MARTÍN OLMOS MEDINA

El narcisismo del malvado

In La cruz y la media luna on 30 de septiembre de 2012 at 21:29

Hasta el horror necesita sus gestos en la época de la publicidad

“Por narcisismo o por culto al ego, a Osama bin Laden le gustaba que de su figura hicieran un mito”
PILAR URBANO

Si a Osama bin Laden le haces la lectura de villano de folletín se te sostiene igual que si le haces la sociopolítica o la religiosa. Además de serlo, la mujer del César tiene que parecerlo. A esta conclusión llegó Julio César cuando descubrió que su esposa Pompeya, nieta del dictador Lucio Cornelio Sila, pasó la tarde en una orgía. La mujer dijo que fue a la saturnal a echar un ojo, pero que no se puso a revolcar y a Julio César le dio lo mismo, entendió que había entredicho su virtud y la repudió por ponerse en duda. Osama Bin Laden fue consciente de que no podía presentarse en sociedad pretendiendo dominar el mundo con pinta de apacentador de cabras y se construyó una imagen de Fantomas del desierto, de Mesías de túnica blanca y de logo santo del califato que está por venir. Cada uno viste la peladura que le tocó en el reparto y tiene que acarrearla, no siempre a gusto, hasta que se le gasta y se la dan tierra. De tanto vestirla se le coge asiento, qué remedio, pero condiciona la existencia y siempre se echa en falta un palmo más de alzada que te hubiese hecho más cómoda la vida, aunque solo sea por ver mejor entre las muchedumbres. Franco fue profeta en su tierra, en donde se sabía que firmaba sentencias de muerte mientras desayunaba chocolate y soletillas, pero fuera siempre pareció un dictador de mesa camilla porque era pequeñito, medio calvo y panzudo. Y tenía voz de monaguillo intrínseco al sacristán. Franco hubiese preferido el tegumento de José Antonio, que era guapo y bien peinao, pero se tuvo que conformar con hacerse pintar de matamoros en el mural de Reque Meruvia y con subirse a un cajón para pasar la revista a la tropa, encima del Vítor, en el desfile de la victoria.

Osama bin Laden, sin embargo, nació con la gabardina hecha a la medida y con pinta de pirata de Mompracem. A Osama le iba bien la sutileza escasa de Salgari y cabía sin esfuerzo en el receptáculo que éste le escribió a Sandokán: “alto, esbelto, con rasgos enérgicos, varoniles, fieros y de una extraña belleza”. Cuando Osama miraba al oeste se hacía la propaganda de caíd de Rodolfo Valentino y de Raisuni de Sean Connery, de moro guapo y soñador, y cuando miraba a La Meca se la hacía de espada de Alá y de linaje de Saladino. Era exótico como Fu Manchú, alto como Moriarty y converso como San Pablo. Y como había vivido en Inglaterra, sacaba partido a cierto romanticismo byroniano: Lord Byron fue repudiado en su país como Osama en el suyo, Byron era cojito y Osama estaba malito del riñón y uno cambió las fiestas de los salones con jerez por la lucha por la liberación de los griegos en Missolonghi y el otro renunció a los banquetes en Riad, con chavalas batiendo el ombligo, por las cuevas paleolíticas de Afganistán.

El Napoleón del Crimen
El villano decepciona en la distancia corta, como el matrimonio, y el genio del mal es un invento del folletín. El malo suele ser un infeliz que no sirve para gran cosa y no se parece a Hannibal Lecter, que es melómano y encantador; al malo le huelen los pies y parece el tonto de la escalera, vive humildemente de alquiler, o como mucho de clase media, y se deja mangonear por la parienta o bien la atiza y no gasta los atardeceres escuchando a Mozart en un gramófono y bebiendo coñac. Ya le gustaría a él. Ed Gein, el Carnicero de Wisconsin, necesitaba los cinco sentidos para sumar dos más dos y tiró una década con los mismos calzoncillos, David Berkowitz, el Hijo de Sam, era el gordinflón de la clase y Josef Fritzl, el Monstruo de Amstetten, practicaba la audacia del viaje de jubilado a Tailandia para hacer vida social con chiquillas que eran demasiado jóvenes para ser sus nietas. El malo es cotidiano que apesta. Es prosaico, el pobre, y suele ir sin afeitar.

No se sabe si entre tanta sura a bin Laden le quedó tiempo para Oscar Wilde, pero entendió que la naturaleza acaba por imitar al arte y cultivó con cuidado su iconografía de guerrero santo y el chico lerdo de los Bush hizo el resto soflamando la retórica del Eje del Mal. Osama bin Laden nació en Riad en 1957 dentro de la camada extensa del multimillonario  Mohammad bin Awad bin Laden, formada por cincuenta y cuatro vástagos de ojos pardos. Osama estudió administración de empresas, ingeniería y teología islámica y vivió una temporada en Londres, en donde se hizo hincha del Arsenal. Iba para árabe molón que atraca el galeón en Puerto Banús y para moro guapo a lo Omar Shariff, podridamente rico,  y sin embargo prefirió restaurar la sharia, la recta senda del Islam, y se fue a pelear al ruso en Afganistán con la financiación de la CIA, que le enseñó a luchar en guerrilla y a esconder la pasta en las Islas Caimán. Más tarde concluyó que el pueblo americano era usurero, drogadicto, fornicador, homosexual y ladrón y empezó la guerra santa, que comprendió que se libraría sin frentes y con el apoyo de la televisión. Empeñó su fortuna petrodolariega en la fundación de Al-Qaeda, una organización descentralizada y sin cuarteles que recuerda a la sociedad Si-Fan de Fu Manchú y a la SPECTRA de James Bond. Osama manejó el espectáculo y la metáfora de las Mil y Una Noches y se envolvió en arquetipo. Practicó la mirada marrón intensa y el lenguaje gestual del dedo índice, su metro ochenta le confería autoridad, su túnica blanca pureza y el tres cuartos de camuflaje la ferocidad del guerrero. Como los profetas, se apoyaba en una vara para caminar, sus labios carnosos sugerían el extenso harén y la enfermedad renal el sacrificio. Quizás hubo algo de impostura y de atrezzo de Kalashnikov y yegua. No reparó en víctimas civiles cuando golpeó a Goliath.

Bush Junior no pudo jugar peor. Explicó a Osama de Encarnación del Mal y adoptó los modales rurales de los vaqueros de opereta. Bush Junior una vez casi se muere al atragantarse con una galletita. La democracia trae a veces disparates. Eligió el histrión de paleto de Texas (porque seguramente lo es), con sus botas rancheras y su planicie, pretendió encandilar a la sociedad dolorida: el buen chico campestre contra el Genio del Mal.  Dijo que su perro  Barney iba a morderle el trasero a Osama y bombardeó en balde las galerías de Tora Bora. Recuperó la guerra de papá sabiendo que los vínculos de Sadam y bin Laden eran mínimos: para Sadam, Osama era un fanático religioso incontrolable y para Osama, Sadam era una acémila irreligiosa.

A bin Laden le acribillaron los Navy SEAL el dos de mayo de 2011 durante el mandato del presidente Obama. Obama es como Sidney Poitier, el negro al que los blancos pueden tolerar, es urbanita, mastica las galletitas y tiene un algo de sofisticación. Aireó en el patio vecinal lo que antes se hacía en la penumbra y apareció contemplando la operación de comando  con una cazadora casual y Hillary Clinton poniendo gesto de Deborah Kerr en “Las Minas del Rey Salomón”. Después de matar al diablo se procedió a tumbarle la estatua y se sugirió que Osama se teñía las barbas proféticas con “Just for Men” y que veía porno por la tele para entretener las tardes escondidas. Se sugirió que le defendieron sus mujeres. Todo pareció una mezcla de la Biblia y Hollywood. Pronto saldrá la peli.

MARTÍN OLMOS

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