MARTÍN OLMOS MEDINA

El hombre gris

In Caníbales, Destripadores y sacamantecas on 6 de diciembre de 2012 at 21:40

Albert Fish, uno de los hombres más perversos del mundo, gastaba la pinta de un vendedor de enciclopedias en horas bajas

EL HOMBRE GRIS POR MARTIN OLMOS

“En medio de sus éxtasis masoquistas, en los que se clavaba agujas en los testículos, Albert Fish gritaba: “¡Soy Cristo, soy Cristo!”.
JESÚS PALACIOS.

Tres de las más notables aportaciones de Satanás a este mundo pícaro han sido las resacas, los contratos de aprendizaje, que son un disfraz de las galeras, y el despreciable Albert Fish, que fue, y no por este orden, castrador de negritos del arrabal, ladrón y estafador, devoto del dolor -tanto de otorgarlo con sadismo como  de sufrirlo  con delectación-, violador y mentiroso compulsivo, comedor de carne humana, precursor del piercing genital, escritor de correspondencia lasciva con faltas de ortografía, polígamo y asesino de niños. Aparte de esto y sin embargo, salió de un vientre humano. Albert Fish nació en 1870 en Washington D.C. dentro de una familia que frecuentaba la demencia: dos de sus tíos murieron en habitaciones acolchadas, uno de ellos perseguido por una manía religiosa, su madre oía voces y tenía alucinaciones, uno de sus hermanos murió de hidrocefalia y otro era un borracho sin remedio y un  incansable cuentista al que le encantaba presumir de haber vivido con una tribu de caníbales en las islas de Java con los que compartió la gastronomía de la región. Su padre, el señor Randall Fish, había sido piloto de un barco de palas en el río Potomac y tenía cuarenta años más que su mujer, así que el matrimonio nunca compartió temas comunes de conversación y practicó una convivencia fundamentada en el ayuntamiento desordenado y los monosílabos. El viejo murió cuando se le rompió el corazón en la estación de Pensilvania y dejó a la familia sin un centavo, Albert tenía cinco años y su madre le envió a un orfanato para que pudiese disfrutar de una escudilla de sopa de tropiezos escasos y una manta limpia.

La juventud excéntrica de Albert Fish
En el Refugio de San Juan las monjitas eran partidarias del concepto educacional de la vara de eucalipto sobre las nalgas de los revoltosos, a los que antes dejaban en cueros para que a la paliza se le uniese la humillación pública delante de sus compañeros. Albert Fish era meón nocturno, ladrón de comida y escapista de cierta eficacia, con lo que tomó lo suyo con frecuencia y descubrió que el dolor le producía satisfacción. Las monjas observaron con turbación que el trasto del muchacho se ponía belicoso con cada flagelación y decidieron que era un ser sin posibilidades de redención. En una ocasión, impregnó de queroseno la cola de una mula y la prendió fuego y las largas noches huérfanas las gastó perfeccionando el ejercicio sedante de la masturbación. Cuando su madre encontró un trabajo decente le reclamó y el chico volvió al hogar humilde y al baldío y un día se cayó de un árbol y el golpe le dejó de por vida vértigos, jaquecas y tartamudez. A los doce años se echó un novio telegrafista que le introdujo en la práctica de la coprofagia, que es la merienda de heces humanas para la obtención de satisfacción sexual. Su romance fue bonito mientras duró, y la parejita frecuentaba a las lumias de pago para pedirles jarras de sangre del menstruo y salía a cazar a los niños negros del gueto para castrarles con una navaja de afeitar. Cuando Albert talló, inevitablemente derivó a la prostitución homosexual en los meaderos de Washington y Nueva York. En 1890 violó a su primer niño y en 1910 asesinó a un amante ocasional.

Poe y el Antiguo Testamento
Al contrario que los librepensadores, que se entregan con fruición a la lectura desordenada de cualquier agrupación encuadernada de frases impresas en letras de molde, Fish únicamente frecuentó la parte del Génesis en la que se relata el sacrificio de Isaac y el relato de Poe “El pozo y el péndulo”, que es la larga descripción de una tortura. Además, coleccionaba semanarios de sucesos, ALBERT FISHespecialmente los que contaban los crímenes del asesino caníbal Fritz Haarmann, el Carnicero de Hannover. Se instaló en Nueva York y encontró trabajo de pintor de brocha gorda, se casó con una mujer diez años más joven que él y la concedió seis hijos y una vida desgraciada. De vez en cuando pasó por el trullo por endosar cheques falsos y en el penal de Sing Sing se convirtió en el preso más popular de los retretes. Para entonces ya estaba más loco que una cabra. A veces se introducía en el ano una bola de algodón impregnada de gasolina y se la prendía fuego y se pasaba días envuelto en una alfombra porque decía que así se lo había ordenado el arcángel San Gabriel. También le gustaba clavarse agujas de tejer en el escroto y en la base del pene y las tardes del domingo se ponía en cueros y  obligaba a sus hijos a azotarle en el salón. Su mujer le abandonó por considerar sus costumbres excéntricas cuando menos y Fish empezó a escuchar en su cabeza la voz del Apóstol Juan, multiplicó los merodeos alrededor de los patios donde jugaban los niños y en Georgetown asesinó a un muchacho corto de entendimiento al que atrajo a un erial para abusarlo. En las noches de luna llena sentía apetito de carne cruda.

Cortocircuito
En 1928 al mundo le quedaba un año para declararse en bancarrota, Albert Fish tenía 58 primaveras, se había vuelto a casar tres veces sin pasar por el registro y había asesinado a cinco niñas en Brooklyn por las que había pagado con su pellejo un vagabundo negro que tenía la cara pasmada de los que siempre han sido sospechosos de algo. La familia Budd, pobre pero honrada (una combinación que recomienda la iglesia pero a la que todavía no se ha encontrado rendimiento en el terrenal), andaba escasa de liquidez y el hermano mayor Edward puso un anuncio en el New York World en el que se ofrecía para el tajo del campo. Contestó Albert Fish, que se hizo pasar por el hacendado Frank Howard, granjero de Farmingdale, y se presentó en el hogar de los Budd con una tarta de queso y fresas. Prometió contratar al joven y sentó en sus rodillas a la pequeña Grace, de diez años; dijo que le encantaban los niños, escondió al diablo detrás de un traje gris. El encantador señor Howard le adelantó al muchacho una semana de sueldo y consiguió que le dejasen llevarse de paseo a la niña Grace, que no tenía muchas oportunidades de que la invitasen a regaliz. La metió en un tren y se la llevó al condado de Westchester, a una casa vieja que se sostenía de milagro, no la invitó a regaliz ni a bastones de caramelo. Se desnudó delante de ella y cuando la chiquilla lloró la estranguló, la descuartizó y se la comió. A lo largo de nueve días se zampó su antebrazo cocido con cebollas y zanahorias y las nalgas cortadas en juliana, asadas al horno con láminas de panceta. La madre de Grace Budd padeció durante seis años el martirio de no saber que fue de su hija, hasta que en 1934 recibió una carta del señor Howard en la que le detallaba sin ahorrarse truculencias el último día de la pequeña. El matasellos del sobre condujo al jefe de detectives William King al cuarto de alquiler de  Albert Fish, que le recibió blandiendo una cuchilla de afeitar de cinco céntimos la media docena. El vejestorio que se sentó ante el tribunal no tenía cuernos ni rabo, así que no podía ser el diablo, el traje le quedaba grande, era llorón y tartamudo y parecía el dependiente jubilado del ultramarinos. Los periódicos le llamaron el Hombre Gris. Le condenaron a morir en la silla eléctrica y Fish reconoció sentirse excitado ante el último chispazo. Le ejecutaron el 16 de enero de 1936 al segundo intento. El primero marró porque llevaba incrustadas en el escroto veintisiete agujas de marinero que provocaron un cortocircuito. Estaban infectadas y herrumbrosas, algunas cerca del colon. Llevaban allí veinte años.

MARTÍN OLMOS

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