MARTÍN OLMOS MEDINA

El francotirador

In El Far West on 8 de noviembre de 2012 at 13:23

Tom Horn quiso representar la esencia del Oeste pero solo fue un matón de a seiscientos dólares la pieza

“Tom Horn nunca volvería a ser tan feliz como en los tiempos en los que, por un breve instante, fue apache”
JAVIER LUCINI.

Hubo un tiempo en el que América pareció infinita, como la misericordia de Dios. Siempre había una milla más al oeste y una tierra sin cercar, pero un día se gastó, como  se  gasta la noche del juerguista y la paciencia. Se gastó el país por el oeste porque se dio de bruces con el Pacífico y tuvo el centauro que dejar de vagar. Se acabaron los pastos libres y las manadas de búfalos que parecían islas pardas en mitad de la llanura, se acabó el piel roja y se asentó la civilización con su iglesia con campana y su censo para votar. De aquel tiempo de leyenda quedó el circo de Búfalo Bill y sus salvas de fogueo delante de la reina de Inglaterra y el feroz apache Gerónimo montándose en la noria de la Exposición de San Luis, con ochenta primaveras, las encías secas y cobrando dos dólares por cada fotografía firmada. A Tom Horn le gustaba decir que él era el último vestigio de aquella época, pero en realidad nació en 1860, cuando Etienne Lenoir ya había inventado el primer motor de combustión interna que iba a dejar, a la larga, al caballo en su corral. Horn pretendió personificar al hombre de la frontera, violento, solitario y puro, pero fue un asesino a jornal que acabó colgando de una soga por bravuconear chuleta en una tasca de Denver, por contar cuentos de macho cuando el sentido común mandaba callar. Los años le han ido poniendo simpático porque los anacronismos acaban cayendo bien, aunque sean voluntarios,  y nos gusta pensar en un mister Horn de piernas arqueadas y añoranza de montañas, incómodo en la ciudad como un niño en un camposanto. Tom Horn se hizo célebre por exagerar sus pocos méritos y por matar a distancia por oficio, el resto es el barniz que le ha ido concediendo el tiempo.

El vencedor de Gerónimo
En la granja de los Horn, en Menphis, se leía la Biblia antes de cenar y se combatía la pereza a tundas de cinturón. Tom pensó que había horizonte más allá de Dios y la correa y se escapó de casa a los quince años para abrirse camino en las obras del ferrocarril. Clavando rieles se hizo hombre para alistarse en el ejército y se hizo explorador en las patrullas del legendario Al Sieber, formadas por apaches hualapai a sueldo blanco que perseguían al renegado  Gerónimo por las montañas de la Sierra Madre. Horn aprendió el español musical de los mejicanos, el zuñí de los indios pueblo y el dialecto atapasco de los apaches chiricahua, aprendió a seguir las pistas de los mocasines y a peinarle la raya a una mosca en pleno vuelo con un rifle del cuarenta y cuatro. El resto de su educación la adquirió en la viril taberna en donde los machos ejercían la hombría sin resquicio. Estuvo presente en el Cañón de los Esqueletos en 1886, cuando Gerónimo se rindió definitivamente ante el general Nelson Miles, pero no destacó sobre los demás intérpretes que tradujeron los términos de la capitulación y, sin embargo, con el tiempo se dedicó a exagerar tanto su participación que parecía que él solito había subyugado a toda la nación apache. Cuando dejó la milicia se hizo desbravador de potros y en 1891 ganó el concurso de rodeo de Phoenix, en Arizona, domando un mesteño de tres años. Le prendieron una guirnalda blanca, azul y roja en el tirante de las chaparreras y le invitaron a un trago de saltatapias. Se lo bebió y contó mentiras de mataindios. Le dieron un cigarro de Savannah y palmadas en el lomo y le agradó el abrigo que le concedía el que otros supieran su nombre. Sin embargo entendió que el rancho ajeno rendía poca ganancia y saludos en los riñones y pensó que era oficio de más relajamiento el de cazador de hombres a distancia.

Seiscientos por cabeza
Para tumbar a un cristiano de un tiro a doscientos metros hace falta buena puntería, paciencia y no darle muchas vueltas al principio caballeroso de la buena lid. Tom Horn tenía buen tino, tiempo libre y cierta laxitud moral. Entre 1890 y 1893 prestó sus servicios como francotirador para la Agencia de Detectives Pinkerton, una institución a sueldo de los magnates del ferrocarril, de los barones del ganado y de la incipiente aristocracia industrial. Durante esos tres años Horn mató a diecisiete hombres y a ninguno en pelea limpia. Su método era la emboscada traicionera y la espera y una vez hecho el tajo les ponía a sus víctimas dos piedras debajo de la nuca para firmar el recado y cobrarlo. Prefería el rifle Winchester del cuarenta y cuatro sobre el más preciso Sharps, que le decían el Cuarto de Milla porque se usaba a distancias de 400 metros, por la razón de que le resultaba más económica la munición, y raramente llevaba revólver de mano. Le gustaba alardear sus muertes cuando se entrompaba en los bebederos y alimentaba su imagen de jinete solitario medio hermano de los indios apaches. Cuando estalló la guerra contra España en el 98 se quiso alistar en el regimiento de los Rough Riders (los Rudos Jinetes) de Theodore Roosevelt, un cuerpo de voluntarios de caballería formado por atletas de las universidades del este, vaqueros de rodeo y jugadores de polo. Horn hablaba español pero había menos caballos que voluntarios y le encargaron del cuidado de una reata de mulas de carga. Siempre parecía quedarse un escalón por debajo de la leyenda que pretendía encarnar, pero igual daba si la contaba convenientemente y con tres copas decía que había estado en la batalla de la Colina de San Juan y que había tenido un número propio en el circo de Búfalo Bill. El siglo XX le pescó en Wyoming, trabajando de ejecutor para la Asociación de Ganaderos, que le pagaba 600 dólares por cada cuatrero muerto. Como matón de oficio era eficaz, salvo por su costumbre de airear sus chismes cuando se emborrachaba, y llegó un momento en el que incluso sus patrones pensaron que tenía la boca demasiado grande para una labor que se maneja mejor en el oscuro. Cuando en 1901 mataron a un muchacho de catorce años llamado Willie Nickel de un tiro de rifle a quinientos metros los propios valedores de Horn entendieron que las hostilidades estaban yendo demasiado lejos. Puede que el chico robase una vaca y puede que no, y puede que Horn no tuviera nada que ver con el asunto, o puede que sí, pero tenía su nombre dentro del sombrero y le detuvieron por asesinato. Para variar, había estado largando en una cantina de Denver, soltando su repertorio de hazañas tremendas, y el detective Joe Lefors le había sacado un testimonio lo suficientemente ambiguo para cargarle el mochuelo cuando ya estaba borracho como una cuba. En el juicio no se presentaron pruebas concluyentes pero le condenaron a la horca igualmente. Le colgaron en Cheyenne en 1903 y hasta su ejecución fue un testimonio de que los tiempos habían cambiado. No le subieron a un penco, lo arrearon y le dejaron bailando bajo un álamo sino que le ahorcaron en el Patíbulo de Julian, un artilugio inventado por el arquitecto James P. Julian que hacía que el peso del reo vaciase un barril de agua cuyo tapón estaba conectado a la viga de la trampilla del cadalso de tal forma que el condenado se ahogaba a sí mismo. Como si les diese vergüenza matarlo a la manera de los viejos tiempos, con un párrafo de la Biblia y las botas calzadas.

MARTÍN OLMOS

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