MARTÍN OLMOS MEDINA

De lilas, golfos y tranvías

In El cañí, Timadores y burlangas on 7 de septiembre de 2012 at 13:42

Un artista del alambre le endilgó a un destripaterrones un tranvía de postín por cuarenta mil duros de los de antes

“Uno de los timos mejor preparados en los años de la posguerra fue aquel que se llamó el timo del 1.001”
MARGARITA LANDI

Se considera mala costumbre apoyarse sobre las nalgas de una señora que no haya dado muestras de estar en disposición de agradecer el gesto, llamar papá al obispo, aunque se ostente su misma nariz, y dejar la cartera de un primo llena al final de la jornada. El primo abunda en cualquier clima, es omnívoro y lo hay de diverso pelaje, siendo el menos frecuente el primo con conciencia de tal, que acostumbra a languidecer en los recodos y a estarse calladito, para que no le noten. El primo más abundante es el que no sabe que lo es y, por el contrario, arraiga fuero de librepensador y se mete en las conversaciones interrumpiéndolas sin dar aporte. Se le dice zurumbático o falso lince y no es lo malo que albergue opiniones, sino que las distribuya con gratuidad pensando que enriquece a la civilización. El falso lince tiene buena voz y el gesto marcial del que nació para el galón y como no ha considerado leer al clásico se suele citar a sí mismo (porque el primo no necesita modelos) y empieza sus parlamentos con la expresión: “Como yo suelo decir…”, como si dijera por Gracián. Boileau escribió que un tonto siempre encuentra a otro más tonto que le admira y en el caso del primo, lo que encuentra es a un congénere al que acierta más primo aún y le despierta la vocación de listo y quiere sacarle provecho. Lo que generalmente se encuentra el primo es a un golfo, que es otra especie abundante pero más mimética. El golfo es camaleónico, a veces políglota, y licenciado en mundología. El golfo es lírico y hace bien de primo, con muchas tablas, y enseguida compone el gesto abriendo un poco la boca y hablando despacito. También hace bien de cura, de promotor, de pobre y de cojo.

De la intersección de un primo y un golfo sale un timo, tan seguro como que el sol se pone por el oeste. El golfo es bribón y está a la ocasión, que la pintan calva. El golfo cala al primo y lo calibra, ve si es julai  o lila y no lo desperdicia porque considera un deber desplumarlo. El golfo es tauromáquico y a parte de por los cuartos está en el oficio por el arte. El timo es un robo por lo finolis sin intermedio de violencia, es teatro fuera del proscenio, lo que ahora llaman performance. Timadores legendarios fueron Victor Lustig, que era austrohúngaro y le vendió a un chatarrero la Torre Eiffel en 1925, y George Parker, que dos veces a la semana ponía a la venta el Puente de Brooklyn. En España el timo ha ido derivando en el pelotazo y al estafador de toda la vida le han ido arrinconando en el callejón, como a los barquilleros y a los limpiabotas. El difunto comisario Eugenio Benito Poveda, que fue jefe de la BIC, recordó en sus memorias a José Petronilo, que vendía teodolitos, a Carlos Julio el Colombiano, que les daba el cambiazo a las loteras, y al Andresent, que era valenciano y se ganaba la vida engañando a los sastres. El timo español ha sido el de la estampita, el del tocomocho y el del entierro, en el que es imprescindible la codicia del julai. Las ratoneras funcionan porque a los ratones les gusta el queso. El timador cañí desciende del pícaro del Siglo de Oro y anda en la brecha por un plato de habas, porque en este pago nunca se han hecho planes de pensiones, pero de vez en cuando sale un lince que no desmerece a Lustig y va y le vende a un primo un tranvía municipal.

El 1.001
El menda era Paco el Muelas y el lila un rústico que quiso hacer los madriles para fardar de don en el terruño. El tranvía era el 1.001, azul y blanco, fabricado en Italia por la Fiat, y los gatos de Chamberí lo llamaban el Cielo, porque decían que era azul y entraban en él los justos. Destacaba sobre las demás carracas porque fue el primero con puertas automáticas y cojinetes silenciosos. Paco el Muelas junó a un pueblerino que alardeaba de posibles en el bar de un hotel de la Gran Vía y le frecuentó haciéndose el rumboso, convidando a gambas y a coñac de la Francia. El vivo suele llevar monosabio, al que le dicen los pasmas el consorte, y que le hace de reparto. Paco el Muelas vistió a su consorte de tranviario y le acostumbró a comparecer con un carterón lleno de duros a la hora en la que departía con el rústico, que generalmente era la del café.  Le explicó que era dueño de la línea del tranvía 1.001, que era negocio provechoso. El primo le dijo que pensaba que el servicio era del Ayuntamiento pero el golfo le aclaró que el 1.oo1 era la excepción porque él mismo lo había traído de Italia y había arrendado la línea, haciendo la mejor inversión de su vida. Una tarde se lo llevó de ronda en su tranvía, que iba de bote en bote. Se hicieron compadres los dos y al aldeano le gustaba alternar con un señor de la capital y se ponía fanfarrón a la hora de pagar porque su dinero pueblerino valía como el que más. Hasta las gambas y el vermú le fueron saliendo de gorra al Muelas después de la primera inversión.

El timo es como la lidia y la más difícil es la suerte de matar, porque si no es toreo portugués, que es una cosa como de forzudos de feria y saltimbanquis. Paco el Muelas le dijo al rústico de sus negocios en la ultramar, cosas de platanales que requerían su atención porque se le estaban torciendo de no atenderlos como es debido. Le dijo que iba a vender el negocio pingüe del tranvía, a su pesar, para irse a Sudamérica a ordenar lo suyo. El aldeano se vio industrial del transporte y el vivo le hizo precio de amigo y como le tenía tanta fe le dio la opción de pagar en dos partes. Lo dejaron en doscientas mil pesetas de posguerra, que no eran barro, y zanjaron el negocio en una notaría ful que se agenció el golfo para la ocasión. El hombre fue a la mañana siguiente a las cocheras de la calle  Fernando el Católico a pedir su tranvía y les alegró la mañana a los operarios. Le explicaron que todos los vehículos eran propiedad municipal, incluido el 1.001, italiano y azul que daba gusto verlo. Se quedó el pobre sin negocio y con jeta de primavera, más escueto de cartera que cuando llegó, menos ensoñador. Don Paco se había ido del hotel de la Gran Vía con la cuenta sin pagar (por prurito profesional), acaso a Sudamérica o acaso no, y de la notaría no había ni la placa de bronce. El hombre que se veía prendiendo puros en Chicote con billetes de cien duros volvió al agropecuario, que era lo suyo, y eludió dar explicaciones en el casino, para que no le hiciesen refranes, que en los pueblos son de componer cantares a la hora del dominó. Que a uno le empiezan llamando el Tranviario, le van perdiendo el respeto y le acaban tirando al pilón en las fiestas del santo.
 
MARTÍN OLMOS

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