MARTÍN OLMOS MEDINA

El necrófilo mañoso

In Lunáticos on 1 de noviembre de 2012 at 23:30

El tonto de Plainfield unió el asesinato y la pretecnología

“Edward Gein, necrófilo, caníbal, asesino y artista naïf no reconocido”.
JESÚS PALACIOS. Escritor.

En todos los pueblos hay un tonto y una fuente. En verano, durante las romerías que suceden a la procesión de la virgen, es habitual que ambos elementos confluyan y el primero acabe dentro de la segunda. Cosas del mocerío, que hace la gracia, ja, ja, es para morirse de risa. El alcalde y el maestro no comparten el chiste, pero miran para otro lado porque comprenden que los mozos del agrario tienen pocos entretenimientos, otra cosa sería en la capital, donde existe el invento del cinematógrafo y los cabarés. En algunos pueblos hay también un campanario, pero el tonto duerme tranquilo porque desde allí lo que suelen tirar los mozos es una cabra. El tonto del pueblo sirve para los recados si no son complicados, para tirarle piedras y para que te salga por cuatro perras pintar una pared. El día del tonto es duro, pero más dura es la noche del listillo, cuando apaga el candil y hace inventario de méritos, y si le quedan dos dedos de frente se da cuenta de que su capacidad de intimidación solo funciona con el que partió con desventaja. Lo bueno del listillo es que, como no le tiene afición a la lectura, no sabe que Boileau escribió que un tonto siempre encuentra a otro más tonto que le admira. Lo malo es que no es nadie sin un tonto a mano, y el tonto, en cambio, se arregla con una tiza. A veces, hacerse el tonto te salva la piel, le pasó al emperador Claudio, que como era tartaja se libró de las dagas  pretorianas y, en cambio, cuando espabiló, su mujer Agripina le envenenó con un guiso de setas (como tardaba en morir, Jenofonte, cómplice de la asesina, le introdujo en la garganta, con el pretexto de hacerle vomitar, una pluma impregnada de veneno que aceleró la operación. Como se ve, bien utilizada, la pluma es más fuerte que la espada). Pero generalmente, el tonto es fácil de despachar, por una tunda que le atizan de guasa y  se les va la mano o porque es confiado y no recela de las emboscadas. Sin embargo, también sabe dar lo suyo, porque para asesinar no hace falta ser un lince, ni el bachillerato, ni siquiera hace falta un motivo, solo se precisa determinación y un pulso decente. A Francisco García Escalero, que mató a catorce mendigos a lo largo de siete años, la mollera le alcanzaba justita para hacerse la lazada de los zapatos y a Wild Bill Hickock, el pistolero más rápido de la frontera, no le mató otro duelista sino Jack McCall, el tonto de Deadwood, en Dakota, que además era bisojo y chepudo.

El idiota de Plainfield, en Wisconsin, era Edward Gein, que era el resultado de mezclar muy pocas luces con una educación estrafalaria en la que el primer mandamiento era considerar a la mujer como una  serpiente venenosa de la que más valía mantenerse alejado. El padre de Gein era un borracho indecente que le tenía miedo a su parienta, así que, para desahogarse,  le daba gusto al cinto sobre el lomo de Edward y su hermano. Cuando murió de una tajada mal digerida  dejó a sus dos hijos bajo la única influencia de su madre, Virginia, una fanática de la Biblia que pensaba que todas las mujeres eran unas frescas y todos los hombres  una piara de canallas lujuriosos, ateos y sinvergüenzas,  que solo vivían para darle al frasco y perseguir faldas en las tabernas. Dios fue compasivo con el otro hermano Gein y se lo llevó pronto para ahorrarle el trago, así que Virginia preservó al único hijo que le quedaba de cualquier influencia ajena a la granja en la que vivían, que estaba a unos diez kilómetros del núcleo urbano, con lo que el escaso horizonte de Ed se limitó a los acres alrededor de la verja y a la interpretación caprichosa que hacía mamá de las Sagradas Escrituras. Le gustaba especialmente el capítulo séptimo del Eclesiastés, el versículo veintisiete, que dice que el que es grato a Dios huirá de la mujer, que es más amarga que la muerte, pero el pecador quedará preso de ella. Cuando Virginia murió en 1945, todo el mundo de Ed, que tenía cuarenta años, se fue al garete y los pocos tornillos que le quedaban se pasaron de rosca.  Empezó a acechar las muertes naturales de las vecinas de Plainfield para desenterrar sus cuerpos y llevárselos a la granja, en donde los sentaba a la mesa y les preparaba la cena hasta que empezaban a descomponerse y los disecaba para fabricarse con ellos su siniestro menaje. Como era habilidoso, se hizo un cinturón de piel humana adornado con pezones, una sopera hecha con un cráneo vacío, una silla de huesos, tulipas de pellejo para las lámparas y nueve caretas perfectamente cosidas que casi conservaban la atónita expresión de las difuntas.  Con los vivos se relacionaba lo justo para sacarse unos cuartos haciendo chapuzas, arreglando un grifo o reparando una cerca, de modo que se iba apañando a base de la economía rudimentaria del favor por favor, de la permuta y las propinas. Ed no se acercaba mucho al jabón, iba siempre con una gorra de cazador de cuadros montañeros y unas botas de trabajar, y cuando hablaba con otro ser humano se le soltaba la risa floja, decía incongruencias y se le caía la baba. A veces, se sentaba en el bar de Hogan, pedía café y echaba la tarde mirando a Mary, la propietaria, que le dejaba estar porque no molestaba, aunque luego tuviese  que aguantar las bromas de la parroquia, que le decía que era la novia del tonto.  Mary estaba en la cincuentena pero conservaba virtudes, les seguía los chistes a los hombres y lucía con alegría los pulmones sobre la barra, era la hembra sobre la que le había prevenido su madre, pero Gein se sentía atraído por ella y en marzo de 1954 la cogió a solas, la pegó un tiro con su rifle de caza del calibre 22 y se la llevó a casa en su furgoneta. Acabó convertida en Dios sabe qué, en unas cortinas o en una gabardina o en una pantalla para el flexo. En noviembre de 1957 hizo lo mismo con Bernice Worden, que regentaba la ferretería de Plainfield, le encargó un bidón de anticongelante y cuando fue a recogerlo la acabó a tiros y se la llevó a la granja para trabajársela sin prisas. Con el cuerpo pretendía hacerse un traje completo de mujer, con todos sus atributos, y coronarlo con una de sus máscaras, pero le pescaron cuando iba a meterse en faena y tenía el cadáver colgado de una viga del granero, boca abajo, decapitado, desangrado y abierto en canal. El sheriff, que mil veces había pegado la hebra con Gein, pasando por alto su risa floja y su baba titubeante, se quedó de una pieza al ver el mobiliario de su cueva, en la que se mezclaba la mugre, revistas pornográficas, manadas de gusanos y el ajuar siniestro hecho con los despojos de sus paisanas.

Gein no pasó por la trena, le mandaron directamente al Instituto de Salud Mental de Mendota y perdieron la llave. Los loqueros se lo pasaron bomba mezclando el complejo de Edipo con el canibalismo, el fetichismo, la necrofilia y la pretecnología. Hubo un tío despierto, un listillo, que quiso comprarle la granja para exhibirla como la Casa de los Horrores, pero un vecino con dos dedos de frente le ganó por la mano y pegó fuego a la propiedad  en 1958.  Gein murió en 1984 siendo un paciente modelo y cumplidor, y el que mejor hacía los ceniceros en el taller.

MARTÍN OLMOS

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