MARTÍN OLMOS MEDINA

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La Pupila de la Aurora

In Espías y traidores on 8 de noviembre de 2012 at 13:10

Mata-Hari dijo al tribunal que la juzgaba: “He sido una cortesana, pero no una espía de Alemania”

“Mata-Hari apenas bailaba pero sabía desvestirse progresivamente moviendo un cuerpo largo y orgulloso”
SIDONIE GABRIELLE COLETTE.

Como la Mata-Hari no sabía bailar enseñaba el género y movía el cuero exuberante para el alborozo de los concurrentes, que después se iban a casa a hacer la comparación. Generalmente las legítimas salían perdiendo y los concurrentes le dejaban al hijo sin Reyes para regalarle diamantes de presumir a la Mata-Hari, que como no sabía bailar, enseñaba el género y movía el asiento, que lo tenía cobrizo como el fondo de una olla y terso como la piel de un tambor. La Mata-Hari observaba el lecho acomodaticio y la biografía variable, como el tiempo en primavera, y cuando se le gastaba una vida, se inventaba otra sin calibrar si tenía talento para llevarla a cabo. Dejó fama de danzarina y de espía de dos barajas pero tenía dos pies izquierdos, Sergei Diáguilev no le admitió en el ballet ruso, Richard Strauss le negó un papel en el estreno de su ópera “Salomé” y a la hora de averiguar secretos no pasó de recoger algún cotilleo de cuartel que se le escapó a un oficial con el pitillo de después del consuelo, que es propenso al desahogo. A Mata-Hari la fusilaron los franceses porque había que fusilar a alguien para mantener la moral alta y lo que mataron fue a una profesional solvente del oficio horizontal, a una ramera babilónica que trabajó las sábanas de seda porque no raspan y son más rentables que tumbarse a la marinería por tres chavos, una copa de ajenjo y un cuento de la mar. Mata-Hari ni siquiera se llamaba Mata-Hari y se llamaba Gertrudis.

La esposa
Margarita Gertrudis Zelle nació el 7 de agosto de 1876 en Leeuwarden, en la provincia holandesa que contribuyó al mundo con las vacas frisonas. Su padre era sombrerero, con lo que aprendió a calcular la circunferencia del talento de los demás pero, en cambio, estimó el tamaño del suyo por lo alto y se arruinó especulando en negocios fantasiosos. Margarita Gertrudis creció amulatada de piel, huérfana de madre e intuyó su belleza cuando tenía quince años y el director de la Escuela de Lyden, el señor Wibrandus Haanstra, se arrodilló a sus pies suplicándole que se quedase un rato más en clase, a repasar los deberes. A los dieciocho años tenía sueños de grandeza e inclinación hacia los uniformes, y empezó un noviazgo epistolar con el  capitán Rudolf  McLeod, un oficial que le doblaba la edad y estaba destinado en las Indias Orientales. McLeod la preñó y tuvieron que casarse por la presurosa, pasaron la luna de miel tomando los baños en Wiesbaden y al año se trasladaron a la isla de Java, donde el capitán fue ascendido a comandante y asumió el mando de la guarnición de Malang. La pobre Gertrudis había soñado un trópico de esposa colonial y lujo asiático y recibió vara de teca en el lomo, que le administraba su marido, que además le salió borrachuzo y putero. Ambos cónyuges se compenetraron con la cultura local, cada uno a su manera: el comandante McLeod violó a la hija de un sirviente javanés, que para empatar envenenó al hijo de la pareja, y Gertrudis aprendió el apareamiento oriental, que se hacía de preámbulos. Ambos tenían el lecho social. Licenciaron a McLeod en 1902, volvieron a Holanda y rindieron el matrimonio, que ya estaba deshecho de correazos y cuernos. Cada uno tomó su camino.

La bailarina
Gertrudis enterró en Amsterdam a la hija del sombrerero y se fue a París a intentar ser modelo de costureros, pero acabó en un burdel de segunda y pescó la gonorrea. Si había que ser puta, decidió no ser barata. Aprovechando que tenía la piel del matiz de la herrumbre se inventó a la Mata-Hari, bailarina india de la ciudad santa de Jaffuapatan, en la costa Malabar, hija del rajá Assirvadam, de la casta de los brahamanes, y de una bayadera del templo de Kanda Swany. Cuando quedó huérfana, la adoptaron los sacerdotes de la pagoda de Shiva, que la llamaron Mata-Hari, la Pupila de la Aurora, y la enseñaron los ritos de las danzas mágicas que volvían locos a los hombres. Un capitán de barco holandés la raptó y se la llevó a Europa, la obligó a bailar para él hasta que el hombre perdió la razón y Mata-Hari escapó. Según a quién se la contase, Gertrudis le ponía a la historia detalles de abusos y tigres. Mata-Hari debutó en el Museo de Arte Oriental de París en 1905, con los francos generosos que puso a su disposición su amante, el millonario Émile Guimet. Bailaba regular, confirmándole al auditorio la noción que se traía de casa de lo que era el Oriente, y al final del número se había despojado de los velos y tenía el temperamento al aire a excepción de los pechos, que escondía dentro de dos cazos de bronce, al parecer porque le faltaba un pezón, que le arrancó el comandante McLeod de un mordisco. Mata-Hari actuó en el Follies, en el Olympia y en la Scala de Milán, llegó a cobrar 10.000 francos por tarde más las propinas de los epílogos de alcoba y en Madrid bailó en el Central Kursaal y en el Alhambra, se alojó en el Ritz, frecuentó el Llardhy y el café Gijón, fue amante del senador catalán Emilio Junoy y le puso los cuernos a Raquel Meller gozándole al marido, el escritor Enrique Gómez Carrillo. Dato, Cambó y Romanones la quisieron conocer, pero Mata-Hari no les encontró una tarde.

La espía
La naturaleza inexorable siguió su curso y con el tiempo Mata-Hari fue perdiendo gracias y abandonó el baile por el meretricio de lujo. Cuando la guerra se desató en Europa, el jefe de los servicios secretos del Káiser, el embajador Kraemer, decidió que podía sacar provecho de la propensión de la bailarina a despertarse al lado de un militar. Mata-Hari inició su carrera de espía pensando que era un juego de sociedad para después del té. Espió poco y mal, para un bando y para el otro, y los informes que enviaba no tenían ni interés político ni militar. Francia había calculado una guerra corta y victoriosa y, sin embargo,  las bajas de las trincheras se empezaron a contar como escabechinas. Le vino muy bien una culpable célebre que además tenía cartel de golfanta. El contraespionaje francés la detuvo en París el 13 de febrero de 1917, la encerraron en la prisión de San Lázaro y la juzgó, sin prensa, un tribunal militar que tardó diez minutos en condenarla por alta traición. Tenía 41 años cuando la fusilaron en el campo de Vincennes, a las seis de la mañana del 15 de julio de 1917. No quiso que le vendaran los ojos y saludó con coquetería al pelotón de fusileros, que le correspondió acertando solo tres de los doce disparos. Dicen, pero no es cierto, que un piloto que había sido su amante bombardeó el campo. La remató de un tiro en la sien un sargento de caballería. El resto es mito y en el cine la hizo Greta Garbo, la Divina, y en España Gracita Morales (Uy, el señoriiiito), Blasco Ibañez la usó de modelo para la Freya de su “Mare Nostrum” y Hemingway impresionó a los paletos de Oak Park contando que se la tumbó, aunque la encontró un poco cargada de caderas. Hemingway fue a la Primera Guerra Mundial cuando Mata-Hari llevaba un año difunta, así que más bien la debió encontrar fría. Fue muy poco francés fusilar a una ramera para dar un escarmiento cuando ellos inventaron la Maison Tellier, la casa del 24 de la Rue des Moulins, que frecuentaba Toulouse-Lautrec, las camas Versalles y la sífilis.

MARTÍN OLMOS

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Un duro de tiros

In Fuera de carta on 1 de noviembre de 2012 at 23:46

La editorial Almuzara (creada por Manuel Pimentel, autor de la excentricidad poco común de dimitir del sillón de Ministro de Trabajo del gabinete de Aznar por estar en desacuerdo con la invasión de Irak para dedicarse a divulgar la arqueología) reimprime las mejores novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía

Los forasteros de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía mascullan o exclaman, pero rara vez dicen, y ni falta que les hace, porque gastan más plomo que saliva y los enterradores viven en perpetuo agosto. El Oeste de don Marcial es doméstico, casi manchego, y limita por el sur en la página noventa y seis, sin posibilidad de cruzar la frontera porque el papel cuesta dinero. El Oeste de don Marcial huele a taller y a imaginaria y a garita de portero de finca, a cocido de garbanzos, a rueda de arenques y a confesionario de capellán de pueblo. Huele a achicoria de Cuéllar, que oficiaba de café,  a harina de cáscara de patata y al duro viejo de cinco pesetas. Tumba a estrechura y a  permuta de quiosco.

El Oeste de don Marcial, que dejó de ser don porque perdió una guerra, es redundante como la melodía tartamuda del Winchester de repetición y en vez de base argumental se sostiene sobre un rosario de sucesos, lo que es muy barojiano, y acaba siendo el mismo “saloon” de beberciar, el mismo pianista que desafina y la misma pradera sin ley. Y la misma puta triste de buen corazón. Al lector no le importa y lo que le gusta es que todas las novelas sean un poco la misma y así no se complica. “Lo mismo ocurre con los días de nuestra vida”, ha escrito Savater.

Los forasteros de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía mascullan o exclaman, los enterradores viven con desahogo su agosto perpetuo y las putas bailan el can-can y tienen buen corazón. Una puta de trinchera le salvó el pellejo a Marcial Lafuente Estefanía una tarde que le iban a fusilar. Seguramente no sabía bailar el can-can pero seguía con jondura el compás del fandango y olé. Puede que tuviese buen corazón; lo que es seguro es que tenía hambre. Estefanía formaba parte de una cuerda de presos republicanos que iban pasando uno por uno por la tapia para ser ejecutados por un oficial rebelde que amaneció con ganas de disparar. Cuando le tocó su turno apareció una coima de las que frecuentaban el frente para quitarse la canina y por enmendar la jornada le enredó al oficial para irse a cundir encima de una manta y dejar la sangría para el día siguiente. Cuando rompió el amanecer llegó un oficial nacional de más graduación y menos gatillo y se hizo cargo del cantón, relevando al expeditivo, y Estefanía salvó la peladura por las cosas del querer y con el tiempo lamentó no haberle dado las gracias a la golfa, por oportuna.

Una página cada diez minutos
Marcial Lafuente Estefanía nació en Toledo en 1903 y era hijo del periodista Federico Lafuente, navarro de Lodosa que volvió a escribir el Quijote en versos romances y le enseñó a su hijo a amar el Siglo de Oro. Marcial estudió ingeniería industrial y ejerció en los extranjeros;  realizó obras hidráulicas en Angola y visitó Arizona y Texas, en donde aún vestigiaba el Oeste. Durante la guerra se alistó en el Ejército Popular y llegó a general de artillería en el frente de Toledo, cayó prisionero y le salvó de la tapia aquel revolcón a tiempo. Le dieron presidio por rojo y en el penal de Ocaña empezó a escribir sobre el papel del retrete, que era raspudo porque llevaba viruta. Salió de prisión sin horizonte y sin posibilidades de volver a ejercer su oficio, pero tuvo la intuición del Oeste y de las novelas de dos chavos y Eugenio Barrientos, dueño de la librería Tetilla y fundador de la editorial Cíes, le reclutó para su cuadra de escritores a destajo, que eran generalmente profesionales liberales de la República que con la guerra perdieron también la silla y el apellido. Primero en Cíes y después en Bruguera, Estefanía escribió alrededor de tres mil novelas a razón de seis folios por hora, lo que son, en aritmética parda, una página cada diez minutos. Ernest Hemingway escribió cuarenta veces el último párrafo de “Adiós a las armas” y don Marcial, en cambio, no tenía tiempo para sortear las cacofonías y no le dieron el Premio Nóbel. Hemingway también dijo que había muchos escritores que se las daban de artistas que eran incapaces de describir una pelea de perros, que era lo que don Marcial hacía con solvencia por imperativo de su oficio. Ganó mucha pasta y en los años sesenta se llegaron a imprimir tiradas de cien mil ejemplares de sus novelas vaqueras (de las que, contractualmente, no percibía los derechos de autor) pero los parneses no le echaban raíz y los fundía en la timba, accediendo al sablazo de los amigos y en tertulias al arrimo del whisky en las que jamás nadie le oyó quejarse, como Baudelaire, de que no le comprendían.

Umberto Eco tiene escrito que la diferencia entre Edipo y una novela de Ringo es que en la segunda todo sucede a nivel de intriga y se fundamenta en la sensación de que no existe un lenguaje. La literatura de Estefanía es la vieja forma de narrar sin verónicas, como cuando un cuento se decía alrededor de la fogata y no lo habían reglado los académicos. Las novelas de duro son la pitarra del bautizo, la de antes del Diluvio. Cuando la tribu intelectual agarra el solaz lo deprava y lo que antes sabía a vino acaba por tener olores otoñales, y sabores de zarza y  vainilla, y uno termina por acercarse al vaso con prevención, sobrepasado por la responsabilidad, sospechando si no estará a la altura. Marcial Lafuente Estefanía murió en agosto de 1984, de pulmonía doble, en el hospital provincial de Madrid. A falta de otros posibles, dejó su nombre a su hijo Federico Lafuente Beorlegui, que sigue en el tajo. Las ediciones de sus obras han conocido suerte diversa, y a veces incierta, y ahora las está reimprimiendo la editorial Almuzara, conservando las portadas vigorosas y el precio asequible de a menos de seis euritos, oiga. Se vuelve a los tiros a duro, igual se vuelve a la permuta, y viendo como va el baile puede que se vuelva, y si no al tiempo, a la achicoria de Cuéllar y a la harina de almortas y cáscara de patata para que se hagan los pobres las gachas.

MARTÍN OLMOS

PUBLICADO EN EL CORREO EL 28 DE AGOSTO DE 2012

El necrófilo mañoso

In Lunáticos on 1 de noviembre de 2012 at 23:30

El tonto de Plainfield unió el asesinato y la pretecnología

“Edward Gein, necrófilo, caníbal, asesino y artista naïf no reconocido”.
JESÚS PALACIOS. Escritor.

En todos los pueblos hay un tonto y una fuente. En verano, durante las romerías que suceden a la procesión de la virgen, es habitual que ambos elementos confluyan y el primero acabe dentro de la segunda. Cosas del mocerío, que hace la gracia, ja, ja, es para morirse de risa. El alcalde y el maestro no comparten el chiste, pero miran para otro lado porque comprenden que los mozos del agrario tienen pocos entretenimientos, otra cosa sería en la capital, donde existe el invento del cinematógrafo y los cabarés. En algunos pueblos hay también un campanario, pero el tonto duerme tranquilo porque desde allí lo que suelen tirar los mozos es una cabra. El tonto del pueblo sirve para los recados si no son complicados, para tirarle piedras y para que te salga por cuatro perras pintar una pared. El día del tonto es duro, pero más dura es la noche del listillo, cuando apaga el candil y hace inventario de méritos, y si le quedan dos dedos de frente se da cuenta de que su capacidad de intimidación solo funciona con el que partió con desventaja. Lo bueno del listillo es que, como no le tiene afición a la lectura, no sabe que Boileau escribió que un tonto siempre encuentra a otro más tonto que le admira. Lo malo es que no es nadie sin un tonto a mano, y el tonto, en cambio, se arregla con una tiza. A veces, hacerse el tonto te salva la piel, le pasó al emperador Claudio, que como era tartaja se libró de las dagas  pretorianas y, en cambio, cuando espabiló, su mujer Agripina le envenenó con un guiso de setas (como tardaba en morir, Jenofonte, cómplice de la asesina, le introdujo en la garganta, con el pretexto de hacerle vomitar, una pluma impregnada de veneno que aceleró la operación. Como se ve, bien utilizada, la pluma es más fuerte que la espada). Pero generalmente, el tonto es fácil de despachar, por una tunda que le atizan de guasa y  se les va la mano o porque es confiado y no recela de las emboscadas. Sin embargo, también sabe dar lo suyo, porque para asesinar no hace falta ser un lince, ni el bachillerato, ni siquiera hace falta un motivo, solo se precisa determinación y un pulso decente. A Francisco García Escalero, que mató a catorce mendigos a lo largo de siete años, la mollera le alcanzaba justita para hacerse la lazada de los zapatos y a Wild Bill Hickock, el pistolero más rápido de la frontera, no le mató otro duelista sino Jack McCall, el tonto de Deadwood, en Dakota, que además era bisojo y chepudo.

El idiota de Plainfield, en Wisconsin, era Edward Gein, que era el resultado de mezclar muy pocas luces con una educación estrafalaria en la que el primer mandamiento era considerar a la mujer como una  serpiente venenosa de la que más valía mantenerse alejado. El padre de Gein era un borracho indecente que le tenía miedo a su parienta, así que, para desahogarse,  le daba gusto al cinto sobre el lomo de Edward y su hermano. Cuando murió de una tajada mal digerida  dejó a sus dos hijos bajo la única influencia de su madre, Virginia, una fanática de la Biblia que pensaba que todas las mujeres eran unas frescas y todos los hombres  una piara de canallas lujuriosos, ateos y sinvergüenzas,  que solo vivían para darle al frasco y perseguir faldas en las tabernas. Dios fue compasivo con el otro hermano Gein y se lo llevó pronto para ahorrarle el trago, así que Virginia preservó al único hijo que le quedaba de cualquier influencia ajena a la granja en la que vivían, que estaba a unos diez kilómetros del núcleo urbano, con lo que el escaso horizonte de Ed se limitó a los acres alrededor de la verja y a la interpretación caprichosa que hacía mamá de las Sagradas Escrituras. Le gustaba especialmente el capítulo séptimo del Eclesiastés, el versículo veintisiete, que dice que el que es grato a Dios huirá de la mujer, que es más amarga que la muerte, pero el pecador quedará preso de ella. Cuando Virginia murió en 1945, todo el mundo de Ed, que tenía cuarenta años, se fue al garete y los pocos tornillos que le quedaban se pasaron de rosca.  Empezó a acechar las muertes naturales de las vecinas de Plainfield para desenterrar sus cuerpos y llevárselos a la granja, en donde los sentaba a la mesa y les preparaba la cena hasta que empezaban a descomponerse y los disecaba para fabricarse con ellos su siniestro menaje. Como era habilidoso, se hizo un cinturón de piel humana adornado con pezones, una sopera hecha con un cráneo vacío, una silla de huesos, tulipas de pellejo para las lámparas y nueve caretas perfectamente cosidas que casi conservaban la atónita expresión de las difuntas.  Con los vivos se relacionaba lo justo para sacarse unos cuartos haciendo chapuzas, arreglando un grifo o reparando una cerca, de modo que se iba apañando a base de la economía rudimentaria del favor por favor, de la permuta y las propinas. Ed no se acercaba mucho al jabón, iba siempre con una gorra de cazador de cuadros montañeros y unas botas de trabajar, y cuando hablaba con otro ser humano se le soltaba la risa floja, decía incongruencias y se le caía la baba. A veces, se sentaba en el bar de Hogan, pedía café y echaba la tarde mirando a Mary, la propietaria, que le dejaba estar porque no molestaba, aunque luego tuviese  que aguantar las bromas de la parroquia, que le decía que era la novia del tonto.  Mary estaba en la cincuentena pero conservaba virtudes, les seguía los chistes a los hombres y lucía con alegría los pulmones sobre la barra, era la hembra sobre la que le había prevenido su madre, pero Gein se sentía atraído por ella y en marzo de 1954 la cogió a solas, la pegó un tiro con su rifle de caza del calibre 22 y se la llevó a casa en su furgoneta. Acabó convertida en Dios sabe qué, en unas cortinas o en una gabardina o en una pantalla para el flexo. En noviembre de 1957 hizo lo mismo con Bernice Worden, que regentaba la ferretería de Plainfield, le encargó un bidón de anticongelante y cuando fue a recogerlo la acabó a tiros y se la llevó a la granja para trabajársela sin prisas. Con el cuerpo pretendía hacerse un traje completo de mujer, con todos sus atributos, y coronarlo con una de sus máscaras, pero le pescaron cuando iba a meterse en faena y tenía el cadáver colgado de una viga del granero, boca abajo, decapitado, desangrado y abierto en canal. El sheriff, que mil veces había pegado la hebra con Gein, pasando por alto su risa floja y su baba titubeante, se quedó de una pieza al ver el mobiliario de su cueva, en la que se mezclaba la mugre, revistas pornográficas, manadas de gusanos y el ajuar siniestro hecho con los despojos de sus paisanas.

Gein no pasó por la trena, le mandaron directamente al Instituto de Salud Mental de Mendota y perdieron la llave. Los loqueros se lo pasaron bomba mezclando el complejo de Edipo con el canibalismo, el fetichismo, la necrofilia y la pretecnología. Hubo un tío despierto, un listillo, que quiso comprarle la granja para exhibirla como la Casa de los Horrores, pero un vecino con dos dedos de frente le ganó por la mano y pegó fuego a la propiedad  en 1958.  Gein murió en 1984 siendo un paciente modelo y cumplidor, y el que mejor hacía los ceniceros en el taller.

MARTÍN OLMOS

Faena de dos orejas

In Hazañas bélicas, La cruz y la media luna on 1 de noviembre de 2012 at 23:23

Mucho antes de que Hollywood rodara “Doce del Patíbulo”, el capitán Ariza movilizó a la “Guerrilla de la Muerte”, formada por presidiarios que lucharon en la Primera Guerra del Rif

“Marruecos es tierra española, porque ha sido adquirida al precio más alto y con la moneda más cara: con sangre española”
FRANCISCO FRANCO

Los buenos vecinos se hacen con tapias altas y así cada uno se queda en su casa y no se mete en la del prójimo a molestar, a ver si hay polvo debajo de la alfombra y a enterarse de si hay para cenar jamón del bueno o el caldo de la viuda. El vecino acomete sonriendo, como las hienas, dando cháchara en el ascensor, y empieza por pedirte perejil y acaba queriéndote disfrutar a la mujer, que tu la ves cotidiana pero para él es novedad. El clérigo George Herbert recomendaba amar a los vecinos pero no derribar la verja.

El español se ha llevado con el vecino regular, en el mejor de los casos, y a la greña por lo habitual. Al español lo que le gustaría es vivir todo el año en la casa del pueblo, que es unifamiliar, y puede alargar una juerga de guitarras hasta las deshoras y hacer una paella en el jardín. Sin embargo, tiene que pasar todo el año con un vecino en el piso de arriba, otro en el sótano y otro en el exterior izquierda. El español siempre ha tenido reojo al francés por listo y porque le gusta hacerse el finolis, con su parlevú y su foigrás, y porque cuando se deja el grifo abierto le inunda la cocina y luego no se hace cargo. Al portugués le saluda lo justo y le mira como a un tío que vende toallas y toca el acordeón en el metro, a veces se le olvida que existe y le parece un vecino de renta, que no cuenta en las reuniones de la comunidad. Con el moro se ha llevado a palos desde que Pelayo bajó del monte y hace poco, al alba y con viento duro de levante, le mandó cuatro helicópteros Cougar para recuperar el islote de Perejil, que le dicen los bereberes Tura, y del que escribió Unamuno que es un peñasco tan modesto y apocado que es difícil hallarlo hasta con tiempo claro. Hoy la piedra está desierta pero Hugo Pratt sostuvo que en su día vivió en ella la ninfa Calipso, la hija de Atlas el titán, que retuvo a Ulises durante siete años y le ofreció la inmortalidad.

La Guerrilla de la Muerte
A las riñas con el moro iban los militares que querían medallas coloniales y la tropa del hambre, que no tenía posibles para esquivar la milicia. Para la guerra y para el Rastro todo sirve y a la Primera Guerra del Rif mandaron a un escuadrón de presidiarios a los que prometieron, vagamente, la libertad. La Primera Guerra del Rif se desató en 1893 y la llamaron la de Margallo, haciéndole el honor al apellido del gobernador militar de Melilla, y no se libró contra el sultanato de Marruecos sino contra las tribus cabileñas del alrededor de Melilla. El general Juan García y Margallo (bisabuelo del actual ministro de exteriores) era cacereño y veterano de las Carlistas y durante su servicio como gobernador de Melilla propició el contrabando de rifles Remington con las tribus rifeñas. Para sostener el perímetro defensivo de la plaza de Melilla mandó construir un cinturón de fuertes que contuvieran las incursiones de las bandas indígenas. Uno de ellos, el de Sidi Guariach, lo emplazó sobre la tumba de un santón local y las tribus que lo veneraban llamaron a la Guerra Santa. La noche del 2 de octubre de 1893, una fuerza de 3.000 cabileños pusieron sitio al fortín, aislando a los cuarenta reclutas que lo velaban, y el general Margallo envió a una dotación de 400 hombres del Batallón Disciplinario y bombardeó desde Melilla los emplazamientos rebeldes destruyendo una mezquita. Aquello exacerbó la yihad y en poco tiempo los atacantes reunieron a más de 20.000 guerreros que llegaron a las puertas de Melilla. En la Guerra de Margallo, pequeña y pintoresca, vio oportunidad el capitán Francisco Ariza para distinguirse, que falta le hacía porque estaba relegado en la Caja de Reclutas de Barcelona por sus ideas republicanas. El capitán Ariza era veterano de Cuba y experto en la lucha de guerrillas, pero su solicitud de un puesto en el Ejército Expedicionario no fue atendida y pidió licencia por asuntos propios, se fue a Melilla por su cuenta y convenció al general Macías, sucesor de Margallo, para formar un escuadrón de presidiarios que combatiesen en unidades de búsqueda y destrucción del enemigo. Al general Margallo le volaron la cabeza cuando defendía el fuerte de Cabrerizas Bajas el 28 de octubre de 1893, le escribieron de héroe gallardo pero se corrió el rumor de que no le mató la cabila, sino Miguel Primo de Rivera, entonces teniente de infantería, que no aprobaba sus negocios del contrabando.

A los presos del capitán Ariza les llamaron la Guerrilla de la Muerte, y la formaron veintidós reclusos con delitos de sangre que pelearon con salvajismo por la promesa vaga de que revisarían sus causas. Ariza los encabezaba vestido de civil y con un sombrero hongo en la cabeza y los guerrilleros luchaban con el uniforme de presidiarios, con rifles no reglamentarios y con navajas de muelle de Albacete con las que ganaban trofeos anatómicos al enemigo y los engarzaban en collares de abalorios. Causaron bajas numerosas y extendieron el terror entre la morería, que era dada a creer en cuentos de demonios, y parecían una partida bandolera antes que un pelotón regular: en los periódicos de la península fueron la sensación. Los librepensadores de los casinos concluyeron que se ahorraba sangre jornalera mandando a reñir a la escoria, que no sirve para el campo.

Por los callejones de Melilla andaba poniendo atención Mohamed ben Ahmed, que le decían el Amadi, el Gato, y era morito bueno que contaba al español lo que oía en las medinas. A José Farreny Riera, sin embargo, todos los moros le parecían pardos. Farreny tenía treinta y nueve años, deudas de sangre con la ley y era leridano de Alguaire. Era uno de los veintidós de Ariza y como los otros veintiuno, hacía de su capa un sayo. En una patrulla callejera detuvo al Gato Amadi y le tomó por confidente de las cabilas. Amadi mantuvo que era precisamente lo contrario y era un chivato a sueldo del español, pero Farreny no le creyó, sacó su carraca de reñir y le cortó las dos orejas, que después se prendió en su camisa de presidiario. El pobre Gato perdió sangre a manantial y casi la diñó; suerte que le quedaban otras seis vidas. Cuando se enteró del suceso el general Martínez Campos, que había sido Ministro de la Guerra con Canovas, disolvió la Guerrilla de la Muerte y destituyó en el acto al general Macías, por propiciarla. Farreny no salió por la puerta grande por su faena de dos orejas, no le tiraron claveles las majas y olé, y fue sometido a un juicio sumarísimo y le condenaron a muerte. Le fusilaron el 1 de diciembre de 1893 en la explanada del fuerte Camellos, en la segunda línea del cinturón que guardaba Melilla.

La guerra de Margallo acabó en abril de 1894, cuando el sultán Muley Hassan firmó la paz de una guerra que no declaró. Se comprometió a castigar a los rebeldes y a pagar a España una indemnización de veinte millones de pesetas en ochavos morunos. Miguel Primo de Rivera fue distinguido con la Laureada de San Fernando por haber recuperado los cañones de Cabrerizas y al moro Amadi le compensaron sus orejas con la Cruz al Mérito Militar y, si alguna vez le recetaron antiparras, se las tuvo que clavar en el puente de la nariz.

MARTÍN OLMOS

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