MARTÍN OLMOS MEDINA

Ley y cerveza

In El Far West on 25 de octubre de 2012 at 17:44

El juez Roy Bean inclinaba la ley hacia el más sediento, tenía un oso que se llamaba Mister Bruno y pensaba que los chinos no eran seres humanos

“Bean se proveyó de un cuaderno en el que empezó a redactar sus leyes alternándolas con anotaciones sobre las partidas de póquer que disputaba”
RAFAEL ABELLÁ.

La demostración incontestable de que el Juez de la Horca Roy Bean fue cocinero antes que fraile era la cicatriz que ostentaba en el cuello de una vez que le quisieron despedir en la frontera mejicana por enredarse con la mujer del prójimo. Los carnales del cornudo le dejaron colgando de un árbol con las botas a tres pies del suelo polvoriento y si el señor Bean, que en aquellas se dedicaba a la mercachiflería ambulante, no murió descoyuntado fue porque la soga que utilizaron se la habían comprado a él y la trenza estaba podrida de puro vieja, a pesar de que el señor Roy Bean anunciaba su género como de primera. A partir de ese día sufrió de rigidez de pescuezo y cuando cambiaba el tiempo amanecía tieso como una estaca y tenía que aplicarse friegas en la nuca de aguardiente y pimienta. Bean vendió leña verde y leche aguada, y pencos viejos como los Mandamientos como si fueran corceles recién desbravados por el sistema de prenderles una aguja en la base de las orejas para que las mantuviesen firmes como los potros jóvenes. Si tenía que pelear procuraba hacerlo con ventaja y mató a tiros a un borracho que le sacó un cuchillo en un tinglado de Chihuahua y a un mestizo en California, en una reyerta por faldas en el bar El Cuartel, que regentaba con su hermano Joshua, que con el tiempo llegó a ser alcalde de San Diego y murió asesinado por un marido al que le empezó a quedar pequeño el sombrero. Bean timbeaba con barajas de cinco ases, no cumplía sus promesas y durante la Guerra de Secesión capitaneó una banda de contrabandistas que se hacían llamar Los Vagabundos Libres que  robaban armas en México y las vendían a la Confederación. De tanto bordear la frontera se acabó enganchando con la chola Anastasia Chávez, que le enseñó los rudimentos del español y a desconfiar de los indios yaquis. Con ella puso choza en San Antonio de Texas y tuvo cuatro hijos que se llamaron Roy, Laura, Zulema y Samuel y la chola Anastasia engendró por su cuenta un descuido al que llamó John, cuya condición de vástago de trastienda no le quitaba el hambre y había que cebarlo como a los legítimos. Sea como fuere, Roy Bean se las arregló para conservar el pellejo y subsistir con estrechuras a base de vender a la projimería gatos como si fueran liebres paseándose, según el viento que soplase, por ambos lados de la ley. A la edad de 57 años, cuando los demás hombres empezaban a pensar en una dieta más blanda, lió la alforja, abandonó la camada sin mirar atrás y siguió la estela del progreso con alegre determinación. El ferrocarril estaba partiendo en dos el país de Texas, el de los indios comanches, las manadas infinitas y los campos amarillos, y Bean encontró tajo en las vías, poniendo cantina en Vinegaroon, un secarral de saguaros y serpientes de cascabel que se levantaba en la mitad de la línea de San Antonio a El Paso. En Texas llaman vinegaroon a un alacrán negro y chiquito cuya picadura es mortal, en Texas había poca agua y poca ley y Roy Bean entendió que las apariencias, generalmente, engañan. En el valle del río Pecos la única ley que se respetaba era la del árbol alto y el colt de seis tiros, el juzgado más cercano estaba a 500 kilómetros y la mitad de la población no sabía leer. Bean gastaba barba cana de patriarca, figura rotunda y la voz profunda del que parece que sabe lo que dice, con lo que las autoridades del condado le nombraron juez de paz presuponiendo que un hombre que había alcanzado su edad sin agujeros en el cuero podía poner algo de orden en el desierto salvaje. Era 1882, los tiempos estaban cambiando y Roy Bean se convirtió en el legislador más pintoresco de la frontera a pesar de que pensaba que “habeas corpus” era una blasfemia, apenas sabía escribir y las únicas leyes que conocía era por haberlas transgredido.

Bean levantó su juzgado en el villorrio de Langtry, al lado del Río Grande, en una barraca desvencijada que a la vez era el bar del pueblo. Impartía la justicia sentado en un barril en el porche, con un sombrero de paja para que el sol no confundiese su dictado y usando como mazo la culata de un colt 45, y en los recesos de las sesiones abría la tasca y servía cerveza fría y un whisky turbio del color de un céntimo de cobre. En sus veredictos influía directamente la cantidad de rondas que el acusado pagase y si la vista se alargaba se hacía una pausa para dormir la curda y se continuaba al día siguiente. De mascota tenía un oso grizzly que atendía al nombre de Mister Bruno, el bicho, que era enorme, estaba completamente alcoholizado y el juez le limaba las garras cuando dormía las tajadas en el suelo del juzgado. Montesquieu dijo que las leyes deben adaptarse a los hombres y no al contrario y Bean, que no sabía quién era Montesquieu, las adoptó a su propia conveniencia y llegó a la conclusión de que era ocioso colgar a un cristiano cuando aún le quedaban unos dólares que ordeñar. Una vez que encontraron a un tipo muerto en el desierto el juez le cacheó y le encontró un revólver y 40 dólares, así que le impuso una multa póstuma de la misma cantidad por ocultación de armas y, en otra ocasión, cuando un sediento le pagó una cerveza de 30 centavos con un billete de veinte dólares y no obtuvo el cambio recibió una multa de 19 con 70 por desacato a la autoridad. El importe de las penalizaciones iba directamente a su caja de cigarros porque sostenía que el juzgado no costaba un chavo al erario porque se autofinanciaba. Le llamaron el Juez de la Horca pero ahorcó poco y con desgana, el verdadero juez sin piedad fue Isaac Parker, que sí había estudiado derecho y ejerció en Fort Smith, Arkansas, en donde colgó a 190 desgraciados en veinte años demostrando que le gustaba más balancear a un reo que a un lechón las seis ubres de su madre. En la particular jurisprudencia del juez Bean se afirmaba que un chino no era un ser humano, conclusión a la que llegó cuando un irlandés mató a uno y sus compinches amenazaron con destrozarle el tinglado si le condenaban,  y dictó la independencia de un islote en mitad del Río Grande para celebrar el campeonato mundial de boxeo, que estaba prohibido en Texas, que disputaron en 1896 Bob Fitzsimmons y Pete Maher. El juez fue constantemente reelegido porque se presentaba en el colegio electoral con una escopeta del diez y en una ocasión se contaron más votos que habitantes; Bean creía firmemente en el sufragio cualitativo y sus partidarios votaban tres veces. Y Mister Bruno, que estaba censado, también. Roy Bean murió en 1903 con ochenta años, se dijo que le mató el mestizo Joey Garza de un tiro a traición con un rifle de precisión, pero en realidad se cayó del pescante de un carro cuando estaba borracho como una cuba. Su ley resulta arbitraria para un librepensador de estos tiempos (y para un chino de cualquier época) porque se inclinaba hacia el que más cerveza gastaba, pero ahora sale absuelto el que contrata, en vez de jarras,  un despacho mejor. Los abogados de oficio tienen mucho tajo y han dormido mal. El oso Mister Bruno murió poco después que su amo, de pena que le dio.

MARTÍN OLMOS

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