MARTÍN OLMOS MEDINA

Un duro de tiros

In Fuera de carta on 1 de noviembre de 2012 at 23:46

La editorial Almuzara (creada por Manuel Pimentel, autor de la excentricidad poco común de dimitir del sillón de Ministro de Trabajo del gabinete de Aznar por estar en desacuerdo con la invasión de Irak para dedicarse a divulgar la arqueología) reimprime las mejores novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía

Los forasteros de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía mascullan o exclaman, pero rara vez dicen, y ni falta que les hace, porque gastan más plomo que saliva y los enterradores viven en perpetuo agosto. El Oeste de don Marcial es doméstico, casi manchego, y limita por el sur en la página noventa y seis, sin posibilidad de cruzar la frontera porque el papel cuesta dinero. El Oeste de don Marcial huele a taller y a imaginaria y a garita de portero de finca, a cocido de garbanzos, a rueda de arenques y a confesionario de capellán de pueblo. Huele a achicoria de Cuéllar, que oficiaba de café,  a harina de cáscara de patata y al duro viejo de cinco pesetas. Tumba a estrechura y a  permuta de quiosco.

El Oeste de don Marcial, que dejó de ser don porque perdió una guerra, es redundante como la melodía tartamuda del Winchester de repetición y en vez de base argumental se sostiene sobre un rosario de sucesos, lo que es muy barojiano, y acaba siendo el mismo “saloon” de beberciar, el mismo pianista que desafina y la misma pradera sin ley. Y la misma puta triste de buen corazón. Al lector no le importa y lo que le gusta es que todas las novelas sean un poco la misma y así no se complica. “Lo mismo ocurre con los días de nuestra vida”, ha escrito Savater.

Los forasteros de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía mascullan o exclaman, los enterradores viven con desahogo su agosto perpetuo y las putas bailan el can-can y tienen buen corazón. Una puta de trinchera le salvó el pellejo a Marcial Lafuente Estefanía una tarde que le iban a fusilar. Seguramente no sabía bailar el can-can pero seguía con jondura el compás del fandango y olé. Puede que tuviese buen corazón; lo que es seguro es que tenía hambre. Estefanía formaba parte de una cuerda de presos republicanos que iban pasando uno por uno por la tapia para ser ejecutados por un oficial rebelde que amaneció con ganas de disparar. Cuando le tocó su turno apareció una coima de las que frecuentaban el frente para quitarse la canina y por enmendar la jornada le enredó al oficial para irse a cundir encima de una manta y dejar la sangría para el día siguiente. Cuando rompió el amanecer llegó un oficial nacional de más graduación y menos gatillo y se hizo cargo del cantón, relevando al expeditivo, y Estefanía salvó la peladura por las cosas del querer y con el tiempo lamentó no haberle dado las gracias a la golfa, por oportuna.

Una página cada diez minutos
Marcial Lafuente Estefanía nació en Toledo en 1903 y era hijo del periodista Federico Lafuente, navarro de Lodosa que volvió a escribir el Quijote en versos romances y le enseñó a su hijo a amar el Siglo de Oro. Marcial estudió ingeniería industrial y ejerció en los extranjeros;  realizó obras hidráulicas en Angola y visitó Arizona y Texas, en donde aún vestigiaba el Oeste. Durante la guerra se alistó en el Ejército Popular y llegó a general de artillería en el frente de Toledo, cayó prisionero y le salvó de la tapia aquel revolcón a tiempo. Le dieron presidio por rojo y en el penal de Ocaña empezó a escribir sobre el papel del retrete, que era raspudo porque llevaba viruta. Salió de prisión sin horizonte y sin posibilidades de volver a ejercer su oficio, pero tuvo la intuición del Oeste y de las novelas de dos chavos y Eugenio Barrientos, dueño de la librería Tetilla y fundador de la editorial Cíes, le reclutó para su cuadra de escritores a destajo, que eran generalmente profesionales liberales de la República que con la guerra perdieron también la silla y el apellido. Primero en Cíes y después en Bruguera, Estefanía escribió alrededor de tres mil novelas a razón de seis folios por hora, lo que son, en aritmética parda, una página cada diez minutos. Ernest Hemingway escribió cuarenta veces el último párrafo de “Adiós a las armas” y don Marcial, en cambio, no tenía tiempo para sortear las cacofonías y no le dieron el Premio Nóbel. Hemingway también dijo que había muchos escritores que se las daban de artistas que eran incapaces de describir una pelea de perros, que era lo que don Marcial hacía con solvencia por imperativo de su oficio. Ganó mucha pasta y en los años sesenta se llegaron a imprimir tiradas de cien mil ejemplares de sus novelas vaqueras (de las que, contractualmente, no percibía los derechos de autor) pero los parneses no le echaban raíz y los fundía en la timba, accediendo al sablazo de los amigos y en tertulias al arrimo del whisky en las que jamás nadie le oyó quejarse, como Baudelaire, de que no le comprendían.

Umberto Eco tiene escrito que la diferencia entre Edipo y una novela de Ringo es que en la segunda todo sucede a nivel de intriga y se fundamenta en la sensación de que no existe un lenguaje. La literatura de Estefanía es la vieja forma de narrar sin verónicas, como cuando un cuento se decía alrededor de la fogata y no lo habían reglado los académicos. Las novelas de duro son la pitarra del bautizo, la de antes del Diluvio. Cuando la tribu intelectual agarra el solaz lo deprava y lo que antes sabía a vino acaba por tener olores otoñales, y sabores de zarza y  vainilla, y uno termina por acercarse al vaso con prevención, sobrepasado por la responsabilidad, sospechando si no estará a la altura. Marcial Lafuente Estefanía murió en agosto de 1984, de pulmonía doble, en el hospital provincial de Madrid. A falta de otros posibles, dejó su nombre a su hijo Federico Lafuente Beorlegui, que sigue en el tajo. Las ediciones de sus obras han conocido suerte diversa, y a veces incierta, y ahora las está reimprimiendo la editorial Almuzara, conservando las portadas vigorosas y el precio asequible de a menos de seis euritos, oiga. Se vuelve a los tiros a duro, igual se vuelve a la permuta, y viendo como va el baile puede que se vuelva, y si no al tiempo, a la achicoria de Cuéllar y a la harina de almortas y cáscara de patata para que se hagan los pobres las gachas.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN EL CORREO EL 28 DE AGOSTO DE 2012

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