MARTÍN OLMOS MEDINA

Aquellas guerras bonitas

In Hazañas bélicas, La cruz y la media luna on 1 de septiembre de 2012 at 20:22

Las guerras, como las mujeres que han perdido la gracia, necesitan el maquillaje para pasar por hermosas

“Aquella noche un caballero, Pérez del Pulgar, se mete en Granada, matando a los centinelas de un postigo de la muralla, llega hasta la mezquita y en su pared clava su puñal con un cartel que dice: Ave María”
JOSÉ MARÍA PEMÁN

Los irlandeses dicen que todas sus canciones son tristes y todas sus guerras hermosas. Las canciones de los irlandeses, como las de todos los pueblos que han sufrido hambruna, hablan de la emigración y por eso suenan a melancolía pero a las guerras, irlandesas o no, las va hermoseando el tiempo, que les inventa lances gallardos en donde seguramente solo hubo matanza. La culpa la tiene Homero, el romancero y Rudyard Kipling. De algo tienen que hablar los himnos, que generalmente los escriben mendas que no estuvieron fregando en la batalla.

Estatuas ecuestres
A ningún vasallo le gusta servir a un rey cagón y por eso les acaban levantando estatuas ecuestres a las que, inevitablemente, las palomas las pintan blancas de guano. Hay leyenda infundada sobre las estatuas ecuestres que dice que si el caballo tiene levantada una de las patas delanteras significa que el rey que lo monta sufrió heridas en combate, y si tiene las dos es que murió en la batalla. Eso es tan cierto como que existen los concejales honrados. La primera estatua de un rey montando un caballo puesto de manos es la de Felipe IV, que se erige en el centro de la Plaza de Oriente de Madrid, frente al Palacio Real. Es obra de Pietro Tacca, sobre diseño de Velázquez y el asesoramiento científico de Gaileo Galilei, que le dio la idea de hacer maciza la parte trasera y hueca la delantera para sostenerla sin usar truco y que la figura no acabase con el hocico clavado en la peana. Felipe IV murió de disentería y no en brega, y solo vio guerra pintada en los tapices del palacio, mientras intentaba no quedarse frito en las audiencias. Las historias guerreras de lances de valor y soldados caballeros tienen algo de estatua hueca pero se sostienen en el tiempo y adornan. Exactamente igual ocurre con las tánganas de tasca, que a la tercera vez que se cuentan se han multiplicado los bravos y resulta que aquella tarde todo el mundo se portó Cid debajo de la lluvia de botellazos y nadie se escondió debajo de la mesa.

Vírgenes y tierra
Las guerras moras se alargaron en España durante ocho siglos, desde que Pelayo empezó reyerta en Covadonga hasta la rendición del último reino nazarí de Granada. Cada gresca se contó al gusto, poniéndola detalles vigorosos y así resultó que en la batalla de Clavijo participó el Apóstol Santiago montado en un caballo blanco y en la de las Navas de Tolosa San Isidro Labrador, que se disfrazó del pastor Martín Halaja y les mostró atajo a los cristianos para disponer tropas en la llanura de la Mesa del Rey. A la morería que se distinguía en el combate le esperaba un harén de huríes sin estrenar en el “janah”, el jardín del paraíso del Islam, y a los caballeros cristianos que ponían tropa, hierro y yeguada les concedían bulas papales, tierras y prestigio en la existencia terrenal y la visión de la cara de Cristo el día del Juicio Final. La guerra de reconquista empezó a pedradas en los desfiladeros de Asturias y se desarrolló a caballo en Calatañazor, en Sagrajas y en la llanura de Alarcos, a puro mandoble de espadón y a criadilla. Los musulmanes formaban en media luna y montaban a la jineta sobre animal ligero, con el estribo corto y poca coraza y los cruzados atacaban de frente, sobre percherón alto y una tonelada de quincalla al hombro, a estribo largo para asentarse y zurrar desde arriba rejonazos de alabarda, dando tajo en lugar de estocada. Se dieron los héroes bravos en aquellas lizas y hasta el rey Fernando se dejó la espada dentro de un infiel, y no pudo sacarla de puro honda, en la toma de Vélez Málaga en 1487.

Duelos de honor
La hegemonía de la Cruz culminó en 1492 con la toma de Granada, el reino nazarí del sultán Boabdil el Desdichado, en la que, sin embargo, se libró guerra de sitio y artillería, que ya estaba lo suficientemente avanzada para lanzar proyectiles de cincuenta kilos a dos kilómetros de distancia. Las trombas de caballería que hacían temblar la tierra y las justas cuerpo a cuerpo quedaron para presumir, para poner leones en el escudo y para el intermedio. Quedaron para que las cantase el juglar al postre de un banquete de ciervo y vino. Y sin embargo se libraron con tanto fervor y derroche de pellejo valiente que el rey Fernando tuvo que prohibirlas para no quedarse sin prole brava. A los hombres de armas de ambos lados de la muralla se les hacía difícil comprender que la guerra se había convertido en mérito de puntería y pruebas de hambre y paciencia y para satisfacer la gana de pelea antigua salían los sarracenos del abrigo de la fortaleza y provocaban al cruzado con incursiones de exhibición. Los caballeros cristianos contestaban el desafío y se batían en torneo descalabrándose unos a otros en campo abierto sin consecuencias para el asedio. Fernando el Católico se hartó de perder hombres y prohibió que sus vasallos recogieran guantes y saliesen a medírsela con el moro en pendencias que no ponían ni quitaban otra cosa que las manchas del honor.

El caballero de las hazañas
Hernán Pérez del Pulgar era caballero de Ciudad Real, vasallo de Castilla y veterano en bregas. Rezaba en su escudo el lema “Quebrar y no doblar”, y le decían el Caballero de las Hazañas porque cuando el moro Boabdil le sitió en Salobreña y le quiso vencer por sed, Hernán salió a la almena y arrojó el último cántaro de agua. Por hacer honor a su nombre obvió la orden del rey y emprendió incursión temeraria en Granada, donde clavó un retrato de la Virgen María en la puerta de la mezquita y le pegó fuego a la alcaicería, la parte de la plaza en donde se hacía el comercio. A la mañana siguiente compareció en el campo el moro Tarif, guerrero gigantesco, galopando un caballo negro en cuya cola llevaba prendida la imagen de la Virgen y reclamó contienda. Recogió el reto el caballero Garcilaso, que era mozo, y le pidió licencia al rey. El moro Tarif reclamó un luchador más estimado porque dijo que no había mérito en destripar a un rapaz y que él estaba acostumbrado a hacer batalla campal con hombres más barbados. El joven Garcilaso le acometió montado en un caballo morcillo y le cortó la cabeza, que clavó en el arzón de su montura para luego rescatar la imagen santa, ante la que postró y besó con devoción. Si esta historia es cierta o no igual da porque se recogió en un romance fronterizo de versos de dieciséis sílabas y se cantó, que es lo que importa y lo que permanece, como los himnos de patria, los violentos tapices y las estatuas huecas sobre las que cabalgan heroicos los reyes.

MARTÍN OLMOS

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