MARTÍN OLMOS MEDINA

La samba de María Bonita

In Bandidos on 22 de noviembre de 2012 at 13:24

Lampiao repartía fotos firmadas y tenía un rifle bendito, para unos fue un bandolero y para otros un rebelde campesino

“Tras las gafas de Lampiao se esconde un pensador. Sus bastas sandalias pisan una tierra sagrada”.
RUBÉN BRAGA.

De lindes de mala traza se llenan los camposantos. Un palmo de campa arriba o abajo no le da igual al rústico y saca la lobera del doce y cuadra la huerta a tiros. En el urbano se mata por parné y en el agrario por pleitos viejos en los que generalmente hay una linde mal escrita, un pasto sobre el que no hay acuerdo,  la tierra casi siempre, sin escrituras de notario, que decía Emiliano Zapata que es para quien la trabaja. Al padre de Virgulino Ferreira da Silva le mató un vecino por un cochino palmo de sertón, que viene de desiertón, y es tierra del nordeste brasileiro en la que apenas crece el árbol del marañón. Allá brotan los arbustos de la caatinga, que son raquíticos y pinchudos, pero es tierra, o terronazo reseco, y exige su abono de sangre. El pleito venía de lejos por la colocación de una cerca, disputaban José Ferreira, el padre de Virgulino, y su vecino Zé Saturnino, que era protegido de la familia Nogueira. Virgulino tenía quince años, antiparras de miope y carita de sacristán, pero era buen domador de burros y participó en la riña matando a un jornalero de los Nogueira por una discusión sobre la propiedad de unos cencerros de vaca. Cencerrones de cobre vil y badajo de palo, no gran cosa para que acabe un cristiano cosido a puñaladas. En aquella tierra nordestina del brasileiro no regía la ley del litoral, que quedaba lejos, y mandaban los fazendeiros, los hacendados que escribían las reglas con paternalismo o con mano dura, según las complicaciones, y pagaban ejércitos privados de escopeteros para amansar a los que les crecían las ganas de protestar. Los Nogueira tenían a sueldo a la banda de José Lucena, que les arreglaba los litigios para los que ya se habían gastado las palabras, y en octubre de 1917 mataron a José Ferreira en una vuelta del camino, cerca de un sendero que decían la Rua de Mata Grande. Persiguieron después a su estirpe y Virgulino y sus ocho hermanos se echaron a la quebrada para huirle a la venganza. Virgulino se gastó las últimas platas en la ciudad de Sâo Francisco en una daga larga y en un rifle de repetición, se cruzó al pecho un escapulario de balas doradas y subió a la Serra Vermelha para hacerse  bandido cangaçeiro, que era el camino del fugitivo que no tenía  la protección de un coronel.

Os cangaçeiros
La canga o el cangazo es la yunta de los bueyes que les esclaviza al arado y les decían cangaçeiros a los bandidos norteños porque llevaban la ristra de balas colgadas del cuello y cruzadas al pecho, como una yugada. Los forajidos del cangaço solían ser campesinaje que había perdido la tierra en algún reajuste entre coroneles, hombres que se sintieron maltratados y se echaron a la mata para vivir según su ley y  matar el hambre. Asaltaban aldeas entrando a saqueo y pedían tributo a los fazendeiros, y a los que no pagaban les daban la extremaunción clavándoles entre el cuello y la clavícula su largo puñal, que le decían la peixeira porque era en origen un cuchillo pescadero. A veces cumplían mandados de sicarios si la paga era buena y trabajaban para un patrón y sus relaciones con el pueblo bailaban con la irregularidad de las circunstancias. Si los aldeanos les abrigaban de fuego y rancho, les repartían la limosna y les hacían una fiesta de samba, y si, al contrario, les recibían con renuencia o adivinaban una traición, pasaban a machete a los hombres y violaban a las hembras sin observar miramiento. La primera banda grande de cangaçeiros fue la de Antonio Silvino, pernambucano que acabó preso en Recife, y bandidos célebres fueron Adolfo Meia-Noite, Jesuíno Brilhante, que murió en combate con la policía, el Dioguinho Rocha Figueira y Lucas da Feira, de Bahía, que entregó su alma en la horca. Los cangaçeiros no bailaban la macumba de los negros (que venía de la religión umbanda que llevaron al Brasil los esclavos africanos), porque eran devotos de Jesucristo y les gustaba llevar sus rifles bendecidos por los santones que predicaban en el sertón la palabra de Dios sin el consentimiento de la iglesia; aquel fue un país de orates. El bandido del cangaço era también su vestido y se adornaba con medallas de la virgen, insignias robadas de pechos militares, trabajos de cuentas y monedas de plata, guarnicionería de piel curtida, anillos en los dedos y jaeces de quincalla. Se vestían de locos los bandidos del cangaço, con sus rifles benditos y sus galas chamarileras.

La lámpara
Vigulino Ferreira era flojo de carne y gafudo, carecía de planta de audaz pero vivió violentamente por el plomo y el puñal. Recién escapado del clan de los Nogueira se unió a la banda de Sinho Pereira e hizo que su rifle se lo bendijera el padre Cicerón, el Mesías de Juazeiro, un santón loco que llamaba a los campesinos a no pagar los impuestos y predicaba el milenarismo. Pronto formó su propio grupo y se hizo llamar Lampiao, que quiere decir lámpara y hacía referencia a los fogonazos de su rifle que iluminaban el sertón. Lampiao se atavió con los realces cangaçeiros y adornó su sombrero con seis estrellas de Salomón y dos medallones de oro con la inscripción “Que el Señor te guíe”. De su mauser del ejército, modelo 1908, colgó una bandolera con siete coronas de plata de acuñación imperial y al mango de su peixeira de rebanar le incrustó tres anillos de oro puro. Se anudó al cuello un pañuelo de seda roja bordada, se colgó dos alforjas de viajero recamadas con finura y se cosió en la bocamanga inmerecidos galones de capitán. Lampiao fue el rey del monte seco durante casi veinte años y participó en más de doscientos combates a muerte con los regimientos volantes de la policía del estado, recordaba haber matado a un sargento en Pernambuco y a tres oficiales en Paraíba pero tenía perdida la cuenta de los civiles que tumbó su rifle bendito. Fue herido en cuatro ocasiones, dos de ellas de gravedad, y con el tiempo fue adquiriendo una conciencia mesiánica que le hacía creer que su puntería acertaba si Dios quería y si no quería, marraba. Introdujo en el cangaço la tradición de la música y la compañía de las mujeres. Lampiao tocaba el acordeón de ocho bajos y la guitarra, bailaba la danza del xaxado, que imita el rasgueo de la sandalia contra la roca,  y en honor a su abuela, que le decían la Tía Jacosa, compuso la canción “Mulher rendeira”, que convirtió en himno de batalla. Sus hombres la cantaron cuando tomaron en 1922 la ciudad de Mossoró, en el Río Grande del Norte. En 1930 se subió a las quebradas a su mujer María Déa, que le decían la María Bonita, y permitió que a sus hombres les acompañasen sus esposas, que adoptaron los usos cangaçeiros y el fusil, llevaron a los campamentos máquinas de coser Singer para bordar cruces de Sâo Jorge en las cananas de las balas y obligaron a sus maridos a combatir la falta de agua con perjúmenes de la Francia que robaban de las haciendas. Lampiao prohibió la profanación de lugares sagrados y la violación de mujeres y adquirió tanta fama que se hizo fotografiar por Eronildes Carvalho y repartía copias autografiadas del retrato en las aldeas que conquistaba. En 1938 un campesino le vendió por unas monedas de oro, que no se sabe si fueron doce, y el teniente Joao Bezerra le sorprendió en una cueva de una sola entrada en el Porto da Folha. Una partida de la policía pernambucana de Nazaré mató al cristo del sertón, a María Bonita y a nueve cangaçeiros que les acompañaban a tiros de ametralladora. María se estaba peinando, los hombres del regimiento destrozaron la cara de Lampiao a golpes de culatón. Después les cortaron las cabezas y las expusieron formando un bodegón, con sus galas bandoleras, en la plaza de Maceió, para que se creyesen sus muertes los paisanos. Las cabezas legendarias se han ido pudriendo poco a poco en el Instituto Criminológico Nina Rodrigues, de Salvador de Bahía, metidas dentro de frascos de queroseno.

MARTÍN OLMOS

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