MARTÍN OLMOS MEDINA

De ingleses y tigres

In Bichos on 21 de septiembre de 2012 at 12:23

Jim Corbett, el Sahib Santo, persiguió a los grandes felinos devoradores de hombres de la India

“No cabe duda: el tigre y el inglés están hechos el uno para el otro”
FERNANDO SAVATER.

Desde el punto de vista de cualquiera que le haya tratado con cierta intimidad, el hijo de Adán es un pecador embustero que desea a la mujer de su prójimo y que está dispuesto a cualquier cosa para no levantarse al alba para ir al campo a segar, sobre todo si es capaz de encontrar a un semejante que lo haga por él cobrando poco. Desde el punto de vista de Dios es su creación máxima o tal vez no, si se tiene en cuenta que recién terminarlo perdió el interés por moldear barro y le otorgó el libre albedrío porque entendió que era una pérdida de tiempo intentar educarlo. Desde el punto de vista, más práctico, de un tigre de la jungla, el hijo de Adán es un mono desnudo al que, precisamente por esa condición de pelón, no hay que mondar antes de merendárselo. El tigre no llega a esta conclusión después de un proceso analítico sino porque la vida no le ha tratado bien y acarrea una descalabradura que le inhabilita para la caza de sus presas naturales (Shere Khan, el tigre que quiere zamparse al niño Mowgli en el cuento de Kipling es cojo de nacimiento), colocándole en la disyuntiva de acometer al temible ser humano o tumbarse a la orilla de una charca a esperar que le mate el hambre. Si decide la primera opción descubrirá casi con toda seguridad que el grandilocuente mono desplumado que es capaz de transformar la naturaleza es una ganga en el cuerpo a cuerpo.

El mono frágil
El hombre corre poco y mal, y no siempre sabe hacia dónde, trepa con torpeza porque no tiene los pies prensiles y, al ser bípedo, expone sin protección sus órganos vitales y las partes que más le duelen. Tiene poco olfato y, excepto los tísicos, un oído mediocre, no afila garras fieras sino la manicura de una niña de sexto y los ejemplares que gastan cuernos, generalmente a su pesar, los llevan como oprobio en vez de como defensa. Además, como propende a la filosofía, tiene la cabeza en otra parte, se distrae en la contemplación estética de la naturaleza y  se olvida de vigilar su espalda. El tigre de la jungla le teme de oídas pero cuando intima con él a la fuerza –que es como dicen que ahorcan-, se da cuenta de que cazarlo es más fácil que timar a un borracho, que su carne es dulce y su cuero menos duro que el del jabalí. Entonces el tigre tullido, como ya no puede ser tigre, se hace devorador de hombres y cría un clasismo como de nuevo rico y se zampa al indio descalzo observando la prudencia de no complicarle la vida al sahib blanco, que no es un hombre sino un inglés, que es distinto. Desde el punto de vista de cualquiera que no lo sea, y desde el punto de vista de Dios y del tigre de la jungla, el sahib inglés del trópico es más inglés que uno de Drury Lane y tiene por costumbre añorar el sucio Támesis, bautizar al gin con quinina y exacerbar las costumbres británicas aunque estén fuera de lugar. El inglés va a la India a beber jerez en un club igual de endogámico que uno de Fleet Street, a escribir sus memorias y a cazar tigres de Bengala, que si son devoradores de hombres mejor. El más grande cazador de felinos antropófagos fue Jim Corbett, que compartía el nombre con el campeón de los pesos pesados que derrotó al gran John L. Sullivan y, según los rumores, el lecho con su propia hermana Margaret Winifred, que le mantuvo solterón. Además de sentirse a gusto al abrigo de la familia, Corbett ostentó el grado de coronel del ejército británico, combatió a los rebeldes afganos y abatió a diecinueve tigres y catorce leopardos que, entre todos, se habían merendado a 1.500 aldeanos de la región de Kumaon.

El sahib santo
Edward James Corbett nació en 1875 en la región de Nainital, al pie del Himalaya, y cuando era un mozo exploró los bosques con Kunwar Singh, un cazador furtivo que le enseñó a temer a los espíritus “bhut” que acechaban en la selva y que eran los fantasmas de los hombres muertos que vivían en el corazón de las bestias. Con dieciséis años mató a su primer leopardo y con dieciocho empezó a trabajar de inspector de combustible del ferrocarril. Recorrió la región de Kumaon y aprendió sus veinte dialectos, conoció la vida miserable de los obreros “coolies” y escuchó sus historias sobre tigres devoradores de hombres a los que llamaban “Shaytanes”, una corrupción de la palabra aramea Satanás. Los coolies no poseían el lujo del rifle de los sahibs y temían a la tigresa de Champawat, que había matado a 436 aldeanos en los asentamientos que se esparcían en la frontera de la India con Nepal. Corbett la acechó durante semanas hasta que encontró su rastro y la mató. El animal vomitó los dedos de una niña de dieciséis años a la que acababa de digerir. La tigresa de Champawat no era un “sadhu”, un brujo maligno escondido en el corazón de una bestia, sino una fiera que había perdido los colmillos y se había quedado desarmada para rendir al búfalo. Corbett cazaba solo, sin guías “shikaris”, a pie, en compañía de su perro Robin y en muchas ocasiones aprovechando los ocios que le dejaba su trabajo del ferrocarril, no exigía recompensas y observaba la superstición de matar a una serpiente antes de acometer a las bestias antropófagas. Asumió la cacería de los asesinos de hombres como un ministerio y no como una profesión, abrazando el rifle como una cruz. Los kumaonis le llamaron el Sahib Santo porque abatió al leopardo de Rudraprayag, que le decían el Diablo de Garhwal y se comió a 125 personas, al tigre de Chowgarth, que mató a 64, y al Soltero de Powalgarth, el felino más grande jamás visto en la India. Mató al leopardo de Panar, un macho que se acostumbró a la carne humana devorando los cadáveres insepultos de los muertos por la gripe y de paso asesinó a quinientas personas que aún estaban en condiciones de caminar. Corbett, que era un inglés que llevaba en las venas sangre de irlandeses renegados, jamás esperó reconocimiento y acabó por amar a los animales que perseguía, a las mariposas y a los desarrapados que rezaban a dioses en forma de cobra. Amó a su hermana Margaret Winifred puede que más allá de lo fraternalmente conveniente pero jamás nadie le vio despreciar a un hombre por tener los ojos de otro color y no bebió jerez en un club que era igual que otro de Fleet Street. Mató a su último devorador de hombres en el valle de Lathya, cuando tenía setenta años y prefirió los ocasos africanos cuando la India dejó de ser la Joya de la Corona. Los tigres tullidos se comían a los parias pero no a los ingleses. Quizás porque como el sol no les curte y solo los rojea siempre parecen un poco crudos. Quizás porque saben mal. Murió Corbett en Nyeri, en las colinas centrales de Kenia, en abril de 1955, sin añorar el Támesis ni los tres leones de oro que rugen  sobre un campo de gules en el escudo de Inglaterra porque había conocido el Ganges podrido y la horrible simetría del tigre.

MARTÍN OLMOS

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