MARTÍN OLMOS MEDINA

El asesino de los pies grandes

In Lunáticos on 16 de septiembre de 2012 at 22:33

Edmund Kemper gastaba zapatos del cuarenta y seis con rozadura y las mujeres, como las gambas, le gustaban sin cabeza

“Era un gigante egoísta”
OSCAR WILDE

El gigante Edmund Kemper, el Cazador de Cabezas, mató a su abuelita, y como pensó que su abuelito se iba a enfadar, lo mató también. El gigante Edmund Kemper mató también a seis muchachas que estaban en la edad de la doncellez y quisieron ver el ancho mundo en autostop, a su madre, que era campeona de pulsos y estaba en el límite mental de recibir una pensión del gobierno, y a su gatito siamés por conducirse con inconstancia y no tener claras sus prioridades afectivas. Decapitó también a una muñeca Barbie, dejando viudo a Ken, que dejó de afeitarse y de planchar su jersey de tenista. La muñeca Barbie no cae bien a los chavales del montón porque se mira mucho en el espejo y es rubia teñida, tiene cinturita de avispa, zapatitos de tacón y operada la vanguardia. Y es un poquito pendón. Los chavales del montón, que viven instalados en el rubor, prefieren a la Nancy, que es más vecinal y gasta mofletes y cabezón. Edmund Kemper medía dos metros y cinco centímetros y llegó a pesar ciento sesenta kilos y sin embargo era un cagón. Lo malo de los gigantes es que se te pongan delante en el cine y por lo demás los hay buenos, malos y regulares. En el Majábharata se dice de la giganta Putana, que se untó los pezones con veneno para matar al dios Krisná cuando era mamón. El gigante Cristóbal de Licia, en cambio, ayudó al Niño Jesús a vadear un río cargándoselo sobre los hombros y hoy es el patrón de los taxistas.  Edmund Kemper era un gigante malo y le pasaba lo que a Goliath, que a las primeras de cambio le zurraba una tunda un canijo.

El asesino de Barbie
Edmund Kemper nació en Burbank, en California, en 1948 y cuando era pequeño pensó que su padre era John Wayne. Edmund Kemper padre era un tiarrón de dos metros, veterano de la Segunda Guerra Mundial y dueño de un par de manazas sobre las que se podía echar la siesta un adulto de buen tamaño sin que le colgasen las piernas y sin embargo, era la mitad de duro que su mujer. Clarnell  Strandberg era una bruja borracha con voz de soprano que cuando se entrompaba echaba pulsos con los camioneros y les ganaba. Eructaba sonoramente, le olían los pies y estaba en la frontera del cretinismo. Le dio una vida tan feliz a su marido que éste aceptó un trabajo en el Pacífico para probar armas nucleares. Edmund Kemper creció sin padre y mamá le melló el morro de un golpe con la hebilla de un cinturón. En clase era el grandullón pero tenía pavor a la violencia física y los matones del tinglado le ponían la cara del revés. Su profesora de lengua cruzaba las piernas y descalzaba su zapato manteniéndolo en equilibrio con los dedos de los pies y Edmund se enamoró de su blanco talón desnudo y de su tobillo, pero llegó a la conclusión de que no podría besarla si no la decapitaba antes. Jugaba a ser ejecutado, mutiló a la Barbie de su hermana y enterró vivo a su gato siamés por ronronear entre piernas que no eran las suyas. Luego lo desenterró, le cortó la cabeza y la clavó sobre el cabezal de su cama. Clarnell le desterró a dormir en el sótano para que no atacase a sus hermanas. Era miope como un topo, tocaba sinfonías de zambomba y mató al perro del vecino. Clarnell le envió a vivir con los abuelos, que tenían una granja de cuatro hectáreas al norte del estado con vacas y un caballito. Edmund tenía quince años y el abuelo Ed le regaló un rifle del veintidós, le señaló un petirrojo y le dijo: “No mates a nuestros amiguitos”. Kemper mató liebres, crótalos, lirones y petirrojos y el 24 de agosto de 1963 mató a su abuelita de dos tiros traicioneros y la deshuesó a puñaladas. Pensó que el abuelo no iba a encajar con comprensión su nuevo estado civil y por no andar en explicaciones, que probablemente no iba a comprender, le pegó un tiro en la cabeza recién le vio aparecer y se sentó a ver cómo se desangraba.

El genio de Atascadero
Como era menor no le entrullaron por lo común y le metieron en el Hospital Psiquiátrico de Atascadero, que estaba lleno de orates duros como el pedernal de una media de edad de treinta años. El gigante pimpollo se las arregló, en cambio, para mantener la retaguardia en barbecho porque se hizo el preferido de los funcionarios y los médicos descubrieron que tenía un cociente intelectual de 136: el tonto y medio resultó que era casi un genio. Le diagnosticaron esquizofrenia paranoide y le pusieron a ordenar los archivos. Kemper se aprendió de memoria las respuestas convenientes de los exámenes y con veintiún años obtuvo el alta, borraron sus antecedentes y le soltaron por el mundo. Durante los cinco años que se pasó en la grillera, California había entrado en la Era del Acuario y a Kemper le desagradó la tribu de los melenudos que decían que la respuesta estaba flotando en el viento. Le parecieron patulea, bacines de piojos y alucinados de murria. Se fue al Paseo de la Fama de Hollywood y comparó sus pies con los de John Wayne, se cortó el pelo al cepillo marcial y se dejó crecer bigote republicano. Ya le llamaban el Gran Ed, tapaba el sol de puro grandón y era un tío de una pieza. Quiso ser madero pero le sobraba talla y se conformó con soplar cervezas Budweisser con los pasmas del bar “El Jurado”, en el condado de Santa Cruz. Pegó su primer tiro con una de la profesión que le contagió la gonorrea, le dolió cada meada y se le pusieron las pelotas gordas. Kemper no quería puercas hippies  ni comisionistas sino chicas que se tapasen sus gracias con los apuntes de sociología. Desde mediados del 72 hasta febrero del año siguiente recogió a seis estudiantes que hacían autostop y las mató a cuchilladas, a golpes o a tiros. Las decapitó y violó sus cuerpos sin cabeza, a una se la comió con macarrones, cebolla y queso y a otra la disecó. Usaba una navaja de apenas diez centímetros de hoja que clavaba en la carne y haciendo palanca desbloqueaba la vértebra. Cuando no salía a cazar cabezas se pasaba la tarde borracho y se soplaba treinta litros de vino malo a la semana. Llegó a la conclusión de que la ebriedad le apartaba de las matanzas pero concluyó que no podía estar eternamente trompa. Por las resacas, principalmente. Fue a pedir consejo a mamá y le aplastó la cabeza con un martillo de estaquillar y como odiaba su voz de soprano la extrajo la laringe y la tiró a la basura. Después la decapitó y colocó la cabeza sobre la repisa de la chimenea. Le tiró unos dardos. Le acertó las napias y un ojo. Le cantó las cuarenta y por primera vez mamá no le contestó. Más tarde se acostó con el cuerpo descabezado y lo disfrutó. No hubo mucha conversación después del amor. Siempre había pensado que su madre era invencible y se sintió bien. Tuvo que llamar tres veces a la policía para que le tomaran en serio porque los pasmas del bar “El Jurado” le conocían y le tenían por patán y borrachuzo. Pidió que le hicieran una lobotomía pero le encerraron en la prisión de Vacaville y tiraron la llave. No hay chicas en Vacaville y duerme con los pies fríos porque le queda corta la manta, come por dos, le cuesta una pasta al erario, y transcribe al Braille las obras inmortales. En la sala de la tele se pone en la última fila, por no molestar.

MARTÍN OLMOS

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