MARTÍN OLMOS MEDINA

El bandido Tragabuches

In Bandidos on 30 de noviembre de 2012 at 10:51

El gitano José Ulloa fue mataor de toros y de jembras torcías y un mal amor le llevó a bandolear la sierra

TRAGABUCHES by martin olmos

“Por los alcores del Viso/ siete bandoleros bajan./ Tragabuches, Juan Repiso/ Satanás y Mala Facha/ José Cándido, el Cencerro/ y el capitán Luis de Vargas.”
FERNANDO VILLALÓN

Mediando una apuesta de las que se cruzan cuando se han bajado los dos o tres pellejos de pitarra, un paisano de Arcos de la Frontera perdió una bolsa de reales por menospreciar el estómago de un gitano, que, como todo el mundo sabe, lo diseñó Dios sin costuras. Del que palmó no ha quedado el nombre, ni si le hizo gracia perder (que es de suponer que ni pizca), el gitano era el maestro Ulloa, chalán de caballerías y padre del futuro bandolero, que se embolsó la plata por merendarse la cría de un asno en adobo,  desde la crin del rabo hasta el hocico, arreos a parte, mojándolo con un azumbre de vino de pelea.  Además de los parneses, aquella tarde de hazaña, el gitano Ulloa se ganó también el nombre de Tragabuches, porque en las riberas del Guadalete le dicen buche al pollino, y el apodo se quedó en la familia y lo heredó, a falta de otros posibles, su hijo José, que nació en 1781. No se sabe si heredó también el apetito vigoroso del padre (no se le conoció  ninguna gesta de Pantagruel y parece que gastó el tragar decente pero no ciclópeo) pero si la responsabilidad de llevar el apellido Ulloa con decoro porque era de castellano nuevo –el original paterno era Balcázar-  y la familia lo había abrazado cuando el niño tenía tres años al acogerse a la Pragmática promulgada por Carlos III en 1783  que permitía a los gitanos elegir un nombre y ser ciudadanos de derecho a condición de renunciar al idioma caló, a la vida nómada de oso y carretera y a decir la buenaventura en los recodos de los jardines moros, es decir, a condición de renunciar a ser gitanos. En cualquier caso nació José zaíno y ojinegro, y con el alias ganado,  en Arcos, en la provincia de Cádiz, pero le hicieron la crianza en Ronda, en donde le apadrinó Bartolomé Romero, de la estirpe de los toreros rondeños que había fundado don Francisco Romero y Acevedo, inventor de la lidia a pie. Viendo el hombre que al muchacho le iba más el albero y la chaquetilla de alamares que el catón y las cuentas le metió en la escuela de tauromaquia de la Real Maestranza de Caballería y le recomendó al maestro Pedro Romero, que le enseñó un toreo severo y formal, sin jolgorios para el tendido, un toreo de faenar con seriedad y calma. A los veinte años empezó de banderillero en la cuadrilla de Gaspar Romero y en seguida llegó a sobresaliente y a ganar duros con el arte, y en 1802 tomó la alternativa en la plaza de Salamanca. Ya de matador se hizo gitano pinturero, invitador de mesón y aficionado al cigarro colonial y a las chaquetillas con adornos de barbotina y caireles y se amancebó con María “La Nena”, la hembra más guapa de Ronda, que además era flamenca y cantaora. A José no le faltaban los duros para convidar porque los que no ganaba en la plaza los conseguía en el contrabando de paños de Gibraltar que La Nena chalaneaba con las comadres. La vida le iba rodada al gitano Tragabuches, con tardes de claveles en la arena y noches de guitarra y venencia en el bodegón,  pero la fortuna, que decide el porvenir de los hombres, juega con naipes sin marcar y lo mismo levanta un rey de oros que el as de palos y a José Ulloa le salió la yegua tropezona, la mujer puta y la navaja madrugadora, y con esa timba se tuvo que quitar de la mesa y coger el monte bandolero. Los rasgaos de la guitarra cantan, en las noches de fogata, por jornadas que amanecieron torcidas y pusieron a hombres buenos a la merced del camino.

El día que al Tragabuches le cambió la suerte se despertó pintando de gloria, era primavera de 1814 y Ulloa tenía contrato para torear un mano a mano con su compadre Pachón en una de las tres corridas que se iban a celebrar en Málaga para festejar el regreso a España del rey Fernando VII. A la buena mañana ensilló su yegua, que era castaña parveña, se cruzó al hombro la manta serrana y cinchó en la alforja los trastos de matar, se calzó calañés y polaina de becerro y salió de Ronda con la rienda larga para rendir más rápido el viaje. Cabalgadas dos leguas la montura se encabritó y se puso de manos y el jinete dio con el lomo en el TRAGABUCHES GRABADOcamino y se mancó el brazo izquierdo. A duras penas subió de nuevo a la silla y se le quitaron las ganas de torear, volvió grupas y regresó a Ronda. Se sabe por San Pablo que caerse de un caballo cambia la idiosincrasia, pero llegar a casa antes de tiempo y sin avisar acarrea consecuencias imprevisibles y es más conveniente anunciarle a la parienta que se llega antes para que el barragán se escape por la ventana y que todos duerman  tranquilos. El Tragabuches entró en su casa sin llamar, iba buscando consuelo y se encontró a la Nena nerviosa, la cama revuelta y al sacristán escondido. Dentro de una tinaja en la que guardaban el agua de beber se ocultaba el acólito de la parroquia, un chaval que le decían Pepe el Listillo, que hacía los oficios de la misa, el honor al apellido y confesiones a domicilio, a lo que parece. Ulloa le sacó del flequillo, con el calzón a medio poner,  y le rebanó la corbata con una navaja de cachicuerna y hoja de rejón. Después, con el brazo bueno, tiró a María la Nena por el balcón y la mujer murió en el acto al abrirse la cabeza contra el empedrado de la calle. Cogió el gitano pan duro y tasajo, para el viaje, dos escopetas de cazar y una camisa limpia y bajó a ordenar la ropa del cadáver de su mujer para que el vecindario no le viese los cueros, le besó la frente fría y se echó a la sierra, a robar, para que no le diesen horca.

Los Siete Niños de Écija no eran siete, que a veces fueron el medio centenar, solo cuatro eran de Écija y no eran niños porque ya tallaban ropa de hombre, empezaron de guerrilleros contra el francés y derivaron en el bandolerismo de camino. Desde 1812 hasta 1818 dominaron la carretera entre Córdoba y Sevilla y eran generosos de pólvora y escarmiento de puñal, dejaban muertos en la vereda y no se paraban en chicas. Su primer capitán con cartel fue Pablo Aroca el Ojitos y el Tragabuches se juntó a su cuadrilla recién subido a la sierra. El gitano sabía sacarle los quejidos a la guitarra y dicen que cantaba en la cueva una copla que decía: “Una mujer fue la causa/ de mi perdición primera./ No hay ningún mal de los hombres/ que de mujeres no venga.” Los escopeteros del rey acabaron con la cuadrilla en 1818 y los que quedaron con vida aseguraron que el gitano Tragabuches era el más sanguinario de la banda, y sin embargo, nunca fue detenido y su rastro se perdió con el viento de la sierra. Su entrada en “Los Toros” de Cossío la escribió Miguel Hernández pero su final, por misterioso, se puede novelar con desparpajo  e inventarle una huída a Las Indias, una mujer en Portugal o una muerte, de tantas, en una riña de mesón, una noche de vinazo y zapateado.

MARTÍN OLMOS

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