MARTÍN OLMOS MEDINA

Calamidad

In El Far West on 17 de agosto de 2012 at 20:18

Según se mire, Jane Canary fue un precedente del feminismo, una golfa embustera o un marimacho

“En la historia de Calamity Jane puede afirmarse o negarse cualquier cosa”
FRANCISCO GONZÁLEZ LEDESMA. Escritor.

Dicen que la suerte de la fea, la guapa la desea, pero a las feas se las tiende a saludar desde el otro extremo de la calle, por si les pincha el bigote, y terminan por hacer poca vida social. Martha Jane Canary era fea como un susto detrás de una esquina y, sin embargo, ejerció el puterío con solvencia cuando se vio en la necesidad: se conoce que tenía la grupa ecuestre. Los mineros zafios la galopaban por económica y porque las bellas, a la larga, sosean, cuestan más y después de la equitación bostezan con displicencia y miran al techo, mientras que las feas, como ponen de su parte, levantan el epílogo contando chistes verdes. Cuando no serviciaba de puta, Martha Jane empinaba el codo con dedicación, escupía tabaco negro por ambos lados de la boca (en ocasiones a la vez), blasfemaba su buen cuarto de hora sin repetirse y se liaba a puñetazos con los gañanes y los tumbaba a rodillazos en el prostático. Martha Jane Canary no usaba polisón para que le abultase el asiento, que lo tenía plano y raspudo, llevaba la cara sucia, pulgas en los refajos y era un tío de una pieza que jamás se pintó las uñas de los pies. Montaba a horcajadas, expelía vientos jolgoriosos y de su boca nunca salió una verdad. El tiempo que esculpe las rocas le fue pintando un carácter que ella asumió con complacencia y lo exageró, para no decepcionar al auditorio, inventándose novios pistoleros y duelos a muerte, y acabó siendo una especie de Clara Campoamor de pasto, eructo y pedo zullón.

Martha Jane Canary nació el primero de mayo de 1851 en Princeton, Misuri, y acaso intuyó un padre, pero jamás le conoció. Su madre, que se llamaba Charlotte, trabajó en la horizontal y un día le dijo: Jane, no confíes en varón y mucho menos si aparenta virtud y no incumple alguno de los mandamientos de Dios, no te dejes enredar por unos ojazos negros ni por un bigote militar, estas certezas que te digo las he adquirido en el oficio y me han sido refrendadas por el espectáculo patético de hembras viejas, de encías yermas y pechos vacíos, que he visto en la vía, abandonadas a su suerte perra y a su incierto albur después de romperse el alma afanándose para un gandul. Te dejo, Martha Jane, este imponderable, que es seguro como un artículo del credo, por no poder dejarte un juego de servilletas de hilo. Una vez le dijo esto murió y la dejó huérfana a la edad de quince años. Martha Jane, apenas niña, se vio en la obligación de sostener a sus hermanos y trabajó ordeñando vacas descuidando su educación y no aprendió a tocar el piano. Fue creciendo pellejuda y parda de piel y la naturaleza le concedió pocas gracias y, sin embargo, alzó jirafuda y de lejos parecía esbelta. De cerca precavía. Aprendió a leer con esfuerzo y a sumar con los dedos y probó los oficios de lavandera, arreadora de mulas, bailarina de bodegón y ramera, continuando la estela de mamá. Deleitaba con las botas puestas, era mullida y comprensiva. Dejó pronto la falda en favor del zahón vaquero y se inclinó por las labores de los machos, se fue a Cheyenne, en Wyoming, y encontró plaza en las obras del ferrocarril, manejando el mazo y ganándose el derecho de acodarse en la taberna. A los veinticinco años ya era una alcohólica irredenta. Puede que asaltase alguna diligencia, se apartó del jabón, disparaba con tino y enterró a dos maridos. Meaba de pie. Le empezaron a llamar Calamidad.

La viuda del pistolero
Como le apetecían más los gaznates sedientos de la soldadesca polvorienta que comadrear en la costura, en 1870 se alistó de exploradora a las órdenes del general George Crook, notorio exterminador de indios, en los territorios sin prejuicios y, a partir de entonces, vivió en pantalones. Vistió la piel sin curtir y el fleco y comió serpientes de cascabel, durmió, con un ojo abierto,  al arrullo amenazante de la pena del coyote, se quitó el frío a lingotazos, el miedo a juramentos y rompió una cincha a pedos. Sus hazañas demostradas fueron salvar al capitán Egan de ser tonsurado por el sioux en Goose Creek, cruzar el río Platte a nado y abrir la ruta Newton-Jenney en las Colinas Negras. El resto de sus bravuras se las inventó cuando intuyó que iba criando leyenda de amazona. Con el gollete en regadío y por diez céntimos la sesión, contó mentiras en el espectáculo de Pawnee Bill y en el circo de Búfalo Bill. Contaba sin rubor que sirvió a las órdenes del general Custer y que estranguló con sus manos a un oso pardo. Comparecía en el proscenio con un cuchillo entre los dientes y dos colts cruzándole el vientre, era procaz y bárbara, era, como la vida, puro teatro.

En 1876 se asoció con Colorado Charlie Utter y puso un negocio de postas en Deadwood, en Dakota del Sur, en donde plantaron comunidad los buscadores de fortuna, los tramposos, las golfas y los traficantes de opio. Martha Jane trabajó yaciendo en el burdel de madame DuFran y ofició de samaritana durante la epidemia de viruela con singular desprendimiento.  En Deadwood conoció al Salvaje Bill Hickok, el más notable pistolero de la frontera, que conservaba la épica estampa y los revólveres cruzados en el fajín pero no la vista, que le traicionaba al atardecer y le exponía cegato ante los valentones. Hickok y Jane iniciaron amistad que, probablemente, fue de hombre a hombre y que les duró hasta que el cheposo Jack McCall asesinó al pistolero de un tiro por la espalda en un changarro de timbas por una discrepancia ligera. Más tarde, Martha Jane aseguró que persiguió al asesino con un hacha de mano, pero nadie recordó haberla visto en el trance. Con el tiempo, a Calamidad le convino convertir la amistad en romance y aseguró haberse casado con Hickok poco antes de su muerte y haber alumbrado una hija suya, de nombre Jean, a la que dio en adopción. Dijo que el casorio se celebró en Benson´s Landing, en Montana, oficiado por dos reverendos abstemios y refrendado por tres testigos que mantuvieron la verticalidad suficiente para firmar sobre una Biblia con caligrafía legible.

Martha Jane Canary, Calamidad, volvió al tinglado de la farándula y añadió su viudedad a su sarta de patrañas. En 1884 se casó por tercera vez con un tejano de El Paso que se llamaba Clint Burke, pero el matrimonio duró poco por la controversia que se desataba en el doméstico sobre quién llevaba los pantalones. Se le acabaron las candilejas cuando empezó a salir al escenario borracha perdida y se pasó sus últimos años recogida en uno de los burdeles de Madame DuFran, su antigua alcahueta de Deadwood, que en realidad se llamaba Dorothea Bolshaw, era de Liverpool y tenía un loro que se llamaba Fred. Jane ya no estaba para la hípica y se ganó el plato lavando las sábanas de las posguerras. Se puso enferma de pulmonía y se enganchó su última trompa en un tren camino de Terry, en el sur de Dakota, y murió sin épica a la mañana siguiente, el uno de agosto de 1903, preguntándose si tenía fiebre o resaca. La enterraron en el cementerio de Mount Moriah, en Deadwood, al lado del Salvaje Bill.

MARTÍN OLMOS

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