MARTÍN OLMOS MEDINA

El Hombre del Saco ha perdido autoridad

In Destripadores y sacamantecas, El cañí on 7 de octubre de 2012 at 19:24

El tiempo convirtió el  sanguinario crimen de Gádor en un cuento de asustar que los niños ya no se creen

“Casi todos los hombres mueren de sus remedios, no de sus enfermedades”
MOLIÉRE

Cada vez dura menos la edad de la inocencia y los niños de ahora, recién cumplen el año, dejan de creerse a los Reyes Magos. Lo que no les viene mal a los abuelos, que son los que aflojan la mosca para que el prestigio de rumbosos se lo apunten tres mendas vestidos de triunfos de la baraja. Suele cantar Sabina que las niñas ya no quieren ser princesas y es verdad, ahora quieren una cuenta de internet  y un tatuaje motero y molón para enseñar cuando van en camiseta. Parece que los niños de ahora nacen aprendidos y salen al mundo como los toros de las capeas de agosto: contestones, con poca paciencia y en condiciones de darle lo suyo al más despierto del festejo. A poco de dejar la ubre ya son escépticos, generalmente ateos, preguntones y territoriales y se ponen más difíciles cuando llegan al periodo de doma. A un chaval de los de por aquí es complicado meterle en cintura mentándole al Hombre del Saco, porque no le guarda respeto ni a la policía municipal, y si se levanta con un mal día se zampa al Coco, al Tío Camuñas y al Lobo Feroz a la hora de la merienda. En otros tiempos, hijo mío, la palabra del cura iba a misa y andábamos tiesos como los cirios de Pascua, con la camisa metida por dentro del pantalón, los mocos en la manga y dejando el asiento a las señoras. Y un cuento era un cuento, aunque lo contase una vieja, y había uno que decía que un hombre raptó a una niña cojita y la metió en un saco para pasearla por las aldeas y sacarse unas propinas obligándola a cantar: “Por un anillo de oro, que en la fuente me dejé, estoy metida en el saco y en el saco moriré”. Pero en realidad el Hombre del Saco no fue un titiritero de poco repertorio sino un viejo malo natural de Gádor de Almería, a quince kilómetros de la capital, que tenía el oficio de barbero y de mancebo de la bruja Agustina Rodríguez, curandera de destemples y sierva de Satanás, verrugosa por más señas, que una noche sin luna se llevó a un niño en un costal, lo destripó como a un gurriato de San Martín y vendió sus adentros para untos de sanar con los que ganó tres mil viles talegas de a real y una butaca de preferencia en el infierno de Belcebú.

La Peste Blanca
Fue hace cien años, que no son tantos, que vivía en Gádor un rústico con posibles que se llamaba Francisco Ortega y le decían, por pardo,  el  Moruno. Tenía hacienda y gañanes para trabajarla, despensa y reales en el colchón, pero le fallaba la salud, que dicen que no se compra con dinero pero había que intentarlo. Padecía de romántica tisis, que es el mal de la Dama de las Camelias y le decían la Peste Blanca, y según Camille Mauclair, es enfermedad que aristocratiza los sentidos poniéndolos a las puertas de la lírica. El Moruno, sin embargo, andaba escaso de versos, la poca gramática que gastaba era de color pardo y lo que quería eran pulmones en condiciones para no andar cuidando de no toser las asaduras. Tenía cincuenta y cinco años, escrúpulos los justos y, como todos los hombres que la sienten rondar, miedo a la guadañera. Gastó en boticas que no le dieron remedio y cuando perdió la fe en las licenciaturas se fue a los sanadores serranos que guisaban sopas de enamorar y curaban los reojos. Le dijeron del cortijo de San Patricio, en donde obraba Agustina Rodríguez causas de celestina y cocía la raíz de la mandrágora. Agustina era bruja con necesidad de duros porque parió camada numerosa y de poco rendimiento, su marido era flojo para el campo y la prole le creció medio lerda, con lo que le tocaba a ella echar el condumio a la mesa. La vieja le dijo al Moruno que la enmienda de su mal la sabía Paco Leona, que le llamaban por su oficio el Barbero, pero que afeitaba poco y era, en cambio, sanador de prestigio por haber aprendido las artes de un célebre curandero alpujarreño que le  decían, mejor no  preguntarse por qué, el Doctor Salivilla.  Leona además era reñidor de taberna y malacara, medio furtivo de lazo, un poco contrabandista, saltador de matorrales y tío carnal  del alcalde de Gádor, que era la principal razón de que no estuviese guardando la sombra. Tenía setenta y cinco años y pocos amigos, menos virtud y poca vergüenza y decían que de joven había matado a un hombre. Leona le dijo al Moruno que si quería vivir tenía que beber la sangre caliente de un chaval recién muerto y aplicarse una cataplasma con sus mantecas y el Moruno se hizo las cruces al principio pero después concluyó que antes que Dios estaba su salud en la tierra, y en el eterno ya se verá. En el oscuro cerraron el negocio el barbero, la vieja y el penante y lo firmaron con tres mil reales.

Cuentos de viejas
El 28 de junio de 1910 salió el Barbero al campo a buscar un niño. Iba con Julio Hernández, hijo de la bruja Agustina, de veintisiete años, que le decían el Tonto por la sencilla razón de que lo era y que pactó su participación por cincuenta reales que tenía empeñados en comprarse una escopeta porque le gustaba tumbar pájaros para comérselos crudos. Vieron en la orilla del río Andarax, a su paso por el pueblo de Rioja, lindante con Gádor, a Bernardo González, de siete años sin cumplir, que andaba recogiendo brevas y lo raptaron aplicándole un pañuelo de dormidera, lo metieron en un saco y lo llevaron al cortijo de San Patricio, donde llegaron en noche cerrada. Allí Paco Leona le hizo un tajo en el sobaco con una navaja barbera y Agustina recogió la sangre caliente en un vaso sucio, la mezcló con azúcar y se la dio a beber al Moruno. Después Julio el Tonto remató al chaval de una pedrada y Leona le extrajo las tripas y el mesenterio, las envolvió en un trapo y las posó de cataplasma sobre el pecho tosedor del invitado. Creyó sentir el Moruno el vigor de tres mil reales y se le escapó la enmienda de su alma y todo eso ocurrió a luz de un candil que estaba a medio morir. Echaron después el cuerpo del niño a un barranco de jaras en un andurrial que le decían Las Pocicas y lo cubrieron con piedras. Al amanecer le sacaron los ojos las urracas. No había rendido la siguiente jornada cuando la bruja Agustina y el Leona riñeron por decidir de qué parte iban a salir los cincuenta reales del Tonto y ninguno torció el brazo. El Tonto se vio sin escopeta y cazando los pajaritos a liga, como los chiquillos sin medrar, y por cobrarse la satisfacción se fue a la Guardia Civil y largó dónde paraba el muerto. Comparecieron los actuantes ante el tribunal y se echaron las culpas los unos a los otros, la vieja y el barbero se fueron a guantazos delante del juez y les condenaron a morir en el garrote. El Moruno compró una vida para entregarla en el palo y al Tonto le indultaron por su consideración de idiota, Paco Leona el Barbero no se enfrentó al verdugo porque murió en prisión, descalzo sobre un jergón, probablemente de pulmonía, y los niños se fueron pronto a dormir para que no les cogiera el Hombre del Saco. Con el tiempo el suceso mudó a cuento de la vieja y los niños le quitaron el respeto -“por un anillo de oro, que en la fuente me dejé, estoy metida en el saco y en el saco moriré”- y hoy definitivamente no se lo tragan y se van a la cama cuando les da la gana, pero tampoco se creen que hasta hace más bien poco no se podía sacar un teléfono fuera de casa, se escribían cartas de amor en papeles que olían a jazmín y las pieles dibujadas eran cosa de legionarios, marineros de los siete mares y guerreros de Nueva Zelanda. Y los aros en el hocico de la res.

MARTÍN OLMOS

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