MARTÍN OLMOS MEDINA

Siéntese, está usted en su casa

In Ejecuciones y linchamientos, Los trastos de matar on 20 de diciembre de 2012 at 13:36

A los ejecutados en la silla eléctrica les arde la cabeza en llamas y su piel chamuscada se queda adherida a las correas de sujeción

ILUSTRACION DE MARTIN OLMOS
“Se ha probado que la electricidad impulsa un tranvía mejor que un pico de gas y da más luz que un caballo”
AMBROSE BIERCE

 
Decía la Pasionaria que es mejor morir de pie que vivir de rodillas (la frase tiene en realidad muchos padres y se la han atribuido a Benito Juárez, a Zapata, a Salvador Allende y al Ché Guevara), pero la verdad es que importa más bien poco la postura en la que te pesque la muerte y lo que a uno le apetece es quedarse un rato más. La muerte siempre llega a destiempo, como el marido de tu hermana, y te coge con cosas que hacer y en la flor de la vida y no la puedes atender en condiciones. La muerte de digna tiene poco, y se parece a ir de vientre, que alivia pero no se conoce manera de hacerlo con decoro, y decía Cela que lo peor de morirse es lo que se ríen de ti los que se quedan vivos. Viene mal diñarla a cualquier hora y con independencia de que te toque el trance sentado, yaciendo, decúbito prono o disfrutando el matrimonio. Por igualar por el extremo más incómodo la frase de la Pasionaria, hubo un tiempo en el que los que vivían de rodillas morían también de rodillas y si cazaban una liebre les ponían de hinojos con el cuello apoyado en un tarugo de tronco y un verdugo con antiguos recuerdos en las uñas de los pies les separaba la cabeza del cuerpo con un hacha de talar robles. A la inconveniencia de la muerte se le añadía la genuflexión  y el condenado asumía su perra suerte con la actitud de una res que humilla para que le den el descabello. Según el hombre se fue civilizando no se deshizo de su costumbre de aplicar la ley del talión pero la fue adornando con deferencias para disimular y el verdugo de antaño, al que nadie quería en su mesa, dejó su lugar al electricista y al practicante, que se iban a dormir tranquilos porque se hacían la ilusión de que matando al excedente social sentado le mataba menos. Con matar por lo legal pasa como con rascarse las partes cuando a uno le pican, que se lo pide el cuerpo pero le turba el gesto y hace como que se busca las llaves en el bolsillo del pantalón. Decía San Clemente de Alejandría que no es vergonzoso nombrar los órganos sexuales que Dios no se avergonzó en crear pero los estados que contemplan en su legislación la pena de muerte han ido pasando de exhibirla en la plaza para que el ejemplo, como decía Platón, “limpiase el país de truhanes” a rascarse sus partes en la salita recóndita del penal, donde no les ve nadie. Como si se avergonzasen de ejecutar la sentencia que aplican, que es simular estar buscándose las llaves en el bolsillo del pantalón.

Alto voltaje
En 1881 un dentista de Nueva York llamado Albert Southwick vio como un cristiano que se había enganchado una trompa entregaba su alma al Altísimo al tocar los terminales de un generador. El pobre borrachuzo ni siquiera se enteró de que murió y se fue a convalecer la resaca con San Pedro. Southwick comenzó a predicar la utilización de la electricidad para el sacrificio de animales para ahorrarles el sufrimiento mientras que a los bípedos los seguían colgando de una soga que con suerte les rompía el cuello y sin ella les alargaba el trámite hasta que se ahogaban. En 1885 el gobernador del estado de Nueva York David Bennett Hill articuló un apasionado discurso en el que pidió a la ciencia que encontrase una forma de quitar la vida a los condenados a muerte por medio de un proceso menos bárbaro que el ahorcamiento, que era un residuo de la Edad Media. Se formó una comisión que fumó cigarros en salones con moqueta y bebió jerez embrocado desde botellones labrados, que es lo que suelen hacer las comisiones, y el 4 de junio de 1888 se aprobó la ley que permitía la electrocución como forma de abono de las deudas con la sociedad. Las compañías eléctricas de Westinghouse y de Thomas Alva Edison concursaron por hacerse con la contrata del estado que al final se llevó la segunda al demostrar la potencia de su voltaje friendo a un elefante de circo que se llamaba Topsy, que murió por la ciencia; descanse en paz. El ingeniero Harold Pitney Brown diseñó la primera silla eléctrica, que se usó por primera vez en la ejecución de William Kemmler en la prisión de Auburn, en Nueva York, el 6 de agosto de 1890. Kemmler se había aburrido de su novia y cortó con ella por lo sano con un hacha de bombero. En la primera aplicación de corriente le ardió la cabeza en llamas y mientras esperaba la segunda su cuerpo se movió como el de una marioneta manejada por un borracho y después de los espasmos quedó en la habitación olor a churrería. Los reporteros del New York Times escribieron que hubiese sido más humanitario arrojarle al paso de un tranvía.

La Horrible Gertie
A los condenados a la silla les dan de cenar decentemente la noche anterior y les levantan al alba, aunque generalmente han EJECUCION EN LA SILLAdormido mal. Les sientan para la faena con las extremidades cinchadas con correas de cuero para que no practiquen la cortesía si averiguan una dama entre el auditorio y les colocan un electrodo en la cabeza y otro en la pierna izquierda para que la electricidad recorra entre ambos puntos la totalidad de su cuerpo. La primera aplicación de 2.000 voltios les debe dejar inconscientes y la segunda, de menor intensidad para impedir la combustión del cuerpo, les destroza los órganos internos, pero a veces falla y la cabeza arde en llamas como una cerilla rascada. Suele ocurrir que los intestinos se relajen y el reo se deshaga del menú y la piel quemada queda adherida al correaje, que se tiene que limpiar después con un cepillo de púas de alambre y agua muy caliente. La ejecución en la silla eléctrica tiene algo de final de verbena, con olor a freiduría y a pis, con los restos del asado que nadie quiere recoger. A la silla eléctrica la llamaron Sally la Chisposa, la Vieja Humeante y la Horrible Gertie. La Horrible Gertie era viajera y portátil y en una actuación en Luisiana en 1945 la montó un funcionario borracho y la dama tuvo un mal día y se apagó en mitad de la ejecución de Willie Francis, que solo tenía dieciséis años y pagaba por el asesinato de un farmacéutico. El reo quedó poco hecho y lo devolvieron a cocina, de donde le sacaron dos años después para asarlo otra vez. En 1889 el emperador de Abisinia (la actual Etiopía) Menelik II compró a la compañía Edison tres sillas eléctricas con las que quería modernizar los ajusticiamientos en su reino, pero no las pudo estrenar porque la electricidad no había llegado al país y las tuvo que usar de trono. Menelik II fundó la ciudad de Adís Abeba, se dejó robar la cartera por los italianos y en 1913 le dio un ataque al corazón que pretendió curar pidiendo una Biblia y comiéndose el Libro de los Reyes, que no le sentó bien y murió un par de días después.

MARTÍN OLMOS

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