MARTÍN OLMOS MEDINA

Faena de dos orejas

In Hazañas bélicas, La cruz y la media luna on 1 de noviembre de 2012 at 23:23

Mucho antes de que Hollywood rodara “Doce del Patíbulo”, el capitán Ariza movilizó a la “Guerrilla de la Muerte”, formada por presidiarios que lucharon en la Primera Guerra del Rif

“Marruecos es tierra española, porque ha sido adquirida al precio más alto y con la moneda más cara: con sangre española”
FRANCISCO FRANCO

Los buenos vecinos se hacen con tapias altas y así cada uno se queda en su casa y no se mete en la del prójimo a molestar, a ver si hay polvo debajo de la alfombra y a enterarse de si hay para cenar jamón del bueno o el caldo de la viuda. El vecino acomete sonriendo, como las hienas, dando cháchara en el ascensor, y empieza por pedirte perejil y acaba queriéndote disfrutar a la mujer, que tu la ves cotidiana pero para él es novedad. El clérigo George Herbert recomendaba amar a los vecinos pero no derribar la verja.

El español se ha llevado con el vecino regular, en el mejor de los casos, y a la greña por lo habitual. Al español lo que le gustaría es vivir todo el año en la casa del pueblo, que es unifamiliar, y puede alargar una juerga de guitarras hasta las deshoras y hacer una paella en el jardín. Sin embargo, tiene que pasar todo el año con un vecino en el piso de arriba, otro en el sótano y otro en el exterior izquierda. El español siempre ha tenido reojo al francés por listo y porque le gusta hacerse el finolis, con su parlevú y su foigrás, y porque cuando se deja el grifo abierto le inunda la cocina y luego no se hace cargo. Al portugués le saluda lo justo y le mira como a un tío que vende toallas y toca el acordeón en el metro, a veces se le olvida que existe y le parece un vecino de renta, que no cuenta en las reuniones de la comunidad. Con el moro se ha llevado a palos desde que Pelayo bajó del monte y hace poco, al alba y con viento duro de levante, le mandó cuatro helicópteros Cougar para recuperar el islote de Perejil, que le dicen los bereberes Tura, y del que escribió Unamuno que es un peñasco tan modesto y apocado que es difícil hallarlo hasta con tiempo claro. Hoy la piedra está desierta pero Hugo Pratt sostuvo que en su día vivió en ella la ninfa Calipso, la hija de Atlas el titán, que retuvo a Ulises durante siete años y le ofreció la inmortalidad.

La Guerrilla de la Muerte
A las riñas con el moro iban los militares que querían medallas coloniales y la tropa del hambre, que no tenía posibles para esquivar la milicia. Para la guerra y para el Rastro todo sirve y a la Primera Guerra del Rif mandaron a un escuadrón de presidiarios a los que prometieron, vagamente, la libertad. La Primera Guerra del Rif se desató en 1893 y la llamaron la de Margallo, haciéndole el honor al apellido del gobernador militar de Melilla, y no se libró contra el sultanato de Marruecos sino contra las tribus cabileñas del alrededor de Melilla. El general Juan García y Margallo (bisabuelo del actual ministro de exteriores) era cacereño y veterano de las Carlistas y durante su servicio como gobernador de Melilla propició el contrabando de rifles Remington con las tribus rifeñas. Para sostener el perímetro defensivo de la plaza de Melilla mandó construir un cinturón de fuertes que contuvieran las incursiones de las bandas indígenas. Uno de ellos, el de Sidi Guariach, lo emplazó sobre la tumba de un santón local y las tribus que lo veneraban llamaron a la Guerra Santa. La noche del 2 de octubre de 1893, una fuerza de 3.000 cabileños pusieron sitio al fortín, aislando a los cuarenta reclutas que lo velaban, y el general Margallo envió a una dotación de 400 hombres del Batallón Disciplinario y bombardeó desde Melilla los emplazamientos rebeldes destruyendo una mezquita. Aquello exacerbó la yihad y en poco tiempo los atacantes reunieron a más de 20.000 guerreros que llegaron a las puertas de Melilla. En la Guerra de Margallo, pequeña y pintoresca, vio oportunidad el capitán Francisco Ariza para distinguirse, que falta le hacía porque estaba relegado en la Caja de Reclutas de Barcelona por sus ideas republicanas. El capitán Ariza era veterano de Cuba y experto en la lucha de guerrillas, pero su solicitud de un puesto en el Ejército Expedicionario no fue atendida y pidió licencia por asuntos propios, se fue a Melilla por su cuenta y convenció al general Macías, sucesor de Margallo, para formar un escuadrón de presidiarios que combatiesen en unidades de búsqueda y destrucción del enemigo. Al general Margallo le volaron la cabeza cuando defendía el fuerte de Cabrerizas Bajas el 28 de octubre de 1893, le escribieron de héroe gallardo pero se corrió el rumor de que no le mató la cabila, sino Miguel Primo de Rivera, entonces teniente de infantería, que no aprobaba sus negocios del contrabando.

A los presos del capitán Ariza les llamaron la Guerrilla de la Muerte, y la formaron veintidós reclusos con delitos de sangre que pelearon con salvajismo por la promesa vaga de que revisarían sus causas. Ariza los encabezaba vestido de civil y con un sombrero hongo en la cabeza y los guerrilleros luchaban con el uniforme de presidiarios, con rifles no reglamentarios y con navajas de muelle de Albacete con las que ganaban trofeos anatómicos al enemigo y los engarzaban en collares de abalorios. Causaron bajas numerosas y extendieron el terror entre la morería, que era dada a creer en cuentos de demonios, y parecían una partida bandolera antes que un pelotón regular: en los periódicos de la península fueron la sensación. Los librepensadores de los casinos concluyeron que se ahorraba sangre jornalera mandando a reñir a la escoria, que no sirve para el campo.

Por los callejones de Melilla andaba poniendo atención Mohamed ben Ahmed, que le decían el Amadi, el Gato, y era morito bueno que contaba al español lo que oía en las medinas. A José Farreny Riera, sin embargo, todos los moros le parecían pardos. Farreny tenía treinta y nueve años, deudas de sangre con la ley y era leridano de Alguaire. Era uno de los veintidós de Ariza y como los otros veintiuno, hacía de su capa un sayo. En una patrulla callejera detuvo al Gato Amadi y le tomó por confidente de las cabilas. Amadi mantuvo que era precisamente lo contrario y era un chivato a sueldo del español, pero Farreny no le creyó, sacó su carraca de reñir y le cortó las dos orejas, que después se prendió en su camisa de presidiario. El pobre Gato perdió sangre a manantial y casi la diñó; suerte que le quedaban otras seis vidas. Cuando se enteró del suceso el general Martínez Campos, que había sido Ministro de la Guerra con Canovas, disolvió la Guerrilla de la Muerte y destituyó en el acto al general Macías, por propiciarla. Farreny no salió por la puerta grande por su faena de dos orejas, no le tiraron claveles las majas y olé, y fue sometido a un juicio sumarísimo y le condenaron a muerte. Le fusilaron el 1 de diciembre de 1893 en la explanada del fuerte Camellos, en la segunda línea del cinturón que guardaba Melilla.

La guerra de Margallo acabó en abril de 1894, cuando el sultán Muley Hassan firmó la paz de una guerra que no declaró. Se comprometió a castigar a los rebeldes y a pagar a España una indemnización de veinte millones de pesetas en ochavos morunos. Miguel Primo de Rivera fue distinguido con la Laureada de San Fernando por haber recuperado los cañones de Cabrerizas y al moro Amadi le compensaron sus orejas con la Cruz al Mérito Militar y, si alguna vez le recetaron antiparras, se las tuvo que clavar en el puente de la nariz.

MARTÍN OLMOS

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