MARTÍN OLMOS MEDINA

Flores para mamá

In Con buena letra on 16 de septiembre de 2012 at 22:18

A James Ellroy le llaman el Perro Rabioso de la Literatura Norteamericana. A su madre, Jean Hilliker, la estrangularon en una noche de juerga torcida

“Mi madre creía que yo habría de convertirme en un tipo débil, perezoso y mentiroso como mi padre”
JAMES ELLROY

Cuando James Ellroy viene a Europa a promocionar un libro se deja los cuartos en ponerle conferencias transoceánicas  a su perro. Se desconoce si el perro descuelga por sus medios o alguien, presumiblemente bípedo, le pone el auricular en la oreja. James Ellroy le gruñe, grrrr, y le ladra, guau, guau, y sostiene una animada charla con el animal en términos que le entienda, en el lenguaje ancestral de los dogos. A veces se le olvida que está en el vestíbulo de un hotel decente y se rasca la oreja con el talón. James Ellroy alza el tamaño intimidante de un defensa de rugby, tiene el cráneo mondo y lirondo y se acomoda las partes sin rubor delante de las jefas de prensa. Sonríe poco, levanta ciento cincuenta kilos en la banca de pecho y habla con Dios. Una vez mató a un dóberman a golpes con un tubo de cañería. Un acontecimiento poco común, porque James Ellroy generalmente muerde.  Es el macho de la novela negra norteamericana, el jefe de los monos, el baranda del rollo y dice de sí mismo que tiene un gran talento, una gran diligencia y una meticulosidad sobrehumana. Ha dicho: “Yo soy el más grande escritor vivo de género negro”. Ahora va de puta redimida y no permite que se fume en su presencia, no empina el codo, no se coloca y no come carne. Hace yoga. Oooom. Bebe té. Tiene insomnio. A veces le va a visitar el perro de su ex. Hablan de sus cosas. Grrrr y guau. Vende libros como sombrillas en una tarde soleada y el cine le ama. No siempre la vida le trató tan bien. Ahora es excéntrico. Antes era raro. No es lo mismo.

Lee Erle Ellroy nació en Los Ángeles en 1948. Su madre era un poco golfa y su padre un menda que vivía de mogollón. El viejo Armand Ellroy hacía de recadero de las estrellas y le contó a su hijo que una vez le pegó un revolcón a Rita Hayworth. El viejo Armand Ellroy llamaba a su hijo James porque consideraba que Lee Erle era un nombre de chulo de putas negro. El pequeño James aprendió a leer con tres años y pensaba que su padre era un tío. El matrimonio Ellroy se fue al carajo en 1954 y James manejó mal su complejo de Edipo: tenía fantasías con mamá, quería estar con papá, mamá llevaba a casa a los marineros y papá le dejaba ver porno. Con nueve años se fumó un petardo de marihuana con dos chavales mejicanos y dio por hecho que iba a ser un adicto. Su madre no quería de su padre ni el apellido y volvió a usar su nombre de soltera, Jean Hilliker; los ligues le duraban una noche de farra gozosa, una salva de verbena, pim, pam, pum, fugaz como un trueno, y caducaban con el alba. Era bella, era pelirroja, era enfermera. James hacía vida de sociedad en el desayuno, conocía a los amiguitos de mami, que eran tíos de una pieza que no eran papi. Cuando James cumplió diez años su madre le regaló un cachorro de sabueso beagle y le preguntó con quién le gustaría vivir. James dijo que con su padre. Mamá le pegó un guantazo y James la llamó golfa y borracha. Mamá le volvió a pegar. James odiaba a su madre para demostrar que amaba a su padre. Un día le vio el melonar en la bañera. Le faltaba el pezón derecho. Se le infectó después de parir y se lo tuvieron que extirpar. El pezón izquierdo estaba tieso por el frío, como el cuerno de un unicornio.

En junio de 1958 a Jean Hilliker se le acabó la suerte. Conoció al tipo equivocado. Conoció al depredador. Unos chavales que jugaban al béisbol se la encontraron tiesa en el barrio de El Monte, que le decía el popular el Retrete de Los Ángeles. Llevaba un vestido azul de crayón generoso de escote subido por encima de las caderas y estaba tapada por un gabán. No llevaba zapatos, ni medias, ni bragas y el rocío le había cubierto la espalda. Tenía magulladuras en la cara, raspaduras en la parte interna del muslo y un cordón de persiana atado en el cuello. El forense determinó que tenía la menstruación, que había cenado fríjoles mejicanos, que había tenido relaciones sexuales y que murió por asfixia debido a un estrangulamiento con ligaduras. El asesinato de Jean Hilliker apenas mereció blasón en los periódicos porque coincidió con el de Johnnie Stompanato, un guaperas de la mafia que era amante de Lana Turner y murió acuchillado por su hijastra. Jean Hilliker murió de segunda. James tenía diez años, odiaba a su madre y derramó lágrimas de cocodrilo en el funeral. Vivió del cuento. Descubrió que impostando el dolor podía manejar a los adultos. La poli buscó a un cholo con rasgos de rubio y el asesino salió impune. James se fue a vivir con papá.

Whisky, bragas y Listerine
Recibió una extraña educación paterna basada en odiar a los maricas y en el sudor macho del nervio pudendo. El perro cagaba en la moqueta. Comían pizzas congeladas y andaban en calzoncillos. Compartían revistas de jamonas en cueros. James creció y se convirtió en el paria del instituto. Guardaba toneladas de pus dentro de sus granazos de acné. La orografía de su jeta era montañosa. Era grandón, escuchaba a Beethoven, leía revistas de casos criminales, quería restaurar la esclavitud en América y clamaba por la libertad de Rudolph Hess. Tenía diecisiete años cuando el viejo Armand murió. Estaba hecho cisco y hablaba solo. James ya no se creía el revolcón con Rita Hayworth. Estiró la pata echo una mierda, le cogió a su hijo de la mano y le dijo: “Tírate a todas las camareras que te sirvan”. Con imponderables de menos valor se han levantado imperios. James se quedó solo en la vida, subsistiendo de una póliza, se puso hasta arriba de Dexedrina y de Dexanoyl, de Seconal, de Nembutal y de whishy de cuatro perras mezclado con colutorio Listerine. Dormía en los parques, mangaba comida y se colaba en las casas de las chicas para robarles las bragas. Las olía y se masturbaba durante doce horas seguidas. Se obsesionó con el asesinato de la Dalia Negra, una meretriz de cuarta que quería ser actriz y a la que partieron por la mitad después de torturarla. Nunca encontraron al asesino. Las mujeres muertas le agarraron las pelotas. Le detuvieron en una excursión de braguitas y le dieron trullo con los malos de oficio. Un poli le dijo: eres grande, pero no eres duro. Durmió sentado. Soldó las posaderas al banco. Entró en pánico. Se asomó al abismo. Tuvo vértigo. Cuando salió se apuntó a Alcohólicos Anónimos y descubrió su narcisismo contando historias a los borrachos. Encontró trabajo de caddy en un campo de golf, acarreaba los palos para los puretas con pantalones de cuadros, se apartó de las timbas de dados, dejó la priva y le dio descanso a su nariz. Dejó las bragas en sus cajones. Tomó notas para un libro. Rezó a Dios y le dijo: convierte esto en una novela. Dios le complació. Hoy le falta un paso para ser un clásico.

MARTÍN OLMOS

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