MARTÍN OLMOS MEDINA

El hijo del héroe

In Vilezas on 30 de noviembre de 2012 at 10:42

Aún se sigue cuestionando la culpabilidad de Bruno Hauptmann en el secuestro y asesinato del hijo del aviador Charles Lindbergh

LINDBERGH BY MARTIN OLMOS

“La acusación contra Bruno Hauptmann se ha excedido, no creo que en esta cacería el zorro haya tenido demasiadas oportunidades”
FORD MADOX FORD.

Una sociedad civil razonablemente saludable puede permitirse la exoneración de un culpable, pero jamás la condena de un inocente, y si esto ocurre puede salir al ágora y rasgarse las vestiduras o enterrar al muerto de noche con la mayor cantidad de tierra que pueda encontrar, silbar una melodía casual y mirar para otro lado. Para esas cosas inventó Dios la cal viva. El pueblo norteamericano está orgulloso de sus doscientos años de democracia sin interrupción de tiranos y está orgulloso de sus héroes victoriosos. Al pueblo norteamericano, como a todos los pueblos, hay que darle un poco de pan y un poco de circo para que no se eche a la calle a tomar la Bastilla, y hay que darle de vez en cuando a un tipo al que ahorcar en mitad de la plaza pública para que se vuelva a su casa con sus apetencias de venganza cumplidas y con la idea disparatada de que existe un concepto de justicia. Los héroes victoriosos son cada uno de su madre y algunos tienen pinta de fanáticos rubios y acaban encontrando simpático a Hitler; los hombres a los que cuelgan en la mitad de la plaza pública tienen todos la misma cara de susto. No quieren estar allí, dicen que son inocentes y no se aburren. Decía John Donne que nadie se aburre en el carro que le conduce al cadalso.

Ícaro en París
El héroe americano de 1927 fue Charles Lindbergh, el primer piloto que cruzó en solitario el Atlántico en un vuelo sin escalas. A Lindbergh le llamaban el Flaco, su familia tenía el pretérito en Suecia y su padre fue congresista y poco partidario de que los Estados Unidos entraran en la Primera Guerra Mundial. Pensaba que las pulgas que se rascaban los franchutes tenían pocas posibilidades de picar a los neoyorquinos. Su hijo le demostró que París solo quedaba a día y medio de Long Island, pero no lo hizo con el sentimiento altruista de los que buscan un camino más corto, sino por un premio de 25.000 machacantes que ofreció un empresario hostelero al primer piloto que culminase un vuelo trasatlántico sin escalas. Linbergh despegó el 20 de mayo de 1927 del aeródromo Roosevelt de Nueva York a bordo del “Espíritu de San Luis”, un monoplano de un solo motor Ryan modificado, y aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, en París, treinta y tres horas y media después. Un millón de los franceses cuya suerte preocupaba tanto a su padre le aclamaron como si hubiesen visto a Napoleón regresar de Egipto. Le invitaron a champán y las BRUNO HAUPTMANNmademoiselles quisieron que se lo bebiera en sus zapatos. El país que había construido su épica sobre los hombres que viajaron hacia el oeste le recibió como al héroe que había hecho el camino de vuelta y Lindbergh tenía un buen traje para la faena: los ojos le hacían juego con el color del cielo que rindió. Le llevaron a Washington con una escolta de acorazados y aviones de combate y el presidente Calvin Coolidge le prendió la Cruz de Vuelo y la Medalla de Honor del Congreso. Le pusieron su cara a un sello de correos, se ligó a la hija del embajador americano en México y le dieron un empleo en la Panamerican. Era agradable ser un ángel rubio y  bailar con la buena suerte canciones de agarrar. Cinco años después Lindbergh se iba a enterar de que las feas también bailan, solo que con menos gracia.

Billetes marcados
La noche del 1 de marzo de 1932 secuestraron a su hijo Charles Junior, de dieciocho meses,  llevándoselo de la habitación donde dormía, a la que accedieron trepando por una escalera artesanal. Al héroe le dejaron la desesperación y una nota en la que le pedían 50.000 dólares a cambio del chaval y la recomendación de no avisar a la pasma. Cinco minutos después, sin embargo, el asunto se hizo carnaval y compareció la bofia, un escuadrón de abogados, la prensa y los que fueron a chismorrear. Pisaron los parterres de rosas, tiraron los pitillos en el jardín y dejaron la escena del crimen como una campa después de un partido. Lindbergh pagó el rescate con billetes marcados por el Departamento del Tesoro pero no le devolvieron a su hijo. El 12 de mayo un camionero negro que buscaba un árbol para solventar un alivio encontró el cuerpo del niño tirado en un matorral. Tenía la cabeza rota y las alimañas se habían comido sus brazos. Ni siquiera su pediatra se vio capaz de jurar que era Charles Junior. Los malos mataron al hijo del héroe y América lloró. Exigió su cuota de resarcimiento. Dos años después, un desgraciado llamado Bruno Hauptmann pagó medio galón de gasolina con un billete cuyo número de  serie coincidía con la remesa que se usó en el rescate. La poli visitó su garaje y encontró 15.000 dólares marcados. Hauptmann gastaba un buen traje para digerir mochuelos; era alemán de Sajonia, del pago del Káiser, había entrado en el país sin tocar a la puerta, de polizón en un carguero, y tenía antecedentes por chorizo. Los polis que le interrogaron le metieron en una habitación sin ventanas, mandaron a casa a las mecanógrafas y asumieron que a sus parientas les iba a llevar un rato sacar las manchas de los puños de sus camisas. Hauptmann pasó una tarde larga y hubiese firmado que fue el tipo que se dejó el grifo abierto la mañana que empezó el Diluvio. Los países que se creen bendecidos por Dios se inclinan a cargar los crímenes execrables a los tipos que vinieron de fuera. El fiscal David Wilentz dijo que Hauptmann era “la serpiente más asquerosa que haya reptado sobre la tierra”. Le sentaron en la silla eléctrica de la prisión de Nueva Jersey, que la decían la Vieja Humeante los que la tenían confianza, y le frieron la sesera.

A Lindbergh y a su mujer les invitaron a la barbacoa pero declinaron el convite y se marcharon a Europa. El pueblo tuvo su monstruo cosido para la ocasión y el gobierno promulgó la Ley Lindbergh, que tipificaba el secuestro como delito federal. A Lindbergh le reservaron un palco en las Olimpiadas de Berlín y el mariscal Hermann Göring le impuso la Cruz de Servicio del Águila Alemana. Cuando regresó a su país en 1939 recomendó al presidente Roosevelt que no le buscase las cosquillas a Hitler y se declaró partidario de la eugenesia y de los partos selectivos. No le volvían loco los judíos y consideraba a los pilotos de la Luftwaffe caballeros teutones descendientes del Barón Rojo. Los paisanos empezaron a encontrar demasiado rubio al ángel rubio. Los héroes no son perfectos y al director del F.B.I., J. Edgar Hoover, tampoco le pareció perfecto el procedimiento contra Bruno Hauptmann. A parte de su confesión expresada con los dientes rotos no se encontraron evidencias notables de su culpabilidad. Entre la prensa sensacionalista y los testigos incentivados construyeron un villano para la función, que además era un sucio boche de Sajonia con referencias de chorizo. A nadie le importó su suerte y quedó bien en el patíbulo, dejando que asaran su cabeza a la parrilla para que todos se fueran a dormir tranquilos. Su última cena fue pollo con papas y pastel de cerezas, sus últimas palabras que era inocente y su última acción en este mundo fue descargar su digestión cuando los voltios de la Vieja Humeante le aflojaron los intestinos. Depende del humor con el que se levante puede usted leerlo como una metáfora.

MARTÍN OLMOS

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