MARTÍN OLMOS MEDINA

Tragicomedia caníbal

In Caníbales on 25 de octubre de 2012 at 17:29

Jeffrey Dahmer quería tener un novio zombi y dos policías pensaron que era normal que un laosiano corriese desnudo y esposado por las calles de Milwaukee

“Dahmer era un enfermo mental, aunque a veces pareciera estar en su sano juicio y racionalizara su conducta”
ROBERT RESSLER. Criminólogo.

Como en el tablao de la farsa, en la biografía macabra del caníbal Jeffrey Dahmer coincidió el disparate con el horror y al final, cuando solo quedaron los despojos de la carnicería, puso el circo su feria y todo el mundo quiso sacarle al monstruo su rendimiento.

El pobrecito Jeffrey Dahmer nació en 1960 en Milwaukee, Wisconsin, y enseguida comprendió que no tenía nada que decir y se mantuvo calladito mientras sus padres rompían la vajilla. Su madre practicaba la autocompasión y su padre la química y el niño se daba garbeos desamparados con carita de pena, solito y sin decir nada, y los vecinos le dedicaban una ración de compasión que, si la gestionaban correctamente, les servía para pasar la semana como buenos cristianos. La principal función de la compasión es dulcificar las digestiones de los que la padecen, lo que no les obliga a levantarse de la mesa y echar una mano a fregar los platos. Milwaukee es la ciudad de los Estados Unidos en la que más se empina el codo y durante décadas ha sostenido a las cuatro mayores productoras cerveceras del mundo. A Jeffrey Dahmer le operaron de una hernia a los siete años y a los ocho mató a los gatos de su callejón, los desmembró y guardó sus huesos en un tarro de melocotones que rellenó con formol. A los diez clavó la cabeza de un perro en una estaca, a los doce bebía como un sargento de regulares y a los trece estaba definitivamente alcoholizado, lo que era  una precocidad incluso para Milwaukee.

La pasma en Babia
A los diecisiete años su padre cogió las de Villadiego y su madre se merendó un tubo de pastillas para roncar y acabó meando por una sonda. Jeffrey terminó el instituto, entró en la universidad por la puerta principal y salió por la de atrás después de pasarse trompa un semestre entero. En los infrecuentes interludios de serenidad se iba a ver los entrenamientos de los machos del rugby, que sudaban con ostentación. Calibró cuál era la pierna que le cojeaba y comprendió que era lo que en fino dicen un nefandario y en los billares un bujarrón. Cuando tuvo dieciocho años recogió a un chaval en autostop, se llamaba Steven Hicks, y quiso ver en su compañía el rojizo amanecer. Hicks era diestro de costumbres y le dio calabazas, y Jeffrey le mató rompiéndole la cabeza con una pesa de mancuerna y le hizo el responso haciéndose un consuelo que el muchacho no estuvo en condiciones de agradecer.  Después le troceó con un cuchillo montañero, guardó los despojos en tres bolsas de basura y las metió en el maletero. Iba a tirarlas en un vertedero cuando le paró la poli por pisar la línea continua. Los pasmas le endosaron una multa y le preguntaron por las bolsas, pero como olían mal no miraron lo que tenían dentro. Jeffrey regresó a casa y las escondió en una tubería. Pagó la multa y se alistó en el ejército, le destinaron a una base en Alemania y le dieron la licencia por borracho. Volvió a Milwaukee y alquiló un apartamento, mangó un maniquí y le preparó los desayunos, vivió con él un idilio y después empezó a frecuentar los bares en los que ponían a Village People y ligó con jóvenes de tez morena. El maniquí se puso triste. Le gustaban los negritos, le gustaban los chinitos, él era el blanco rubio anglosajón y perseguía el dominio. Se llevaba a los chicos a su apartamento y les drogaba la bebida y cuando estaban fritos los estrangulaba, les disfrutaba antes de que se pusieran tiesos y después los descuartizaba. Sacaba fotos de la carnicería y hervía sus cabezas para quedarse con los cráneos pelados, que pintaba con aerosol de maquetas de color azul y los ponía sobre una balda, sujetando los libros. Los genitales los guardaba en tarros con formol, las partes blandas se las zampaba y el resto lo diluía en ácido dentro de  un bidón que echaba pestes. Dahmer buscaba el novio perfecto, que estuviese dispuesto para la lidia pero que no diese mucha conversación y que no se fuese al amanecer. Quiso crear zombis por el sistema de trepanarles el cráneo e inyectarles ácido en el cerebro pero sus proyectos la diñaban y luego se los tenía que comer. En mayo de 1991 se llevó a casa a Konerak Sinthasomphone, un laosiano de catorce años que apenas hablaba inglés, le drogó, le esposó y le hizo un agujero en la cresta con un taladro de bricolaje. Antes de acabarlo, Dahmer se agarró una curda y Konerak se escapó más muerto que vivo. Los agentes de policía Joseph Gabrish y John Balcerzak le interceptaron en la calle. El chico estaba en cueros, esposado, hablaba raro y le sangraba la cabeza. Les llevó al apartamento de Dahmer y éste les dijo que era su novio, que estaban de juerga loca y que se habían peleado. A Gabrish y a Balcerzak les pareció una riña de sarasas. Debían ser hombres de mundo y no les extrañó la pared manchada de sangre, las fotos de descuartizamientos, las calaveras sujetando los libros y el olor a sumidero. Quién no se ha encontrado alguna vez a un chino desnudo, esposado  y con un agujero en la cabeza. Dejaron al muchacho en el matadero y se fueron a comer donuts. Dahmer se lo zampó. Hay polis sagaces, polis del montón y Gabrish y Balcerzak, que eran unos linces.

El caníbal pop
Un mes después, a Dahmer se le volvió a escapar un novio. Tracy Edwards salió pitando de su apartamento desnudo y con las esposas puestas. Ese día no estaba Charlot patrullando el barrio. Un poli que tenía dos dedos de frente detuvo a Dahmer. Como no tenía tanto mundo como Gabrish y Balcerzak le pareció sospechoso encontrarse una cabeza humana en la nevera. Es lo malo de un poli paleto, que no sabe lo que es el art decó. A Dahmer le juzgaron por diecisiete asesinatos y nadie puso en duda que estaba como una cabra, pero le condenaron como si estuviese cuerdo y le sentenciaron a mil años de trullo. Se salvó de la parrilla porque en Wisconsin no hay pena de muerte. Como era rubio y guapo le salió un club de fans que le escribió cartas de amor. Un estampador de camisetas vendió delantales con su cara y una asociación de vecinos con iniciativa comercial compró en una subasta el bidón del ácido, las fotos y los trastos de matar para exhibirlos en un museo de los horrores. Tracy Edwards quiso hacer agosto y salió en la tele dando por hecho que su condición de víctima le convertía en un hombre justo, pero resultó que fue reconocido por una chica a la que violó y le metieron en la cárcel. Una fábrica de taladros refrendó la calidad de su género poniendo la cara de Dahmer en la publicidad. Dahmer no percibió dividendos. Se convirtió en un recurso económico local, en el caníbal pop, y salió en un episodio de “South Park”. Le mantenían aislado en la prisión de Portage, en el condado de Columbia, y pidió que le dejaran salir al patio para socializarse con los demás presos. En 1994, Christopher Scarver, un recluso esquizofrénico, le socializó la cabeza con una barra de pesas y le mandó al otro barrio. En la prisión de Portage prohibieron la halterofilia. Se murió el caníbal pero no el negocio. Sus padres, que estaban divorciados, se pelearon por su cerebro: papá quería enterrarlo sin ruido y mamá vendérselo a un hospital psiquiátrico. Sacaron tajada los abogados. Como siempre.

MARTÍN OLMOS

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