MARTÍN OLMOS MEDINA

Easy Rider en Saigón

In Esto es Hollywood, Los chicos de la prensa on 12 de octubre de 2012 at 11:18

Errol Flynn se hacía un lío en las guerras de verdad y su hijo Sean se fue de reportero a Vietnam y desapareció en Camboya

“Sean me hablaba con pasión de las motos, como quien habla de los pura sangre”
MANUEL LEGUINECHE.

Errol Flynn animaba las fiestas tocando el piano con el chisme, ¿con qué?, con el chisme, que lo tenía como el bauprés de un galeón. Errol Flynn brindaba de gorra (Hemingway decía de él que tenía los bolsillos cosidos) y de vez en cuando se sentaba delante de un juez porque se le olvidaba preguntarles la edad a sus novias de ocasión: todas le parecían votantes, así que más que estuprador era demócrata. No le gustaba trabajar ni las mujeres casadas, que decía que traían a la larga más problemas que las que no tenían perro que les lamiese, era un pugilista decente en los reñideros de tasca y un notable esgrimista de florete en el tapiz y de sable en los momentos de precariedad. Errol Flynn practicaba el lujo de hombrear macho aunque llevase puestos los leotardos verdes de Robin Hood y a ver quién diablos puede sostener así el cartel. John Huston dijo de él que en su comportamiento diario era “pendenciero, bebedor, alborotador y putero” y cuando al Secretario de Defensa británico sir Malcom Rifkind no le cuadraban las cuentas decía: “Siempre que pienso en los problemas presupuestarios, imagino las dificultades de Errol Flynn para cubrir sus hábitos inconfesables con sus ingresos netos”. Dichos hábitos eran el vodka y la morfina, las muchachas pecuniarias y las que no pasaban factura pero tenían afición.

El diablo de Tasmania
Flynn nació en Tasmania en 1909 y decía que bajaba del linaje de Fletcher Christian, el amotinado de la Bounty, ganó la Copa Davis Junior en 1926 y en su juventud se ocupó en los oficios de los caballeros y fue buscador de tesoros, guía por el territorio de los cazadores de cabezas de Nueva Guinea y capador de corderos. Le descubrió para el cine el director de reparto John Warwick y después de hacer películas en Australia se convirtió en estrella de Hollywood interpretando al Capitán Blood.

Se nacionalizó norteamericano en 1942 y estalló la guerra, el ejército le llamó a filas y hubiese hecho un soldado gallardo pero cuando le mondaron la peladura de espadachín enseñó la ruina física y resultó que tenía un soplo en el corazón, tuberculosis crónica, malaria, tres o cuatro enfermedades venéreas y la espalda hecha una calamidad. Los estudios ocultaron que detrás de los velos Robin Hood escondía la lepra, como el Profeta del Jorasán. Flynn no celebró eludir la trinchera y peleó sus batallas particulares en los bodegones, liándose en tánganas a puñetazos por razones volanderas. Era contendiente por naturaleza, prácticamente un camorrista, y como no pudo batirse de uniforme, con lo bien que le sentaba, propendió a enredarse en aventuras de retaguardia. Apoyó la causa republicana durante la Guerra Civil Española y se fue a Madrid a tomar copas con Hemingway en el Chicote mientras caían las bombas, pero también se mezcló con el doctor Hermann Erbin, un fotógrafo austriaco a sueldo del Tercer Reich. Erbin abonaba los bebercios y a Flynn no le caían bien los judíos, y aunque no hacía de eso un oficio, acabó rumoreado de espía de los nazis. Más tarde fue el depositario de un millón y medio de dólares recaudados en Hollywood que debían ser entregados al gobierno del Frente Popular y que se perdieron por el camino. Flynn paseó la pasta por Europa, se entrevistó con Martin Bormann, con Rudolph Hess y con el Duque de Windsor, pasó una temporada de gorra en el Hotel Meurice de París, el gobierno leal no recibió ni un céntimo y salieron chismes que contaron que el botín acabó en manos de la Falange de José Antonio y de los republicanos del I.R.A. Probablemente, ni siquiera Flynn se enteró dónde terminó aquel millón de machacantes y su aportación bélica, en cualquiera de los bandos que le quiera reclamar para adornar el elenco, fue más bien ruinosa. Unos cuantos años después se hizo amigo de Fidel Castro y cuando se entrompaba en un cóctel contaba que había recibido un tiro en la pierna combatiendo a Batista.

El hijo del capitán Blood
Donde el capitán Blood cobraba bajas indiscutibles  era en los campos de pluma y, además de la legión de contingencias, ensayó tres matrimonios. Su primera esposa fue la actriz  Lili Damita, que era francesa como la flor de lis y bisexual como los omnívoros. Lili Damita le salió pendón (con ese nombre no le iba a salir monja),  casi le arruinó con el divorcio y se llevó el juego bueno de té. Tuvieron un hijo al que llamaron Sean que salió rubio y guapo, no sirvió para actor, se hizo fotógrafo solvente y se dejó matar por la libertad de prensa. Sean vivió poco y deprisa, pero todavía no se ha encontrado su cadáver para ver si lo dejó bonito. Nació en 1941 y creció con su madre, que le enseñó el parlevú, estudió brevemente en la Universidad Privada de Duke, en Carolina del Norte, y probó suerte en el oficio de su padre. Hizo ocho películas, cada una peor que la anterior. La más conocida fue “El hijo del capitán Blood”, dirigida en 1962 por Tulio Demichelli, las demás fueron spaguetti westerns rodados en Almería, aventuras de espías, una cosa que se tituló “Sandok, el Maciste de la jungla” y “Dos pistolas gemelas”, cinta de Rafael Romero Marchent en la que salía la pareja cómica Pili y Mili. Comprendió que por ese camino iba a terminar por hacer pelis de mamporros con Bud Spencer y se fue a Kenia, en donde se dedicó a organizar safaris de caza mayor que no le hicieron rico.

Escuchó la llamada de la selva en 1966, era un buen fotógrafo, hablaba francés y consiguió una  acreditación de la revista Paris-Match para cubrir la guerra de Vietnam. Sean Flynn no fue un turista macabro ni un testigo complaciente sino un reportero solvente cuya foto más conocida muestra a un grupo de las Fuerzas Especiales Americanas torturando a un vietkong al que tienen colgado de un árbol por los pies. Durante el primer año recibió un tiro en la pierna y se lanzó en paracaídas con la 101 División Aerotransportada. Al año siguiente cubrió la guerra de los Seis Días y volvió a Vietnam en 1968 para asistir a la Ofensiva de Tet. Flynn a veces iba hasta arriba de porros, escuchaba una cinta de Jimmy Hendrix a todo pulmón y cabalgaba la selva a lomos de una moto Honda con las cámaras japonesas colgadas del cuello y un sombrero flexible de camuflaje: era una mezcla de Robert Capa y Dennis Hopper en “Easy Rider”. Manuel Leguineche le conoció en Saigón y descubrió que le gustaban los astrólogos. Una tarde, en el bar A Chau, en la antigua calle de España, un adivinador le leyó la mano. Sean le pagó cien dólares. Cobraban cincuenta piastras a los locales. El mago le dijo: “Esta guerra no le traerá nada bueno, haga lo posible por escapar de ella”. Sean le dijo que sin la guerra y sin la vibración no sería capaz de vivir. En abril de 1970, Sean y Dana Stone, periodista de la CBS, fueron capturados por un control de la guerrilla comunista en la Ruta Uno y quince meses después les ejecutaron en un manglar cerca de Kampong Cham, en la frontera de Camboya. Años después, un antiguo pastor de búfalos aseguró haber visto como los Jemeres Rojos  asesinaron a Flynn, después de obligarle a cavar su propia tumba,  rompiéndole la crisma a pedradas porque las pistolas les fallaron de puro viejas.

Errol Flynn murió en 1959, dejando el envoltorio de un Don Juan maduro y los adentros de un tatarabuelo que se iba mucho de zambra. Sus compinches de Hollywood le metieron en el ataúd media docena de botellas de whisky para el camino. Lili Damita gastó un millón de lágrimas y una fortuna financiando expediciones para buscar el cadáver de su hijo pero, por el momento, Sean Flynn sigue sin enterrar, al menos decentemente.

MARTÍN OLMOS

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