MARTÍN OLMOS MEDINA

La pirámide de doña Baldomera

In El cañí, Timadores y burlangas on 13 de diciembre de 2012 at 13:24

Más de un siglo antes que Bernard Madoff, la hija de Mariano José de Larra puso en práctica un tinglado de financiación  piramidal

ILUSTRACION de martin olmos

“¿Qué es mayor delito, robar un banco o fundarlo?”
BERTOLT BRECHT

A vueltas con el concepto del europeismo, don Miguel de Unamuno, que acometía las polémicas ideológicas como si fuesen combates de lucha libre, le dijo a Ortega y Gasset: “¡Que inventen ellos!”, y desde entonces al español le ha quedado la impresión de que mientras él se iba a los toros, los rusos mandaban al espacio a la perrita Laika. Parece ser que don Miguel pronunció por primera vez su sentencia durante una discusión a voces en el Café Gijón, pero la repitió, por lo menos, en otras tres ocasiones: en una carta a Ortega en 1906, en el funeral del político regeneracionista Joaquín Costa y en el ensayo “El pórtico del templo”, en el que añadió que “la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó”. La perrita Laika apenas duró cuatro horas viva a bordo del Sputnik 2 y se murió por las taquicardias que le produjo el pánico y medio asada por las altas temperaturas de la nave, como un pavo en un horno, pero sin sus hojitas de laurel. Ortega le llamó a don Miguel energúmeno, africanista y morabito, que es el moro que vive como un ermitaño cristiano. No es lo peor que le llamaron a don Miguel. A la perrita Laika le levantaron una estatua en 2008. Antes de ser astronauta fue chucho callejero y meaba a los pies de las farolas de Moscú, daba vueltas sobre sí misma intentándose morder el rabo y tenía sangre diversa, de husky, de samoyedo y de terrier; tenía la pobre perrita Laika una vida sencilla y sin pretensiones. Sin embargo el español, que cuando quiere matar a un perro lo cuelga de un olivo sin tanto aparato, ha inventado lo suyo y, a pesar de la frase de Unamuno, ha contribuido al bienestar de la humanidad con el ingenio de los pueblos hechos a base de bailar con el hambre con la intimidad de los que se tienen confianza. Inventos españoles son el submarino de Peral, anterior al Nautilus del capitán Nemo, el autogiro de Juan de la Cierva, el futbolín y la fregona; la siesta de después de comer y la siesta del cordero, que es menos común y se ejecuta antes del almuerzo, la pausa para el cafelito, la tortilla de papas y los seis días de Moscoso. Español es el Chupa Chups, el porrón y las figuritas de Lladró, los zapatos de rejilla (que decía el difunto Umbral que cuadriculan el pie), el Calendario Zaragozano y el cóctel Molotov, que lo copiaron los finlandeses y le pusieron el nombre del ministro de asuntos exteriores soviético. Y tan cañí como el pasodoble de Marcial (eres el más grande) es el estraperlo, el timo del tocomocho, el de la estampita y la estafa piramidal, que no la inventó Bernard Madoff, sino Baldomera, la hija del poeta romántico Mariano José de Larra.

Vida de Larra
Larra nació en 1809 en la calle Segovia de los madriles, en el edificio de la antigua Casa de la Moneda, y era el hijo de un médico afrancesado que tomó el camino de París después de la batalla de Arapiles. El doctor Larra regresó a España abrigado  por la influencia del infante don Francisco de Paula, hermano de Fernando VII, pero su hijo tuvo que pasar por el calvario de ser considerado un medio gabacho por sus compañeros de pupitre. Empezó entonces a sospechar que su país era tierra de partidos y más tarde escribió: “Aquí yace media España; murió de la otra media”. No obstante, con dieciocho años compuso una Gramática Castellana y tradujo del francés los versos de La Ilíada. Por aquella época se enamoró de una mujer a la que escribió poemas para descubrir, más tarde, que era la querida de su padre. No tuvo suerte con las hembras y con veinte años se casó pronto y mal con Pepita Wetoret, una mujer infantil que le dio tres hijos que fueron Luis Mariano, que se hizo libretista de zarzuelas, Adela, que fue amante de trastienda del rey Amadeo de Saboya, y Baldomera, que creó la ilusión de la fertilidad del capital sin sacarlo de debajo de una teja, cogió su parte y tomó las de Villadiego. Larra abandonó a su mujer apenas cinco años después, se enredó con una cantante y, más tarde, pretendió a la mujer de otro hombre. Se llamaba Dolores Armijo y le dio calabazas y Larra, que tenía veintisiete años,  se apoyó una pistola entre la oreja y la sien derecha y se pegó un tiro a las nueve menos cuarto del trece de febrero de 1837. La bala le salió por encima de la sien izquierda, atravesó una puerta vidriera y se incrustó en la pared de su habitación del tercer piso del tres de la calle de Santa Clara. Le enterraron en el cementerio de Fuencarral, en tierra de Dios, y fue el primer suicida español que fue cubierto en sagrado.

La Caja de Imposiciones
Baldomera tenía cuatro años cuando su padre se mató, pero se las supo apañar y cuando tuvo la edad de emparentar se casó con el doctor Carlos de Montemayor, médico del rey Amadeo de Saboya, que era figurín, gafe y tontorrón y andaba en ayuntamientos adúlteros con su hermana Adela. Cuando Alfonso XII fue restaurado en el trono de España, el doctor Montemayor se exilió en las colonias de Cuba y dejó a  Baldomera en Madrid, habituada al lujo y sin posibles, y con la suerte torcida  la mujer se enredó con BALDOMERA LARRAprestamistas. Un día le pidió prestada a una vecina una onza de oro y se la devolvió al mes doblada en dos, la paisana corrió el suceso y los ahorradores del barrio le confiaron a Baldomera sus parneses para que se los multiplicase con la misma suerte. La mujer prometía un rendimiento del treinta por ciento en el plazo de un mes y lo cumplía, y en poco tiempo montó tinglado, que llamó la Caja de Imposiciones, detrás de la calle de Alcalá. La oficina era una habitación con estufa y un recadista que se llamaba Nicanor, un fichero con papelería y la caja de los dineros. En poco tiempo triplicó la clientela y todos se iban contentos y cuando alguien le pedía una garantía le señalaba el viaducto que unía la calle Mayor con el barrio de la Morería y que era el lugar desde el que se arrojaban los suicidas. Baldomera tiraba a mofletuda e inspiraba confianza, y como convirtió a los carboneros en financieros la llamaron La Madre de los Pobres. En realidad pagaba los intereses a los primeros inversores con el dinero de los siguientes, con lo que no ponía en el negocio ni un céntimo ni arriesgaba nada. Un día de diciembre de 1876 Baldomera se esfumó con el capital y dejó en la ruina a sus impositores, en la oficina de la Caja quedaron apenas cien reales y ningún libro de contabilidad. Dos años después la detuvieron en Auteuil, en Francia, donde vivía con desahogo con un nombre falso, y la condenaron a seis años de prisión por un delito de alzamiento de bienes. El Tribunal Supremo, sin embargo, la absolvió en 1881 y Baldomera se reunió con su marido en Cuba, en donde vivió sin hacerse notar hasta que enviudó, regresó a España y acabó sus días haciéndose llamar la Tía Antonia en la casa de su hermano Luis Mariano, que se había hecho famoso por escribir el libreto de la zarzuela “El barberillo de Lavapiés”, con música de Barbieri. La estafa piramidal se puede disfrazar de ingeniería financiera pero en realidad tiene la costura del timo clásico, en el que es necesario el carisma del burlón y la codicia del panoli. El refrán es también invento español que consiste en usar la sabiduría prestada, y hay uno que asegura que nadie da duros a cuatro pesetas.

MARTÍN OLMOS

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  1. Don Martín, ¿usted escribe todo seguido o respira entre párrafo y párrafo?
    He tenido que pararme más de una vez no tanto para respirar como para reir como un poseso.

  2. Aquí no tengo dudas. Cuando escribió esto lo hizo usted tocado por un duende. Enhorabuena.

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