MARTÍN OLMOS MEDINA

Balada para un turco

In El cañí on 12 de octubre de 2012 at 11:26

Para no desmerecer del  inglés, España tuvo su crimen de marqueses con mayordomo

“Mucho se especuló con la posibilidad de que Rafi no se hubiera suicidado, sino que le hubiesen suicidado”
JESÚS QUINTERO.

Rafael Escobedo, que le decían Rafi, nunca fue don Rafael y no pasó de pollo pera, que era como les decían en el cañí a los niños bien. El pollo pera Rafi Escobedo empezó a estudiar Derecho pero acabó torcido y edificó castillos de aire en noches de marijuana. Tenía, como Rimbaud, la mirada desvalida y la sonrisa naif. La mirada desvalida y la sonrisa naif también la tienen los que no se enteran de la fiesta y cuando se quieren dar cuenta están pagando la dolorosa. Rafi Escobedo emparentó con la sangre azul pero no hizo carrera de yerno y no pudo ser, qué pena, marqués consorte de chiste de Mingote, que es un señor que adorna y pasea en corte,  gandul y que juega al polo. Dejó en cambio para la posteridad impresión de talentoso para digerir mochuelos y guardarles el chitón a los que eran más listos que él.  Escobedo merendó trullo por haberse cargado a tiros a sus suegros, los marqueses de Urquijo, y acabó matándose con incertidumbre en el penal de El Dueso, donde observaba un régimen de reja, cocacola y Chesterfield. El crimen de los Urquijo animó mucho el ocio ochentero de Movidas y Nacha Pop y le vino bien al español para fardarlo en el extranjero, por donde andaba cabizbajo por no tener para presumir más que Lutes, cuchilladas de navaja de capar y bandidos con patillas. El crimen de los Urquijo tenía marqués tacaño, mayordomo mariquita y cocinera negra, tenía elenco como de novela de Poirot y todos iban y venían de Londres como quien cruza la calle para ir al estanco. En los ochenta se llevaron las hombreras, los calientapiernas y tener una teoría sobre el crimen de los Urquijo y el español volvió a demostrar que no se fía ni lo justo de la ley ni de los que viajan mucho al extranjero, en donde no se aprende nada bueno. Demostró también que aunque estuviese aprendiendo a ser moderno y conceptual, lo que de verdad le entretenía la tarde era El Caso, como ya intuía Umbral cuando escribió: “Dicen que somos un pueblo alegre y cantaor, y puede que sea verdad, pero nuestra alegría se alimenta de despojos, funerales, asesinaditas, violadas, locos homicidas, suicidios con lejía y amores que terminan a hachazos. Entre crimen y crimen nos cantamos unas bulerías”.

El Cluedo
Cuando detuvieron a Rafi Escobedo llevaba puesto un polo de tenis de color rosa, como no podía ser de otra manera, pero en la foto policial le quedó jeta de quinqui chungo de recortá. Los hombres son iguales a los ojos de Dios y a los del fotógrafo de la comisaría, que a todos los saca sin peinar. A Rafi, que estaba hecho para intemperies de veranito en terrazas de Serrano, le bajaron al sótano de la Dirección General de Seguridad, le dejaron en cueros y le pusieron a hacer flexiones. Oyó la inevitable metáfora comparativa a costa del tamaño de su colita. Sin embargo no arrugó hasta que le llevaron a ver a su padre a través de un cristal polarizado. Don Miguel Escobedo Gómez-Martín, abogado en ejercicio y coleccionista de armas, comparecía empulserado con esposas de criminal y con barba de una noche de calabozo, que crece azul y tosca y el doble que la que sale en una noche de dormir. Arrugó el pobre Rafi, desvalido y naif, y pidió los trastos de firmar, tuvo la trama su turco y nadie se lo creyó.

A los marqueses de Urquijo los apiolaron a tiros en la madrugada del uno de agosto de 1980 en su chalet del Camino Viejo de Somosaguas. Los asesinos entraron rompiendo el cristal de la puerta de la piscina, fundieron la cerradura de la cocina con un soplete y subieron al dormitorio del marqués. Don Manuel de la Sierra Torres, marqués consorte, más que por soñar dormía por obstinación y se ponía un antifaz opaco, como don Gato, y tapones en los oídos. Ni se enteró de que le metieron un tiro en la sien con una pistola Star F, del calibre 22. En el dormitorio contiguo se despertó su mujer, que si hubiese tenido el sueño más plomizo habría visto el amanecer. Le pegaron un tiro en la boca y la remataron con otro en el cuello. El perro no ladró y la cocinera negra, que se llamaba Florentina Dishmey y guisaba criollo, si oyó jaleo lo estimó asunto ajeno, que es lo que manda el catón del servicio. Al día siguiente desayunó el español su crimen de pistas de Cluedo y sangre azul; al día siguiente se le antojó al español tostaditas y mermelada de naranja amarga en lugar de porras y tazón con sopas. No había navaja malasañera ni la maté porque era mía, dejaba el país de matar en alpargatas.

Desayuno continental
El señor marqués tenía herpes y mala uva, un cerrojo en la cartera y el yerno que nunca quiso, jugaba  bando porque impulsó la carrera de Adolfo Suárez en contra de la de José María de Areilza, conde de Motrico, y manejaba cierto margen de influencia en la embajada norteamericana. La marquesa era Grande de España por hilo directo y numeraria del Opus Dei, tenía pocas luces, sueño ligero y pauta de ansiolíticos. Sobre el tapete había doscientos millones de pesetas, mil hectáreas en fincas en Orozco, Llodio y Oquendo,  casa en Sotogrande y la mayor parte de las acciones del Banco Urquijo. Del pot de la timba eran beneficiarios los hijos: Miriam, la mayor, que había deshecho su mala boda con Rafi (en régimen de separación de bienes) y gastaba querido americano y Juan, joven triste de mirar llorón y un poquito sordo. Rafi tenía silueta banderillera y pantalón ceñido y sueños de bares de copas que le iban a forrar, pero mientras tanto vivía de gorra en las quelis de los troncos y de blandirle el sable a papá. Tenía la cabeza de chorlito y la acabó teniendo de turco y después de la noche de flexiones en pelotas se merendó el menú hasta el postre mientras otros se reían. A los marqueses difuntos los lavó el administrador Diego Martinez Herrera antes de que llegase la policía, se conoce que para no desmentir al vernáculo el color de la sangre noble, y a la prensa la atendió un mayordomo, tradicionalmente sospechoso, que le decían por plumífero la Loca. A Rafi le condenaron a dos penas de veintiséis años y en el trullo se le durmió la lengua pero a veces amagaba y decía que iba a tirar de la manta. En Carabanchel tuvo un canario que le cantaba por las mañanas pero otro preso se lo mató. En el penal de El Dueso, que huele a la marisma de Santoña,  fue carne derribada. No encajó en el barrio, que le hizo la vida difícil, insinuó que le habían aparcado la bici en el patio de atrás y se tiró al jaco. Se mereció Rafi, culpable o no, un Truman Capote que le escribiera la novela de no ficción pero se echó el día encima y anocheció. El 27 de julio de 1988 apareció muerto en su celda, colgado de un barrote con un jirón de sábana. Dejó de herencia un periquito. Al español le dejó crimen de marquesones, mayordomos y negras, de amigos americanos y administradores con esquinas, y como ya estaba cansado de pleitos de lindes y Lutes se puso a desayunar continental,  pero tuvo que volver al carajillo cuando al año siguiente de enterrar a los Urquijo regresó el castizal y entró en el Congreso un guardia civil con bigote y gramática parda, pegando tiros al techo y jugando a las sanjurjadas.

MARTÍN OLMOS

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