MARTÍN OLMOS MEDINA

El oficio del Corujo

In Ejecuciones y linchamientos on 7 de septiembre de 2012 at 13:37

Hubo un tiempo en España que hombres como el Corujo, Copete y Bascuñana, tenían el oficio de matar

“¿Qué no es hombre ni siente el verdugo
Imaginan los hombres tal vez?
¡Y ellos no ven
Que soy de la imagen divina copia también!”

JOSÉ DE ESPRONCEDA.“La canción del verdugo”.

El último aliento de un hombre huele a ocena que apesta y el vientre, por miedo o porque la naturaleza deja los mejores chistes para el final, se afloja y despeña las churrias por la canilla. Al verdugo se le queda el olor a muerte en la camisa y nadie le aplaude la faena ni le tira claveles ni botas de vino y se vuelve solo a la fonda, a yacer la raspa sobre una sábana que mañana tirará el hospedero al fuego haciéndose la cruz. El verdugo vuelve a casa en vagones de tercera, con los gitanos y los gañanes de la labor, y se hace el dormido para que no le empiecen tertulia y le pregunten el oficio. No se come las magras al pasar por Ciudad Real, no sea que le vean la herramienta al sacar la tartera de la talega. Nadie quiere al verduguito pobre, qué culpa tendrá él, si no sirve para la vendimia. El oficio de verdugo lo abrazaban los del hambre, como la tauromaquia, pero saciaba lo justo y había que buscarse un apaño para engordar. No era raro que pusiese la carne en el caldo afanando una gallina.

A salto de mata
A Antonio López Sierra le decían el Corujo porque alguien le vio aire de búho. Era extremeño de Badajoz y de chico suerteó en la linde con Portugal y aprendió a pasar el matute por el rincón y a vivir saltando la mata. Estimaba que, más o menos, nació en 1913, pero no lo tenía por seguro. Aprendió el oficio de cerrajero pero no lo dedicó y cuando estalló la guerra se alistó con los rebeldes en un tambor de la Legión. Tenía hambre congénita y se iba adonde se la quitase. Estuvo en Rusia con la División Azul y en Alemania con las brigadas de trabajadores que envió Franco al Tercer Reich. Le pusieron de barrendero en Berlín pero no le gustó el tajo y consiguió que le repatriasen haciéndose pasar por sifilítico. Volvió a España y a la carpanta, con una mano delante de la otra, no sabía ni leer ni escribir y se manejaba con los billetes identificando las efigies, tenía la ambición básica de una comida diaria y un chato de peleón, un poco de solecito en primavera y un periódico debajo de la camisa en el sereno. Trabajó en un matadero, premonitoriamente, y alpargateó los caminos vendiendo dulces de arrope en un carro, barquillo parisién y malvaviscos para la tos. Después se asoció con su paisano Vicente López Copete y se dieron a la estafa magra de los que no derrochaban cautela. El Copete fue legionario de los que reprendió a los mineros de Asturias, analfabeto como el Corujo, de peor prez, pelo carbón y algo más alto. El Corujo era nervudo y más bajo, insomne y fumador, parco en el decir y castaño de palambrera no muy limpia. Los dos frecuentaban a las putas de la infantería y al anís de Chinchón, dormían en el camino y hospedaban piojada numerosa en el calzón, coqueteaban con la tiña y con la zurda de la ley. Se hicieron mulas del estraperlo y contrabandistas de café en el España de la achicoria y alguna vez los carabineros les aligeraron el saco y les dieron la punición en la vereda escribiéndoles la jeta de dos sopapos. Un inspector de policía de Badajoz que les tenía ley les dijo para cambiar los atajos por el servicio público y les inscribió en la convocatoria oficial de concurso de plazas para verdugo que se publicó en el Boletín Oficial del Estado del 7 de octubre de 1948. Los dos hombres aprobaron el examen con solvencia, a pesar de ser rigurosamente analfabetos, con lo que hay que suponer que pasaron las pruebas por instinto. Les dieron en franquicia el hierro de matar, el garrote, y les pusieron en guardia permanente.

Al Corujo le enseñó el oficio Bernardo Sánchez Bascuñana, verdugo alegre y sevillano, antiguo guardia civil que le gustaba bailar flamenco, decir solemne y vestir de capa. Don Bernardo recitaba a Bécquer haciendo pasar los versos por suyos para  enredar a las señoras, iba a misa todos los días y murió de cirrosis en Granada, en 1972. La primera faena de Antonio Sierra el Corujo fue agarrotar al tonto Monchito, un medio lerdo que asesinó a la mujer de su patrón para darle un ajuar a su novia y comprarse un acordeón. Le dieron dieta de sesenta pesetas y el billete del tren. Como se vio hombre derecho, puso piso en la calle Concepción del Arenal y formó familia, y como no sabía leer ni le llamaban las timbas consagró sus asuetos a la siembra con dedicación y tuvo quince hijos, de los que le vivieron solo dos. El Corujo llamaba al garrote la Máquina y la acabó por tomar destreza pero a veces arrugaba y le daban calambres y se iba a la labor soplado de anís. Observaba el miramiento de agarrotar hembras y cuando tuvo que ejecutar a Pilar Prades, la Envenenadora de Valencia, subió al cadalso con una cogorza de campeonato para arrimarse el ánimo. En las vigilias bebía en silencio y no hacía vida social, guardaba el garrote debajo de la cama y escondía su oficio en la cantina y cuando le salía tarea, cogía la maleta y tomaba el tren. A su hijo le prometía traerle un balón de reglamento.

El Corujo les hizo la maniobra a los quinquis Guirado y Romero, al célebre Jarabo, a los anarquistas Antonio Abad y Joaquín Delgado y al Asesino de las Quinielas. Su última faena se la hizo al anarquista Salvador Puig Antich el 2 de marzo de 1974 y le salió sin profesión porque la ejecutó borracho. A Antich le tenía que haber agarrotado su compadre el Copete, pero no pudo presentarse por estar preso de un delito de estupro. Cuando se abolió la pena de muerte Antonio Sierra encontró tajo de conserje de finca en la calle de Monteleón y hogar en la portería sin ventanas en la que vivió apuradamente, enfermo del pulmón, calladito, que estaba más guapo y en la compañía de su mujer y de un canario. Paseaba al anochecer. Murió en 1986. Su hijo Cándido salió torcido y de pequeño le llamaban el Hijo del Guillotinas. Después se dejó melenas y le dijeron el Kung-Fú y se sabe de él que lleva una foto de su padre en la cartera, que les baila tangos a las señoras y que come de la caridad.

En 1955, en Castellón, esperaba el Corujo en capilla para agarrotar a Carlos Soto Gutiérrez y un fiscal le vio pasta de paleto y le preguntó si a su edad no era capaz de encontrar oficio más decente. El Corujo le contestó:  Más joven es usted. ¿No ha encontrado otro trabajo mejor que condenarlos a muerte para que luego les mate yo?.

MARTÍN OLMOS

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