MARTÍN OLMOS MEDINA

Cuando un tonto quiere un acordeón

In El cañí on 6 de octubre de 2012 at 22:58

Ramón Oliva Márquez, el Monchito, pretendió solucionar sus urgencias asesinando con improvisación

“El forense tardó más de veinte minutos en comprobar la muerte del Monchito, porque parece que el verdugo no estaba muy ducho con lo del garrote vil y lo mató poco a poco”
FELIPE NAVARRO GARCÍA, YALE. Periodista

Las utilidades del tonto son, más o menos por este orden, tirarle a la fuente vestido cuando se acaba la verbena, echarle la culpa de romper los platos y mostrarle compasión cuando necesitamos exhibir la piedad para que nos la vean. El tonto babea y es feliz a su manera y entretiene la tarde cazando un grillo con una paja y nosotros, que somos más listos que el hambre, ahí andamos, mezquineando para que el patrón nos acaricie el lomo, teniendo un día malo y el siguiente también, comiendo rápido, haciendo malas digestiones y buscándole la quinta pata al gato.  Pagándolo con la parienta, que no se sabe de dónde saca el aguante. Nosotros, los listos, no nos ponemos de acuerdo a la hora de tratar al tonto y lo mismo que le liberamos de los oficios de responsabilidad y le damos los de las mulas, no le eximimos, en cambio, de la punición cuando se la merece y le pasamos la factura al final del almuerzo lo mismo que al capaz. No hay que confundir la tontera con la locura, que sí está exenta de la horca en ocasiones y tiene, como la poesía, cierto barniz de irresponsable romanticismo: todos los que nos levantamos alguna mañana sediciosos alardeamos de estar un poco locos pero nadie quiere ser tonto ni llevar el bote. El loco es libertario y el tonto es pueril.  El loco se cree Napoleón y el tonto común papa sopas y, claro, hay diferencia. El tonto es pasmón y a veces le dicen cipote y cuando tiene una pistola no nos parece tan tonto y se nos quitan las ganas de tirarle vestido a la fuente cuando acaba la verbena. Hay que ponerle mucho ojo al tonto porque es imprevisible, como el tiempo en septiembre, y el camposanto está lleno de tíos que una vez acabaron un crucigrama y pensaron que podían controlar la situación y menospreciaron las luces del prójimo. Decía Nicolás de Chamfort, moralista francés, que hay tontos bien vestidos. Hay que ser francés para reparar en el detalle.

El asesino patético
Ramón Oliva Márquez, que le decían Monchito en la confianza, era un tonto punible, de la rama musical, de veinte años recién cumplidos, tirando a canijo y aficionado a la melodía del acordeón, que decía Baroja que era un pulmón plebeyo, pequeño y vulgar, como los trabajos y los dolores cotidianos de la existencia. Monchito tenía una mano delante y la otra detrás, las alpargatas gastadas de andar los madriles buscando una ocupación y a la novia preñada. Tenía también sus ambiciones, como todo hijo de vecino, que eran casarse para no dar al mundo un hijo sin Dios, pagarle a su novia ajuar y un bodorrio con ambigú, comprarse un acordeón de botones cromáticos y merendar jamón de Teruel. Estos anhelos necesitaban mosca para llevarlos a cabo pero  el Monchito estaba tieso, no tenía dónde caerse muerto y no abundaban las oportunidades: principiaban los años cincuenta del racionamiento y el cinturón prieto, el estómago gritón, el gasógeno y el piojo verde. Su último trabajo decente había sido el de mozo de escobas en un taller mecánico en el 88 de la calle de Andrés Mellado regentado por don Rafael Caballero Quiroga, hombre paciente hasta que dejaba de serlo y que le había tenido que señalar la puerta para no verle todas las mañanas pensando en Babia. Cuando asoma un real el más tonto hace un reloj y el Monchito calculó su porvenir y dedujo que su antiguo patrón guardaba los duros en su domicilio del seis de la calle Écija, segundo piso, letra B. El Monchito tenía prisa de altar y de tocar el acordeón por Carmen de Lirio, aquella que decía: “En tu noche de bodas hay en tu cama colcha de seda, colcha de seda, sabanitas de hilo y la almohada de suave tela…”

El jueves 11 de enero de 1951, a las siete de la tarde, el tonto Monchito consiguió entrar en la casa de su antiguo patrón contándole una novela a su esposa, Juana Arribas García, que estaba sola y planchando. Llevaba una gabardina sobrada de talla, carita de no llevar peligro y planta de canijo. La mujer tenía en el fuego una cazuela de leche a punto de hervir. El Monchito le pegó treinta punzadas con una espátula de rascar pintura y la remató degollándola con un destornillador. Dejó huellas en el grifo de la cocina y sangre en las paredes, cogió tres arañazos en la jeta, que le rubricaron de asesino, y afanó setenta mil pesetas, un peluco de oro y otro de figurar, dos plumas estilográficas, una sortija con rubí y un mechero. Salió pitando, con la gabardina hecha un cristo y el botín en una funda de almohada, puede que de suave tela, y entró en una tasca a merendarse un bocadillo de jamón. Después se compró un acordeón de pulmón plebeyo y botones cromáticos y puso día para el casorio. Tenía prisa de altar y la novia andaba urgente, la pobre, pendiente de resolución, se llamaba Elisa Alba Mejía y su novio le iba a comprar un abrigo de piel de liebre que le disimulase la siembra. El Monchito firmó crimen chapucero que hacía juego con el paisaje, en el que se arreglaba una persiana con un alambre y se comerciaba en estraperlo, y duró apenas diez días al sol. El inspector Antonio Viqueira Hinojosa le puso las pulseras el 21 de enero y le juzgaron en mayo, en la sala quinta de la Audiencia Provincial presidida por el magistrado Teófilo Escribano, que no le libró por tonto de morir en el garrote. Le dieron el escarmiento al alba del 29 de marzo de 1952 en el patio de Carabanchel estrenando verdugo, que fue el célebre Corujo, que escondió su bisoñez en el oficio con un trago, tal vez dos, de coñac de granel y tardó veinte minutos en romperle la médula espinal. El Monchito se pasó la última noche en capilla deshecho de puro llorar, pero como la esperanza nunca se pierde, rellenó una quiniela. Dijo que al día siguiente estaría jugando a los bolos con los angelitos y dejó un hijo sin apellidar.

El proceso lo predicó la prensa de la época teniendo cuidado de no detallar las escabrosidades que no agradaban al Régimen, que no quería cantar país de navajeros, y la concurrencia lo siguió con interés. Para el diario “Madrid” lo cubrió Eugenio Suárez, que intuyó que la sangre tenía buena venta y al año siguiente fundó “El Caso” y “El Alcázar” mandó a Felipe Navarro García, Yale, que tenía una pierna de trapo por la polio, una úlcera de estómago  y se buscaba la vida vendiendo rubio de contrabando. Yale, más tarde, le ganó una partida de ajedrez a Cela y se inventó la tele con Tico Medina. A la ejecución del Monchito se llevó al fotógrafo Daniel Ortiz, que era tartamudo y tenía la cámara empeñada en el Monte de Piedad. La rescató de milagro, pegándole un sablazo a un amigo que encontró en el Café Gijón y llegaron con el tiempo justo de ver cómo el pobre reo afrontó el cadalso sin grilletes no por valeroso, sino porque se desmadejó como un muñeco ante la visión del palo llevando en el estómago dos cafés y una aspirina.

MARTÍN OLMOS

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