeza de su mujer. Joan temblaba de la curda que llevaba y Burroughs se apostó a una distancia de dos metros. Estaba hasta arriba de heroína. Llevaba pegando tiros desde los ocho años y dormía con una pistola debajo de la almohada, creía que era el Salvaje Bill Hickok. A ninguno de los bacantes le pareció que la función podía torcerse. Joan cerró los ojos y dijo que no quería ver la sangre, y se partió de risa, observaba la misma estabilidad que una hoja de álamo al lado de un ventilador. Burroughs manejó su tembleque. Era un mono con una motosierra. Apuntó cuidadosamente y disparó y el tiro se le desvió un palmo hacia el sur y le voló la cabeza a su mujer, que murió en el acto. En todas las fiestas se rompen cosas. Los invitados no se quedaron a vaciar los ceniceros. Nunca se quedan, por eso es mejor celebrar los cumpleaños en la casa del vecino. En depende qué circunstancias, un palmo arriba o uno abajo es determinante, pasa también en el tenis, donde hay que andar con mil ojos. La policía mejicana le detuvo y le encerró en el Palacio Negro de Lecumberri, en donde estaba preso Ramón Mercader, el asesino de Trotsky, pero su familia repartió ungüento a los funcionarios y salió en libertad condicional en una docena de días, cruzó la frontera y le cogió prevención al sur del Río Grande. Ocho años después escribió “El almuerzo desnudo” y dejó las editoriales residuales. Se inventó el punk y se hizo fotos con pistolas, convirtió su cuerpo en un herbolario y salió en la portada del disco del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pepper de los Beatles, al lado de Marilyn. Adoptó una serpiente, escribió otras quince novelas, le trasplantaron un hígado nuevo para maltratar y salió en un anuncio de zapatillas Nike, pero teniendo en cuenta que murió con 83 años de almuerzos en farmacias, mejor hubiese hecho propaganda de las ventajas de la automedicación. Píldoras de la risa, el desayuno de los campeones, se lo dice Bill Burroughs, que sigue de una pieza. Estaba en la onda. Había dicho: “Un paranoico es alguien que sabe de qué va el rollo”.

MARTÍN OLMOS

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La cerda de Falaise

In Bichos on 7 de julio de 2012 at 12:01

En un pueblo de Normandía se dio escarmiento público a una cerda de tres años que se comió los brazos de un niño pequeño

No me reía tanto desde que a mi hermanito se lo comieron los cerdos
DASHIELL HAMMETT. Escritor

En el capítulo once del libro del Levítico, Jehová le dijo a Moisés que tuviera al cerdo por animal inmundo y que se abstuviese de comer su carne porque, aunque tiene las pezuñas hendidas, no rumia. Por aquí, entre cristianos viejos y decentes, no nos andamos en miramientos y del cochino aprovechamos hasta el andar y cuando queremos que nos aprueben al hijo zoquete le regalamos a su profe un jamón. Ambrose Bierce escribió que el cerdo es un animal notable por la universalidad de su apetito, que sirve para ilustrar la universalidad del nuestro. Decía también que su nombre científico era Porcus Rockefelleri, porque aunque Rockefeller no descubrió al cerdo se lo consideraba suyo por derecho de semejanza. Al cerdo le dicen guarro, puerco y chon, que es el ahorrativo de lechón, y cuino, tunco, marrano, gorrino y cuchí. Un cerdo vive unos quince años y como no tiene glándulas sudoríparas se refresca dándose baños de mierda, tiene la inteligencia de un perro y se han conocido casos de guarros que contestan cuando se les llama por su nombre. El cerdo tiene un verbo para él solo, que es hozar, que es lo que hace cuando remueve la tierra soplando por el hocico, y en los soutos gallegos, en otoño, está expuesto a que las meigas le hagan el malollo, el mal de ojo, que les vuelve taciturnos, y para sacarles de la melancolía hay que avisar al albeite, al curador de animales, que con un sombrero en la mano les recitará esta letanía: “Cristo te dio, Cristo te formó, Cristo te desolle y si algún malollo te aolló se afuma con incienso y laurel bendito”. Si esto no da resultado, se recomienda clavar una herradura de caballería en su pesebre de comer. Se dice, no se sabe con qué fundamento, que el cerdo enloquece con el olor de la sangre, como los tiburones del mar, y que se zampa cualquier cosa que se le ponga por delante, como las avestruces de África. Esto lo saben bien los bandidos sardos, que se dedican al secuestro, y cuando se les tuerce una industria echan al que sobra a la piara, que no deja de él ni el tuétano de los huesos.

Cerdos en el tribunal

El Papa Juan Pablo II afirmó en 1990 que los animales poseen un soplo vital recibido por Dios, con lo que les concedió algo parecido a un alma, y les protege su propio santo, que es San Antonio Abad, al que se le representa con un cerdo a sus pies. Responsabilidad jurídica, sin embargo, la han tenido desde hace mucho tiempo y a veces se han tenido que sentar ante el juez para responder de sus fechorías. En 1161 un cerdo se cruzó entre las patas del caballo que montaba el príncipe Felipe, hijo del rey de Francia Luis VI Capeto, que le decían el Gordo, y provocó que el muchacho se desnucase. El cerdo sufrió proceso por regicidio y salió culpable, así que fue ejecutado públicamente en un cadalso de París. Un cerdo de Toledo que gastaba buen apetito se comió a un niño un Viernes Santo de 1572 y la Inquisición le acusó de sacrilegio por haber probado carne un día de vigilia y lo mandó quemar en la hoguera. En la región de Borgoña, en 1456, una cerda adulta, que era madre de ocho cochinos que aún se columpiaban de sus ubres, confesó de viva voz, estimulada por la tortura, haberse comido al ciudadano Jean Martin, que estaba en la flor de la vida, y alegó en su defensa que actuó presa de un arrebato de locura que no pudo explicar, pero que no le libró, en cualquier caso, de la pena capital. De la ley y de su largo brazo no se libran ni los tres cerditos, aunque se construyan una casa de ladrillos, ni el lobo feroz.

Ojo por ojo

En Falaise, en Normandía, nació el rey Guillermo I, que tuvo que ganar la Batalla de Hastings para que le llamaran el Conquistador, porque antes le decían el Bastardo. En el mismo pueblo, en 1386, una cerda de tres años se comió a un niño apenas mamón que jugaba en la calle mientras su padre se echaba una siesta. La bestia le devoró la cara y los bracitos y no pudo dar cuenta del resto porque fue descubierta por los aldeanos, que la capturaron viva. El vizconde Pere Lavengin, que gobernaba la comarca, ordenó que se le abriera un proceso y la guarra fue juzgada por asesinato en el tribunal de la villa. Los legisladores fundamentaron su sentencia en el libro del Éxodo, en el capítulo 21, en el que el Señor dictó a Moisés las leyes con las que debían ordenarse los hijos de Israel. En los versículos 24 y 25 se especifica con claridad que será cobrado el ojo por el ojo, el diente por el diente, la mano por la mano, el pie por el pie, la herida por la herida, el golpe por el golpe y la quemadura por la quemadura. Y en el versículo 28 se dice que “si un buey cornease a un hombre o a una mujer, y resultare la muerte de éstos, será el buey muerto a pedradas y no se comerán sus carnes”. La cerda fue condenada a ser ejecutada públicamente sobre un patíbulo que se armó en la plaza donde se celebraban las ferias. Hasta allí la llevaron arrastrada por un caballo y vestida con una chaqueta, calzas en los jamones y guantes blancos en las patas delanteras. El vizconde Lavengin ordenó a todos los guarreros de la comarca a llevar a sus cochinos a presenciar el martirio para que tomasen ejemplo. Colgaron a la asesina por las pezuñas traseras y el verdugo le amputó las patas y el morro, para empatar la cara y los brazos del niño, y el animal se desangró. Después se dio el cuerpo a la concurrencia, que se lo despachó a la parrilla. El vizconde Lavengin se ocupó de que el escribiente Guiot de Montfort anotase los detalles del proceso, la ejecución de la sentencia y los honorarios del verdugo para que quedasen en los anales y mandó pintar un fresco en el que se representaba el acontecimiento en la pared de la iglesia de la Santa Trinidad, pero el mural fue destruido en el siglo XIX y hoy no se puede comulgar viendo a la guarra penar su crimen. Gustave Flaubert, en su Diccionario de los Lugares Comunes, escribió que como el interior del cuerpo del cerdo es parecido al del hombre, se lo debería emplear para enseñar anatomía en los hospitales, pero aquel día en Falaise se empleó para impartir cátedra a la marranería comarcal de los beneficios de la dieta.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN HOY (25 DE SEPTIEMBRE DE 2011)

La espada del barrio

In Los trastos de matar on 3 de julio de 2012 at 23:43

La navaja que una vez desafió a Napoleón hoy la llevan los peleadores de tasca en el bolsillo de atrás del pantalón


En la mitad del barranco,
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.
FEDERICO GARCÍA LORCA

La navaja tiene cien nombres y un millón de viudas que dejó cuando salió a relucir en broncas de noches machas de vino torcido y coraje. La navaja llena la trena de hombres que entendieron mal el honor y llena también los camposantos y los paños de lágrimas. La navaja no tiene la culpa de ser navaja y ni ve ni oye ni entiende y baila al son que le tocan. Es pobre y hambrienta, como lo suele ser su dueño, y en su hoja quedó la impronta de la grasa del queso del pastor y la sangre de una discordia de verbena. En su punta también asoma la borra negra de la uña del obrero. A la navaja pobre no le velan en los altares de la Vera Cruz y no la llevan a las cruzadas, no se clava en una piedra para que la desclave el rey Arturo sino que va escondida en los pliegues de la faja del bandolero, con la lumbre de mecha y el tabaco de liar. Le dicen de cien formas a la navaja, le dicen jifera si es para la res y falceña cuando encorva la hoja como las gumías de la morería, le dicen quimbo y faca y mojosa y flamenca y chifla, le dicen los gitanos la serdañí y serdasquineró al que tiene el oficio de fabricarla. La navaja es la espada democrática y lleva aparejado el mismo riesgo que el sufragio universal, con lo que igual la baila el cabal que el necio, que por hombrear la arma y deja luto en la plaza. Después dirá, como si fuese una excusa, que, verá usté, me se calentó el vino.

La espada pobre
De vinos calientes y de machos de día festivo están llenos los nichos húmedos de los cementerios. Entre semana la navaja no abunda tanto porque hay que ir al tajo, a sudar el jornal, y las criadillas se dejan en casa. La navaja empezó de herramienta de barbería y acabó de puñal traicionero. La palabra navaja viene de “novácula”, que viene del verbo renovar, y era el instrumento que usaba el tonsor latino para poner guapos a los patricios de Roma rasurándoles el bigote. Y del afeitado al degüello va un paso que, si hay ganas, no cuesta mucho dar. En “El Conde Lucanor” (1335), el infante Don Juan Manuel ya avisa del riesgo: “Quando el marido le vio la navaja en la mano cerca de la su garganta, teniendo que era verdat lo que la falsa beguina le dixiera, sacol la navaja de las manos et degollóla con ella”. Con el tiempo se extendió el término a cualquier cuchillo cuya hoja se pudiera plegar sobre el mango para que el filo quedase guardado. Bernal Díaz del Castillo escribió en “La Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España” (1568) que los hombres de Cortés llevaron a las Américas “espadas de navaja como de a dos manos” pero el uso del cuchillo plegable se generalizó entre el popular a partir de la prohibición promulgada por Carlos V de llevar armas de hoja larga a los plebeyos. La navaja se convirtió en la espada de los que no tenían linaje y dirimió pleitos de aguadores, de rufianas y desacuerdos vecinales. Que el pobre también estimaba su honor, que era de pan duro, y lo defendía sacando la santoria de cacha de cuerna y parando con la manta en pelea sin distancia, porque la hoja corta exige baile agarrado y vecindad. Cuando el noble se batía era duelo y cuando lo hacía el pillo era riña. Hay etiqueta hasta para matar.

La revuelta navajera
A la navaja la adoptó el hampa y se hizo vil, porque se llevaba escondida entre la camisa y no a la vista. Salía en el callejón y en el cruce del camino, a robar, a matar los celos y al degüello. Sin embargo, una vez salió a defender el país y casi se hizo espada. Fue en 1808, cuando el francés andaba Madrid tocando el culo a las residentes con la arrogancia de los que baten tierra rendida. La lucha empezó temprano el dos de mayo, cuando los soldados de Napoleón quisieron sacar al infante Francisco de Paula del Palacio Real. Avisó el cerrajero José Blas de Molina y el pueblo se levantó sacando las carracas y el gobernador Joaquín Murat ordenó a los artilleros de la Guardia Imperial que respondieran con fuego. Salieron los mamelucos de los cuarteles de Carabanchel, a matar desde el caballo, eran turcos bregados en la batalla de Austerlitz. Los vecinos les dieron cara y pelearon en bulto, en la calle, como sabían, y se metieron debajo de las patas de las bestias para acuchillarles los adentros y desmontar a los jinetes, a los que destriparon en el suelo pasándoles a rejón.

La de capar
Aquella jornada aprendieron los soldados profesionales que en el follón incierto una chaira era una espada corta y la cogieron tanto miedo que en la represión que sucedió al levantamiento detuvieron a cualquiera que llevase un filo casual. Le ocurrió a Manuela Malasaña, que era por cierto hija de un panadero francés de apellido Malesange, a la que sorprendieron ocultando unas tijeras en el faldón, entre otras cosas porque era bordadora, y la pasaron por las armas. La enterraron en el hospital para pobres de la Buena Dicha. A la mañana siguiente, Don Bartolomé Muñoz de Torres, del Consejo de Su Majestad, sacó bando ordenando a los alcaldes recoger todas las armas blancas, “en las quales es bien sabido que se comprehenden los puñales”. El ejemplo, sin embargo, cundió en el sur, donde los rebeldes desmontaron en las sierras a los coraceros franceses con garrochas de la res en cuyas puntas habían sujetado navajas. A los jinetes caídos les castraban y les colgaban desnudos de los olivos, quietos de muerte para que Goya pudiera dibujarlos. Le dicen también a la navaja la Capaora.

El pincho hampón
Cuenta Emilio Gutiérrez Gamero, que fue diputado en Cortes por el partido Radical, que la reina Isabel II le dijo al Gobernador del Palacio, don Manuel Pando Fernández de Pinedo, Marqués de Miraflores, que ella era española y nacida en Madrid, “de las que llevan navaja en la liga”. Sin embargo después de su intermedio heroico volvió el pincho a su fuero, a la esquina del proceloso callejón, a la mano del bravo que bebe mal y chulea y a la faja bandolera. Volvió a ser unas veces herramienta y otras tumba y, además barata. Volvió al chungo, que es lo suyo, a sembrar lutos en pendencias de perra gorda, a acompañar al hampón de calderilla y al que quiere hacerse un hueco en la barra de beber. Al que quiere parecerle más guapo a la novia y al que quiere afanar un peluco de colorao. Se ha puesto canalla la navaja, que no tiene la culpa de ser navaja y ni ve ni oye ni entiende y baila al son que le tocan. Que acabe asesina, tirada en la calle para que no la encuentre la ley, o engarzada en el llavero, haciendo de lima de uñas, va a depender del miedo que tenga su dueño cuando empiece el envite.

MARTÍN OLMOS

Bofetadas con galones (que duelen lo mismo)

In Hazañas bélicas on 1 de julio de 2012 at 23:53

El general Patton echó a patadas de un hospital militar a dos soldados a los que no consideró lo suficientemente heridos

El valor, que se da por supuesto en la Legión, en el resto de los ámbitos es lujo de bravos y la prerrogativa de los héroes. La humanidad, en términos generales, está formada por cagones cuyo talento natural para la huida ha ido preservando la especie, a Dios gracias. Porque es un hecho que no descendemos del tío que se enfrentó al mamut, con su pareja de péndulos y su coraje (y con un palo, tal vez), sino del que echó el cálculo y decidió dar un rodeo. El hombre común le tiene un gran aprecio a su pellejo (en detrimento de su alma) y ha de tener una razón muy poderosa para jugárselo con despreocupación, con lo que generalmente prefiere andar caliente, aunque se ría la gente. Esta actitud conservadora, impropia de la loca juventud, enerva sumamente a los generales, que prefieren el temerario coraje y el generoso derroche de sangre de infantería. Tito Livio decía que para un buen general la muerte no tiene importancia, pero hay que suponer que se refería a la muerte de la tropa de reemplazo, que se mira desde un punto de vista estadístico dentro de una sala de mapas, a millas de donde se friega. No entiende el general que, excepto los trescientos de Leónidas, lo que espera el común soldado de leva de la guerra es que acabe pronto y volver a casa con los miembros en su sitio y una paga de veterano. No entiende el general que los hombres puedan tener miedo a una cosa tan pueril como que les maten. Dice un refrán que un buen soldado solo debe pensar en la patria y en nada. Como piense en otra cosa, lo más probable es que dé media vuelta y avance hacia donde callan los cañones.

Sangre y agallas
Napoleón decía que la guerra es para el hombre su estado natural, pero para el general George Patton era el estado natural de los norteamericanos. En su abigarrada arenga al Tercer Ejército el 5 de junio de 1944 afirmó que todos los americanos “aman la lucha, la tensión y el sabor de la batalla”. En aquel colorista discurso les aconsejó a los reclutas que disparasen a los alemanes en la barriga y les rajasen las tripas y les aseguró que cuando veinte años después les preguntasen sus nietos qué hicieron durante la Segunda Guerra Mundial, no tendrían que toser y reconocer que se la pasaron “paleando mierda en Luisiana”, sino que les podrían mirar a los ojos y decirles: “Hijo, tu abuelito avanzó con el gran Tercer Ejército y con el maldito hijo de puta de Georgie Patton”.

George Patton era disléxico, rico y californiano, tres circunstancias que no menguaron un ápice el gran concepto que tenía de sí mismo. Sus hombres le llamaban “El Viejo Sangre y Agallas” y a él le complacía el apodo, estaba firmemente convencido de que era la reencarnación del general cartaginés Anibal y tenía un bull-terrier que se llamaba Willie, diminutivo de Guillermo el Conquistador. Patton era intrínseco al ejército como las pulgas a los pellejos de las mulas viejas y, antes de que se acuñase el término, tan políticamente incorrecto como un pedo en una misa de réquiem. Sostenía que alimentar a los prisioneros era un retraso, que los negros peleaban mal y recomendó al alto mando rearmar a los alemanes después de la guerra para que sirviesen de muro de contención del comunismo. Prácticamente, él solito se inventó la Guerra Fría y pensaba que los soviéticos eran una manada de “hijos de puta, bárbaros y borrachos”. Casi provocó un conflicto diplomático cuando los rusos le concedieron la medalla de la orden de Kotuzov y él se negó a brindar con vodka y exigió whisky de Kentucky. Por lo demás, era un aristócrata que soltaba tacos burdelarios, católico fervoroso de misa diaria, un excelente jinete y un esgrimista de talento que venció al considerado el mejor espadachín del mundo, el francés Jean de Mas Latrie, en las olimpiadas de Estocolmo de 1912. Durante la campaña de México de 1916, mató a tiros al capitán Julio Cárdenas, comandante de la guardia personal de Pancho Villa, y colgó su cadáver del parachoques de su coche, en la Primera Guerra Mundial recibió una herida de ametralladora y durante la Segunda Guerra Mundial se presentaba delante de sus tropas con un casco de acero, chaqueta de tanquista, pantalones de montar y un colt del cuarenta y cinco con cachas de nácar al cinto.

Pitillos y patadas
Para Patton, una herida de guerra tenía que sangrar tanto como para llenar una jarra de pinta y tener el diámetro suficiente como para que un hombre adulto pudiese meter el puño cerrado con desahogo. De ahí para abajo consideraba que eran pocas ganas de reñir. Sostenía que la “fatiga de combate” era el recurso de los cobardes y ordenó a sus oficiales a que sometieran a consejo de guerra a los hombres que utilizasen dicho pretexto para entrar en la enfermería. El 4 de agosto de 1943, durante la toma de Sicilia, visitó el 93º Hospital de Evacuación, un dispensario de campaña cercano al frente. Admiró el valor de los soldados heridos y les dio chocolatinas y cigarrillos Lucky Strike hasta que se encontró con el recluta Paul Bennett, de 21 años, que lloraba en su catre con los nervios destrozados. Como Patton no vio boquetes en su peladura le abofeteó con sus guantes de cuero y ordenó a los médicos que le devolvieran al frente, a morir o a pelear, porque no estaba dispuesto a permitir que los valientes heridos en combate vieran a “un asqueroso hijo de puta sentado a su lado llorando”. Después le puso su colt de cachas de marfil en la cabeza y le dijo: “Debería matarte aquí mismo, maldito cobarde”. Una enfermera se desmayó. A continuación siguió con la revista y descubrió que el soldado Charles Kuhl solo tenía fiebre, le levantó del jergón, le llamó camastrón y le echó a la pura patada de bota de campaña de la tienda del hospital. Charles Kuhn no tenía un día flojo, sino un cuadro agudo de disentería y paludismo. Los oficiales médicos elevaron una protesta formal por el circo del general Sangre y Agallas que fue convenientemente traspapelada por el comandante Omar Bradley, pero que sin embargo llegó a oídos de Eisenhower, que obligó a Patton a escenificar una comedia de disculpa ante la tropa, privada y sin meter ruido. Unos meses después, el 21 de noviembre, el periodista del “Saturday Evening Post” Drew Pearson difundió el incidente en un programa de radio y los congresistas de Washington pidieron la cabeza del general. Le compararon con Hitler y el senador Bailey de Carolina del Sur recomendó que le formasen un consejo de guerra. Eisenhower le cesó como comandante del 7º Ejército y le apartó de los focos, de los discursos homéricos y de sus pantomimas de fantasmón. Una vez liberada Europa, Patton fue nombrado Comandante Militar de Baviera, en donde se dedicó a buscar pelea con los rusos y a pedir un destino de combate en el Pacífico, que no le concedieron. Murió en un hospital de Heidelberg el 21 de diciembre de 1945, a consecuencia de la fractura de la 3ª y 4ª vértebras cervicales que se le arrugaron cuando su chofer estampó su Cadillac contra un camión “Jimmy” cerca de Manheim.

Lo de quitarles los remilgos a guantazos a los soldados llorones ha sido una costumbre arraigada entre los oficiales corajudos que acostumbran a razonar con lo que les cuelga (las medallas y lo demás). El general Millán Astray, fundador de la Legión y precedente cañí de Patton pero con menos piezas (era manco y tuerto del ojo derecho por caprichos de combate), se dedicaba a repartir billetes de cien pesetas a los soldados heridos durante sus visitas a los hospitales militares, hasta que se encontró con uno que postraba por haberse caído poco heroicamente de un sidecar al que no le dio ni un duro y le pegó una paliza delante de las monjitas. Millán Astray, sin embargo, no tuvo que pedir disculpas.

MARTÍN OLMOS

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