MARTÍN OLMOS MEDINA

El auténtico Sherlock Holmes

In Con buena letra on 13 de diciembre de 2012 at 13:50

Las milagrosas deducciones del detective de Baker Street estaban inspiradas en el método del doctor Joseph Bell

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Hay una sola cosa que me preocupa. ¿Podría ser Sherlock Holmes mi viejo amigo Joe Bell?”
ROBERT LOUIS STEVENSON

Decía Borges, en cuartetos alejandrinos, que Sherlock Holmes estaba hecho de azar, sin la contribución de la progenie, como Don Quijote y Adán. Decía que pensar en él de tarde en tarde es una de las buenas costumbres que nos quedan. Otras son la muerte, la siesta, convalecer en un jardín o mirar la luna. Se equivocó, sin embargo, al afirmar que “lo soñó un irlandés, que no lo quiso nunca”, porque Arthur Conan Doyle era escocés de Edimburgo y le soñó apenas. Le soñó el celibato, el esforzado violín, la solución al siete por ciento de cocaína y el evangelista asombrado. No le soñó la gorra de cazador de doble visera, que fue aportación del dibujante Sidney Paget, ni la pipa “meerschaum”, de espuma de mar, que le otorgó el actor William Gillette porque pensó que le afilaba el perfil. Tampoco le soñó las deducciones prodigiosas sino que las tomó del método del doctor Joseph Bell, que se fundaba en la observación de las nimiedades. El doctor Bell era capaz de descubrir por un golpe de vista si un hombre era del mar o del sequedal, si era soldado, capellán de parroquia, tahúr de la fullería o zapatero remendón y sostenía que la importancia de lo infinitamente pequeño es incalculable y que los hombres, que son idénticos en sus rasgos generales, se distinguían por las pequeñas diferencias.

Elemental
El doctor Joseph Bell era el resultado de cinco generaciones de médicos ilustres (su tío abuelo sir Charles Bell identificó la parálisis facial periférica) y el tipo de británico victoriano que practicaba la diversidad de disciplinas: era un ornitólogo notable, leía a Byron, jugaba al cricket, era un hábil pugilista y tiraba esgrima de florete como Scaramouche. Además, estudiaba estrategia militar y analizaba los pormenores de los crímenes execrables en los semanarios amarillos como si fueran jeroglíficos intelectuales, componía versos y jugaba al tenis. Se licenció en medicina con apenas veinte años y trabajó con el doctor Joseph Lister, que desarrolló la asepsia en la práctica quirúrgica para evitar que los pacientes la diñasen por lo que pescaban en la camilla. Después empezó a dictar clases en la Enfermería Real de la Universidad de Edimburgo, donde perfeccionó su método de deducción basado en la observación de las particularidades: concluyó que los hombres, a los que Dios hace iguales (a parte de ciertas diferencias de cálculo en gramaje y estatura), van por su cuenta amanerando sus rasgos determinados por sus biografías. El doctor Bell era capaz de identificar a un zapatero remendón por el desgaste de su pantalón a la altura de la parte interior de la rodilla, que era donde apoyaba la piedra de batir el cuero,  o inferir que una vieja fumaba en pipa por una úlcera en el labio inferior. En una ocasión, un hombre entró en el dispensario y Bell le adivinó la marcialidad, el acento de las Tierras Altas y cierta disposición de su cadera a cargar una gaita, lo que unido a su escasa estatura (que le hacía tapón para la infantería) le inclinó a identificarle como un soldado de un regimiento de Escocia al que habían destinado a la banda. El paciente, sin embargo, dijo que era un zapatero que jamás había pisado un cuartel. Cuando se desnudó para el reconocimiento dejó al descubierto una “d” tatuada debajo de su pecho izquierdo, que era la marca que grababan a los desertores, y no le quedó más remedio que reconocer que había pertenecido a la banda de un regimiento de Highlanders durante la Guerra de Crimea. Las exhibiciones del doctor Bell parecían trucos de magia que él mismo se ocupaba de dramatizar apoyándose en su imponente delgadez, su perfil ascético y sus profundos ojos grises, pero cuando explicaba el proceso de análisis reconocía que los resultados eran “elementales”.

Por las clases de Bell pasaron Robert Louis Stevenson, sir James Barrie y Arthur Conan Doyle, que compartió con su profesor la afición al pugilismo y a las novelas de Walter Scott. Doyle se graduó en medicina en 1881 y puso consulta en Southsea, en EL DOCTOR JOSEPH BELLPortsmouth, donde los vientos recios del Canal de la Mancha hacían que sus habitantes estuviesen como robles y no pescasen ni un triste catarro. El joven doctor tuvo que empeñar su reloj para pagar el alquiler y mató las horas escribiendo novelas de misterio al estilo de Poe y Gaboriau. Sherlock Holmes nació de la salud de los paisanos de Southsea, que se iban al pub a soplarse pintas y a cantar baladas del mar en vez de dejarse caer por la consulta a que les pusiesen el termómetro, y Doyle usó de modelo a su antiguo profesor calcándole sus intuiciones asombrosas, su perfil de halcón y sus métodos de percepción. Cuando difundió su servidumbre, el buzón del pobre doctor Bell se llenó de cartas de lunáticos que le pedían que encontrase a su tía Edna, que se fugó con un marinero.

El doctor Joseph Bell murió en 1911, viudo, abstemio y cojo por un accidente de caza. En su funeral tocaron la gaita los Seaforth Highlanders y la tierra se estremeció. Fue distinguido por la reina Victoria por su actuación durante la epidemia de difteria, cultivó la amistad con Florence Nightingale y contribuyó decisivamente a la dignificación del oficio de enfermera, que durante sus años de juventud era la parada de una manada de borrachas que echaban a los pacientes de sus camillas para ocuparlas ellas en dormir la mona. Participó activamente en la investigación de los crímenes del Destripador y envió al cadalso al siniestro asesino francés Eugene Chantrelle, que cuando afrontó la horca se fumó un puro y, con gran presencia de ánimo, le dijo al verdugo: “Felicite a Joe Bell de mi parte, hizo un trabajo perfecto para enviarme al patíbulo”. Veinte años después murió Arthur Conan Doyle, que acabó odiando a Sherlock Holmes, poniendo los cuernos a su mujer y hablando con fantasmas. Llegó a refrendar la existencia de las hadas, le timaron los echadores de cartas de las ferias  y predicó el espiritismo, traicionando el método científico de su detective, lo que no se le puede reprochar teniendo en cuenta que sobrevivió a su hijo Kingsley, que murió a causa de una neumonía que contrajo en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Después de un acontecimiento tan antinatural, a uno le queda afrontar sus noches agarrándose a la botella, a la desesperación o a los espectros. Las tres cosas sirven, como sirve la fe en la resurrección del alma o un tiro en la cabeza.

MARTÍN OLMOS

Anuncios
  1. Hombre, hombre: emplear el adjetivo elemental en un texto donde se mencione al Maestro, es desconocer su obra. Ni una sola vez en todo el canon -¡ni una!- emplea Conan Doyle la expresión “elemental, querido Watson” o ninguna otra que se le parezca lejanamente. El propio “elemental”, por sí solo, es utilizado dos veces, dos, en los 56 relatos y las 4 novelas holmesianas. El famoso “elemental…” es obra exclusiva del cinematógrafo. Aunque, eso sí, sirve para demostrar que alguien es, o no, un holmesiano con conocimiento.

  2. Maravilloso, Martín, como todo este puñetero blog que me deja el cuerpo seco de envidia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: