MARTÍN OLMOS MEDINA

El bandido de hojalata

In Bandidos on 19 de octubre de 2012 at 11:36

El forajido Ned Kelly, como Don Quijote, se calzó un yelmo para combatir a los gigantes

“Allí aún cabalga el bandido y batidor de bosques Ned Kelly, una figura fantasmagórica, amenazante y frágil en su armadura de fabricación casera”
ERIC HOBSBAWN.

Les decían “bushrangers”, los que caminan la mata, a los forajidos australianos que se escapaban de las colonias penitenciarias de la Tierra de Van Diemen, la antigua Tasmania, para vivir del pillaje en los jarales del interior de aquella tierra grande que, como Dios pobló de animales incomprensibles, la tuvo que poner en el revés de la tierra. Generalmente eran hijos de la Verde Erín que llegaron cruzando océanos con el tobillo abrazado a un grillete a bordo de bodegas que olían a pis y a idiosincrasia. En sus escuetos petates de trapo llevaban una flor de trébol, un deshonor y ganas de pendenciar.

 El fajín verde
Uno de aquellos irlandeses con deudas de ley era John Kelly, que le decían el Rojo y gustaba de anunciarse de sedicioso contra la corona inglesa aunque acarreaba la cadena por el robo prosaico  de dos cerdos de Yorkshire, una camisa de sarga roja y un saco de patatas. El Rojo Kelly abonó siete años en el penal de Port Arthur y cuando salió se asentó en Beveridge, en el estado de Victoria, al norte de Melbourne,  en donde casó con la señorita Ellen Quinn y crió camada de siete cachorros que crecieron sin conocer una cena en condiciones. Al mayor de sus varones le pusieron Edward pero le dijeron Ned, por abreviar, le bautizó el cura agustino Charles O´Shea y de niño conoció la responsabilidad de ser un héroe. Fue en 1864, cuando tenía nueve años y arriesgó su peladura al zambullirse en un río proceloso para salvar al pequeño Dick Shelton de morir ahogado. Las autoridades de Beveridge le dieron un discurso en el que le pusieron de ejemplo cristiano y le regalaron un fajín de tela verde de tabí, que es la que lleva labores que forman aguas. El fajín verde lo conservó durante toda su vida proscrita y lo ciñó,  orgulloso, el día que le colgaron en Melbourne por cuatrero y asesino.

Las baladas del “bush”
Es difícil llevar vida heroica cuando se tiene al padre en el trullo de Kilmore por robar un becerro y el estómago sin amueblar, así que al joven Kelly se le puso cuesta arriba hacerle el honor al fajín verde de tabí y se dio a la delincuencia. A los catorce años le arrestaron por darle una paliza a un chino llamado Fook y birlarle un cerdo, a los quince andaba con el cuatrero Henry Johnson, notorio ladrón de caballos, y a los dieciséis descalabró a palos al vendedor Jeremías McCormack y le envió a su mujer una carta en la que le rogaba que no declarase contra él acompañada de los testículos de un ternero. Kelly tenía cartel de maleante en la policía, que sabía que afanaba pencos a los que borraba la marca y participaba en peleas ilegales con los puños desnudos. Los ocios los gastaba en el bebedero, emborrachándose de whisky de jara y escuchando las baladas del “bush”, las Canciones de la Mata que decían las hazañas legendarias de los bandidos John  César “el Negro” y Jack Donahue “el Intrépido”, caballeros de Irlanda que se vieron en la obligación de matar el hambre en el país de los canguros interpretando con laxitud las leyes de los ingleses. Kelly hizo banda con sus hermanos Dan y Jim, con Joe Byrne, que estaba dominado por el opio y hablaba la lengua china de Cantón, y con Steve Hart, un antiguo jockey que había sido campeón del Racing de Benalla montando a la mujeriega para dar ventaja.

La hermana del bandolero
El alguacil Alexander Fitzpatrick se tenía por galán, con su uniforme gerifalte, su potro del gobierno y su soldada para invitar y pretendió a Ellen Kelly, la hermana de Ned, que era moza de apetecer. El 15 de abril de 1878, estando Kelly en la escapada, visitó a la familia con la excusa de interrogar a Dan por el robo de una montura. Iba con mamancia bronca y valentona y le hizo el requiebro zafio a la niña, que se lo agradeció zurrándole en la muñeca con una pala de carbón. Los hombres que había en la casa le echaron  al suelo y lo largaron a patadas y Fitzpatrick contó en la comisaría que Ned Kelly y su banda le habían intentado finar a tiros. La ley formó partida caballista para capturar a la banda y a Ned Kelly le negaron la enmienda. Libraron encuentro en Stringybark Creek, en una cabaña de buscadores de oro al norte de Mansfield, en Victoria, donde acampó el grupo formado por el sargento Kennedy y los alguaciles McIntire, Lonigan y Scanlon. Entablaron tiroteo con los Kelly, con Hart y con John Byrne y cayeron el sargento y dos de sus hombres muertos a tiros.  El alguacil McIntire consiguió escapar al galope y Ned Kelly despojó al sargento Kennedy de su reloj de oro porque entendió que a un muerto no le servía de nada guardar puntualidad. Más tarde, cuando la purria irlandesa le cantó himnos,  lo devolvió a su familia para no echar cartel de saqueador de cadáveres.

Dos meses más tarde la banda asaltó el banco de Euroa, a medio camino entre Melbourne y Albury, por el medio de retener rehenes, a los que para entretener la espera Kelly les hizo una exhibición de equitación que arrancó el aplauso de los prisioneros. A cambio, éstos le invitaron a cenar y la banda salió de la comunidad sin haber gastado plomo y con 2.260 libras en las alforjas. Mientras tanto, el parlamento de Victoria había aprobado la “Ley de Aprehensión de Delincuentes”, por la que permitía a cualquier ciudadano disparar contra los miembros del gang sin intermedio de la autoridad competente.  La cabeza de Kelly se puso golosa, como la melaza para un oso que estrena la primavera, los soplones abundaron y a un par de ellos los despacharon Byrne y Hart a tiros de mosquetón en noches de emboscada. El ocho de febrero de 1879 Kelly tomó el pueblo de Jerilderie, en Nueva Gales del Sur, encerró a la autoridad y tomó sesenta rehenes con los que compartió tristes baladas y el licor de la comarca. Robó 2.414 libras del banco y quemó las hipotecas que ahogaban a sus propietarios. En la espera le dictó a Joe Byrne una carta de 56 folios en los que denunciaba el trato al que eran sometidos los católicos irlandeses y llamaba a la independencia. Las autoridades la ocultaron hasta que fue publicada en 1930 por el Herald de Melbourne. Hoy se puede ver en la Biblioteca del Estado de Victoria, junto a la bitácora del capitán Cook,  y está considerada un clásico de la literatura australiana.

El caballero de la armadura
Una vez Ned Kelly vio un vitral en el que se representaba a un caballero con armadura combatiendo a un dragón. Puede que fuese San Jorge. Australia era tierra de dragones en donde se podía ver al horrendo moloch, que le decían el Diablo Espinoso, o al varano gigante, un lagarto que puede pesar los veinte kilos. O puede que fuese Don Quijote, que peleó batallas perdidas. Kelly y Byrne construyeron cuatro armaduras de hierro fundido formadas por una coraza, un yelmo y un faldón, y protegidos por ellas desafiaron a la policía a un torneo a muerte en Glenrowan, a doscientos kilómetros al norte de Melbourne. El 28 de junio de 1880 un ejército de cincuenta hombres les cercó y decidió no darles cuartel. Steve Hart y Dan Kelly fueron sitiados en un hotel y se envenenaron antes de morir quemados y Joe Byrne fue abatido de un tiro que le perforó la femoral y murió desangrado. Ned Kelly salió a campo abierto con su armadura de cuarenta kilos y dio batalla, hirió en la muñeca a un policía y fue acribillado en las piernas, que las llevaba desprotegidas. Llegó vivo al patíbulo y fue colgado en  la cárcel de Melbourne el 11 de noviembre de 1880. El día antes se dejó fotografiar para la posteridad, se cardó la barba con una lendrera para ir a la muerte sin picores y pidió ceñir en el cadalso el fajín verde de tabí de cuando fue un buen  héroe cristiano.

MARTÍN OLMOS

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