MARTÍN OLMOS MEDINA

Calor y perros

In Lunáticos on 30 de septiembre de 2012 at 21:39

David Berkowitz dijo, como podía haber dicho otra cosa,  que un demonio de 6.000 años que había poseído al perro de su vecino le ordenaba matar

“ De hecho, el término “asesino serial” surgió con el caso Berkowitz”
SPIKE LEE.

En Nueva York, en verano de 1977, los termómetros no bajaron de los cuarenta grados. Por la noche la canícula no concedía tregua y las juergas de amigos del alma acababan en peleas a muerte. Las truchas del río Hudson desovaban huevos cocidos, la Estatua de la Libertad se moría por bajar de su peana y mojarse los pies. El ayuntamiento estaba a un paso de la bancarrota, los Yankees ganaron la liga y el Studio 54 se acababa de inaugurar. Detrás de sus cortinas se escondía la pasta y la cocaína y en el sótano Jimmy Carter, el Rey del Maní,  se metía por las napias raciones de felicidad en línea recta. Cantaba Donna Summer. Cantaba Frank Sinatra: “New York, New York, quiero despertarme en una ciudad que nunca duerme”. Nadie dormía en el horno y pesaban las sábanas y estorbaban las parientas y no funcionaban las plegarias y no hacían gracia los chistes. Se abrieron las espitas de las bocas de riego y los puertorriqueños se pusieron en remojo. El héroe del verano fue Reggie Jackson, Mister Octubre, que bateó tres cuadrangulares a los Dodgers, sea lo que sea una cuadrangular. La noche del 13 al 14 de julio hubo un apagón. La compañía Consolidated Edison dijo que fue un acto de Dios y el alcalde Abraham Beame contestó que un carajo, que eran una pandilla de negligentes. Salió la jungla. Hubo una juerga de barra libre en la noche sin faroles. Se saquearon mil quinientas tiendas. Los negros se llevaron las teles en los carritos. En el Bronx mangaron medio centenar de Pontiacs de un concesionario. Bugas nuevos de momio en la Cocina del Infierno, hermano, Papá Noel adelantó la navidad. Se desataron los incendios. Quinientos polis acabaron en el hospital con las cabezas rotas y se llevó a cabo una detención masiva de cuatro mil salteadores. No sabían donde meterlos y se habilitaron los sótanos de las comisarías. Dios sabe como debieron apestar. Se vieron los primeros punks en Harlem, se bailaba a Gloria Gaynor debajo de las bolas horteras de mosaicos de cristal y fue un mal año para meterse mano en los coches a la luz de las farolas. En las noches de verano de 1977 depredaba el Asesino del Calibre 44 disparando a las parejas que demoraban sus despedidas. A los novios jóvenes les cuesta decir adiós. Todavía tienen cosas que decirse. Con el tiempo se acaban despidiendo a la francesa. Todo el mundo tiene un culo y una excusa. La de la Consolidated Edison fue Dios y la del Asesino del Calibre 44 el diablo, que le exigía sangre para el sacrificio.

El tío raro de Yonkers
El diablo tenía cara de querubín mofletudo porque el hábito no hace al monje. El padre de David Berkowitz preñó a su madre y se largó. Mamá se echó un novio italiano que dijo que no quería llevar maletas y dieron al crío en adopción. David creció en otro nido, como el cuco,  y se enteró a los siete años de que era un niño adoptado cuando los chavales del barrio le dijeron que no era un hijo de verdad. David amó a su nueva madre Pearl Berkowitz con devoción y entendió que el loro de ésta le disputaba la atención y le envenenó. A los diez años no soportó su muerte y frecuentó su recuerdo velándola en el cementerio, durmió debajo de la cama y empezó a provocar incendios. Fue un chico violento, hiperactivo y solitario, le gustaba el béisbol, los tebeos de vampiros y la comida grasienta. No le gustaban los demás. Las hamburguesas le pusieron mofletes de ángel de postal de navidad y con veinte años no se había comido una rosca. Su padre adoptivo le abandonó y David se puso al amparo de la madre patria y se alistó en el ejército. Sirvió en Corea, se estrenó por dos gordas con una china del oficio y pescó una gonorrea, se peleó con el sargento y le licenciaron sin honor. Regresó a Nueva York en 1974, con veintidós años, y provocó dos mil incendios en yermos y solares, alquiló un apartamento en Yonkers y trabajó de vigilante, de taxista y de cartero. Se ponía hasta reventar de hamburguesas con queso y papas fritas y gastaba porno, era adicto a la tele y escribía en las paredes loas a la violencia, hablaba con Satán y dormía sobre un colchón desnudo sobre el suelo: soñaba que era guapo y conquistador y que las chicas se lo rifaban. Acarreaba cien kilos de puro colesterol y salsa barbacoa y soñaba que era apolíneo. En 1976 le pegó un tiro a Harvey, el perro labrador de su vecino Sam Carr, y una semana después mató al pastor alemán de Jack Cassara, otro limítrofe de su barrio. Le escribió a su padre y le dijo que la gente le odiaba y que las chavalas le llamaban feo por la calle. Entre usted y yo: guapo no era.

Primero acuchilló a dos chicas pero no las mató y la intimidad del machete, que exige capea de cerca, no le resultó agradable. Se compró un revólver Special Bulldog del calibre 44. Buscó parejas para chafarles el postre. Se limitó a los barrios de Queens, Brooklyn y el Bronx. New York, New York, la ciudad que nunca duerme. Prefirió la noche. Acometió en ocho ocasiones desde el 29 de julio de 1976 hasta el 31 de julio de 1977 y dejó de corolario seis muertos a tiros: cinco chicas y un chaval. Los pescó en el coche cuando les suponía haciendo manitas y sin avisar les fusiló. La poli le llamó el Asesino del Calibre 44 pero a David no le gustó y escribió un carta diciendo que era el Hijo de Sam, el recadero de Satanás. Le trincaron en agosto de 1977 porque le pusieron una multa por aparcar bloqueando una boca de riego después de su última expedición. Dijo que cumplía las órdenes de Harvey, el perro labrador de su vecino Sam Carr, que estaba poseído por un demonio de 6.000 años de edad. Dicen que si las vacas tuviesen dioses, éstos tendrían forma de vaca. No se sabe como es el diablo de los perros. Puede que tenga forma de lacero municipal. El perro Harvey hacía las cosas que hacen los perros: mear en los rosales, ladrar al cartero y meter el hocico en la retaguardia de los chuchos forasteros para hacer vida social. Le condenaron a 365 años de sombra. El criminólogo del F.B.I. Robert Ressler, especializado en elaborar perfiles psicológicos, le interrogó en la prisión de Attica. David Berkowitz se puso a cuatro patas y ladró. Ressler le dijo que no se lo tragaba y David reconoció que a veces se masturbaba después de los tiroteos. Se le desinfló el camelo en la primera mano. Los actores de tercera sobreactúan y no ganan el Oscar. David no necesitaba cargar las tintas para pasar por orate. Igual si hubiese meado levantando la pata. David Berkowitz sigue tomando el sol a franjas en la prisión de Attica. Ha encontrado a Dios y le divulga, como el Bautista, y está vivo de milagro, porque un preso le degolló en el patio con un pincho trullero y le tuvieron que coser cuarenta puntos a la altura de donde a los perros les ciñen el collar. Repite como una letanía el versículo séptimo del Salmo 33: “Le llamó el pobre y el Señor le oyó, y lo sacó de todas sus angustias”. Amén.

MARTÍN OLMOS

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