MARTÍN OLMOS MEDINA

El pistolero diestro

In El Far West on 19 de octubre de 2012 at 11:45

Un error al reproducir el único retrato de Billy el Niño divulgó la leyenda de que era zurdo

“En esa fotografía Billy el Niño parece tosco y zafio”
MICHAEL ONDAATJE.

El Kid Billy aportó a la Frontera su inagotable leyenda de coraje joven. Dios puso los crótalos y el paisaje inhóspito y los bailes tapatíos pusieron la sangre mestiza. Las mujeres morenas tenían el vientre de cobre y los ojos negros y los gringos las sembraban sobre las jarapas y tomaban los tequilitas olvidando la añoranza del norte. Les decían güeros a los mejicanos rubios que abundaban la lindería. Al Kid Billy le contaban en las fogatas que pintaban el cielo de la raya de atardecer y de melancolía. Al pastor güero le era natural la guitarra y recién compaseaba la chicharra se ponía a cantar: “Fue una noche oscura y triste/ en el pueblo de Fort Summner/ cuando el sheriff Pat Garrtett/ a Billy el Niño mató/ a Billy el Niño mató”. Ahora ya no le cuentan tanto al Kid Billy porque se ha ido perdiendo la costumbre de apurar la noche contando y se han perdido las fogatas, que eran rojas y parecían eternas. “Mil ochocientos ochenta y uno,/ presente lo tengo yo,/ cuando en la casa de Pedro Maxwell/ nomás dos tiros le dio,/ nomás dos tiros le dio”. Del Kid se dijo mucho pero se sabía poco; se sabía su valor, su edad escueta, su muerte pronta y violenta, su risa mellada y su joven vanidad, que tenía algo de blasfemia. Se sabían sus novias de ojos negros. “Vuela, vuela palomita,/ a los pueblos de Río Pecos,/ cuéntale a las morenitas/ que ya su Billy murió,/ que ya su Billy murió”. Del Kid se quiso saber una infancia pendenciera en el arrabal de Nueva York, el asesinato temprano de un minero que mentó a su madre a destiempo y el dominio incontestable de su mano zurda y, sin embargo, los tres hechos se tuvieron, a la fuerza, que desmentir: del primero tuvo la culpa Borges, que le inventó al Niño un pretérito violento en los conventillos del Bowery, del segundo tuvo la culpa el adorno de un corrido y del tercero un retrato que se hizo el Kid en Fort Summner un año antes de morir y que le devolvió la imagen como el reflejo de un arroyo. Se imprimió aquella fotografía invertida en los almanaques y se vio al Niño como él mismo se miraba cuando se asomaba a un espejo, en vez de verlo como lo hicieron los hombres que lo afrontaron, y fue quedando la certeza de un Kid zurdo como Judas.

Hasta no hace tanto tiempo, el lujo de la fotografía era un acontecimiento extraordinario, como el natalicio de una infanta o un eclipse de sol. Hoy, sin embargo, un tío se va un puente a París y vuelve con un millón de fotos debajo del brazo. De la Torre Eiffel, del Planet Hollywood y así. A ver si quedamos un domingo por la tarde en casa y las vemos, que hago una sangría y lo pasamos fetén. Sí, claro. Fetén. De aquellas tardes fetén ha quedado la conclusión de que si no hay refrendo gráfico no se rindió el viaje, y lo malo es cuando se va uno a Pisa y tiene que echar la jornada encuadrando la foto chorra de la parienta sujetando la torre. Que graciosa queda. De aquellas tardes fetén queda la conclusión de no querer ir a más tardes fetén. Antes, la fotografía era un rito solemne que se permitían cuatro, que posaban con la ropa del domingo, delante de un trampantojo que dibujaba un jardín veneciano y con cara de susto y los demás nos teníamos que recordar de memoria. Ahora se tiran fotos como se dan consejos, a la buena de Dios y a lo que salga, y lo que sale es un tonto poniéndole cuernos al padrino, un niño haciéndose el bizco y  la novia enseñando la liga.

La imagen invertida
No abundaban los fotógrafos en el territorio copioso  del Nuevo México y los hombres olvidaban los rostros de sus muertos. En 1880 paraba en Fort Sumner el Niño Billy y compartía un techo de adobe con su cuate pistolero Charlie Bowdre. Decían en la cantina que también le compartía a la mujer, que se llamaba Manuela. El Niño ya andaba tasado por asesino y mandaba una banda de cuatreros que oficiaba entre Tascosa y las minas de White Oaks, en la tierra mescalera. El sheriff Pat Garrett ya le andaba detrás. El Niño gastaba sus ocios suerteando el naipe en las tambarrias, generalmente al juego del monte español, y rasgaba con desigual talento el guitarrón en el mariachi, pero se le daba mejor bailar el tapatío a las chamacas en las romerías, danzando guapo sobre una teja. Llegó a Fort Sumner en otoño un fotógrafo itinerante y clavó el trípode en la plaza en una tarde de feria. El Niño se animó a perpetuarse, puede que porque ya intuyese su inmortalidad o porque quiso dejar a sus novias morenas un consuelo para cuando le estuviese huyendo a la ley. Posó con gesto de matón de barriada y descuido, con la boca abierta enseñando la mordida irregular y los párpados dormilones, con el chaleco abierto enseñando una camisa con una ancla bordada, un jersey de lana que se presume polvoriento, acaso un anillo de plata en el meñique izquierdo y el copete del  sombrero chato. Parece culón el Kid, y sin embargo decían que era galán. Desde la cadera derecha le surge el revólver insolente y con la mano izquierda sujeta por la boca del cañón un rifle Winchester del 1873. El artista le cobró diez céntimos de dólar por dos copias en ferrotipo, una se perdió y la otra se la regaló el Kid a su cuatacho Sam Dedrick, de los White Oaks, que era socio suyo en el negocio rentable de vender vacas ajenas. No se hizo más fotos el Niño, no fue a Pisa a sujetar la torre.

Como los ferrotipos dan una imagen invertida, la publicación de la fotografía del Kid dio lugar al mito del pistolero zurdo. Durante casi un siglo se divulgó por error a un Niño zocato y Hollywood hizo una película en 1958 que se tituló, ostensiblemente, “El zurdo” (The Left Handed Gun), dirigida por Arthur Penn a partir de un guión de Gore Vidal. Paul Newman aprendió a usar la izquierda de balde. Hizo un Kid cargante que parecía un chaval de BUP que se quiere poner un pendiente. Billy el Niño salió del espejo en 1986, cuando los herederos de Dedrick sacaron a la luz pública la placa original y la volvieron a invertir para mirarla como es debido y  enseñar al bandido como posó, diestro y joven y rondando a la muerte. Al Kid, todo el mundo lo sabe, le terminó tumbando Pat Garrett una noche de verano de 1881 y después le contaron en las fogatas los pastores güeros del Nuevo México. “¡Ay, qué cobarde el Pat Garrett,/ ni chansa a Billy le dio!/ En los brazos de su amada, / ahí mismo lo mató/ ahí mismo lo mató”. Ahora ya no le cuentan tanto al Kid porque se ha ido perdiendo la costumbre de apurar la noche contando y se han perdido las fogatas, que eran rojas y parecían eternas.

MARTÍN OLMOS

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: