MARTÍN OLMOS MEDINA

El traidor reiterativo

In El Far West on 20 de diciembre de 2012 at 13:28

Bob Ford asesinó al bandido Jesse James por la espalda y difundió su gesto en el teatro. Hoy hubiera ido a la tele

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS

“Bob aprovechó que Jesse estaba totalmente indefenso para dispararle en la nuca”.
GREGORIO DOVAL. Escritor.

Bob Ford quiso hacer de una traición un oficio cuando cualquiera sabe que da renta que dura poco. A Judas los treinta denarios no le dieron ni para convidar farra porque salió corriendo a mitigarse la conciencia colgándose de un olivo y todavía no se ha quitado la mala prensa. La traición pesa mucho para lo que paga y hay que gastar poca vergüenza para pasearla por los tablaos en funciones de tarde y noche.  El traidor Bob Ford, pistolerito sin talla, le pegó un tiro felón y cobarde al bandido Jesse James, que le había ofrecido hospitalidad y la espalda, y más tarde hizo comedia de su hazaña, con balas de salva y gesticulación amanerada, porque era mal actor, en los teatrillos del camino. El traidor Bob Ford salía al escenario con su repertorio escaso y enseñaba su reputación maldita como otros enseñan un mérito. Como enseña la mujer barbuda el bigotazo en la feria de los fenómenos. El público pagaba los dólares viles y asistía a la repetición del crimen del asesino zaino y Bob Ford, dos veces cada noche los días de tajo y tres los fines de semana, volvía a ejecutar la traición, inevitablemente, como el parlamento de un tartamudo. El respetable le decía canalla a gritos y se palpaba la cadera despojada de revólver por la precaución del empresario. A falta de plomo le hacían la puntería con la sobra de la olla. A veces le acertaban. A veces Bob Ford comparecía en el proscenio y se echaba a reñir con los de la primera fila, se partía la cara con los insultadores que le llamaban lo que era. Se metía en el papel Bob Ford, como los actores del Método.

Hacer espectáculo del mérito infame de matar por detrás puede parecer romería de tiempos más bárbaros pero hoy, en otros mentideros, se difunden otras hazañas que suelen ser alivios de dormitorio que alguno de los contertulios detalla con profusión de matices y hace renta con lo que antes no salía de la alcoba. Hoy se hace oficio hasta del oficio de vivir y los que no sirven para otra cosa exhiben sus rutinas, sus desacuerdos y sus calcetines sucios y van haciendo su industria. Hoy se exhiben las traiciones con desparpajo, pero se le evitan los muertos, que quedan fatal.

La vida de Bob Ford antes de la traición se cuenta pronto. Nació en el condado de Ray, en Missouri, en 1861 y vivió a la sombra mítica de su primo, el bandolero Jesse James, por el que sentía una devoción enfermiza. Bob quería vida forajida y un lugar en las baladas rancheras, quería mandar a Colt y cabalgar el monte pero era verde para la acción y niño para templar la sangre. Lindaba la delincuencia chica, la que no gana blasón, pero no tenía sitio en la banda en la que había hombrones. Bob Ford iba mezclando la admiración a los bravos con el rencor de verse tercerón, a veces Jesse le usaba de utilero, le ponía a cuidar los pencos y a mandarle a por lo de fumar. Sin embargo el escenario cambió después del desastre de Northfield, en Minnesota, en 1876,  en donde James perdió a los titulares de la banda que cayeron en una trampa de fuego cruzado. Huérfano de cuadrilla, se retiró a Saint Joseph, en Missouri, en donde puso casa para la familia y usó el nombre de Thomas Howard con el que pretendió pasar por hacendado y hacer vida de clase media. Pero para eso necesitaba posibles y sacó al banquillo para asaltar un tren en Blue Cut. El joven Bob Ford participó en el atraco pero James le confío la tarea ingrata de vigilar la vía, de frenar la rienda de la montura y de quedarse en el umbral. Bob Ford, que quería ser bandido fiero, se quedó en ladrón de bulto y se fue a pactar con el gobernador Thomas Critteden la traición. Le ofrecieron 10.000 dólares y limpiarle la credencial y se fue a hacer de Judas.

En abril de 1882 Bob y su hermano Charlie se alojaron en la casa de Jesse James para planear un robo en Platte City. El bandido les dio catre y tertulia, almuerzos con postre y café. Bob le correspondió pegándole un tiro en la cabeza una tarde que vio la BOB FORDoportunidad. James se subió a una silla para corregir la posición de un cuadro, dejó las armas en un diván, ofreció la espalda y recibió un balazo en la nuca. La bala le salió por el ojo. Bob Ford salió al porche y gritó: “He matado a Jesse James”. Buscó el aplauso pero no lo oyó. Por ecuación simple matar a un célebre otorga posteridad. A José Antonio Rodríguez Vega, el asesino de ancianas de Santander, le pegó ciento cuatro puñaladas otro preso en el penal de Topas, en Salamanca. Le decían el Zanahorio y salió en la tele gritando: “He matado al Mataviejas”. Es de imaginar que tendrá crédito en el economato de la cárcel, es de imaginar que fumará de gorra.

A Bob Ford le timaron la bolsa y casi le cuelgan por conspiración para asesinar. Le quedó el camino y la mala fama y se dedicó a vender fotos en las que posaba con el revólver matón, que era un Smith and Wesson calibre 44 que años más tarde se subastó en Londres y alcanzó los cien mil dólares. Las fotos del bandido conservado en hielo se vendían mejor. Lucía más el héroe muerto que el felón coleando. Luego llegaron las candilejas y recreó su hazaña en las tablas, salía maquillado y pretendía matizar de honrosa su infamia pero recogía abucheos. No le pedían bises. Libraba peleas a puñetazos al salir del camerino. A su hermano Charlie, que oficiaba de comparsa en las farsas, le pesaba más la traición, era tuberculoso y adicto a la morfina y se suicidó en 1884 disparándose en la cabeza. El espectáculo dejó de dar rendimiento y Bob Ford abandonó el teatro y su oropel. Le quedaba la vida por delante, no tenía ni treinta años, y le llamaban el Pequeño y Sucio Cobarde. Puso tasca en Las Vegas pero la tuvo que abandonar huyendo del bravo José Chávez, que le desafió a pelea limpia y se conoce que no se encontró cómodo encarando a un enemigo de frente. Puso tasca en Kansas City pero quebró y escapó a dos intentos de asesinato. Puso tasca en Creede, en Colorado, la puso con pianola y grifo de cerveza rubia en forma de águila real, pero se la quemaron porque nadie quería beber en la casa del traidor. Tres días después del incendio echó cuentas y constató su ruina, era su cumpleaños pero no hubo tarta, hacía treinta y uno y no cumplió más. Salió a pasear entre el escombro de su cantina y Edward O´Kelly le llamó por su nombre para marcarlo. Ford contestó. O´Kelly era del partido del Sur de los guerrilleros y de la banda antigua de James. Le disparó en la cara con una escopeta del diez y lo mató en el acto. Bob Ford está enterrado en el cementerio de Richmond, en el condado de Ray, en Missouri, debajo de una lápida en la que pone: “El hombre que mató a Jesse James”. A Edward O´Kelly le mataron en 1904 durante un tiroteo con la poli. Está enterrado en el cementerio de Fairlawn, en Oklahoma City, debajo de una lápida en la que pone: “El hombre que mató al hombre que mató a Jesse James”.

MARTÍN OLMOS

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