MARTÍN OLMOS MEDINA

Por donde caminan los monstruos

In Lunáticos on 7 de septiembre de 2012 at 13:29

Luis Alfredo Garavito, la Bestia de los Andes, mató a ciento setenta niños mientras decía las Escrituras a los aldeanos de los cafetales

El malo, cuando se finge bueno, es pésimo”
FRANCIS BACON

El miserable Luis Alfredo Garavito, que le decían Tribilín, de oficio predicador y buhonero de la quincalla, fatigaba los caminos de los departamentos colombianos rumoreando su género y entre las estampas del Papa de Roma escondía la muerte. Cromitos de Juan Pablo II vendía, aseguraba que milagreros, y del Niño Divino del 20 de Julio, que es el Cristo de los pobres de Bogotá, y la muerte la regalaba porque le salió el cuchillo generoso. Garavito el Tribilín tenía jeta de peladito del cafetal, de cholito bueno y cumplidor que baila la cumbia, ni bien ni mal, en la fiesta de la vendimia; tenía cara de nadie y cara de todos, de peladura común, que le venía muy bien para su industria, en la que no conviene llamar la atención. Tribilín andaba las sendas colombianas de norte a sur difundiendo desahogadamente la muerte en un país que ya estaba hecho al espanto del narco y de la guerrilla, que al perro flaco le van todas las pulgas. A Garavito el Tribilín le gustaba tomarse el coñá bravo de garrafón y arrimarse la trompa y decía que era pastor de la Iglesia Pentecostal y que expulsaba al demonio del cuerpo de los pecadores. Se corrió cinco veces el país en alpargatas, con sus cromos de santos y de Papas, confiando en la caridad de Dios y en el sol de mayo, y guardando el puñal en la camisa. A Garavito el Tribilín le gustaba tomarse el coñá bravo de garrafón y le gustaban los niños parias, que no tienen quien les defienda, y si eran guapitos mejor. En Colombia abunda el café, el tabaco y la quina, y abundan los niños guapitos que pisan descalzos, que por no llevar zapatos andan en el riesgo de que les muerda una bicha. Al mundo, tal como está, hay que salir con botas, y si son de caña alta mejor.

El predicador
Luis Alfredo Garavito nació en Génova, en el sur del departamento de Quindío, el 25 de enero de 1957. A los del Quindío les dicen paisas por ahorrarse la última sílaba de paisanos, tienen cartel de buenos arrieros de mulas montañeras y no apean el tratamiento y dicen de vos, como los tanguistas del Río de la Plata. A Garavito le molió su padre a palos con una correa de piel hermoseada de pesos de plata y cuando tenía trece años el cura del pueblo le violó benditamente. Creció infancia violenta y no hizo compadres, estudió hasta quinto grado de primaria y un buen día lió el costal, no se despidió, porque tampoco le iban a echar de menos, y cogió el camino para buscarse el porvenir. No esperaba mucho de la vida y se dio al bebercio sin remisión, encontró trabajo en una agencia de ventas en la que  acabó a trompadas con un compañero, al que le dobló el belfo a puñetazos,  y se acordó  sin respeto de la madre del director, dormía mal, llegaba tarde al tajo y convivió con dos parientas que le dejaron porque las zurró. Acariciaba a los niños voluptuosamente y mezclaba lecturas de esoterismo con el “Mein Kampf”. Por las noches hablaba con Satanás negociando su alma y tenía problemas de mansedumbre sexual, se le agachaba el pajarito en la suerte de matar y decidió vivir del cuento. Estando en la ciudad de Cartago se compró una sotana de cura y dijo las escrituras en las aldeas, sacándoles los pesos a los crédulos y prometiéndoles la paz de Dios. Se hizo chamarilero y nómada y recorrió el país vendiendo estampitas del Niño Jesús y calderos de cobre, se inventó fundaciones piadosas y largaba charlas ejemplares en las escuelas, se hacía pasar por cojo y como tenía peladura de las que abundan, gastó también nombres abundantes y le decían, según municipios, el Loco, el Conflicto y el Monje. Ofició de brujo, dicen que obró milagros, tomaba el licor granuja de las tambarrias de mala muerte sin moderación y una noche que se agarró la curda en Cali vendió su alma al diablo y le prometió sembrar la peste a cambio de la omnipotencia. El diablo no le puso entusiasmo a la transacción porque el alma del Tribilín no valía el chavo.

En 1992 el Tribilín pasó de molestar a los niños a matarlos en la selva muda. Los buscaba en las cocheras de las guaguas, en las huertas del cafetal y a la salida de los desasnaderos de pueblo adonde no les iban a recoger sus padres porque andaban agachándose en la molienda para llevar a la choza algo de masticar. Los buscaba pobrecitos y lindos de mirar, de entre cinco y quince abriles, como mucho dieciséis. Los enredaba con palotes de regaliz y les decía para andar juntos la vereda y cuando daba una vuelta el camino los amarraba con un alambre y les mataba a palos. Donde empezaba la jungla y no había concurrencia les molía a patadas en la cabeza y les saltaba encima para romperles las costillas. Los violaba cuando se lo permitía la mamada de coñá y le daba la correa y los finalizaba a cuchilladas de destornillador. Se entregaba a veces a la mutilación. Después dormía la mandanga y le despertaba el rocío en los riñones, apuntaba su hazaña en un librito de tapas de hule, enterraba el despojo y se iba a otro pago a predicar a Dios. Durante los siete años que duró su ministerio asesinó a ciento setenta y dos chiquillos en los departamentos de Cundinamarca, Quindío, Caldas, Antioquía y el Valle del Cauca. La policía empezó la pesquisa en 1997 cuando se encontraron treinta y seis cuerpos descompuestos a las afueras de la ciudad de Pereira, pero siguió la pista de la santería del narco, de los traficantes de sebos y de los chulos del puterío.

Al Loco Garavito, el Tribilín, le cogieron en 1999 en el municipio de Villavicencio, cuando andaba en la labor de apiolar a un chaval. Se arrugó temprano, el cagón, y se echó de rodillas, en postura de penitenciar, y largó el inventario de sus infamias que tenía anotadas en su librito de tapas de hule. Dijo versículos de San Pablo durante la confesión. Con su cara de cholo del cafetal, de pinche pobre y flaco, dijo que fue el diablo el que le enredó. A vueltas con el diablo andan los canallas, echándole la culpa de todo al pobre. Le metieron en el penal de Valledupar, aislado de los camaradas que lo quisieron capar porque ni a la hez del presidio le gusta un Herodes. Querían cortarle el riego de los colgantes laceándole un cable en la base de la bolsa. Con el tiempo se ha ido poniendo mofletudo y gafoso y una vez se quiso matar abriéndose la cabeza a golpes con los barrotes. No embistió como es debido y apenas se rasguñó la cornamenta. El que se quiere matar encuentra la manera, lo demás son verónicas. Ahora va portándose buenecito en el presidio para ir rebajando pena porque quiere salir y levantar una fundación que recoja donativos para paliar con platas los lutos duraderos de las familias de sus víctimas. Está lleno de buenas intenciones.

MARTÍN OLMOS

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