MARTÍN OLMOS MEDINA

El príncipe de las ballenas

In Esto es Hollywood on 12 de octubre de 2012 at 11:34

Una farra, la botella y una chica muerta acabaron con la carrera del cómico “Fatty” Arbuckle

“Los ojos de Arbuckle eran los de un hombre que espera ser mirado como un monstruo pero que todavía no se ha acostumbrado”.
DASHIELL HAMMETT.

Eran los tiempos de la risa sin retórica, la que se afloja loca y sin complejo con la gracia del payaso triste y el beso afilado de la mujer barbuda. Eran los tiempos de los zapatos grandes y el resbalón con trompada. La gente, tan mezquina, se troncha cuando se cae un señor en la calle. Cuando me caiga y nadie se ría es cuando empezaré a preocuparme, decía Jardiel Poncela. Eran los tiempos en los que el cine no era un arte sino un milagro en el que se veía la vida en una sábana por cinco céntimos acuñados en níquel y, como la magia,  no necesitaba las palabras. El cine era la electricidad, decía Ilia Ehrenburg. Era oficio, en arte lo convirtieron las revistas franchutes y entonces hubo que explicarlo, como hubo que explicar la pintura, que sirvió al principio para enseñarle al hombre rudo del campo la cara de Dios y un bodegón con perdices y luego vino el cubismo para confundirle. Con el tiempo, y con las revistas franchutes, todo termina por necesitar explicación, hasta el vino, que antes sabía a vino y había del bueno, del regular y la pitarra peleona y ahora sabe a almendra tostada y tonos de canela. El cine era feria y como en el tinglado de la antigua farsa los comediantes ejecutaban su máscara en blanco, negro y gris y acompañamiento de pianola. El hábito hacía al monje y el zapato hambriento construía a Charlot, las gafas de carey y la acrobacia a Harold Lloyd y el gesto tacaño a Buster Keaton, que le decían Pamplinas en España y Malec en Francia y murió loco de no sonreír. Antes que Oliver Hardy el gordo de la función fue Roscoe Arbuckle, que tenía cara de plenilunio, flequillo chiquillo y labios de Nerón. El gordo es comedia porque provoca la risa al que se abrocha sin dificultad el pantalón, como el señor que se cae se la arranca al que se mantiene en la vertical, esto es un hecho, hasta que las revistas francesas digan lo contrario.

Arbuckle nació en Kansas en 1887 y crió el bigote en los “medicine shows”, los espectáculos de las medicinas itinerantes del Medio Oeste, que eran vodeviles que se celebraban sobre un carromato armado con una lona en cuyos intermedios se vendían elixires curativos y ponzoñas crecepelo como el linimento de serpiente del doctor Stanley o el vigorizante “Hadacol”, que llevaba quince partes de alcohol, patentado por el honrado senador Dudley LeBlanc. Aquellas caravanas eran una buena escuela  porque los pueblerinos eran dados a tirar al río a los cómicos a los que no les veían la gracia, los arrojaban al agua untados de brea y cubiertos de plumas, con lo que Arbuckle llegó a Hollywood con el rodaje cumplido en condiciones. Allí le contrató Mack Sennett, el inventor del “slapstick”, la comedia física de persecuciones y trompazos, le dio tres dólares diarios y le metió en sus películas de peleas de tartas. Arbuckle pesaba 130 kilos pero era capaz de dar volatines de saltimbanqui, trabajó con Chaplin, con Mabel Normand y con Buster Keaton y en 1917 la Paramount le contrató por cinco mil semanales y le puso en la puerta de su camerino el título de “Prince of Whales” (el Príncipe de las Ballenas), que sonaba igual que “Prince of Wales” (el Príncipe de Gales). Para celebrarlo, Arbuckle se encerró en la posada Brownie Kennedy de Boston con doce rameras de mil pavos el consuelo y ninguna se fue sin cumplir. Decían en los mentideros que gastaba sable garañón y celo permanente, se compró un descapotable Pierce-Arrow y se convirtió en el rey de la comedia. Pronto iba a ganar un millón anual, el mayor sueldo pagado hasta entonces por un estudio, y pronto iba a resbalar cayendo de bruces con mucho ruido y pocas risas, porque solo se troncharon las hienas.

Virginia Rappe quería ser estrella, como todas, era guapa y morena y tenía los ojos gitanos, y era flexible de moral por parte de madre, que había golfeado en Chicago, y lo suficientemente despierta para comprender que los hombres son agradecidos cuando están colmados. Virginia Rappe colmaba por doquier y esperaba los réditos y a veces se descuidaba y se iba a las matronas clandestinas para que le practicasen abortos  a la luz de un quinqué. Entró en el estudio de Mack Sennett y empezó a interpretar pequeños papeles, salió en la portada de un disco que reproducía la canción “Deja que te llame corazón” y difundió las ladillas. Mack Sennett tuvo que cerrar el estudio y fumigarlo porque por los decorados andaban rascándose los ejecutivos, los actores y el chaval que vaciaba los ceniceros. Sin embargo no la despidió y se la presentó a “Fatty” Arbuckle, que nunca decía que no a un revolcón. En 1921 el cómico tenía tres Cadillacs, uno de ellos modificado para no tocar el claxon con la  barriga, y una mansión de cien mil dólares en la calle West Adam, tenía la risa del público y el control absoluto de sus películas por medio de su productora, la Comique Film Corporation. Tenía también el corazón alegre, ascuas en el bolsillo y ganas de juerga.

El 5 de septiembre de 1921, Arbuckle alquiló tres suites colindantes en el piso doce del Hotel St. Francis de San Francisco, llamó a su proveedor de bebercios, el botones Tom-Tom (era la temporada seca de la Prohibición), y se compró un sombrero Panamá. Se juntaron cincuenta gorrones en una fiesta que tenía que durar todo el fin de semana, se bailó el “Shimmy” y el Charlestón y se trasegaron cócteles de Orange Blossom con gin de contrabando, se llenó una bañera con champán y las chicas fueron descaradas, pagaba el gordo la barra libre y los muebles rotos, corría a su cuenta el carnaval, y entonces Virginia Rappe, trompa y chistosa, se llevó a Arbuckle al dormitorio de la suite 1221. Cabalgaron al galope y rompieron la cama y Virginia Rappe gritó, pero los bacantes dedujeron que era el pertrecho legendario de Arbuckle y la pasión. Como los gritos siguieron dos chicas llamaron a la puerta y compareció el cómico, que estaba furioso y vestido con informalidad: solo llevaba puestos los calcetines y el sombrero Panamá. Virginia sangraba el mar por el sumidero, el gordo amenazó con tirarla por la ventana, y al final la llevaron envuelta en una sábana al hospital de Pine Street, en donde murió de peritonitis.

Esta vez ni los dólares de Hollywood consiguieron atenuar el escándalo y la prensa sanguinaria del magnate William Hearst –el Ciudadano Kane de Orson Welles- preñó de miserias sus hojas amarillas. No me escriban bonito, les decía Hearst a sus plumíferos, y si no encuentran noticias publiquen los rumores. Publicaron que Arbuckle, borrachuzo, no había conseguido izar la bandera y terminó el partido anotando con una botella de Coca-Cola. Eludieron el pasado de amores mercantiles de Virginia Rappe y pasaron por alto las ladillas. Olvidaron decir que una semana antes le habían practicado otro aborto para no afrontar la prole del actor Henry Lehrman y que no estaba en condiciones de recibir. A Arbuckle le sentaron en el banquillo y le acusaron de violación y asesinato y los papás dejaron de llevar a los niños a reírle los volatines. Salió absuelto pero el negocio ingrato de los sueños le negó las candilejas y retiraron sus películas. Arbuckle no volvió a salir en la sábana y tuvo que vender los Cadillacs, se dio al trago y en una ocasión fue detenido por lanzar una botella a la poli gritando: “¡Ahí va la evidencia!”  Murió olvidado en 1933, con 46 años, de un infarto, murió el gordinflón que había perdido la gracia y Buster Keaton, con su cara impasible del que se sabe todos los chistes, dijo que hacía tiempo que le habían roto el corazón.

MARTÍN OLMOS

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