MARTÍN OLMOS MEDINA

Peleas con metáfora

In Las doce cuerdas on 15 de noviembre de 2012 at 13:50

Durante la Guerra Civil Española estuvo a punto de celebrarese un combate entre Paulino Uzcudun, el campeón de Franco, contra Isidoro Gastañaga, un boxeador exiliado, republicano y golfo

“El deporte es una escenificación de la guerra”
FRANCISCO UMBRAL.

De hombres es el brandy Soberano, abrazar como dogma de fe que los que bailan bien son maricas y la devoción por los deportes de contacto. Y en el deporte en el que más se contacta, por el propio imperativo de su naturaleza, es el boxeo entre dos caballeros de un gramaje similar que, como los machos de antes, no le tienen una especial estima a la regularidad de sus facciones y las exponen entre doce cuerdas para que se las estropeen. El boxeo tiene el aire canallesco del humo de los purazos y el cortejo de la mafia, y a las veladas no se lleva a la legítima  sino a la amiguita, y si es posible vestida de rojo, para que se la envidien a uno. En el rito social del espectáculo del boxeo no quedan mal los trajes chillones ni las corbatas de fantasía, ni los escotes de balcón, y se propende a la relajación de la conducta, que desemboca en escupir en los pasillos por un lado de la boca, en la pronunciación diáfana de la viril blasfemia y en dejar caer al suelo las cáscaras del maní, como en el circo. El boxeo gusta a los tíos que fuman negro y se soplan el whisky sin bautizar, gustó a Hemingway y a Conan Doyle, a Jack London, a Norman Mailer y a Buñuel. Le gustaba al sheriff Wyatt Earp, que ofició de arbitro de combates pugilistas, aunque él prefería pelear a más distancia. Sin embargo, también le gustó a Lord Byron, que lucía bucles ondulados y se disfrazaba de albanés.

Peleas simbólicas
El box nació granujiento en riñas de campas entre los campeones de cada mina que se zurraban hasta la extenuación hasta que John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry, lo reglamentó en 1867 para diferenciarlo de las grescas tabernarias. Al marqués de Queensberry le pregonaron en el club porque le salió un hijo zurdo que se hizo novio de Oscar Wilde. Las doce reglas del marqués condujeron a la profesionalidad del boxeo, que se llamó el deporte de los caballeros, hasta que con el tiempo fue colonizado por los negrazos de pedernal y por la mafia siciliana. El tongo se aparejó al boxeo como las pulgas a los perros flacos y los promotores ventajistas le sacaron la tajada, como se la hubiesen sacado a la petanca, es un decir, si en el pronóstico de su resultado se hubiesen puesto parneses. Sin embargo el boxeo guardó su dimensión mítica porque recuerda a las justas medievales en las que un campeón de cada rey decidía en un torneo el resultado de la batalla. En ocasiones se han celebrado combates en los que cada púgil representaba simbólicamente una manera de entender la vida, una idea política o la supremacía de una raza. En 1910, Jim Jeffries tuvo que salir de su retiro para devolver al hombre blanco su orgullo y pelear contra el campeón de ébano Jack Johnson, el negrazo chulo que se puso dientes de oro y perpetraba con arrogancia el garbeo del brazo de la mujer rubia, y en 1938 se escenificó la lucha entre la democracia y la superioridad aria en el combate entre Joe Louis y el campeón nazi Max Schmeling, el Ulano del Rhin. Schmeling se dejó dos costillas en la pelea, pero Hitler nunca le perdonó su derrota ante un negro de la selva y dejó de fotografiarse con él. En realidad, Schmeling nunca se afilió al partido y se mantuvo fiel a su manager Joe Jacobs, que era judío, y después de la guerra fue la imagen de la Coca Cola en Alemania. Más adelante, las victorias de Muhammad Ali eran las de la Nación del Islam, las de los Panteras Negras y las de Malcom X, mientras que en el boxeo de Foreman querían ver al Tío Tom, al negro manso que recogía algodón para el señor Rhett Butler mientras cantaba espirituales con voz grave y mucho sentimiento.

El toro y el martillo
Durante la Guerra Civil Española, el gobierno rebelde de Burgos y el leal de Madrid acariciaron la idea de celebrar un combate entre dos campeones que  representasen a cada bando, que eran los vascos Uzcudun y Gastañaga, ambos guipuzcoanos, uno el Toro de Régil  y el otro el Martillo Pilón de Ibarra. Cuando tenía nueve años, Paulino Uzcudun le dio un repaso a un chaval de doce en la plaza de su pueblo y con veinte tumbaba robles a hachazos y tenía que dar ventajas en las apuestas rurales de cortar troncos. Hizo la mili en San Sebastián y se interesó por la lucha grecorromana, pero el promotor Justo Oyarzábal le convenció para que se calzase los guantes de cuero y le hizo debutar en París en 1923, donde tumbó al campeón ruso Touroff en el tercer asalto. Al año siguiente se proclamó campeón de España de los pesos pesados al vencer a José Teixidor y en 1926 consiguió el título de Europa ganando a los puntos al italiano Erminio Spalla. Uzcudun peleó en el Madison Square Garden y una vez cenó con Al Capone en su mansión de verano de Miami, que tenía las ventanas a prueba de balas. Encontró al gangster simpatiquísimo, a pesar de que guardaba cadáveres debajo de la alfombra. Combatió contra Max Baer, contra Max Schmeling y contra el Gigante Asesino Primo Carnera en Roma, delante de Benito Mussolini. Isidoro Gastañaga era siete años más joven que Uzcudun, y como él, aprendió el box en las cuadras de Francia, pero decidió librar su carrera irregular en América. Era pegador y guapo y en Nueva York le llamaron el Bello Izzy, peleó contra Primo Carnera y en 1934 estuvo a punto de medirse contra Joe Louis en La Habana, pero el promotor Mike Jacobs pensó que el Martillo de Ibarra era demasiado peligroso para el Bombardero de Detroit. El Bello Izzy era farrista y mujereador, le gustaba beber en el buchinche, invitar las rondas y liarse con las costillas de sus promotores, le gustaba bailar el tango hasta el amanecer y las camorras de quilombo, que huelen a perfume francés. Ostentaba cartel de republicano, pero cuando estalló la guerra no quiso regresar a España porque, con notable criterio, decía que en las guerras se corría el riesgo de palmar. De Uzcudun, en cambio, decía César Ruano que profesaba tres devociones, que eran el frontón, el hacha y la iglesia católica. Durante la guerra abrazó la causa nacional y participó en una operación de comandos que intentó liberar a José Antonio Primo de Rivera de la prisión de Alicante. En la República se decía que se entrenaba golpeando un saco lleno de huesos de fusilados y, más adelante, Umbral corrió el rumor de que mataba a los prisioneros rojos a puñetazos.  Un promotor alemán propuso enfrentar a los dos boxeadores en un combate que concediese una tarde de tregua a la guerra, Gastañaga representaría a la República y Uzcudun al bando nacional. Se habló con ambos y les  llegaron a coser sendos calzones, a uno con los tres colores leales y al otro con los dos de la bandera nacional. El Bello Izzy declinó el frente y prefirió quedarse en los burdeles de Buenos Aires y Uzcudun, dijeron, durmió tranquilo porque temía la derecha demoledora de su paisano.

Uzcudun murió con casi noventa años en Madrid, con la cara rota de las viejas glorias, y al final sus recuerdos le abandonaron y no sabía quién fue. Al Bello Izzy le apioló a tiros un marido al que coronó a la salida de un burdel de La Quiaca, en la frontera entre Argentina y Bolivia, en 1944. Andaba tomando y de zambra,  tenía treinta y siete años de romerías, azumbres de roncito de caña y el millar de hembras tumbadas.

MARTÍN OLMOS

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